LA FALACIA IZQUIERDISTA DE LA UNIVERSIDAD GRATUITA

 

Septiembre 2005
Por María Zaldívar (*)


Una de las armas intocables del discurso populista ha sido siempre la gratuidad de la enseñanza que, si bien la constitución nacional contempla para los primeros años de escolaridad, la prosperidad demagógica la extendió hasta la universidad.

Y tal es el retroceso ideológico de las últimas décadas, la involución de las convicciones republicanas y el avance del progresismo intelectualoide (invariablemente de izquierda) que lograron acallar las voces de la razón y el sentido común, usualmente tímidas y hasta algo vergonzantes.

Si es correcto el diagnóstico de que la decadencia argentina ancla en el desprecio, camuflado o manifiesto, por la educación, y si los últimos sesenta años se han turnado gobiernos de facto con administraciones peronistas y radicales, la comprobación empírica que se desprende de una observación despojada de connotaciones políticas, es que los autoritarismos y los populismos desalientan de idéntica forma la preparación del individuo.

Surge la pregunta. ¿Por qué habría de favorecer a los demagogos y a los dictadores una población poco instruida? ¿Qué ventaja tiene para esos gobernantes que el pueblo no sepa pensar? Y en la respuesta a esta cuestión está la coincidencia de ambos sistemas: unos como otros asientan su poder sobre pilares análogos: manejo en lugar de conducción de los pueblos; propaganda por publicidad de los actos de gobierno y la permanente preferencia de los efectos inmediatos sobre lo conveniente, y de lo simpático en detrimento de lo necesario.

En sus coincidencias, los populismos devienen autoritarios en sus efectos y los autoritarismos, en populistas para convertirse en dos cabezas de una misma enfermedad social pues la postergación del esfuerzo es el error compartido y recurrente de la Argentina y sus dirigencias.

Por eso, cuando irresponsablemente políticos de distintos signos defienden la gratuidad de la educación universitaria están apelando a la bien alimentada ignorancia general, que lo agradece como si ello significara un gesto de interés por la suerte del pauperizado pueblo argentino. Omiten decir que los fondos para tal falaz altruismo no los genera el estado y que la verdadera dignidad estaría en crear las condiciones para que cada individuo pudiese elegir en libertad la institución de su preferencia para cursar estudios.

Como tampoco profundizan la cuestión hasta llegar a la raíz de la desigualdad que no está en la universidad sino en los primeros años de escolaridad. Cuando un chico abandona el colegio porque tiene que colaborar en el mantenimiento económico de su familia, cuando pierde el año por la inundación del ranchito donde toman clase tres o cuatro grados juntos; cuando carece de un texto para enriquecer su capacitación; cuando no llega al aula por falta de zapatillas, o llega con hambre, cansado de caminar y con frío acumulado de varios inviernos, cuando esta es una foto macabramente repetida en decenas de distritos, qué universidad se puede imaginar en el futuro de ese niño.

El chico que queda fuera del sistema educativo en la edad de su absoluta indefensión es la auténtica víctima de una injusticia, tanto como el contribuyente cuyos impuestos son destinados a solventar una universidad pública altamente ineficiente. Ambos son manipulados por el estado; en un caso se dispone de los bienes y en el otro, del futuro de las personas.

Pero lo cierto es que a la universidad no se accede o se deja de acceder porque sea gratis; en primer término, porque la universidad gratis no existe. Alguien la paga, sólo que en el caso argentino, precisamente no los que la usan.

La capacitación, como cualquier objetivo personal se alcanza armonizando las aspiraciones y el esfuerzo. Se trata de una ecuación casi matemática que tiene mucho más que ver con la actitud objetiva del individuo que con la subjetividad de las condiciones ambientales que lo rodeen. Entonces, resulta equivocado y pernicioso instalar en el imaginario colectivo que los logros dependen principalmente de factores externos, argumento útil si los hay para neutralizar el estímulo del arrojo y la convicción íntima en la consecución de un propósito.

De la noción de la responsabilidad individual sobre el futuro intentan huir los populismos trasladando culpas -según el caso- a los malos, a los ricos o a los adversarios políticos pero siempre a “los otros” mientras la historia registra repetidos ejemplos de la suerte que el destino reserva a los pueblos que aceptan la comodidad de tal falacia.



(*)Lic. en Ciencias Políticas (UCA)
Buenos Aires, 15 de septiembre de 2005.-




 

 

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