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La
vida por Afganistán
Agosto 2005
Por Manuel Coma
Publicado en ABC, 18 de agosto de 2005
Como en lo mejor de la falange, el bellísimo himno que para ella escribió
Dionisio Ridruejo, «me hallará la muerte si me llega».
A estos diecisiete militares les llegó muy lejos de los suyos, a quienes no
volverán a ver, pero no de lo suyo, que es estar siempre dispuestos a luchar por
su país, porque muriendo por Afganistán, murieron por España. Murieron en una
misión que el país les había encomendado y porque se la había encomendado,
misión que siendo de paz sabían arriesgada. La cumplieron con la disciplina sin
la cual no existe ejército y con el entusiasmo de una causa noble.
Nada más ingrato para un soldado que ser visto como un incordio inevitable del
que cuanto menos se hable mejor. En momentos como éste, toda la familia militar
tiene el derecho a sentirse arropada por la sociedad a cuya defensa se ha
consagrado y es nuestro deber manifestarles un cálido agradecimiento.
Más allá
de ceremonias públicas, indispensables, necesitan, les debemos comprensión de su
importancia, con palabras y hechos. Unos y otros, profesionales de la milicia y
sociedad, tenemos el derecho de que políticos de todos los pelajes sitúen a las
Fuerzas Armadas en el lugar que les corresponde en todo Estado moderno y
democrático. En Francia o en Inglaterra, en Suiza o en Suecia, en Israel o
Estados Unidos son uno de los pilares del Estado, un activo público, un orgullo
nacional. Sin retórica altisonante ni sebosas adulaciones. En España las cosas
no son todavía así. No del todo. No queda ya ejército franquista, pero han
sobrevivido de forma solapada, más o menos subconsciente, viejos prejuicios
antimilitares que se funden hoy con derrotistas ilusiones paciferas. La paz es
un gran valor y una de las grandezas de la moderna democracia es la gran
renuencia con la que echa mano del recurso a la guerra. Pero si no hay nada por
lo que valga la pena luchar no hay nada que valga la pena. Ni siquiera la paz y
no, desde luego, la libertad, que debe-ría precederla. Mejor rojo que muerto,
¿re-
Grupo de Estudios Estratégicos GEES En letra impresa nº 418 1
cuerdan? ¿Llegaremos a «mejor islamista que masacrado»?
Como todo lo bueno la paz es difícil de conseguir. Su logro no es tan sencillo
como su deseo. Requiere una sociedad dispuesta a luchar por ella, a reconocer
las amenazas, a no enterrar su cabeza en el apaciguamiento. Requiere una
sociedad que valore a sus Fuerzas Armadas, que aprecie su prestigio, que les
exija el máximo de profesionalidad y transparencia y que esté dispuesta a pagar
el precio de dotarlas al nivel que nuestro desarrollo nos permita y nuestras
aspiraciones aconseje. Y sea cual sea el desarrollo, se tratará siempre de un
sacrificio. La percepción de necesidades crece con la riqueza, no disminuye. No
podemos esperar a que nos sobre porque nunca sobra nada, pero si cada vez que
hay que hacer economías el presupuesto de Defensa es el primer cerdito de barro
que se rompe, al final cabe preguntarse si lo que nos gastamos, proporcional y
comparativamente muy poquito, no es una verdadera dilapidación, porque lo que
conseguimos a cambio es casi nada. Pero lo que invirtamos en una defensa
robusta, a la altura de nuestra posición internacional, no lo podremos dedicar
a otros bienes que nadie duda que son importantes y apetecibles, pero que pueden
quedar comprometidos si la seguridad también lo está o nuestra posición de
puertas afuera adolece de raquitismo militar.
La talla de un país y el papel que juega y le dejan jugar en el concierto de las
naciones se mide por muchas cosas, pero no es en absoluto la menor su potencia
militar y más en concreto con cuánto participa en actuaciones colectivas. Ahí
rige un estricto «tanto pones tanto vales». Nuestros políticos, de todos los
bandos, no parecen saberlo. Lo que es peor, tampoco parecen interesados por
enterarse. Una idea clara de la posición estratégica de un país, sus tradiciones
e intereses de esa naturaleza y el papel que las políticas de seguridad, de
defensa y militar desempeñan en la promoción de los intereses nacionales forman
parte del acervo intelectual de todo estadista y más tenuemente de toda clase
política madura. En España no es que sea una asignatura perpetuamente pendiente,
es que no está en el plan de estudios. Sólo unos pocos parlamentarios veteranos
que durante varias legislaturas han estado en las comisiones de defensa de las
respectivas cámaras han llegado a ser verdaderos expertos en estas cuestiones.
Curiosamente desarrollan importantes afinidades por encima de las divisiones
partidistas. No menos curiosamente son bastante ignorados por sus propios
partidos. Una de esas urgentes ideas claras es que lo bueno para un país es que
sus fronteras estratégicas, aquellas donde se garantiza la seguridad nacional,
estén lo más alejadas que sea posible de sus fronteras físicas. Si esto siempre
ha sido así, si es un axioma obvio que sólo los fuertes pueden hacer realidad,
¡qué no sucederá en un mundo globalizado, donde el factor distancia va siendo
comprimido de día en día y donde actores diminutos comparados con el más pequeño
de los Estados pueden con un solo golpe causar tantos daños como una guerra clásica!
Afganistán puede ser para nosotros uno de los países más exóticos y
desconocidos del planeta. Pero el mundo se ha achicado mucho. Los «tsunamis»
políticos alcanzan hasta el último rincón. Cómo el que provocó la explosión del Krakatoa, cuya onda rebotó siete veces en las antípodas y en el punto de origen
hasta extinguirse. Los que han muerto en Herat lo sabían muy bien. A los que
allí dejaron su vida y a las docenas de miles que con la misma disciplina y
entusiasmo están dispuestos a reemplazarlos, el mejor homenaje que podemos
hacerles es, con admiración y respeto, tomarnos en serio su trabajo.
Grupo Estudios Estratégicos GEES
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