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LA
CRISIS POLÍTICA EN BRASIL
La
esperanza se transformó en decepción
Septiembre 2005
por Bruno Ayllón
Brasil se enfrenta a un decisivo dilema político: asumir que la corrupción es
parte inherente de su sistema político y electoral, y aceptarla pasivamente, o
proceder a una reforma profunda para fortalecer su democracia. Todo parece
indicar que no será el Partido de los Trabajadores (PT) quien lidere este
proceso, dada su responsabilidad en la crisis.
La legitimidad democrática y la confianza en los representantes políticos están
en juego. Las elecciones de 2006 se presentan sin claros favoritos.
Resumen: Durante el invierno sudamericano, en Brasil se registraban
altísimas temperaturas producidas por un carnaval de denuncias, escándalos de
corrupción y revelaciones de compras de diputados y de pactos políticos
inconfesables a cambio de maletas de dinero, que dinamitaron el panorama de
aparente calma existente desde la elección de Lula. Brasil se enfrenta a la más
grave y profunda crisis política desde el retorno a la democracia en 1985.
Sabemos cómo y cuándo se ha originado, pero no podemos afirmar hasta dónde
llegará, dado el abismal precipicio al que se ha asomado la clase política
brasileña, a pesar de la fortaleza demostrada por las instituciones de la
República. La crisis ha impactado de lleno en el PT del presidente Lula, en la
base aliada del gobierno en el Congreso Nacional, en el sistema de financiación
de las campañas electorales y en las expectativas de Lula para su cada día más
improbable reelección. Sólo la política económica, comandada firmemente por el
ministro de Hacienda, Antonio Palloci, ha permanecido resguardada de los
vaivenes de la crisis.
En definitiva, se está poniendo en evidencia el alto grado de corrupción de la
política brasileña.
Se puede afirmar que esta crisis, de consecuencias aún impredecibles, ha matado
la esperanza de millones de brasileños en un cambio que estaría representado en
la figura de Lula y en el partido que enarbolaba, de forma arrogante y con
exclusividad según su actual presidente interino, Tarso Genro, el estandarte de
la ética y de la lucha contra la corrupción.
Lula logró hacer del lema "la esperanza venció al miedo" una bandera que
consiguió millones de votos en 2002, principalmente de la clase media centrista
y moderada. Esta bandera está hoy hecha harapos, con un PT en proceso de
desintegración y lucha entre facciones; con un gobierno desorientado y sin una
estrategia definida para enfrentar la oleada de acusaciones y denuncias; y con
un presidente que no ha sabido dar la talla ante las denuncias, recurriendo a
tácticas escapistas, cuando no abiertamente populistas, sin asumir su
responsabilidad o su omisión, denunciando un complot de la oposición y de las
elites económicas.
Aunque son éstas las más interesadas en mantener a Lula en el poder, una para
debilitarle lentamente hasta las elecciones de 2006 y las otras para asegurar la
estabilidad macroeconómica que garantice al menos un crecimiento mediocre y un
statu quo más seguro y menos arriesgado frente a la amenaza del vicepresidente,
José Alencar, o del presidente de la Cámara de Diputados, menos comprometidos
con la ortodoxia y que asumiría él gobierno en caso de renuncia o impeachment
del presidente Lula.
Análisis: El maestro de la música popular brasileña Antonio Carlos Jobim
solía decir que Brasil no era un país para principiantes. La actual crisis
política que convulsiona el país desde hace tres meses desafía a los analistas y
ratifica sus palabras. No es fácil transmitir todos los vericuetos, personajes y
factores que han llevado esta crisis hacia un auténtico marasmo político con
implicaciones graves para la economía y la sociedad brasileñas. Su correcta
comprensión exigiría presentar detalladamente las características básicas del
sistema político y electoral brasileño, del funcionamiento de las campañas y de
los principales sectores e instituciones involucrados en la difícil tarea de
representar los intereses de una compleja sociedad de 184 millones de
ciudadanos, y en el más arduo menester de garantizar su gobernabilidad.
