Octubre de 2005
por Manuel Coma - Investigador Principal, Seguridad y Defensa, Real Instituto
Elcano
Tema: La magnitud del atentado de Londres, decreciente respecto a los
grandes ataques anteriores, plantea la cuestión de si se trata de una
mengua de las capacidades de al-Qaeda o de una opción estratégica por la que se
ha optado con plena consciencia.
Resumen: Es indudable que las capacidades de al-Qaeda han sido mermadas
con la pérdida de su base afgana y el acoso policial al que están sometidas en
todo el mundo, pero la no repetición de un ataque de la magnitud del 11-S y el
hecho de que no hayan vuelto a golpear en los EEUU, cabeza de la coalición
cruzado-judía, indica que en la necesidad que supone sus limitaciones han
encontrado la virtud estratégica que lleva a limitar la respuesta de sus
enemigos y a sembrar la división entre ellos.
Análisis: Desde las primeras horas después del múltiple atentado del jueves 7 de
julio, las autoridades británicas han seguido una política de asombrosa
sobriedad informativa, en un momento en que era máxima la presión de los medios
y, tras ellos, de la opinión publica, con londinenses y otros tratando de
localizar a familiares que podrían haber estado viajando en los transportes
públicos afectados. Tal política no es el fruto de la improvisación.
Es una línea de comportamiento decidida minuciosamente de antemano. No sabemos
de cuanto atrás puede venir pero es seguro que los acontecimientos del 11-M
madrileño y las 72 horas posteriores tienen que haber causado un impacto en el
planeamiento de la gestión de unahipotética, y ahora materializada, crisis
terrorista.
Por supuesto, tanto en Londres como en Madrid los terroristas consiguieron el
efecto sorpresa. De hecho, ésta pertenece a la esencia de sus ataques. De no
lograrla hubieran sido impedidos preventivamente, como así sucede en muchos más
casos que aquellos en los que los atacantes ven su objetivo cumplido. Pero la
sorpresa de cada capital es de naturaleza muy distinta.
En Madrid fue estratégica: a la mera posibilidad del atentado se le asignaba una
probabilidad muy baja. Tanto los servicios de seguridad como el gobierno
pensaban que España estaba razonablemente a salvo de un ataque islamista
precisamente porque esa gente usaba nuestro territorio como base logística de
sus operaciones en otras partes. Por el contrario, desde el 11-S y, por tanto,
ya desde antes del derrocamiento de Sadam, los británicos se consideraban un
objetivo natural de la fobia yihadista contra lacorruptora influencia en el
Oriente Medio de las potencias cruzado-judías, por su propio pasado en la
región, su proximidad política a EEUU y su carácter netamente occidental.
Un elemento esencial de la reacción británica al 11-M español fue reforzar su
convicción de que estaban en el punto de mira de al-Qaeda y sus semejantes. No
había duda sobre el qué, sólo sobre el cuándo. No hubo, por tanto, sorpresa
estratégica sino táctica, el dónde y el cuándo. Pero dado que la selección de la
fecha también tiene profundas implicaciones estratégicas, y que el modus
operandi de los guerreros del terror, aunque obviamente sometido a cambios
adaptativos, es conocido con bastante precisión, se viene contando desde hace
tiempo, y no sólo en el Reino Unido, con que el hecho fatídico se produzca
coincidiendo con algún gran acontecimiento interior o internacional que sirviera
de caja de resonancia mundial y que incremente al máximo la presión para
conseguir los efectos políticos deseados. Por eso, la alerta es máxima en
momentos electorales.
Así fue en EEUU en torno al 2 de noviembre del pasado año y de nuevo con la toma
de posesión el 20 de enero último. Ha habido ahora cierta especulación respecto
al triunfo de la candidatura Londinense como ciudad olímpica en el año 2012,
pero los atacantes no podían conocer el resultado de antemano.
