LOS ANTECEDENTES OCULTOS
DEL GLADIADOR CONTRA LA INFLACIÓN

 

Agosto 2005
Por
Luis Antonio Candurra

Son escasos los personajes públicos de Argentina que no tienen una porción de su curriculum que prefieren ocultar. El ministro de Economía Roberto Lavagna no forma parte de esa ínfima minoría.

Es por eso que la reseña vital que aparece en el website de la cartera que conduce inicia el relato de su carrera como funcionario político durante la presidencia de Raúl Alfonsín. Fue el economista de color peronista que ocupó el más alto cargo en la conducción económica de Juan Vital Sourrouille. El control de precios era una de sus responsabilidades, aunque la síntesis del sitio web prefiera resaltar su “política industrial” como “única”. (www.mecon.gov.ar ).

Luego llegó la hiperinflación argentina, uno de los vendavales más fuertes de occidente fuera de tiempos de guerra o de posguerra. Es interesante recordar que, antes del peor estallido, Lavagna se había subido al bote salvavidas, renunciando con un portazo al declarar que eso era un “festival de bonos”.

Lo que el titular de Economía oculta es que ya había ocupado un cargo político con anterioridad. Había sido Director Nacional de Precios cuando José Ver Gelbard fuera ministro de Economía de Cámpora y Perón. El dato cobra relieve cuando se tiene en cuenta la política vigente: el congelamiento de los precios de mercancías y salarios.

Los historiadores económicos sin duda resaltarán que fue uno de los regímenes más estrictos: los industriales debían “negociar” con Lavagna cada causa de posible incremento, presentando planillas gigantescas (cuando Excel aún no existía) y con arbitrariedades tales como que los gastos de publicidad no eran considerados como una parte del costo.

Los resultados fueron más allá de la bancarrota del sector publicitario. Se reflejaron masivamente en crónicas y alternadas apariciones y desapariciones de productos de las estanterías de los almacenes, ya que la era del supermercadismo no había arribado todavía al país de las pampas chatas. Por supuesto: ese ritmo de abracadabra estaba directamente vinculado a la firma (o no) que el joven Lavagna estampara en los kilométricos análisis de costos que pasaban frente a sus ojos.

También hubo una baja notoria de calidad en muchos productos. El jamón crudo, por ejemplo, llegaba a los mostradores de la fiambrería sin un día de estacionamiento o curación. Otros, simplemente dejaron de ofertarse al público.

Los tiempos han cambiado y el ministerio de Economía en vez de congelar trata de concertar inefectivos “acuerdos de precios”, que son tan coercitivos como el congelamiento (y tan inefectivos como esta práctica), porque se negocia en alimentos bajo la espada damocliana del aumento de las retenciones a las exportaciones, de las cuales la última fue sobre los productos lácteos y la próxima se augura que será dedicada a la carne.

La “omisión” de Lavagna no se limita a la cercenación de sus antecedentes como funcionario político. También se olvidó de sus propias palabras y, en 2005, no denuncia los festivales de bonos, sino que los organiza. Hoy los bonos en pesos indexados por el CER son los de mayor rendimiento en dólares del mundo, 16%, y prácticamente con seguro de cambio (que, como toda prebenda, caerá de un día para otro).

No es agorero entonces pensar que es factible tanto un aumento del ritmo inflacionario como un posible próximo default, en la medida en que el alza descomunal del gasto público difícilmente pueda contraerse si varían las actuales condiciones de los precios de las commodities primarias, que constituyen el grueso de las exportaciones argentinas y, retenciones mediante, parte vital de la recaudación impositiva.

Su jefe, mientras tanto, proclama desde las tribunas preelectorales: “Adiós al Fondo y Viva la Patria”.

 

 

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