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LA
VIOLENCIA DE LAS VÍCTIMAS
Agosto 2005
Por Luis María Bandieri
Kirchner es víctima de una conspiración encabezada por el triunvirato Duhalde-Menem-Patti.
Duhalde es víctima de un artero piquetazo que, por inspiración de Kirchner, le
dirige D’Elía. Lilita Carrió es víctima de las guarangadas de Aníbal Fernández,
tal como Mauricio Macri resulta víctima de los desprecios de Rafael Bielsa, a su
vez víctima de los desmanes de los piqueteros de Pitrola, que son victimizados a
su turno por la policía. Los guerrilleros de los 70 fueron víctimas de la
represión militar, cuyos cuadros son ahora víctimas de los jueces federales,
para quienes treinta años no es nada. Omar Chabán se declara una víctima más de
Cromañón, como antes se habían declarado los músicos de Callejeros. Monseñor
Maccarone se presenta como víctima de una trama urdida por los dueños ocultos de
Santiago del Estero, valiéndose de su “buena voluntad” – “se aprovechan de mi
nobleza”, decía el Chapulín Colorado - mientras el remisero Serrano no se priva
de declararse víctima del poderoso ex obispo, que desde su sitial corrompía su
almita de buen muchacho norteño. La cuestión, como se ve, es declararse víctima
o engrosar el lobby de la víctima. Victimizarse tiene indudables
ventajas: la culpa se le transmite íntegramente al victimario y la víctima se
rehace de modo automático una virginidad, que le permite tomar desquite a su
turno con la conciencia tranquila. La víctima no está sujeta a deberes y, como
tal, penetra en una zona de impunidad en donde todas sus réplicas quedan
justificadas. Hágase víctima, y todo le estará permitido.
No estamos ante una especialidad argentina, pero, por estos pagos, la profesión
de víctima la hemos mejorado mucho. René Girard avanzó la tesis de que las
sociedades, desde las primitivas al presente, no lograron tomar forma sino a
partir de la contención de la violencia mimética por una violencia fundadora, a
través del sacrificio de un hombre o animal, que se designa como el enemigo
colectivo y luego es objeto de apoteosis, al convertirse en principio.
pacificador.
Más allá de sus necesidades básicas, el ser humano es un ser de deseos y lo que
ante todo desea es el ser -antes que las cosas, antes que el tener-; es el ser
lo que siente que le hace falta. El otro le parece que posee ese ser del cual él
está desprovisto. Pero el hombre no sabe qué desear y comienza a desear el deseo
del otro. De este modo, procedemos por ‘mimetismo’, por imitación del modelo. El
cerebro humano es una inmensa máquina de imitar. Cuando el modelo llega a ser un
rival o un obstáculo, el conflicto nace. Todo conflicto surge, así, de una
mimesis de apropiación –Kirchner quiere el poder que tuvo Duhalde al crearlo y
Duhalde el que tuvo Menem al lanzarlo, y Menem soñaba con el poder que Perón en
su momento tuvo y Alfonsín, que en 1983 deseaba esto mismo, debió contentarse
con ir imitando sucesivamente el deseo de Menem, el de Duhalde y el de Kirchner,
para quedar reducido a enterrador de su propio partido. La rivalidad que el
conflicto manifiesta está más allá del objeto mismo que se desea, esto es, en el
caso de nuestros ejemplos, el poder del gobernante.
Cuanto más próximos, y cuanto más intenten diferenciarse, más se van pareciendo
entre sí los rivales miméticos, lo que realimenta la rivalidad y abre la puertas
del infierno de las rivalidades circulares e incesantes -¿en qué se diferencian
verdaderamente Cristina e Hilda, lady Cri y Chiche? ¿qué tienen de distinto
D’Elía y Castells?. Si lo que me distingue del otro no existe ya, ¿quién soy yo?
El modelo, para mantener la distancia con el sujeto, puede impedirle la posesión
del objeto: no hagas como yo. El modelo, al mismo tiempo, se convierte en el
poseedor de lo deseable y el que prohibe la posesión, lo que da lugar al odio y
a la violencia recíprocas. [1]
Esta disputa entre dos rivales que pretenden diferenciarse, pero en realidad se
asemejan más cuanto más enconada resulta su rivalidad, puede versar sobre la
misma mujer o el mismo hombre, el mismo territorio, los mismos alimentos, los
mismos objetos, etc. Piénsese, por ejemplo, en la difusión planetaria del
capitalismo desde los países del mundo llamado desarrollado a los llamados en
vías de desarrollo y los mecanismos conflictuales que pone en movimiento. Los
esfuerzos de los segundos por asemejarse a los primeros son vistos al inicio con
simpatía, salvo que se conviertan en rivales (caso de China, por ejemplo) contra
los que hay que luchar. A la vez, en los países imitadores, cuando el modelo que
se creía a punto de alcanzarse ("somos del primer mundo") se aleja, surge la
frustración y la acusación al otro como fuente de los males propios.
