Octubre de 2005
Por María Cristina Montenegro
Alguna vez lo conocí apasionado por la educación, como única herramienta posible
para un salto hacia el futuro, pero la vorágine de las actividades y las
urgencias de cada cual me impidieron conocer a fondo a quien, sin lugar a dudas,
impregnaba su profesión con un fuerte liderazgo personal.
A poco de su muerte, pensé, hay que rescatar para el porvenir las enseñanzas del
hombre y del soldado, a la postre, las enseñanzas del ciudadano que sólo pensó
en sumar voluntades a un proyecto nacional centrado en valores.
Su vida queda en sus palabras y a nadie escapa que, como en el mandato
evangélico, por sus obras los conoceréis.
“un argentino saluda a otros argentinos a quienes sirve, desde este regimiento
de Patricios, fragua de criollos valerosos, civiles y militares unidos para
rechazar al invasor anticipando los gloriosos días de Mayo.
Muchos de esos soldados fundadores se sumaron a la conquista de la libertad.
Habían dejado la levita, la sotana o el chiripa para empuñar sables y lanzas.
Otros sumaron el filo, la pólvora y el plomo del pensamiento.
Por todos ellos, fuimos una nación. Por todos ellos, tenemos el compromiso de
dar lo mejor a nuestra patria y dejar de lado mezquindades y codicias.
Ellos iban detrás de una idea: la libertad. Iban detrás de un sueño: una
república, su constitución y sus leyes.
Ese sueño, que anticipa a la obra, nos unió. Por eso se pudo.
La permanencia del estado de derecho nos hizo fuerte.
Reflexionemos sobre un ejemplo. Ir por el bien común muchas veces requiere el
abandono de los apetitos personales y la renuncia a privilegios transformándonos
en obligaciones para con la Nación.
Las divergencias fueron lo adjetivo de la historia comenzada en Mayo. Lo
sustantivo fue definir un lugar propio, alzar la bandera y abrir las fronteras
al mundo y a los hombres que quisieran habitar este suelo.
Por esa coincidencia superior, por encontrar juntos nuestro espacio en el mundo,
quedaron impresos los primeros trazos definitivos de la patria posible.
A pesar de las asechanzas externas, a pesar de la precariedad objetiva de la
situación, a pesar del lógico desaliento y de la pobreza de medios, los hombres
de Mayo no se quejaron. Sirvieron sin desfallecer. Sirvieron sin servirse.
Sirvieron a costa de sus vidas” [1]
Por esos dìas la crisis profunda del país era descripta, en una magistral homilía, por Monseñor Bergoglio:
“ Hoy más que nunca, cuando el peligro de la disolución nacional está en
nuestras puertas, no podemos permitir que nos arrastre la inercia, que nos
esterilicen nuestras impotencias o que nos amedrenten las amenazas
.... oscuras complicidades de dentro y de fuera, se convierten en coartadas de
actitudes irresponsables que no vacilan en llevar las cosas al límite sin repara
en daños; negocios sospechosos, lavados que eluden obligaciones, compromisos
sectoriales y partidarios que impiden una acción soberana, operativos de
desinformación que confunden, desestabilizan y presionan hacia el caos...”
[2]
La voz del General Brinzoni, entonces, sonaba clara y certera, con un sensato
optimismo cuando sostenía:
"Hoy, como entonces, se requieren hombres y mujeres esperanzados para la Argentina posible del tercer milenio, que se vislumbra erizado de conflictos. Maestros, trabajadores, artesanos, intelectuales, sacerdotes, hombres y mujeres de coraje con quienes, siguiendo a San Martín, “ hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor
A veces, invocamos a nuestros errores del pasado sin revestirnos espiritualmente de sus ejemplos. A veces, olvidamos que sostener la república requiere decisión, integridad y sacrificio permanentes para liderar el cambio.
Este mundo nuevo- como nuevo era entonces- no se fuerza en convocarnos. Hay un “
dentro” complejo y un “ afuera” desértico. Entremos. Tengamos la voluntad
estratégica para integrarnos a un mundo en impetuosa e inevitable expansión. "[3]
Para todo ello había un imperativo categórico, una clara conciencia de que el
tren del futuro tenía una exigencia insoslayable, un sólo pasaje para el viaje:
la educación.
"Nuestras aulas, las aulas del Ejército, abrieron puertas y ventanas a la
comprensión de este futuro apasionante por el que deberán transitar los hijos y
los hijos de nuestros hijos. La vertiginosa ola tecnológica replantea las
relaciones de poder y aconseja nuestra inserción inteligente.