La crisis admite varias lecturas e interpretaciones pero todas remiten a la
corrupción de la política, a la diseminación de prácticas clientelitas, a las
disfunciones de un sistema político y electoral agotado e inviable y a las
deficiencias del llamado "presidencialismo de coalición" que, en la práctica,
llevan al presidente a realizar arriesgadas piruetas para conseguir la
construcción de mayorías y el apoyo, en la Cámara de los Diputados y en el
Senado Federal, de los parlamentarios que deben votar la agenda política del
gobierno. Es verdad también que, en el seno de esta crisis y sin menoscabo de la
veracidad o no de las acusaciones, se encuentra el juego político de una
oposición, por la izquierda y por la derecha, que ha visto en las denuncias la
oportunidad para golpear al gobierno y al PT, adelantando así un año y medio el
debate electoral sobre la reelección de Lula, dada por segura antes de los
escándalos. Este ARI busca encontrar el origen de la crisis política y sus
principales hechos para luego proceder a su análisis y a la explicación del
panorama político brasileño, presentando los escenarios posibles, hasta octubre
de 2006, cuando se deberá renovar el poder legislativo y ejecutivo.
El origen de la crisis
El detonante de todo este enredo fueron las revelaciones de la revista Veja, en
mayo, de una grabación de video en la que unos empresarios sobornaban, con
éxito, a un alto funcionario de la empresa estatal de Correos. En la cinta,
grabada por agentes de la Agencia Brasileña de Inteligencia (ABIN), el
funcionario confesaba la existencia de un sistema de financiación del Partido
Laborista Brasileño (PTB), integrante de la base aliada del gobierno Lula, y
cuyo principal beneficiado era el diputado Roberto Jefferson.
La presencia de funcionarios apadrinados por los partidos progubernamentales en
las empresas estatales es una práctica habitual en Brasil y es parte del botín
exigido por la voracidad de sus líderes que financian así sus actividades
políticas. Jefferson se dio a conocer en Brasil por integrar la llamada "tropa
de choque" del ex presidente Collor y su trayectoria política ha estado
salpicada de episodios turbios. Acosado por las denuncias y sospechando una
conspiración desestabilizadora capitaneada por José Dirceu , ministro de la Casa
Civil y por entonces auténtica eminencia gris del gobierno, Jefferson inició el
contraataque denunciando la existencia de un "mensalão", un soborno mensual,
pagado a diputados de la base aliada (Partido Liberal -PL- y Partido Progresista
-PP-), patrocinado por la cúpula del PT, ordenado desde instancias próximas a
Lula y gestionado por el empresario Marcos Valerio, que nutría sus arcas con
préstamos bancarios cuya garantía eran contratos publicitarios ganados
fraudulentamente en licitaciones de empresas estatales. El "mensalão" pretendía
remunerar la fidelidad de los parlamentarios de la base gubernamental y asegurar
su voto en los proyectos del gobierno. A partir de este momento los
acontecimientos se precipitaron vertiginosamente con un tsunami de denuncias.
El episodio álgido, con niveles de audiencia insospechados en las televisiones,
fue la declaración de Jefferson, el 14 de junio, al Consejo de Ética del
Congreso, donde hizo un auténtico picadillo de la clase política, confirmando
denuncias, citando una lista de políticos beneficiarios directos del "mensalão",
todos de la base aliada, y apuntando a Dirceu como el impulsor de los sobornos.
En una frase incorporada a la historia política de Brasil, Jefferson acorraló a
Dirceu: "Sal de ahí (del gobierno), sal antes de que hagas reo a un hombre
inocente, que es el presidente Lula". Dos días después Dirceu dimitía y
regresaba a la Cámara de Diputados para poder defender su integridad y la del
gobierno.
Fueron creadas diferentes Comisiones Parlamentarias de Investigación (CPI), una
dedicada al escándalo de los correos, otra al "mensalão" y una tercera, por
determinación de la Justicia, para aclarar la implicación de la mafia de los
juegos de azar en la financiación de partidos políticos. Las denuncias de
corrupción contra el PT ya venían de antiguo y de la mano de dos episodios que
aún colean y amenazan con nuevas acusaciones contra el entorno de Lula. En el
primer episodio, en febrero de 2004, un asesor directo de Dirceu, Waldomiro
Diniz, fue grabado exigiendo dinero para las campañas del PT a Carlinhos
Cachoeira, jefe de una red de juegos ilegales en Río de Janeiro. La oposición
pidió la cabeza de Dirceu y la instalación de una CPI. Dirceu logró zafarse
gracias a la base aliada para evitar la creación de la CPI.
El segundo episodio fue más trágico. En enero de 2002, fue asesinado el alcalde
de Santo André, Celso Daniel del PT. Inicialmente se creyó en un crimen común,
pero investigaciones posteriores han levantado la fuerte sospecha de un crimen
político, consecuencia del descubrimiento de una trama de corrupción para la
financiación ilegal del PT.