La violencia recíproca derivada de la rivalidad mimética suele generalizarse y
convertirse en endémica. Más que por la escasez del objeto, o agravando ésta,
tal conflictualidad expandida se potencia por la convergencia de deseos
múltiples sobre un mismo objeto. Contra la generalización de la violencia
mimética en el seno de una comunidad, existe el remedio arcaico de la resolución
sacrificial. La comunidad erizada de conflictos se une para inmolar una víctima
(animal u hombre) a la cual se declara culpable de los males sufridos – Bush,
Menem, los militares, etc. La violencia mimética dispersa se desplaza
lateralmente y se concentra en la víctima sacrificial, proclamada antagonista de
la sociedad toda. Como la víctima, consumado el sacrificio, deja de representar
el desorden extremo para convertirse en nuevo principio unificador, se termina
divinizándola. Este, según Girard, es el modo de creación mítica de lo sacro. Lo
sagrado resulta, para nuestro autor, un proceso violento de erradicación de la
violencia social, descargándola sobre la víctima emisaria original, lo que se
reitera periódicamente por inmolaciones expiatorias. Así, según Girard, se
obtiene la "paz del mundo", la contención del conflicto generalizado. Esta
lógica del mito ha sido puesta en cuestión -siempre según Girard- únicamente por
el cristianismo, que denuncia el mecanismo sacrificial como violencia pura, ya
que se ejerce sobre una víctima inocente.
Recapitulemos, pues, el esquema girardiano: rivalidad mimética; crisis por
abolición de diferencias; violencia generalizada; resolución sacrificial;
recuperación de un orden sobre la víctima sacrificada; permanencia del orden por
sacrificios expiatorios periódicos. Al querer emanciparse la modernidad de lo
sagrado, no lo superó, sino que terminó recayendo en la lógica sacrificial por
otras vías. Las sociedades actuales, de democracia de masas e indiferenciación,
pletóricas de pasiones miméticas en choque, mantienen multiplicadas las fuentes
de la violencia. Por medio de los antagonismos miméticos, se establecen las
jerarquías inestables del mérito y del éxito. En las sociedades primitivas, la
competencia real entre individuos, aunque igualmente existente, jugaba un papel
mucho más débil. Al contrario, en nuestras sociedades, la existencia misma de
rivalidades está posibilitada por instituciones y símbolos socialmente
aceptados. Los deseos superan constantemente las posibilidades de la producción
de objetos, con un resultado de decepción y frustración colectivas: lo bastante,
como decía la economista norteamericana Joan Robinson, resulta hoy demasiado
poco. La sociedad se expresa, pues, por conflictos incesantes y omnipresentes
nacidos del deseo mimético. Y la igualdad de condiciones (poniendo en entredicho
el optimismo de las Luces) se manifiesta una fuente permanentemente renovada de
conflictos, ya que la puja mimética no es sinónimo de reparto justo. La
violencia sacrificial reaparece por flancos inesperados. Así, en nuestros días,
toma forma una especia de lobby de la víctima, privado de toda referencia
trascendente, que da lugar a un nuevo sistema de persecución, mediante el cual
se ejercita la violencia por medio de la víctima y en su nombre.
Cuando no hay más trascendencia religiosa, humanista, o cualquiera otra, para
definir una violencia legítima y garantizar su especificidad frente a toda
violencia ilegítima, lo legítimo y lo ilegítimo de la violencia, dice Girard,
quedan librados a la opinión de cada uno, es decir, a la oscilación vertiginosa.
A partir de allí, hay tantas violencias legítimas como violentos haya, lo que
quiere decir que no hay legitimidad de la violencia en absoluto. "Sólo una
trascendencia cualquiera -concluye en este punto nuestro autor- haciendo creer
en una diferencia entre el sacrificio y la venganza, o entre el sistema judicial
y la venganza, puede engañar durablemente a la violencia".
Los argentinos estamos envueltos en el ciclo de una violencia mimética desatada
en escalones de subida constante, sin asomo de trascendencia que la encuadre.
Ello ocurre en todos los campos: políticos, económicos, sociales, culturales,
etc. El sistema judicial, de posible regulador, se ha ido convirtiendo en sede
del ejercicio de venganzas recíprocas. Y los dignatarios religiosos, al sentir
afectado a un par, han entrado de buena gana en la rivalidad mimética. El
instrumento por excelencia que alimenta esta espiral de violencia es la
victimización. Estamos rodeados de víctimas sacrificadas en altares inútiles que
multiplican la violencia, ejercida en nombre de ellas. ¿Hasta dónde y hasta
cuándo llegaremos en esta carrera sin sentido?
[1] Violencia recíproca generada
por el odio bajo forma de re-sentimiento, palabra que expresa con claridad la
rivalidad mimética y la reciprocidad maligna que se desarrolla entre el imitador
del modelo y el modelo, convertido en imitador del imitador.
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