Soldados: hace tiempo que somos un ejército limitado en medios y austero en
conducta. No hemos vivido la prosperidad material y nos hemos fortalecido en el
esfuerzo solidario. Por eso somos parte de la Argentina que es y será.
Dentro de la escasez, nos concentraremos en la educación, en el adiestramiento
operacional y en el desarrollo de nuevas capacidades tecnológicas..."
[4]
La partida del Teniente General Brinzoni trajo a mi memoria aquel otro tiempo
cuando la oratoria griega, ideada por Tucìdides, puso en boca de Pericles el
magnifico epitafio a las virtudes del guerrero de la Atenas de la democracia y
la libertad. Valores que posibilitaron el desarrollo de todas las
potencialidades creativas de sus habitantes y cuyo legado aún miramos
asombrados. Valores conservados y defendidos por ciudadanos que estaban prestos
para defenderlos.
Para Pericles, el estado estaba obligado a mantener una paz digna y honrosa aún mediante la guerra. Cada ciudadano sabia que la defensa de su ciudad dependía de él, la grandeza de Atenas estaba en sus manos.
"Ésta es la Atenas por la cual estos hombres
han luchado y muerto noblemente,
en la seguridad de contribuir
a que no desfallezca.
De la misma manera
que cualquiera de los sobrevivientes
está dispuesto a morir por la misma causa.
Pues la Atenas que he celebrado,
es solamente la que ha conquistado el heroísmo
de éstos y de sus émulos.
Al fin estos hombres,
apartándose del resto de los helenos,
han de llegar a tener una fama
solamente comparable a sus merecimientos.
Pero si hace falta prueba definitiva
de su bravura intrínseca,
es fácil encontrarla en esta escena terminal.
No es solamente el caso de aquellos
a quienes la muerte
puso el sello final
atestiguando el mérito que tenían,
sino también el otro caso,
vosotros mismos, con vuestra acción, debéis exaltar
el poder de Atenas
y alimentar los ojos con su visión,
día a día, hasta que el amor por ella llene
el corazón de vosotros;
y luego, cuando su grandeza
hacía vosotros se derrame,
debéis reflexionar que fue el coraje,
el sentimiento del deber
y una sensibilidad especial
del honor en acción,
los que permitieron al hombre todo esto ganar.
Por esta ofrenda de sus vidas
hecha en común por todos ellos,
individualmente, cada uno de ellos,
se hizo acreedor de un renombre
que no se vuelve caduco,
así como se hizo acreedor de un sepulcro,
mucho más que el receptáculo de sus huesos:
ya que es el más noble de los altares.
Altar donde se deposita
la gloria por ellos alcanzada
para ser recordada cuando las eventualidades
inviten a su conmemoración.
Porque los héroes
tienen al mundo entero por tumba
y en países alejados del que los vio nacer
(único sitio donde un epitafio lo atestigua)
tienen su ara en cada pecho
y, como mármol que lo preserva,
un recordatorio no escrito
en cada corazón.
Tomad a estos hombres como modelo
y juzgando que la felicidad
es el fruto de la libertad
y que la libertad
es el fruto de la bravura,
nunca declinad en la exaltación de sus valores.
Cuando los medios difundieron el escueto mensaje de su fallecimiento pensé: un
hombre ha muerto, pero no un hombre cualquiera sino un hombre singular. Con esa
calidad que adornaba una personalidad claramente orientada hacia objetivos
superiores: los objetivos superiores de su país y de su Ejército. Un hombre, en
fin, que marcó, con rumbo claro, un camino en un momento nada fácil para el
país.
Estirpe noble de guerrero recuerda a otros de otro tiempo. Testimonio de èpocas
similares, escasísimos en bienaventuranzas materiales y espirituales, pero
abundante en gestos ejemplares, de los pocos que al mundo y a su gente asoman
para dejar luz en las tinieblas de la impostura, la cobardía, la traición y el
deshonor.
Ejemplo cabal de ciudadano que miró en los valores y las tradiciones de la
nacionalidad los pilares fuertes para recibir los cambios epocales, necesarios,
valiosos pero también inhóspito a la hora de enfrentarlos.
Un hombre singular ha partido, pero deja la impronta de su pasión por su
Institución y su país. Es la exacta manera en que perviven sólo algunos seres
que en este mundo han sido y nos recuerdan que.
Allí donde la recompensa al mérito es máxima,
allí se encuentran los mejores ciudadanos.
[1] Mensaje al Ejército Argentino 29-05-02
[2] Homilía de Monseñor Jorge Mario Bergoglio 25-05-02
[3] Mensaje al Ejército Argentino 29-05-02
[4] Mensaje al Ejército Argentino 29-05-02
[5] Discurso fúnebre de Pericles: Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, II, 35-46).
