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El
gran juego de apuestas de Netanyahu
Agosto 2005
Por Caroline Glick
Mientras entrevistaba al ahora ex ministro de economía Binyamin Netanyahu el
miércoles pasado, estaba claro que se encontraba en medio de una lucha personal.
Mientras explicaba los sentidos en los que pensaba que su presencia en el
gobierno había mitigado parte del enorme daño que la retirada del gobierno
Sharon-Peres y que el plan de expulsión de Gaza y norte de Samaria harán a la
seguridad de Israel, fue evidente para mí que para él, no era bastante. Y tenía
razón.
Netanyahu ha conducido la campaña para rechazar la inusitada exigencia
norteamericana de que Israel rearme a las milicias de la Autoridad Palestina,
que están profundamente implicadas en persona en el terrorismo. Pero, como
afirmaba, la reciente decisión del gobierno de abandonar el control sobre el
Pasillo de Filadelfia estratégicamente vital, que conecta Gaza con el Sinaí,
junto con su intención de permitir la creación de un puerto en Gaza sobre el que
Israel no ejercerá ningún control, “creará una gran autopista para la
transferencia de terroristas y material de terror”.
Así que en resumen, ¿qué diferencia habrá si además de los misiles Katyusha, los
misiles antiaéreos disparados al hombro, los RPG y los explosivos plásticos C-4
que sin duda inundarán Gaza, la AP recibe un millón de municiones de M-16 y
AK-47, cortesía de los contribuyentes israelíes o norteamericanos?
Es difícil ver qué saca políticamente Netanyahu, que desea sustituir a Ariel
Sharon como primer ministro, de su dimisión del gobierno. Sharon, al nombrar a
su lacayo, el primer ministro en funciones Ehud Olmert, para sustituir a
Netanyahu en el ministerio de economía, ha tomado eficazmente la única posición
del gobierno que no controlaba previamente. Es seguro que utilizará las reservas
económicas significativas que Netanyahu logró acumular para el país a lo largo
de los últimos dos años y medio para continuar sobornando a ministros, miembros
de la Knesset y chupatintas del partido, y así reforzar su poder sobre el futuro
próximo.
Como miembro regular de la Knesset, Netanyahu ni siquiera tiene capacidad para
lograr una posición de liderazgo en el parlamento. Todos los comités relevantes
tienen presidentes que no parpadearán. Incluso pertenecer al poderoso y
prestigioso comité de economía, o de asuntos exteriores y defensa, será difícil.
Al margen de esto, tendrá un personal reducido y así una capacidad limitada para
llegar a los miembros del partido a quienes, de todos modos, ya no tendrá
ninguna ventaja que ofrecer a cambio de su apoyo en el partido. El mismo caso es
el de los restantes ministros del Likud en el gobierno. Danny Naveh, Yisrael
Katz, Tzahi Hanegbi, Silvan Shalom y Limor Livnat carecen de algo personal que
sacar de apoyar a Netanyahu. Y es el mismo caso de los ministros en funciones.
Sharon, por su parte, tiene entre su corte a los medios con firmeza.
Inmediatamente después del anuncio sorpresa de Netanyahu, los principales
presentadores de los estudios de televisión no perdieron tiempo acusando
sacrificadamente a Netanyahu de oportunismo político. Mientras que el ex primer
ministro Ehud Barak no tiene ningún problema en recibir largas entrevistas en
televisión y radio, es difícil imaginar qué recibe Netanyahu aparte de un muro
de silencio desde los medios que probablemente harán todo lo que puedan para
animar al público a olvidarse de él.
La Derecha ideológica, conducida hoy por el miembro de la Knesset Uzi Landau -
el mismo bando que tumbó estúpidamente el gobierno de Netanyahu en 1999 y tumbó
el gobierno de Yitzhak Shamir en 1992 - tuvo problemas vertiendo lo rastrero que
es al escuchar noticias de su dimisión. Landau, al amenazar con desafiar a
Netanyahu en la carrera por la directiva del Likud, fue sin duda un factor
importante en la decisión de dimitir de Netanyahu. Si Landau hubiera cumplido su
amenaza, habría entregado en bandeja de plata a Sharon la directiva del Likud,
dividiendo el bando nacionalista del Likud entre él mismo y Netanyahu. Siendo
siempre el político pobre, Landau, el purista ideológico, apenas pudo reunir una
docena de palabras de apoyo gélidas a la dimisión de Netanyahu la tarde del
domingo.
A PESAR DE TODO ESTO, la decisión de dimitir de Netanyahu una semana antes de la
expulsión de los judíos de Gaza manifiesta tres cosas que son importantes en sí
mismas, y de sí mismos.