La coincidencia ha sido un golpe de suerte para ellos. Gracias a la
mentalización a la que nos referimos más arriba, todo lo queen
Madrid fue respuesta improvisada, en Londres está siendo fruto de la
preparación. Ya desde el 11-S los británicos dieron por descontado que ellos
eran un excelente objetivo para el terrorismo yihadista nternacional. Los
ataques madrileños no hicieron más que confirmarles en esa convicción. Se
trataba de una cuestión de tiempo, aunque tan importante como cuándo se
produciría el ataque, era cuándo el ataque que se iba a producir tendría éxito,
cuándo conseguiría por fin burlar los mecanismos policiales que tan eficaces han
sido en los intentos anteriores, pues en estos últimos años la policía ha
desbaratado varios, y al menos uno de ellos se preparaba con substancias
químicas. Y debemos dar por supuesto que los aparatos de seguridad, con
frecuencia mediante acciones puramente rutinarias, frustran tramas y complots
sin llegar a enterarse de que lo han hecho. La detención momentánea de una
persona sospechosa, un determinado cargamento que no llega a entrar en el país o
un emigrante ilegal devuelto a su origen, pueden ser acciones de mínima monta
que logran conjurar un peligro invisible pero no por eso menos grave.
Por tanto no el qué, sino el cuándo era la cuestión para los responsables de la
seguridad británica. Un gran acontecimiento es siempre una posibilidad atractiva
para los terroristas. Sean cuales sean sus objetivos, la publicidad es siempre
uno de ellos y con carácter claramente prioritario.
Un atentado que pasase desapercibido sería un atentado fallido. Por grande que
fuera el daño causado, no alcanzaría los restantes objetivos si se viera privado
de la indispensable publicidad. El terrorismo respira noticia, sin ella moriría
asfixiado. El objetivo primario es infundir terror lo más intensa y extensamente
posible y eso requiere publicidad, cuanta más mejor.
Los medios de comunicación son vehículos imprescindibles. En todo caso, en la
sociedad mediática y de comunicaciones instantáneas y libres, grandes daños y
sustracción de los hechos a la opinión pública son términos estrictamente
incompatibles. Cuando expertos y ciudadanos de a pié, siempre víctimas
potenciales de la táctica del terror, se devanan los sesos preguntándose cómo
podríamos acabar con esta plaga contemporánea, una respuesta tan obvia como
impracticable por absolutamente utópica sería privando a los autores de la
notoriedad pública que les proporcionan los medios de comunicación. Pero eso
está, sencillamente, fuera del horizonte de lo posible. Por otro lado, sabemos
de los efectos devastadores que puede tener el rumor incluso donde los medios de
comunicación están rigurosamente amordazados.
La máxima publicidad la proporciona no sólo la magnitud del ataque medido en
destrucción material y vidas cercenadas, sino también el momento y el lugar
adecuadamente elegidos. Depende asimismo de la audiencia a la que vaya dirigida
la letal publicidad. Los vínculos intranacionales crean espacios de máximo
impacto informativo, pero el ámbito civilizacional también actúa como mecanismo
amplificador, dentro de su esfera. Si se trata de intimidar a Occidente, 200
muertos en Madrid producen una conmoción mucho más intensa en Europa, EEUU y
Latinoamérica, y por tanto una fijación en la memoria mucho más prolongada, que
la misma siniestra cifra en una discoteca de la remota Bali. La repercusión de
300 muertos en una concentración religiosa de chiíes en su ciudad santa de Najaf
ante el venerado santuario del imán Alí esmucho menor entre nosotros que la que
tendría un atentado con diez veces menos muertos en una audiencia del papa en la
plaza de San Pedro. Cuando los ingleses con estoicismo y máxima alerta tratan de
prevenir un golpe sangriento, Londres es en principio el lugar privilegiado,
donde el eco puede ser máximo. La gran ciudad multirracial es también un teatro
de operaciones comparativamente sencillo. Es más fácil, o más bien menos
difícil, introducirse, mantenerse oculto y pasar desapercibido. La riqueza de
objetivos escasamente defendidos o imposibles de proteger y de gran impacto es
muy grande. Londres presenta un gran número de ventajas.
