UN GOBIERNO QUE SE ALFONSINIZA

 

Septiembre 2005
por Maria Zaldivar


Los argentinos estamos preocupados. Nos quieren subestimar pero nuestra historia no lo hace sencillo; por brillantes que sean los cerebros que por estos días merodean la Casa Rosada, engañar a un argentino es una misión casi imposible. No basta con la simpática genialidad de Braga Menéndez al frente de la propaganda oficial, ni con la diplomacia de Fernández y Fernández para explicar las andanzas políticas; tampoco alcanza con la prudencia de Cristina Kirchner a la hora de campañar (término de la familia de palabras de “hacer campaña”), o con la constancia conciliadora del presidente. Nosotros nos damos cuenta de todo.

Cuando Néstor Kirchner chocó de frente contra una cámara de televisión horas después de haber revoleado el bastón de mando que le entregara su otrora sponsor político Eduardo Duhalde, temimos por él pero inmediatamente supimos que la herida no revestía gravedad, que el suceso respondía a la euforia que implicaba el flamante desembarco y que la profundidad del corte era inversamente proporcional a aquella.

El episodio de Semana Santa, cuando el Presidente fue hospitalizado de urgencia no bien arribó al sur, fue mucho más complejo. A pesar de la connotación turística que adquieren los feriados para la sociedad argentina, la falta de precisiones sobre su estado de salud inquietó realmente. También aquello fue felizmente superado y la calma volvió a reinar, estrictamente en términos sanitarios, por supuesto.

Pero lo de ahora, independientemente de las cortinas de humo que nos inventan, está trascendiendo. Las amabilidades que se cruzaron fueron el preámbulo que hizo inevitable el posterior contagio. “Complotitis” reza el diagnóstico inicial y, según los primeros cultivos, parece contener la misma cepa que contaminó a Raúl Alfonsín en 1987. En aquella oportunidad, se denunció un complot; luego fueron detenidos “por las dudas” siete ciudadanos y finalmente se dictó el estado de sitio; en ese orden. Los años pasaron y en el siglo XXI las cosas se hacen distintas.

Esta vez, también empezaron con el complot pero luego todo, todo se canalizó por cinemascope. Si bien no hubo declaración tan explícita como aquel inolvidable “Minga con el Fondo!”, acusar por televisión, hacer nombres sin radicar denuncia alguna ni ofrecer pruebas del supuesto delito es una especie de corte de manga virtual; casi un “Minga con las formas!” que se lleva puestas las instituciones, la justicia, el honor de las personas y la credibilidad general de un solo saque, lo que prueba que la naturaleza causa desastres de envergadura pero que el poder de la lengua puede ser igualmente devastador.

Lo cierto es que al siglo siguiente, un dirigente de otro partido político hecha mano del mismo paupérrimo argumento para disfrazar la realidad; para distraer la mirada general que tiende a posarse sobre la inseguridad reinante, la pobreza extrema, la falta de oportunidades, el desmantelamiento institucional, la subversión de valores, el desprecio innato de estos funcionarios por la libertad y la más absoluta ausencia de proyecto.

Así como ningún complot socavó la administración radical de los 80´, salvo su propia e inmensa incapacidad, el actual gobierno empieza a demostrar que el escenario ficticio de los enemigos internos es la menor de las semejanzas que guarda el kirchnerismo con el desastre alfonsinista.

 

 

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