La disponibilidad de Netanyahu a arriesgar su carrera política en lugar de
compartir la responsabilidad ministerial por una política que provocará un
desastre estratégico para Israel muestra una firmeza de carácter y una catadura
moral que son raras en política en general y en política israelí
específicamente.
Mientras que sus detractores fueron raudos en aclamar que la decisión llegaba
tarde, el quid de la cuestión es que al aguantar en el gobierno durante el
último año, Netanyahu demostró una responsabilidad extraordinaria. Al permanecer
en el gobierno, fue capaz de poner en vigor las más importantes reformas
económicas que Israel nunca haya sufrido. Las reformas bancarias que impulsó a
través del gobierno y la Knesset permitirán a Israel, por primera vez, tener un
sistema bancario competitivo. Las reformas fiscales y sociales que orquestó
tendrán un impacto positivo y duradero tanto en la economía como en la psique
israelí.
Como se mofaba un amigo recientemente: “En Alemania, cuando una persona empotra
su coche contra un árbol, la gente dice que es un idiota. En Israel, cuando
una persona empotra su coche contra un árbol, la gente culpa al gobierno por no
haber talado el árbol”.
Las reformas económicas que Netanyahu ha decretado como Ministro de Economía
permitirán a la gente asumir el control de su futuro financiero de un modo en el
que era imposible antes de que accediera al cargo. Y esto hará mucho por cambiar
el modo en el que los israelíes piensan en sí mismos y en el gobierno, para
beneficio de ambos.
Finalmente, en sus reformas, como en su decisión de abandonar el gobierno,
Netanyahu manifestó una profunda fe tanto en la sabiduría del pueblo israelí
como en su derecho a tener un gobierno representativo. En ambos casos, sus
acciones muestran un respeto sano y duradero en el proceso democrático que está
espantosamente ausente del presente gobierno, cuya política central de retirada
y expulsión es la política diametralmente opuesta a la que Sharon fue elegido
democráticamente para oponerse.
Como el propio Netanyahu dejó claro, no hay modo hoy de evitar que el plan de
retirada y expulsión sea implementado. Quizá ahora Netanyahu pueda paliar parte
del daño que el plan causará a la sociedad israelí. Esto puede hacerse
defendiendo el honor de los pioneros de Gush Katif sosteniendo el ideal de
asentamiento judío de la Tierra de Israel, incluso mientras la realización
física de este ideal sagrado está siendo pisoteada.
También quizá, la dimisión de Netanyahu pueda finalmente forzar un debate en
el gobierno y los medios norteamericanos acerca de los méritos del plan de
Sharon, que hasta la fecha se ha encontrado con apoyo irresponsable e
incuestionable desde la Casa Blanca al Wall Street Journal, desde el Congreso a
la revista Commentary.
La dimisión de Netanyahu señala dos problemas agudos que aquejan a Israel, tanto
mientras nos metemos en las órdenes de implementación de la expulsión como
cuando miramos estos sucesos terribles. Desde el momento en que Sharon anunció
su plan en diciembre del 2003, Netanyahu afrontó dos decisiones igualmente
difíciles. Podía permanecer siendo un ministro del gabinete sin poder para
cambiar o para influenciar significativamente la desastrosa política que es el
buque insignia del gobierno, o podía abandonar el gobierno y continuar sin tener
influencia sobre la política. El hecho de que se haya permitido que se
desarrolle este estado de las cosas, donde un ministro veterano de gobierno
carece absolutamente de influencia sobre la política nacional, es atroz.
Al mismo tiempo, el hecho de que Sharon haya logrado ingeniar una situación en
la que puede pisotear los deseos de sus votantes y su partido y, a través de
sobornos y coaliciones extrañas, ser apoyado por la Izquierda, la extrema
Izquierda, los seculares antirreligiosos y los partidos árabes antisionistas,
manteniendo y consolidando su control sobre el poder, debería haber hecho sonar
las alarmas de todos los que nos preocupamos por el estado de la democracia
israelí hace tiempo.
Más que nada, la dimisión de Netanyahu manifiesta que mientras el gobierno de
Sharon ha perdido todo vestigio de integridad que le quedara, Netanyahu en
persona, al arriesgar su carrera para mantener la fe en su conciencia y sus
votantes, ha demostrado su valía para ser líder. Aquellos que se preocupan por
el futuro de su país deben enterrar las hachas de guerra que les separan y
encontrar su modo práctico, funcional y democrático de cooperar para pedir
elecciones anticipadas, con Netanyahu al timón del Likud, cuanto antes
mejor.
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