|
|
NUEVE
SEMANAS Y MEDIA
Agosto 2005
Por José Luis Fernández Valoni (*)
Diputado Nacional (MC)
Una cosa son los síntomas y otra las causas de un enfermedad. Cuando se analizan
las causas de nuestra decadencia, son innumerables las variables a las que se
echa mano para explicarla, pero ninguna de ellas nos ha permitido hasta ahora
sintetizar en un concepto único y generalizado, cuales son las razones de
nuestra debacle colectiva.
Están a la vista nuestra falta de respeto por las instituciones y la pérdida de
entidad de nuestros valores tradicionales, así como también se reconoce la
promoción en todo los órdenes de una verdadera cultura de la trasgresión, que
derivan ya en una total ausencia de seguridad jurídica, y sobrecogedora
desprotección a la vida, la honra y los bienes de los ciudadanos.
Es muy difícil soportar un clima en el cual nadie cree en la justicia, la
dirigencia política es escandalosamente irrepresentativa, y más allá de la
democracia de origen, se respira un aire de oprobio, en un marco de ausencia
republicana.
Pero esta semana, el agobio colectivo por la toma de conciencia del desorden
social en que vivimos, ha alcanzado vértices peligrosamente cercanos al
hartazgo. La confrontación de las víctimas del caos y la insurgencia – a veces
sediciosa – entre sí, va derivando en verdaderas tragedias más allá de la
incomodidad o el sufrimiento circunstancial.
Somos parte de una sociedad enferma. Pero hay causas y hay efectos.
¿Cómo fue que nuestras FF AA llegaron a considerar – y más de una vez – que
podrían evitar la profundización de una crisis política, derribando un gobierno
constitucional? ¿Porqué razón miles de jóvenes argentinos surgidos de nuestros
claustros universitarios o de ambientes militantes políticos o sindicales y
hasta religiosos, llegaron a la convicción de que para acceder al poder político
en nuestro país, debían pasar a la clandestinidad y optar por el camino de la
violencia? ¿Cómo es que ciertos líderes políticos, sindicales y sociales en el
marco de un aberrante clientelismo, logran perpetuarse en el poder con demagogia
y nepotismo? ¿En qué punto está nuestra degradación, si ya se admite una
hipercorrupción que abarca a elementos de la justicia en sus más altos niveles,
al ámbito parlamentario, y hasta jerarquías superiores de la política y la
fuerza pública?
¿Y ahora? Ya estamos en campaña. En otra campaña electoral y como siempre: a la
criolla. Sin reforma política, sin voto electrónico y con listas sábana, y no se
cumple la ley que regula la vida de los partidos políticos. Con decretos
irregulares, sin normas y sin estilo. Con el Ministro del ramo retando a todo el
mundo y la Secretaria de Reforma Institucional viajando a Nueva Zelanda para ver
como funciona allí la democracia. Con el Canciller candidato en la Capital y el
Vice candidato en la Pcia de Buenos Aires y, mientras, se dan tiempo para
preparar la Cumbre de Presidentes del Grupo de Río en Bariloche y la de las
Américas con Bush en Mar del Plata, y se va ocupando de las relaciones
argentinas con el resto de los países del globo.
Y todo – impúdicamente – vale. El agravio desproporcionado y la reconciliación
hipócrita, luego de la cual el débil cedazo social es poco lo que podrá filtrar
y seguramente tendremos más de lo mismo.
El gobierno prefirió este camino en vez de llamar a un gran encuentro nacional,
promoviendo un diálogo constructivo y un pacto virtuoso que crearan las
condiciones para el desarrollo de una profunda y abierta autocrítica, en el
marco de una nueva transparencia y una noble reconciliación.
La prédica agresiva que baja desde las alturas del poder, el choque incesante de
los distintos sectores afectados por el desorden y la injusticia, más el
permanente hostigamiento de la dura realidad, contribuye a la crispación de los
espíritus.
La claudicación de las elites, la pérdida de la esperanza de los sectores
medios, la degradación de la marginalidad y la irrupción de la indigencia, van
creando un ambiente insoportable y desalentador para la mayoría de la gente
común, que siente angustiada e impotente el aumento de sus dificultades
cotidianas para resolver sus actividades laborales y de su vida de relación.
Pero es difícil presumir que algo de esto se pueda reparar en las nueve semanas
que quedan para las elecciones del 23 de octubre. El Gobierno perdió su
oportunidad. No se abocó a las verdaderas cuestiones de fondo – las causas de la
enfermedad – y ahora, en esta instancia, no puede atacar los síntomas, más bien
los ha agravado.
Mientras tanto y como siempre, la calle y el espacio público seguirá siendo el
ámbito físico en el cual obligadamente todos los argentinos nos vamos a
encontrar. Es allí, en la calle donde se mezclan el ciudadano, el consumidor, el
usuario, el rico y el pobre, el automovilista y el peatón, el activo y el
pasivo, el que tiene sus necesidades mínimas satisfechas y el desocupado, el
marginado y el que intenta disfrutar de su ocio creativo, El que se siente feliz
y el desesperado.
Ya se ha instalado el debate sobre a quien corresponde, si a la justicia o la
policía, poner orden en el caos. Estamos reconociendo así, los efectos de la
patología y debe comenzar cuanto antes el tratamiento sintomático. Pero los
resultados de las próximas elecciones de octubre nos pondrán otra vez en el
umbral de una nueva etapa, para intentar desentrañar las causas de una profunda
enfermedad.
(*) Fue Presidente de la Comisión de RREE y Vicepresidente de las de Defensa y
Seguridad Interior de la Cámara de Diputados de la Nación (1973/76- 1999/2003).
|
|