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LA
COMPOSICIÓN DEL VOTO DE LA
CLASE MEDIA Y LA FAMILIA MILITAR
Octubre
2005
Por Martín Olivera
Tanto en la Capital Federal como en Buenos Aires será fundamental ese sufragio.
De su cambiante humor electoral dependerá el día después.
La Argentina se ha distinguido del resto de la América del sur del río Grande
por su fuerte y extendida clase media, producto en parte de la tenacidad de los
inmigrantes, del avanzado concepto educativo de Domingo Faustino Sarmiento y los
hombres de la Generación del 80 y de la extraordinaria dinámica que imperó en el
siglo XX y permitió veloces ascensos en la pirámide social, cultural y
económica.
Esta esencial característica argentina hizo de nuestro país, en el pasado, una
Europa en América, al tiempo que nos colocaba entre las diez potencias
económicas del mundo y, sin dudas, en la vanguardia cultural, educativa y
profesional de las primeras décadas del siglo XX.
Guste o no, con el advenimiento del peronismo, accedieron al sistema de
consumo miles y miles de familias hasta entonces marginadas y, sin demoras, ya
sus hijos pudieron disfrutar de una educación envidiada por el orbe. Y así la
Argentina superó la lucha de clases para fusionarse en una gran clase, la media,
en la cual convivían diferentes realidades económicas.
En las últimas décadas del siglo XX, el nivel educativo fue descendiendo de la
mano con la caída colectiva de los valores morales y, en los últimos lustros,
comenzó y se aceleró un proceso de expulsión económica desde la clase media
hasta la pobreza y la marginalidad, lo que está más que demostrado aún por los
no creíbles índices del INDEC.
Y si bien la clase media nunca votó por una consigna determinada, sí había
tendencias que se constataban comicio tras comicio. No enrolada ni con "la
patronal" ni con los sindicatos, tuvo siempre un cierto tinte independiente y
ligeramente antiperonista, cuando el peronismo existía o cuando lo vislumbraba
como el del lapso 1945-1955.
Pero todo cambió. Ya no hay una "tendencia de voto de la clase media".
Ahora, y desde hace varias convocatorias a las urnas, la elección de las boletas
parece estrechamente vinculada a los intereses particulares, a la percepción
-reiteradamente equivocada- de qué es lo que más le conviene, o al simple axioma
impuesto en su triunfal campaña presidencial por Bill Clinton: "Es la economía,
estúpido, es la economía".
Sin embargo, no es tan sencillo demostrar que todo es así, aunque parezca. En la
Capital Federal, distrito donde la clase media es abrumadora mayoría, el voto
ciudadano es el más infiel de todo el país. Salta sin vergüenza de la derecha a
la izquierda, del estatismo a las privatizaciones y de las simpatías por la
represión o la anarquía. Podría, por lo tanto, concluirse que, efectivamente,
sólo es fiel a sus propios intereses, tal vez llevando al plano individual
aquella afirmación renacentista de que "en la política no hay amigos
permanentes, sino intereses permanentes".
La Capital nunca fue un distrito peronista. A lo sumo, le prestó votos, como
en la reelección de Menem en 1995, cuando lo apoyó más del 40% de los porteños.
Históricamente, siempre miró con simpatía a la UCR y, del 83 en adelante (no
equivocarse con la Ucedé, que nunca superó el 25 por ciento de los votos), no
ocultó una simpatía por el denominado progresismo (en Europa sería un "regresismo").
Pero, quede claro, nadie es dueño del sufragio del "medio pelo porteño", como lo
denominaba Arturo Jauretche. Obsérvese que saltó del menemismo al más furibundo
antimenemismo sin inmutarse. Pero, ¿qué privilegiará ahora: sus simpatías
ideológicas o la protección de sus bolsillos?
A juzgar por las encuestas, que en este distrito hacen vislumbrar que no hay
espacio para la sorpresa, se hará un mix entre el coqueteo con el progresismo y
el cuidado monetario. Si bien es el distrito donde con más comprensión se han
mirado los giros setentistas del presidente, especialmente su debilidad por sólo
creer en los derechos humanos de un lado y en las atrocidades del otro, es
también donde más, proporcionalmente, se ha sentido el castigo económico a la
clase media.
