UN CURA CATÓLICO QUE NO DIO SU ADIÓS A LAS ARMAS

 

Octubre 2005


".....Para todos aquellos que estuvieron, y que cada mentira a diario nos deja una herida más, no por las narraciones de charlatanes que negocian con la vida de los héroes que allí quedaron, tratando de vender un show mediático y fraudulento " si no por ver un pueblo embrutecido y desinformado……. “

Muchas voces han contado antes como fue el horror que se vivió en Malvinas. La muerte, la sangre, el frío, el hambre y la necesidad de matar para seguir viviendo. Vicente cuenta la misma historia pero desde otro lado. El no portaba un arma, se defendía con una cruz y una Biblia. Vicente Martínez fue uno de los pocos sacerdotes que acompañó a los soldados argentinos en ese infierno. Vivió 74 días sobre la turba de las islas en un hecho que se transformó en una bisagra para el resto de su existencia. Actualmente se desempeña en el Archivo Histórico Salesiano en Bahía Blanca, pero sabe que su misión es atender los efectos de la posguerra, de auxiliar en la espiritualidad a los veteranos de guerra y sus familiares.


Fue el primer capellán en llegar y él último en abandonar las islas, sin caer prisionero de los ingleses. El sacerdote lamenta el proceso de desmalvinización que ocurrió en Argentina, despotrica en contra de la película “Los chicos de la guerra” porque no cuenta toda la verdad y afirma que la idea original era sacar a los ingleses de las islas, plantar la bandera Argentina y negociar en la ONU, sin llegar a la guerra.


También señala que no todo era mentira por las simples ganas de mentir. Era parte de una guerra psicológica.

 

En otro párrafo duda de las bajas admitidas oficialmente por el enemigo. “Revisé todos los diarios del mundo y en ningún lado figura el regreso de los gurkas nepaleses que atravesaron corriendo 36.000 bombas minas antipersonales que rodeaban Puerto Argentino”.


El padre Vicente tiene una ficha personal de cada uno de los 649 argentinos muertos durante el conflicto (323 fallecidos en el ataque al Belgrano) y un completo diario de guerra que escribió en Malvinas donde se atiborran los terribles recuerdos vividos y sufridos por la tropa argentina.


Este cura se movía con total libertad, ya sea en la Gran Malvina como en Soledad y estuvo a metros del encuentro clave que sostuvieron Jeremy Moore y Benjamín Menéndez para darle fin a la guerra.


TESTIGO
“En Bahía Agradable fui testigo de que manera desaparecían las fragatas y destructores ingleses y yo me pregunto que Nación le infligió tanto daño a Inglaterra. Es justo también decirlo que no nos pasaron por arriba”, relata. Agrega: “Si ellos son los ganadores tendrían que mostrar lo bien que les fue y el poco costo que pagaron por esa conquista pero la señora Margaret Thatcher, en uso de sus funciones, puso un secreto de guerra de no revelar nada por 90 años, hasta el 2072”.


“Respeto y les creo a los soldados que dieron testimonio sobre las carencias que pasaron en el frente porque yo mismo me encontré con dos muertos por desnutrición y fatiga. Existió y fueron casos puntuales, pero no fue la generalidad de los 11.000 soldados. Una compañía la pasó muy mal, eran los que estaban en Puerto Yapeyù (Howart) porque ellos quedaron localizados frente a la playa de desembarco de los ingleses: Entonces no se los podía reabastecer, se trató de llegar con todas las picardías criollas, pero no se pudo. Se mandó al “Islas de los Estados” y lo hundieron, se mandó al “Carcaraña” y lo hundieron, otro barco pudo escapar pero no pudieron reabastecerlos.


Cuenta, que estos soldados se estaban alimentando con 1.200 calorías diarias para racionar los alimentos cuando por la tensión y el frío necesitaban 3.000 calorías.


“Respeto todas las visiones porque les creo, pero es muy parcial. Al soldado se lo metió en un pozo de zorro setenta días y no pudo ver la guerra en su conjunto. Hay que respetarla y aceptarla. Por mi oficio, y el haber sido capellán único durante mucho tiempo, pude recorrer la Isla Soledad desde el cabo San Felipe hasta Monte Kent, desde Moody Brook hasta Puerto Enriqueta. Tenía un helicóptero con un piloto a disposición y pasamos varias veces el canal de San Carlos”, cuenta.


LA RENDICIÓN Y LA POSGUERRA
El padre Vicente tuvo una activa participación tras el cese del fuego. No cayó prisionero y ayudó a los heridos hasta que lo detectaron. Con un remolcador se largó con destino a Comodoro Rivadavia, sin caer en manos inglesas.