Buena parte de las acusaciones giran en torno a la figura polémica de Dirceu,
que controla la tendencia del Campo Mayoritario, la principal del PT, que tiene
muchas posibilidades de ganar la presidencia del partido en las elecciones
internas de septiembre de 2005 y a la que pertenecen todos los implicados en la
crisis que, a día de hoy, ni han sido castigados ni expulsados del partido. No
cabe duda de la responsabilidad de Dirceu en la crisis, sea como personaje imán
de los principales escándalos, desde él caso Waldomiro hasta la articulación de
las desastrosas alianzas partidarias, sea como factor desestabilizador por sus
discrepancias públicas con la política económica de Palloci.
Las interpretaciones
Hasta aquí, en trazos gruesos, el núcleo central de las denuncias, pero es
conveniente intentar analizar el origen profundo de la crisis. Para muchos
analistas, es necesario retroceder a las elecciones de 2002, ya que Lula y su
núcleo estratégico más cercano estaría pagando el precio de las malas compañías.
Casi sin percibirlo, el gobierno Lula se fue volviendo prisionero de una alianza
nefasta que nunca pudo controlar y que acabó escapándosele de las manos,
convirtiéndose finalmente en su rehén. Para atraer al electorado de centro, Lula
desarrolló una estrategia con dos líneas principales de acción. La primera,
sintetizada en la "Carta al Pueblo Brasileño", supuso su compromiso con la
estabilidad económica, renunciando a algunas promesas históricas del PT, como la
suspensión del pago de la deuda o la ruptura con el FMI. La segunda,
materializada en la alianza con el Partido Liberal (PL), lanzaba al electorado
el mensaje de la moderación y atraía hacia su órbita a la clase empresarial y a
los sectores productivos de Brasil.
En realidad, la crisis remite a errores en la estrategia de construcción de una
mayoría, a una pésima gestión política en las relaciones con la base aliada y a
graves fallos del gobierno de Lula. Mientras que la base de apoyo del gobierno
Cardoso la constituían dos grandes partidos, el Partido del Frente Liberal (PFL)
y el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) y algunos pequeños, que
le garantizaban el 80% del Senado y el 62% de la Cámara de Diputados, la
coalición de Lula fue montada a partir de la estrategia de hinchar
artificialmente a pequeños partidos (PL, PP y PTB), incentivando la infidelidad
partidaria y la emigración desde siglas menores a la pequeña constelación de
agrupaciones de la base del gobierno. En apenas dos años, el PP creció de 43 a
54 diputados, el PTB de 41 a 47 y el PL de 34 a 54. El problema es que estos
partidos y sus miembros carecen de compromisos programáticos y representan el
clientelismo y las prácticas corruptas al servicio del gobierno, lo que en
Brasil se llama "fisiologismo partidario". La pérdida del control de la base de
apoyo parlamentaria se comprobó en la elección del presidente de la Cámara de
Diputados, en febrero de 2005. Fue la primera señal de que algo no funcionaba en
la coordinación política del Planalto con el Congreso, al mismo tiempo que
revelaba las luchas intestinas en el PT.
Al fracasar una enmienda para reelegir al presidente João Paulo Cunha (PT), se
abrió el proceso electivo. El PT se dividió entre dos candidatos del partido,
Virgilio Guimarães, candidato disidente, y Luiz Eduardo Greenhalgh, candidato
oficial. Desde el Planalto, Aldo Rebelo (Partido Comunista do Brasil), en la
dirección de la coordinación política, no logró fraguar un consenso y ante la
división del voto petista la oposición inflingió un duro golpe al gobierno y
eligió a Severino Cavalcanti (PP), un político pernambucano polémico por su
confesado y defendido nepotismo, y que representaba en la Cámara al llamado
"bajo clero". Para atraer a Severino hacia la órbita del gobierno, Lula fue
obligado a ofrecer el ministerio de las Ciudades a Marcio Fortes, un político
del PP apadrinado por el presidente de la Cámara.
Con el estallido de las denuncias, la coordinación política, que ya era pésima,
se hizo insostenible, alcanzando un alto grado de descomposición que no
garantiza ninguna fidelidad en aras de la gobernabilidad. La aprobación por el
Senado de una enmienda que elevaba el salario mínimo de 300 a 384 reales contra
la voluntad del gobierno, con un coste de 6.000 millones de euros para las
cuentas públicas, ejemplifica la indisciplina en la base aliada.