Las reiteradas subas en los colegios privados y las prepagas, amén de la
vivienda y, por supuesto, la alimentación y la limpieza, en el marco de una
inusitada voracidad fiscal, han golpeado de lleno en los ingresos del grueso de
los habitantes de la ciudad de Buenos Aires. Si a esto le sumamos el cotidiano
castigo de los piquetes protegidos por los funcionarios oficiales, se entenderá
que el humor no es favorable a la Rosada.
Coadyuvan en este sentido - y esto también es válido para el primer cordón del
Gran Buenos Aires - la irritación por los malos modos del presidente y su
séquito, la ineficiencia frente a la inseguridad y el hartazgo por el reparto
irresponsable y clientelista de los planes Trabajar, Jefas y Jefes, etc.
Precisamente, la clase media mira con desagrado la política gubernamental al
respecto. Por un lado, condena, con lógico criterio, esta exaltación de la
cultura del "no trabajo" - lo de "planes Trabajar" es propio del 1984 de George
Orwell - pero, con entendible celo, también ve cómo quedó afuera de
cualquier tipo de ayuda social. Nadie, en la Argentina, está más desprotegido
por el Estado que la Clase Media, que, justamente por esa característica, no
califica dentro de lo que la administración considera como bolsones de riesgo.
El abandono de este sector, a su vez el más castigado por la enorme diversidad
impositiva, se da en todos los planes, desde los jubilados, sector en el cual
sólo han recibido ajustes los de prestaciones mínimas, quedando todo el resto
fuera de los beneficios, hasta los uniformados (ver aparte), a los que no sólo
se los estigmatiza por todos los males del pasado, presente y futuro, sino que,
además, se los castiga salarialmente.
Va de suyo, entonces, que con este cuadro de situación la clase media debería
darle vuelta la cara al kirchnerismo en sus diversas vertientes. Y algo así
ocurrirá en la Capital. Si descontamos los no votantes (una cifra que puede ser
récord el domingo), a grosso modo podríamos dividir el electorado en 5 grupos:
1) El izquierdista de origen no peronista, revolucionario (en la teoría, claro)
y desencantado con el presidente por sus "concesiones al sistema" y el pago de
la deuda, y los "progres" que no adhieren a Elisa Carrió. Presentados en
diversas listas - la unión es lo primero- , rondarán en conjunto el 18 por
ciento.
2) El de centro, centro derecha y derechista que no soporta a Macri - el titular
de Boca paga alto la portación de apellido - y que pretende, lo reconozca
o no, quedarse con los beneficios de la defensa del capitalismo. También en un
ramillete de frentes y partidos, entre todos difícilmente pasen del 12 por
ciento.
3) El de centro izquierda, que padece la economía y el discurso de Kirchner. Se
encolumnará tras la candidatura de "Lilita" Carrió y rondará el 25 por ciento de
los votos.
4) El de centro derecha, en el cual conviven peronistas y no peronistas, que
cuestiona de raíz tanto la economía como la política del presidente. Tras la
figura de Macri, aspira a pelear palmo a palmo con Carrió.
5) El oficialismo, encarnado por Rafael Bielsa, un santafesino con un largo
pasado de funcionario oficial, que fue obligado a candidatearse cuando él soñaba
con seguir gozando de la Cancillería. Pese a sus esfuerzos y su simpatía - nada
que ver con Marcelo, su célebre hermano que condujo al estrepitoso fracaso a la
selección de fútbol en el Mundial de 2002- es muy probable que no pueda taladrar
el 20%.
De este análisis se desprende, con cierta lógica, que sólo 1 de cada 5
integrantes de la clase media porteña votará al hombre ungido por el presidente
y, contando los que no votan, lo harán 1 de cada 7.
