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“Iluminados por el fuego” de Tristan Bauer
El
juego de las lágrimas
Octubre
2005
por Guadalupe Rivero
“El papel sangra poco pero es muy útil “
Ernest Hemingway.
“En la guerra, cuando vas al combate, matás y morís en el instante mismo de
comenzar”. Esa es la sensación de un veterano de Malvinas dos décadas más tarde.
El dilema no es volver o no volver a las islas; el conflicto, el drama de la
posguerra pasa por otro lado. Se trata de cómo sobrevivir con tanta cicatriz en
el cuerpo y en el alma. Es la historia que solamente los protagonistas pueden
contar, la de la pesada cruz que cargan en la espalda, la de los recuerdos que
los atormentan de día y de noche, la que es intransferible y atemporal (al menos
por ahora).
¿Qué parte de la Guerra de Malvinas falta por conocer? No la de los chicos
indefensos; no la de los ex combatientes que se suicidan veintitrés años
después. Hoy los ex combatientes se debaten entre el vacío de sus vidas
cotidianas, inmersos en un contexto totalmente desfavorable, la evocación de
“los que murieron por nada” y la tentación constante de terminar con todo.
Aunque el falso nacionalismo invada a muchos, es noble aclarar que los ingleses
tuvieron casi la misma cantidad de suicidios que la Argentina, aun siendo un
país preparado para la guerra y profesionalmente contenedor para con sus
soldados. Tampoco se tiene en cuenta que, si bien los resultados políticos de
Malvinas fueron catastróficos, militarmente no fue tan así.
“Iluminados por el fuego” es un golpe de efecto que dispara directo al corazón.
Pretende emocionar y lo logra. Las heridas abiertas vuelven a sangrar; los
espectadores lloran y al final de la película aplauden.
¿Pero qué es lo que se aplaude? ¿Qué de esta obra se celebra? ¿Por qué dentro de
las películas de guerra yankees solo se ven tiros y el lento reinstalarse de los
veteranos como en el clásico de Wyler, “Lo Mejor de Nuestras Vidas” O el
durísimo “Tres camaradas” escrito por Scott Fitzgerald sobre historia original
de Remarque y en los dos casos –tanto del lado americano como del lado alemán la
historia es la misma. La epopeya cotidiana de la reinserción austera. La vuelta
al trabajo, a la producción y a los que tienen algunos, a los afectos. Pero en
la zaga argentina malvinense solo parece haber puras lágrimas. No es la realidad
lo que está en discusión aquí. Ya se sabe el sufrimiento que generó Malvinas; lo
terrible del antes, del durante y del después por culpa de un militar borracho
que entre copa y copa afirmaba firmemente “si quieren venir que vengan, les
presentaremos batalla”.
El exceso emocional respecto a Malvinas se relaciona con algunas diferencias
vitales entre los británicos y los argentinos. Los primeros fueron a la guerra
porque fue un pedido de la Corona, una orden de la “Dama de Hierro” –Mrs.
Thatcher- y lo tomaron como un trabajo. Los segundos tenían 18 años y 15 kilos
menos. Y una nación entera que apoyaba las decisiones de Galtieri. Desde la
óptica novelesca, la trama es un éxito garantizado.
Pero muchos, casi todos olvidan en sus pseudo análisis sociológicos que, llegado
un momento, el enemigo es “un igual con otro uniforme”, tal como afirman algunos
ex combatientes. “La guerra te desdibuja al adversario, después lo ves como una
persona y nada más”; las diferencias quedan opacadas a tal punto que “si el
oponente fue bien muerto en combate merece ser honrado”.
La verdad duele y este es uno de los casos. Pero mucho más duele el oportunismo
al relatar esa verdad. Tristán Bauer utiliza la guerra para conmover, para que
la tragedia sea su pasaje a la gloria. Sin ir más lejos, hoy “Iluminados...” es
una fuerte candidata para representar a la Argentina en los Premios Oscar. Se
cumple el cometido a través de la sensiblería y una vez más el dolor es negocio
–intencionalmente o no.
No se trata de un documental ni de un homenaje, aunque los créditos finales
rezan su dedicatoria a los que pelearon por las Islas. No hay más argumento que
el de siempre: jóvenes que van a la guerra, que extrañan a sus familias, que son
maltratados, que sufren el frío y que actualmente padecen las consecuencias de
una situación límite. No cuenta nada nuevo ni aporta primicias. La historia real
de Malvinas no es la que hoy se ve en la pantalla grande. Incluso la que se ve
en el tren o el colectivo cuando suben los veteranos a vender cualquier tipo de
accesorio es más verídica.
Bauer cuenta con una buena producción, con la no muy destacada actuación de
Gastón Pauls y con una excelente música que se sabe sentimental pero no
sentimentaloide. Desde allí, León Gieco –lo mejor de la obra, indiscutiblemente-
pone de lo suyo para hacer de soporte a esta cruda historia y hacer pensar al
espectador sin amarillismo ni obviedades. Sin siquiera pronunciar la palabra
Malvinas retrotrae al espectador a 1982 y a su perverso contexto: el de un país
que apoyó la guerra impulsada por un ebrio incapaz –recordar esto también es
hacer memoria, los mea culpa deben existir hoy más que nunca.
“Llorar y llorar”, como dice la tradicional canción mexicana, en un país que
bebe y ríe en la fiesta del Día de los Muertos... Ese bien podría ser el confuso
slogan de Bauer en este 2005 que le dio un estreno a pleno éxito, excelentes
críticas y espectadores desbordados de emoción. Pero, posiblemente, “la
procesión vaya por dentro”...
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