Los escenarios posibles
Todo puede suceder en la política brasileña a partir de esta premisa cualquier
análisis respecto al futuro exige cautela, ya que la crisis puede tornarse
crónica, debiendo esperarse nuevas revelaciones y denuncias o, por lo menos, que
las diferentes CPI alcancen conclusiones que permitan determinar la veracidad o
no de las acusaciones y el grado de responsabilidad, por acción u omisión, de
los implicados, principalmente en la base aliada, en el PT, en el propio
gobierno y, last but not least, en el presidente. Al mismo tiempo, la proximidad
de las elecciones presidenciales de 2006 complica la crisis pues cualquier
intento de Lula por defenderse es interpretado como un acto de campaña y
cualquier discurso como una manifestación propia de quien intenta aferrarse al
poder diciendo ignorar todo lo que sucedía a su alrededor para eximirse de
responsabilidades y presentarse a la reelección. De aquí las reiteradas
peticiones a Lula, desde la oposición y desde su propio partido, para que
anuncie su renuncia a la reelección.
¿Qué escenarios nos depararán el futuro?
Un primer escenario imaginable, pero poco probable, es la renuncia o el
impeachment de Lula, acorralado por las denuncias o por evidencias de falta de
integridad administrativa, sí sé demuestra que conocía los manejos de José
Dirceu y no intervino. La cuestión clave es si Lula sabía o no de la existencia
del "mensalão" y si, como parece probado, dio su visto bueno a la alianza con el
PL en las elecciones de 2002, pero sin saber los detalles para formar la
coalición. El PL exigió del PT 3 millones de euros para su campaña, como relató
el presidente del PL, el ex-diputado Waldemar Costa Neto, en la revista Epoca.
Existen tres episodios poco esclarecidos que pueden comprometer a Lula: la
compra por la operadora telefónica Telemar de una pequeña empresa propiedad de
uno de los hijos de Lula, según la oposición por favoritismos políticos y a un
precio por encima de su valor de mercado; un extraño préstamo privado del PT a
Lula por 10.000 euros, que podría proceder de los turbios manejos financieros
del ex-tesorero petista Delubio Soares y de su prestamista, el omnipresente
empresario Marcos Valerio; y el pago ilegal por el PT al publicitario de la
campaña de Lula, Duda Mendonça, de 4 millones de euros, con recursos
provenientes del exterior, abonados en las Bahamas. Por ahora nada está probado,
pero en la mejor de las hipótesis, Lula llegará al final del mandato malherido y
bajo fuego cruzado. Este escenario no interesa a nadie, salvo a los partidarios
de los "cuanto peor mejor". Es principalmente en las filas de la oposición
responsable y moderada donde Lula recoge los principales apoyos para terminar su
mandato. El Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) sabe que puede ser
el principal beneficiario de los votos que dejen de ir a Lula y no le convienen
gobernar el país en 2007 con una economía deteriorada por las incertidumbres de
una renuncia.
Un segundo escenario, bastante probable, es el de una solución de compromiso
entre las diferentes fuerzas políticas que garantice a Lula un mínimo de
tranquilidad para acabar su mandato y salir honrosamente del panorama político y
también asegure a la oposición que no se investigará demasiado en la compra de
votos para la aprobación de la enmienda constitucional que garantizó a Cardoso
el derecho de reelección en 1998. En esta especie de arreglo institucional, tan
del gusto de la clase política brasileña, se ofrecería a la sociedad la cabeza
de algunos culpables, una decena de diputados corruptos que perderían su mandato
y el derecho político de presentarse a elecciones en ocho años. Al mismo tiempo
se aprobaría en el Congreso a toque de corneta, pues cualquier modificación de
la ley electoral debe aprobarse un año antes de las elecciones, una mini-reforma
política que camuflase las urgencias del momento, con énfasis en la reducción de
los exorbitantes gastos de las campañas electorales, reduciendo de 90 a 45 días
el período de campaña, prohibiendo grandes producciones de los candidatos en la
televisión e imponiendo manu militari fondos neutros para todos los políticos,
evitando así la pirotecnia del marketing político y obligando al elector a
prestar atención al discurso y programa de los políticos, con el peligro de
hacer del interés por la res publica un asunto tedioso. Se aumentarían las penas
para los casos de financiación ilegal de las campañas a través de la famosa
"caja dos" o contabilidad paralela y se exigiría de los partidos la publicación
de las donaciones recibidas y la justificación de los gastos. Desde luego, nada
de ir al fondo de la cuestión, lo que quedaría relegado a un tiempo más
oportuno. Esta mini-reforma no atajaría uno de los principales tumores del
sistema político: el troca-troca, el transfuguismo de muchos diputados que
emigran de los partidos por los que fueron elegidos a partidos próximos al
gobierno de turno, produciendo de esta forma tan atípica la deseada
gobernabilidad que caracteriza él desafío máximo de este sistema de
presidencialismo de coalición. En definitiva, se estará incentivando el papel
personalista y disgregador del político-candidato como generador de votos, en
detrimento del fortalecimiento de los partidos, del debate
programático-ideológico y de la identificación del candidato con su
agremiación.Ni una palabra sobre la urgente corrección de las distorsiones en la
representación política de los estados de la Federación y amplio desacuerdo
sobre el establecimiento de cláusulas de barrera que reduzcan la sopa de letras
partidaria.