¿Pasa lo mismo en la Provincia? En principio, y si creemos que las encuestas
tienen algo de razón, no, y las causas son, básicamente, tres: la falta de
alternativas, la impudicia en los saltos ideológicos y políticos de muchos
dirigentes y el gran momento económico del campo. Veamos:
1) Sin recorrer - y me animaría a decir sin conocer- la Provincia,
Cristina Fernández se ha beneficiado con la polarización con "Chiche" Duhalde y,
apoyada por una billetera que parece sin fondo y utilizada sin ningún prurito
ético, se ha instalado, más allá de que esto sea cierto o no, como la segura
ganadora. Los estrategas de la Casa Rosada lograron que no se discutiera sobre
el triunfo de la senadora santacruceña, sino sobre el porcentaje que le sacaría
al duhaldismo. Frente a esto, ni López Murphy, que nunca se decidió a seducir a
los radicales de la Provincia, ni Luis Brandoni, un buen comediante, ni Marta
Maffei, opacada como todo quien milite con Carrió, se mostraron como una
alternativa interesante.
2) El comportamiento de muchos intendentes, tanto peronistas como radicales y
vecinalistas, que se entregaron sin resistencia a la billetera presidencial con
el grueso de sus organizaciones. Eso hace que Cristina Fernández cuente con los
mayores "aparatos" de la Provincia, determinantes si es bajo el nivel de
vocación. El cambio de los alcaldes duhaldistas al kirchnerismo es, hasta cierto
punto, justificable, ya que se podía explicar como un "pase interno". Lo de
algunos radicales es más burdo. Oficialmente, apoyan al candidato de su partido,
ilusionan con promesas a los seguidores del "bulldog" y "arreglan", obras,
dinero y promesas mediante, con los enviados del Ejecutivo.
3) El gran momento económico del campo, no producto de la política oficial sino
de contingencias meteorológicas y externas, donde no pesan las presiones
ideológicas ni se sufren los piquetes como en la Capital Federal y el Gran
Buenos Aires, hará que muchos electores privilegien el bolsillo y voten por el
"no cambio", es decir por Cristina Fernández. Quienes privilegien sus ideas, por
supuesto, votarán en contra.
4) Lo cierto es que también en la Provincia la clase media será decisiva. Los
resultados en el primer cordón del Gran Buenos Aires, en especial en la zona
norte, determinarán a qué jugaron los dirigentes y qué privilegió la clase
media. Los partidos de Vicente López (radical), San Fernando (peronista), San
Isidro (radical) y Tigre (vecinalista) serán el botón de muestra.
En el interior, las tres ciudades clave, Mar del Plata, Bahía Blanca y Tandil,
indicarán el voto de la clase media no directamente relacionada al campo. El
voto en ciudades como Olavarría, Azul, San Nicolás, Pergamino, Chascomús,
etcétera, nos mostrará qué priorizó la clase media vinculada al agro, de
raigambre conservadora.
Claro que el 24 no habrá tiempo para cambiar hacia pero sí servirá, si alguien
se toma el trabajo, para analizar con vistas al futuro qué y por qué vota la
clase media, la cual aún hoy decide las elecciones en Capital y Buenos Aires.
El voto de la "familia militar"
Se entiende como familia militar a los uniformados en actividad, los
retirados y los familiares en primer grado. Si bien no hay un censo exacto
sobre su número, se estima que el total nacional ronda 1.750.000, contando a los
integrantes de las fuerzas policiales y de seguridad. Aproximadamente el 40
por ciento de esa cifra (unas 700 mil personas) tiene domicilio legal o vive en
la provincia de Buenos Aires.
Los militares, en sus diversas variantes (Ejército, Marina y Fuerza Aérea),
suman alrededor de 1.200.000 entre activos y retirados, y oficiales y
suboficiales.
Masivamente, son antikirchneristas. El marcado antimilitarismo de éste, las
sucesivas purgas, la persecución judicial a retirados y ahora a oficiales en
actividad (muchos de ellos iniciaban su carrera en el '76, por lo que no tenían
poder alguno), y las permanentes humillaciones, han tornado al presidente en
un ser indigerible en los cuarteles.