“Cuando una bandera se pierde en guerra, no se repone, se reconquista. Eso lo aprendí después. Los británicos están sin bandera en uno de sus regimientos porque las perdieron en las Invasiones Inglesas y esa bandera esta en la Iglesia de santo Domingo. Por eso ellos querían nuestra bandera, porque es histórica y para canjearla por la otra”.


“No pudieron conseguirla porque alguien me la pasó y yo la pude sacar hacia el continente, pero no me pidan que revele el modo en que lo hice. En tanto los sables de los oficiales fueron envueltos en plásticos y escondidos en lugares marcados, para recuperarlos en algún momento”.


Tras la rendición el padre Vicente no se entregó y se mantuvo oculto ayudando a los heridos. De noche los llevaba en un remolcador al “Irizar” que estaba a 40 minutos de navegación y que era un buque hospital reconocido por la Cruz Roja.


El capellán estuvo hasta el 19 de Junio realizando esa tarea. Cuando lo detectaron, terminó de subir a los heridos y se fue con el remolcador a Comodoro Rivadavia.


LLEGÓ A DAR OCHO MISAS POR DÍA
En Malvinas el padre Vicente tuvo mucho trabajo. Durante muchos días fue el único sacerdote para atender en la Fe a miles de soldados. Si bien el Derecho Canónigo permite dar hasta tres misas por día, en casos excepcionales se autoriza a más. Fue asì como llegó a dar a ocho misas en un solo día. Tenía una agenda con día y hora de los lugares a visitar. Asegura que nunca les falló a pesar de los bombardeos y las continuas alertas rojas.


Una vez ocupada la isla, en la cabecera del aeropuerto se enterró un rosario y se puso la pista bajo la protección de la Virgen. “Los ingleses le tiraron 1.200 toneladas de bombas (1.200.000 kg de explosivos y carcasas) y ninguno le dio hasta el fin de la guerra, que estuvo operable. El ultimo avión salió de esa pista el 13 de Junio a las 20 horas”.


De su diario personal extrae unas anotaciones realizadas el 8 de Mayo por un hecho que ocurrió en la Misa de la Virgen de Luján. “El soldado telefonista recibe la información que venían dos aviones Sea Harrier por el Oeste. Correspondía alerta rojo y desbandarnos. Pero el Jefe dijo que estábamos en Misa y Procesión y no nos iban a detener. Yo no podía dejarlo malparado al Jefe, porque ese era un acto de Fe. Los Sea Harrier no aparecieron nunca.”


Otro hecho que lo marcó ocurrió durante una Misa: “En momentos de la Consagración, cuando elevó la hostia, veo que viene un Sea Harrier tomando posición para bombardeo. Me arrodillo y les digo a todos los que tenía en el frente, rodilla a tierra. Cuando estaban en esa posición, la bomba cayó detrás del ultimo hombre, sin herir a nadie”.


Agrega: “Hay dos explicaciones, una de Fe y es que seguíamos teniendo protección de la Virgen. En tanto la explicación técnica era que esas bombas de 500 kilos hacen un cráter de 12 metros por cuatro de profundidad. Al estallar lo hacen en forma de cono, y por lo tanto la onda expansiva salió en forma de V, sin afectar a los que estábamos muy cerca”.


LUEGO DE 23 AÑOS LA MISIÓN CONTINÚA
A más de dos décadas de la guerra, la misión del sacerdote continúa porque está en contacto permanente con los excombatientes. A donde va, pregunta enseguida por los veteranos de guerra y mantiene contacto. Lo mismo con familiares y amigos, que buscan más información.


El cura expresa que se han encontrado con historias terribles de soldados que han padecido y siguen padeciendo la indiferencia de la mayoría de los argentinos. También lamenta la gran cantidad de suicidios que actualmente se acercan a los cuatrocientos.


Recuerda el caso de una madre a quién le habían comentado que su hijo aún estaba vivo, que había sido herido en un combate y que había perdido la memoria. “Incluso le comentaron que estaba vagando por las Islas. La mujer vendió todo, hizo lo imposible para ir a buscarlo.


Hasta viajó al Reino Unido para pedir permiso. Yo la encontré y le expliqué que su hijo ya estaba con Dios, porque había fallecido en el ataque del primero de Mayo a las 4:30 de la madrugada a 15 metros de la torre de control del aeropuerto. Yo mismo lo había enterrado”.
 

 

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