Un tercer escenario que no se puede descartar, aún pareciendo muy difícil, es la
superación de la crisis con una victoria política de Lula y su gobierno, que no
del PT. La premisa necesaria es la demostración de que, al menos las denuncias
de Roberto Jefferson sobre la existencia de sobornos mensuales pagados por
Marcos Valerio, a instancias del PT, a diputados para aprobar proyectos de ley
del gobierno o para emigrar a partidos de la base aliada, son falsas y que todo
se limitaba a un esquema ilegal de financiación de las campañas electorales del
PT y sus aliados, lo que sólo implica un delito electoral por el que nadie paga
en Brasil y ser una práctica habitual de todos los partidos. En este caso Lula
tendría capacidad de defender ante la opinión pública que fue víctima de un
juego sucio para derribarle del poder y podría recuperar su capital político en
una parte del electorado todavía receptiva a su discurso y a su liderazgo
carismático. El problema para Lula sería encontrar un partido para concurrir con
garantía de éxito a las elecciones. Como afirmaba una periodista brasileña "Ni
Lula tiene un partido, ni el PT tiene a Lula". Por otra parte, Lula podría caer
en la tentación de un giro que afectase de lleno a la política económica.
Estos cantos de sirena vienen patrocinados por sectores empresariales del área
industrial cansados de una política económica centrada en la contención de la
inflación y el mantenimiento de altos tipos de interés que favorecen a los
sectores no productivos y colocan a Brasil en el furgón de cola del crecimiento
de los países emergentes.
Las elecciones de 2006
El panorama es bastante confuso y los escenarios propuestos sólo tienen un
carácter especulativo dada la sucesión de denuncias y escándalos. Marzo de 2006
está en la mira de los analistas al ser la fecha tope para que los candidatos a
las elecciones legislativas y presidenciales cambien de partido y abandonen los
cargos públicos para entrar en la batalla electoral. Es el mes en el que se
realizarán la mayoría de las convenciones nacionales de los partidos para elegir
a sus candidatos presidenciales. La carrera presidencial ya ha comenzado y los
candidatos buscan los primeros puestos en la parrilla de salida. Curiosamente,
los principales codazos se dan dentro de los partidos, entre candidatos
teóricamente amigos.
En el PSDB, el gobernador de São Paulo, Geraldo Alckmin, busca alianzas con
Aecio Neves, gobernador de Minas Gerais, para refrenar los ímpetus de José
Serra, actual alcalde de São Paulo, que hoy ya ganaría a Lula en un segundo
turno. El ex presidente Cardoso trabaja en un discreto segundo plano acariciando
el sueño de presentarse como candidato en una situación de emergencia nacional.
En el PFL, la derecha tradicional que tiene su caladero electoral en el
deprimido Nordeste, despunta Cesar Maia, actual alcalde de Río de Janeiro, pese
a que sus probabilidades de éxito son pequeñas y que muchos en el PFL verían con
buenos ojos una coalición con el PSDB si el candidato fuese Geraldo Alckmin. El
PMDB vive una batalla interna entre los gubernistas que apoyan a Lula,
capitaneados por el ex presidente José Sarney y por el presidente del Senado
Renan Calheiros, y los partidarios de presentar una candidatura propia a
presidente después de 20 años. Todo indica que el PMDB, el partido con el mayor
número de cargos electos, opte por un candidato propio, aunque debe considerarse
la posibilidad de una alianza con el PSDB. El problema será decidir entre tres
opciones, sin que ello suponga una nueva ruptura interna. Anthony Garotinho, ex
gobernador de Río, puede ser el casus belli. Figura polémica por su populismo
teñido de religiosidad, aderezado por una verborrea que le vuelve un político
simpático e irreverente, desembarcó en el PMDB después de haber disputado las
elecciones de 2002 con el PSB. Su talante despierta recelos en el PMDB que no le
reconoce como un político comprometido con el partido.