Para colmo, José Pampuro no ha sintonizado en lo más mínimo con los uniformados
y, peor aún, cree lo contrario. Ante su círculo íntimo, ha comentado, en varias
oportunidades, que tiene un diálogo y una confianza con los militares igual o
superior a Horacio Jaunarena (el ministro de la democracia más respetado por los
castrenses). Nada más lejos de la verdad. No sólo no puede ser comparado con
Jaunarena; ni siquiera lo puede ser con López Murphy, que ganó un relativo
espacio de respeto.
El ministro perdió de entrada cuando el presidente, de un plumazo y sin
avisarle, cambió las cúpulas que él había consensuado. Y el poco prestigio que
le quedaba desapareció ahora con los últimos anuncios de incrementos salariales.
Esos ajustes - entendidos por todos como un burdo intento de captación de votos-
no sólo no conformaron a los uniformados, sino que profundizaron la
animadversión con el gobierno. Los errores en ese sentido fueron varios:
1) Fueron anunciados por el presidente a principios de julio - en la comida de
camaradería de las Fuerzas Armadas- y su concreción se demoró sin
explicaciones.
2) No es un aumento salarial, sino un ajuste en bonificaciones especiales,
por lo que no se cuenta para el aguinaldo ni para lo retiros.
3) Los ajustes se producen por caminos indirectos - plus por hijos, por destino,
por estudios, etc.- , por lo que pueden degenerar en un desbarajuste en la
estructura de mandos, haciendo que oficiales o suboficiales con menores
rangos perciban ingresos mayores a los de sus superiores.
4) Al no ser aumentos remunerativos, dejan afuera a los retirados, la amplia
mayoría de la familia castrense. (Esto ya ocurrió en los '90 con Cavallo y
devino en una catarata de juicios perdidos por el Estado, ya que hay un enganche
entre activos y retirados).
Desde el punto de vista de la influencia, deben tenerse en cuenta dos
circunstancias:
1) En 2 de cada 3 familias militares donde hay alguien en actividad hay
alguien en retiro.
2) Las mujeres son las que administran el dinero y por eso son las más críticas
ante la precaria remuneración. No se debe olvidar aquel adagio respecto de
que la mujer de un militar tiene un rango más que su marido.
Todo esto determina que la amplia mayoría de la familia militar no debería votar
a Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires. El interrogante es: ¿a
quién votará? Lo primero a dejar en claro es que los militares van a las
urnas. Como toda obligación, la cumplen por reflejo.
Según encuestas informales que circulan en ciertos comandos de campaña,
aproximadamente un cuarto de los oficiales en actividad y un tercio de los
oficiales en retiro votarán por Ricardo López Murphy. Esta decisión se explica
en la buena imagen que dejó éste en algunos de ellos y en el acendrado gorilismo
perenne en amplios sectores castrenses.
Los restantes repartirán el voto entre Patti y "Chiche" Duhalde, aunque es
difícil determinar el corte de boleta que puede haber por el gorilismo ya
citado. Esto, por ejemplo, se vislumbra en San Miguel, donde muchos riquistas
dudan en votar la lista oficial del PJ, pese a que en ella va la hija del ex
jefe carapintada. En los suboficiales, el componente peronista es mucho más
alto, por lo que aquí pueden hacerse valer los símbolos partidarios.
La Gendarmería vota igual, aunque numéricamente poco pesa en la provincia de
Buenos Aires, en tanto la Prefectura ha sido la fuerza mejor tratada por el
gobierno. Su voto, por lo tanto, puede ser más diluido.
Respecto de las fuerzas policiales, se puede decir que votan en menor proporción
- descreen y por lo tanto lo hacen sólo cuando no pueden justificarse- y
no son tan orgánicos para ello. Muchos de sus votos, presumiblemente, irán a
Patti, y muchos a Rico. Seguro, no votarán a Cristina Kirchner, pero esto no
asegura el voto al PJ oficial.
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