EL 23 DE OCTUBRE A LA NOCHE

 

Octubre 2005

Por María Zaldívar (*)


Preocupa saber si las autoridades están previendo la posibilidad de que el nivel de confrontación actual que manifiestan las facciones antagónicas del peronismo, escale a episodios de violencia lisa y llana el mismo 23 de octubre próximo.

Porque revueltas y choque de esbirros que responden a distinto patrón no serían sino la prolongación del estilo de campaña proselitista inaugurado por el presidente Kirchner durante los meses anteriores a la elección. No es descabellado imaginar que la permanente apelación a la diatriba, al insulto y la descalificación personal del adversario, se coronaran con unas cuantas grescas de facciones, fácilmente localizables en el primer y segundo cordón del gran Buenos Aires, un rato después de cerrado el comicio, o aún antes, cuando el rumor de las tendencias empiece a trepar de volumen.

Esa lamentable opción debiera contemplarse y evitarse, obviamente. Pero como la prevención no es una gimnasia habitual de la presente administración, el desborde es un escenario imaginable.

Sumado a eso, sería prudente evaluar también las posibles reacciones de los feligreses del culto a la deslealtad que, luego de aprobar con honores un curso acelerado de bajezas, pueden estar soñando con ir por más.

Dicho de otro modo, existen dos escenarios idénticamente conflictivos: tanto si los números no dan como el matrimonio Kirchner sueña como si fueran demasiado favorables; frente a cualquiera de ambos, un prudente “Esperemos lo mejor, pero preparémonos para lo peor” no sería filosofía exagerada para aplicar a partir de la noche del próximo 23.

Porque no es necesario ser un memorioso para recordar el primer capítulo de la tragicomedia “K”. Hace dos años era un oscuro caudillo provincial que se juntaba con otros oscuros caudillos provinciales vecinos con los que compartía las bajas temperaturas de la región y un frío y esporádico contacto con el epicentro del poder real. Buenos Aires y los popes de la política le prestaban poca atención a ese grupete austral que tan bien habían sabido organizarse para el ejercicio del poder perenne.

Se trata de distritos que subsisten a la sombra de una ecuación favorable: poblaciones escasas y rehenes del empleo público. Neuquén, además, rica en petróleo luego de la privatización que Néstor Kirchner acompañó desde la gobernación de su provincia, durante los años ´90 que ahora tiene la osadía de denostar.

La conducción peronista post-menemista, que utilizó la escuadra imperial para concretar la muerte del mosquito, se ayudó en la cruzada con los vientos del sur, sin saber todavía que serían tempestades. Es probable que Duhalde haya creído recordar la mundialmente famosa frase de Maquiavelo que nunca pronunció y al grito de “Como dijo El Príncipe: El fin justifica los medios”, barrió con Menem al costo de hacer a Kirchner, presidente de la república. Y a ella, primera dama.

Los siguientes capítulos son todavía más recientes: la latinoamericanización en política exterior; el giro a la izquierda en materia de derechos humanos; la persecución de militares; la destrucción de lo que quedara en pie de las instituciones que hacen que un país sea una república; el contumaz incumplimiento de la palabra empeñada; la restatización de los servicios esenciales con la conveniente selección de hijos y entenados para delegar su posterior control; el impulso a un falso empresariado nacional; la doma de los medios de comunicación, salvando honrosas excepciones, vergonzosamente domables a golpe de discursos y pautas publicitarias.

Y luego, la frutilla: el alumno aplica la técnica del maestro y ello significaba borrar a Duhalde del mapa. Pero fue a un ritmo político tan vertiginoso que ni los mismos peronistas creyeron que lo llevaría a cabo para estas elecciones legislativas. Por eso los cabildeos duraron hasta el final, esperando que se tratase simplemente de una pulseada más.

Pero la cosa no era de forma. Estamos en presencia de la implosión final. Por fin el proceso político argentino está viendo el fondo del túnel que construyó el peronismo y al que los seguimos todos, queriendo y sin querer.

No se reconoce en la dirigencia argentina demasiada conciencia de la proximidad del desenlace, únicamente comparable al peligro que entraña. La nacionalización de la interna peronista implicó la inaudita variedad de falsas opciones del mismo partido como novedad inaugurada en las presidenciales de 2003 e incorporada en adelante. Más el ingrediente “K”, el del “knock out” porque Kirchner no convive ni comparte.

Entonces, frente al próximo escenario ¿Quién se está preguntando cómo se llama el sistema político que no admite el disenso?


(*)Licenciada en Ciencias Políticas (UCA)
 

 

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