Germano Rigotto, gobernador de Río Grande do Sul, es una opción
alternativa a Garotinho, pero es un personaje irrelevante a escala nacional.
Como candidato de consenso viene maniobrando en la sombra Nelson Jobim,
presidente del Supremo Tribunal Federal, que fue barajado como candidato
suprapartidario para asumir la presidencia en caso de renuncia o impeachment de
Lula y del vicepresidente Alencar.
El caso del PT es más complicado pues vive un imprevisible proceso de
descomposición alimentado por las disputas entre los partidarios de José Dirceu,
que se niegan a castigar a los culpables, y los proclives a un proceso de
refundación del partido capitaneados por Tarso Genro y por el senador Aloizio
Mercadante. El enfrentamiento entre las alas más radicales del partido y el
Campo Mayoritario, la tendencia de Lula, Dirceu y Genro, agudizado por las
prácticas de corrupción reveladas y por el carácter inexorable de la política
económica de Palloci, pueden conducir a una desbandada hacia partidos de extrema
izquierda y, principalmente, hacia el Partido del Socialismo y la Libertad (PSOL)
creado por los ex petistas expulsados por negarse a votar la reforma de la
seguridad social. La senadora Heloisa Helena, candidata del PSOL, aparece en las
encuestas con un 7% del voto, porcentaje nada despreciable habida cuenta de su
potencial de crecimiento. Sin Lula las posibilidades del PT se diluyen y hoy se
da por cierto que, aún contando con el efecto arrastre de Lula, el partido
sufrirá una debacle en las elecciones de 2006. Cualquier otra candidatura del PT
que no sea la de Lula parece hoy inviable. Las encuestas publicadas en agosto
reflejan que los escándalos de corrupción han hecho mella en Lula, que perdería
las elecciones en el segundo turno contra José Serra del PSDB.
Pero a 15 meses de los comicios nadie aventura una predicción, sobre todo porque
el factor clave que decidirá las posibilidades de cualquier candidato reside en
las alianzas políticas que se vayan fraguando en el segundo trimestre de 2006.
En cualquier caso, parece conjurado definitivamente el peligro del surgimiento
de algún candidato aventurero al estilo Collor de Melo.
Conclusiones: La amenaza que se cierne sobre Brasil es la frustración y la
desesperanza de un electorado que camina a pasos agigantados hacia la apatía y
la decepción pero que, obligado constitucionalmente a votar, puede optar por
expresar su rechazo a la corrupción y a la clase política anulando su voto en
las urnas. Esta forma de protesta, puede ser la alternativa más contundente
contra la desmoralización que sufren los partidos políticos implicados en las
denuncias y contra las componendas que se tejen en el Congreso Nacional y buscan
justificar la mayoría de las ilegalidades cometidas. La viabilidad de la
reelección de Lula pasa por la recomposición interna del PT, incluso por su
refundación, bajo pena de que el partido transmita a la sociedad una imagen
inmovilista y de indolencia frente a la corrupción. El castigo de la anterior
cúpula petista y la renovación de sus cuadros dirigentes son condición
indispensable para salvar al PT del naufragio y crear las condiciones para la
candidatura de Lula a la presidencia. La renuncia de Tarso Genro a presentarse a
las elecciones internas para la presidencia del PT, anunciada el 29 de agosto,
supone una dura derrota para Lula que apoyaba sus pretensiones y una victoria de
Dirceu y sus partidarios del Campo Mayoritario. Ricardo Berzoini, ex ministro de
Trabajo, parece la opción de consenso para superar la crisis interna, aunque se
apunta un crecimiento de las tendencias más a la izquierda. Los analistas
políticos brasileños destacan que existe hoy en Brasil un gobierno sin partido y
un partido sin gobierno. El futuro del PT pasa por aferrarse a la figura de
Lula, el factor aglutinador de las diferentes tendencias en su historia de 25
años. La cuestión es que no sabemos hasta dónde y hasta cuándo Lula necesitará
del PT. Lula encarnó la esperanza de 52 millones de ciudadanos. Puede que muchos
de ellos hagan suya, en octubre de 2006, la bienaventuranza de Swift:
"Bienaventurados los que nada esperan, porque no se verán decepcionados".
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