Octubre de 2005
Luis Antonio Candurra
El periodista argentino Andrés Oppenheimer, columnista del The Miami Herald con
muchos lustros de residencia en los Estados Unidos, publicó en vísperas de
Halloween en el suplemento Enfoques de La Nación un autocomentario de su último
libro Cuentos Chinos.
En esa nota, Oppenheimer confiesa que sus entrevistas con políticos mundiales,
principalmente latinoamericanos, le hacen “ver el futuro (de Latinoamérica) con
más esperanza que antes”. Lo que es comprensible: los políticos de todo el
planeta han dejado hace mucho tiempo de lado lo que Sócrates llamara “la
principal virtud del político”, preveer (es decir, ver antes que los demás) por
la venta de esperanzas.
El optimismo es un estado de ánimo, al igual que su antípoda el pesimismo. Pero
quizás sea conveniente ejercer también el escepticismo que, más allá que muchos
lo confunden con apatía o desinterés, significa con clara precisión etimológica,
juzgar conforme a lo que se ve.
Los pesimistas con respecto a América Latina, según A.O., serían el estudio
Mapping The Global Future, realizado durante siete años con un relevamiento
temático y regional por el National Intelligence Council de los Estados Unidos
(que preside Robert Hutchings), tanto como el juicio de Rolf Linkhor, experto en
temas latinoamericanos del Parlamento Europeo.
Es interesante, entonces, conocer las principales conclusiones del trabajo del
NIC, fundado en un debate realizado por destacados politólogos de la región, y
juzgar sin intermediarios si refleja tendencias y escenarios probables o estados
emocionales[1].
La falta de efectividad y la incapacidad de los gobiernos latinoamericanos
obstaculizó que muchos países alcanzaran en forma completa los beneficios
económicos y sociales de la mayor integración de la economía global de la década
pasada [2]. Por el contrario, creció la brecha entre los ricos y los pobres, los
representados y los excluidos.
En los próximos quince años, los efectos del crecimiento económico contínuo y de
la mayor integración serán desiguales y fragmentarios.
Los expertos preveen “un riesgo creciente del ascenso de líderes carismáticos,
populistas de estilo propio, históricamente habituales en la región, que jugarán
sobre los problemas y las ansiedades populares sobre la desigualdad entre ‘los
que tienen y los que no tienen’…En la extendida debilidad de la mayoría de esos
gobiernos, particularmente donde la criminalización de la sociedad y aun del
Estado sean más evidentes, los líderes podrían asumir una sesgo autocrático y
mostrarse estridentemente antinorteamericanos”.
“Dentro de quince años la herencia de principios de siglo se hará sentir: los
latinaomericanos serán más maduros y precavidos en materia de régimen
democrático y políticas macroeconómicas, pero lidiarán con problemas sociales,
con una baja institucionalización y crisis recurrentes de
gobernabilidad…..Latinoamérica como región habrá visto crecer la brecha que la
separa de los países más avanzados del planeta. Algunas situaciones mejorarán,
pero dentro de un ciclo de oscilaciones, avances y retrocesos. Y aquellos países
que fracasen en encontrar un rumbo económico, político y social se verán
envueltos en procesos de pronunciada crisis y reversión”.
Los especialistas de la región, convocados por el NIC en Santiago de Chile, el 7
y 8 de junio del año pasado, identificaron tres “drivers” principales en las
perpesctivas de Latinoamérica 2020:
Más allá de la desaparición de los golpes militares y regímenes autoritarios, las instituciones políticas, el imperio de la ley y la rendición de cuentas no funcionan adecuadamente, ni satisfacen las expectativas de los ciudadanos.
Estados Unidos seguirá siendo en los próximos quince años la potencia líder de la globalización y el actor hemisférico dominante. Latinoamérica en los próximos años competirá más que antes con una agenda global (desde la seguridad antiterrorista hasta la emergencia de nuevas regiones de peso mundial [3] ) que la relegará en el mapa de prioridades de Washington.
Comparando con el escenario que enfrentan otras áreas del mundo, Latinoamérica
será una región relativamente pacífica en la próxima década y media. Pero una
serie de subproductos de las transformaciones profundas de la seguridad
internacional.
Las tendencias que subsistirán hacia el desarrollo de conflictos en el interior
de los países podrían establecer nexos con ejes de conflictos
extracontinentales, como sucedía en tiempos de la Guerra Fría: actores armados
no estatales (mafias, narcotraficantes, grupos terroristas internacionales)
podrán establecer diferentes tipos de alianzas estratégicas con grupos armados
irregulares de la región.
La emergencia de movimientos indigenistas políticamente organizados también
puede representar un riesgo para la seguridad regional. Si no logran inserción
en el sistema político ni determinados niveles de inclusión social, existe la
probabilidad que muchos movimientos evolucionen hacia reinvindicaciones de tipo
autonómico territorial.
[1] El documento completo se encuentra en www.cia.gov/nic
[2] Este estudio fue publicado en diciembre de 2004.
[3] Como China e India, por nombrar sólo a los más pesados.
