Sálvame Coelho

 

Agosto 2005
Por Guadalupe Rivero

 

Sueños, gratitud, lucha, esfuerzo, humildad, bondad, libertad, amor, Dios. He aquí el brebaje preciso para alcanzar la felicidad. Por lo menos el necesario a los ojos de Paulo Coelho, el mega exitoso escritor que no se cansa de ayudar a sus lectores con sus amorosos consejos.

“La búsqueda de la felicidad es personal, y no un modelo que podamos dar a los otros” reza el brasileño en su primera obra, “El peregrino de Compostela”. Pero la vida -o el descubrir que un best seller es un negocio redondo- lo hizo cambiar de opinión y lo llevó a escribir “Manual del guerrero de la luz” que, como todo manual, es una recopilación de instrucciones, en este caso, para vivir en constante plenitud.

Coelho vendió más de 20 millones de ejemplares y fue traducido a cuarenta y dos idiomas desde 1987, cuando publicó su primer libro. La crítica lo odia y, supuestamente, el público lo ama. Pero lo cierto es que quien empezó creando canciones para músicos del Brasil hoy es un multimillonario recluido en su palacio –un palacio que no es metafórico- rodeado de sus lujosos sueños hechos realidad.

Lo triste, lo discutible no es la cuenta bancaria de este sujeto. Lo juzgable es que su fortuna se construyó sobre la base de mentiras espirituales que muchos fomentaron y de las cuales sus admiradores fueron los principales perjudicados.

 

Gorro, bandera y vincha

La biografía oficial de Paulo Coelho incluye su llegada al mundo en Río de Janeiro en 1947, una historia familiar plagada de conflictos, su internación en un manicomio, su tarea como autor teatral y su paso por la canción y el periodismo. Más tarde llegaría su consagración literaria con “El Alquimista”, obra que lo dio a conocer mundialmente y que lo convirtió en sinónimo de éxito. Entonces, Paulo tuvo no solamente libros sino un merchandising que incluyó agendas, tarjetas, señaladores y demás detalles que llevaron sus frases, sus fotos y, por supuesto, su firma.

Desde ese momento sus libros se convirtieron en mercancía y ese fue el único leiv motiv para su inspiración. La eterna discusión acerca de si la conquista comercial es igual a calidad vuelve a emerger. Y los resultados son nefastos. Coelho descubrió la fórmula para que su nombre sea un negocio.

El brasileño no es un escritor sino una empresa. Está rodeado por buitres de su misma especie que saben exactamente qué hacer. Su equipo, su editorial o quien sea que lo aconseje sigue la peligrosa línea que persigue al vil metal. Y aunque esto no sea parte de la Biblia, ni mucho menos un mandamiento, el grupo luchó y sigue luchando por mantenerse dentro de la selección de los salvadores de la escritura.

Cada nueva publicación fue –aunque se pretendió independiente- una continuación de la anterior. Es mucho más que similitud o estilo lo que se encuentra en cada texto; sencillamente, es más de lo mismo. Coelho juega con los peores de los efectos de la comunicación: la manipulación y la persuasión. Tal como lo hicieron los medios oficiales de gobiernos totalitarios, aprovechándose de situaciones extremas, hoy el brasileño lo hace -detrás de su máscara de ángel caído- con sus místicas enseñanzas. Pero por más que sus seguidores lo leen y lo releen, la felicidad no llega.


Abuso de lectores
Pero por qué tanta gente compra las ideas de Coelho? Sus incondicionales no son asiduos lectores sino seres que buscan la esperanza, el mapa del camino a seguir, todo aquello que este tipo de obras promete. Son víctimas de esta supuesta industria cultural –mucho mas industrial que culta- que fabrica objetos para la venta y los encandila con recetas falsas.

En el baño, en el tren o en la playa. No en más lugares que estos desfila la lectura coelhiana.

La bondad que el autor pretende demostrar queda anulada cuando se lo analiza de manera más profunda. Su estafa es similar a la de todas las “milagrosas iglesias” que se aprovechan de personas en estado de vulnerabilidad. Solo que el brasileño lo hace desde sus páginas y con la impunidad que le da el creerse un “autor de culto”. Parece que la invasión brasileña llegó para salvar al universo con sus búsquedas espirituales. Pero la realidad es que detrás de todos ellos se esconden ambiciones de poder de todo tipo.

Tan astuto como sus compatriotas de la Iglesia Universal, logró irrumpir en cantidad de lugares mediante golpes bajos que apuntan directo al padecimiento general. Por eso no habla de una pena en particular sino que se preocupa por todas y cada una de ellas, cuestión de que sí o sí acierte con alguna. Así es que perfectamente puede estar refiriéndose a la muerte, la enfermedad, la desocupación, la angustia amorosa o cualquier sufrimiento que responda a su ambición.

“Vocé está cargado” decía el manosanta personificado por Alberto Olmedo. Esa parodia, su imposición de manos y su representación del “chanta” es, en forma de comedia y de actuación, muy similar a la postura de Coelho (con la diferencia de que este último lo hace desde las letras y postulándose como persona seria).

Del mismo modo que “Harry Potter” y “El código Da Vinci” hoy son suceso con su carga mágica y religiosa, siempre hubo lugar dentro de la historia universal para géneros que cumplan funciones más complejas que las de un libro normal. Las cuestiones de culto siembran dudas y generan círculos viciosos que incluyen abusos, dinero y, por último, fe. Y el revuelo que se forma en torno a ellos ayuda a su difusión (y mucho). Son campañas sin márgenes de error.

Indigna que se lo compare con Antoine Saint-Exupery, responsable de una maravilla como “El principito” o con Richard Bach, padre de “Juan Salvador Gaviota”. Una vez más, para vender todo vale. Y no importa si se escribe bien, si se escribe mal o si hay que aprovecharse de quien sea. Quienes se acercan a los clásicos arriba mencionados, tienen sed de buena Literatura; pero quienes acuden a la autoayuda –tanto de Coelho como de cualquier otro “sanador del alma”- necesitan mucho más que eso; están a la espera de algo que les dé fe, confianza, soluciones para problemáticas que, de manera horrorosa, algunos se aprovechan.

Coelho asegura que “escribe para el niño que llevamos dentro”. Más bien podría decirse que escribe para el niño triste, desesperado y manipulable que sólo algunos llevan en su interior. Y lo grave, lo imperdonable del caso es que lo sabe y apunta a ellos. Lucrar con eso es muy bajo; es inadmisible que alguien se enriquezca y base su carrera en el dolor ajeno.

Creer que esta falsa autoayuda tiene efectos positivos es un error; la colección coelhiana es un engaño y no hace milagros ni en la mente ni en el corazón. Además, difícilmente puedan tomarse sus máximas como referencia para vivir. Si las fórmulas de la suerte y la dicha eterna existiesen, simplemente, todo el planeta sería feliz.

El Coelho que jura y perjura que el amor es lo más importante para atravesar las dificultades de la vida, lo hace desde una posición facilista y absolutamente comercial. Lo curioso es que –si son ciertas las cifras que lo hicieron popular- tantos crean en sus afirmaciones.

En la primera lectura, Paulo es muy bueno; en la segunda, es repetitivo y poco creíble; y en la tercera, es un estafador que desestima y burla a la masa que lo alimenta.


 

 

Háganos llegar su opinión sobre este artículo

Si utiliza nuestro material, por favor cite la fuente 

© Copyright 2000-2005 Harrymagazine (www.harrymagazine.com)

Mantenimiento: C & E asociados (www.ceasociados.com)     

 Portada