LAVAGNA Y LAS RETENCIONES:
LA POLÍTICA FISCAL MÁS REGRESIVA
DESDE LA HIPERINFLACIÓN ALFONSINISTA

 

Septiembre 2005
por Luis Antonio Candurra


Lavagna y las retenciones: la política fiscal más regresiva desde la hiperinflación alfonsinista

Luis Antonio Candurra


No hace falta ser un analista informado para saber que Roberto Lavagna llegó al Palacio de Hacienda porque fue el nombre que le susurró al oído Raúl Alfonsín a Eduardo Duhalde. Es tan poco necesario como ser una gallina para saber cuándo un huevo está podrido.

El paradigma de ambas orientaciones (Bernardo Grinspun, Juan Vital Sourroilles y sucesores olvidados, los incompetentes por igual Lemes Resnicoff y Mendiguren y el prócer del paga Dios más grande del mundo) es el mismo: creer en que existe o puede crearse de la nada, sólo con amigotadas, una “burguesía industrial” cuando el mundo recorre el camino a la economía del conocimiento.

Dentro del paradigma, hay dos instrumentos esencialmente regresivos y antipopulares: el dólar alto que genera salarios bajos (aunque el ministro mienta a sabiendas cuando niega la realidad) y las retenciones a las exportaciones, fundamental pero no únicamente a las agropecuarias, que castiga el ingreso de lo que se dice promover: un país “exportador”.

Más claro imposible: “Nos llama la atención cuando el ministro de Economía manifiesta la inconveniencia de un dólar de 2,20 o de 2,40, cuando el tipo de cambio del agro tiene este valor del dólar”, apuntó al corazón Luciano Miguens, presidente de la Sociedad Rural Argentina.

El sueño industrialista argentino a través de empresas del Estado o de amigos del régimen de turno no es algo que inventaron Duhalde, Alfonsín y Kirchner, sino una política cada vez más suicida que se inició claramente en 1943.

El voluntarismo militar se creyó capaz de fabricar autos, aviones y locomotoras, y desarrollar una mina de carbón de mediana a baja calidad en ese rincón del planeta, alejado no sólo del mundo sino de la misma demanda energética de la Argentina, que se llama Río Turbio. Un emprendimiento fiscal que hasta el gobierno de Alfonsín mantenía casi 5.000 asalariados (y de suculentos montos relativos “porque la Patagonia es cara para vivir”), eternamente en rojo, con poca producción y sin demanda para la misma. Esto no es teoría: conocí el Rio Turbio de comienzos de 1989, cuando la principal queja del jefe de prensa de YCF era que la empresa no le daba publicidad a la emisora de FM de la que era propietario.

El Estado carece de conocimiento del mercado, de los productos demandados mundialmente y de las tecnologías y técnicas organizativas que emplea cualquier empresa privada en el mundo, no sólo “las grandes corporaciones multinacionales”. De hecho, el procedimiento básico del aparato estatal, provincial y municipal de la Argentina, aunque haya gastado mucho en computadoras, continúa anclado en los mismo principios que eran sus fundamentos en el siglo XIX.

Para no abrumar con la larga lista de resultados de esta política ignorante y antiproductiva limitémonos a señalar tres ejemplos emblemáticos, provenientes de situaciones y gobiernos diferentes:

1) El alto horno de San Nicolás de la ex SOMISA fue el último en el mundo inaugurado sin la vital y ya totalmente difundida hasta en África “agujeta de Linz y Danz”. Esta patente, desarrollada en una universidad austriaca permitía, al inyectar oxígeno adicional, realizar cuatro coladas al día en vez de una cada 24 horas.
2) La eternización del “sueño argentino” del Rastrojero y la moto Puma llevó al gobierno de Arturo Frondizi a promover la instalación de más de dos docenas de empresas en el sector automotor, convirtiéndonos en otro récord digno del Guinness.
3) Los militares del proceso lograron que la estatal YPF fuera la única petrolera en el mundo que perdiera más de 1.000 millones de dólares al año, en medio de la riqueza en que nadaban todas las restantes extractoras, refinadoras y/o comercializadoras del oro negro del mundo (tanto estatales como privadas), cuando se produjo la estampida de precios de finales de los años setenta y comienzos de los 80.

Hoy las retenciones a las exportaciones disminuyen la capacidad de inversión de los sectores argentinos competitivos a escala planetaria, protegen como barrera paraarancelaria a industriales ineficientes que, con costos en pesos, venden en el mercado interno a precios dolarizados. Y el Estado recauda a lo pavote para cumplir su sueño de una Argentina pobre, requisito imprescindible para permitir la clientelización de la política y alimentar el sueño de la eternización en el poder.

¿Quién paga la fiesta? ¿Quién cotiza para las campañas legislativas hoy y presidenciales en 2007 a favor de Kirchner o de Lavagna? Como siempre, el pueblo. Y los culpables a los que amenazan en cada discurso son también, los de siempre: ese malvado de Alfredo Coto que supo poner a 3 pesos los 100 grs. de salmón ahumado noruego en sus populares supermercados, en aquellos “horrendos y corruptos” años de la década del 90. Hoy es la misma persona que, según los parlanchines del Kgobierno, “abusa del pueblo al fijar precios”.

Y después, además, están los analistas, sociólogos y estadistas que no entienden por qué este PEN tan progre ha logrado que la distribución del ingreso de los argentinos sea la peor en su historia, incluso la de esos “nefastos y proimperialistas” años noventa. Como se dijo de los Borbones, y también de los radicales: “Ni saben, ni aprenden”. Pero esto no es sólo una decisión de necedad. Es una decisión basada en la única forma de hacer política que coincide con sus intereses personales.



 

 

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