Pero la conveniencia táctica, operacional y estratégica del dónde está también
relacionada con el cuándo. Si los terroristas hubieran podido golpear en
Gleneagles y específicamente en el lugar de reunión de los miembros del G8, ese
blanco hubiera sido todavía mucho más suculento, pero el grado de protección lo
hacía absolutamente inalcanzable. Sin embargo, lo que ha sucedido y ha dejado de
suceder desde el 11-S nos lleva a formular una pregunta que extrañamente no se
está planteando. ¿Realmente estaría Bin Laden dispuesto a pulverizar a más de
una docena de los líderes más importantes del mundo si se le presentara la
ocasión? (Téngase en cuenta que a la reunión del Grupo de los 8 asisten otros
varios invitados del máximo rango, como el presidente de la Comisión Europea y
el secretario general de Naciones Unidas). La publicidad es de suma importancia
pero no necesariamente se busca la máxima posible, puesto que el precio sería la
reacción más intensa imaginable, sin contar con que en el paquete de víctimas
del supermagnicidio estarían incluidos algunos cuyas discrepancias con el
hegemón que lidera la fuerzas "cruzadas y judías" son de graninterés para los
islamistas, con el fin fomentar la división en el frente enemigo.
Otra manera de plantear esta misma cuestión es preguntarse si un atentado de la
magnitud del 11-S no ha vuelto a producirse por la imposibilidad física para
llevarlo a cabo o como resultado de una opción estratégica muy meditada. Lo
mismo cabe preguntarse respecto al lugar, los EEUU. Las dificultades materiales
de planificadores y ejecutores se han multiplicado enormemente. La campaña no
sólo americana sino verdaderamente universal contra el yihadismo terrorista ha
mermado mucho sus efectivos, capacidades y recursos y ha erigido frente a su
amenaza barreras defensivas que nunca llegan a ser del todo inexpugnables, como
Londres nos recuerda, pero que no por ello dejan de ser un obstáculo poderoso a
los propósitos de los estrategas del califato islámico, como lo prueban una
variedad de atentados fallidos en diversos países, en los últimos años,
incluyendo a España y el Reino Unido.
Por tanto, la gran cuestión es en qué medida el espaciamiento y la magnitud de
los atentados responden a una merma de las capacidades de los yihadistas o a una
decisión estratégica plenamente consciente. Puede que estén haciendo de la
necesidad virtud, pero es más probable que la necesidad les haya llevado
descubrir virtud en la contención. Cuando las capacidades son limitadas la
desmesura no es estrategia. Un ataque limitado que consigue fines parciales
-mellar progresivamente la unidad del bando contrario- y constriñe la respuesta
del enemigo puede producir a la larga réditos estratégicos muy superiores. El
combate no es a corto plazo. Mientras los yihadistas no estén en condiciones de
producir cada pocos meses algo de la magnitud del 11-S o que netamente lo
supere, una masacre cada 12/18 meses aunque mucho menos destructiva en vidas y
bienes puede ser mucho más conveniente. El ataque más potente contra el enemigo
más poderoso llevó ala destrucción de una magnífica base de operaciones que les
parecía absolutamente segura. Sin Afganistán ya no hay campos de
entrenamientopara reclutas terroristas contados por miles. Pero lo que está
claro es que la lucha ha podido seguir. Hay que preservar otras bases y apoyos
mucho más modestos y menos visibles. Y sobre todo hay que limitar la reacción y
tratar de desunir al enemigo y aislar a su cabeza. ¿Hasta dónde la relativa
seguridad de EEUU después del 11-S se debe a la eficacia de las medidas de
defensa pasiva y activa que han tomado y hasta dónde a unas opciones
estratégicas que priman el golpear a los aliados de forma restrictiva?
El número de muertos en Londres parece que se va a quedar por debajo de un
tercio de los de Madrid. Ha sido suficiente. El eco no es menor. Una cifra
todavía menor en Roma en vísperas de las elecciones puede tener la misma
repercusión mediática y mayores consecuencias políticas. Así pues, ¿las víctimas
ocasionadas son aproximadamente las que se pretendían? Con los medios de ataque
desplegados una cuidadosa selección de blancos no menos blandos, es decir
fáciles, pero mucho más densos, que abundan, podía haber conseguido una masacre
mucho peor. ¿La magnitud es intencional o refleja una disminución de las
capacidades? Sobre lo segundo no podemos estar seguros pero en todo caso lo
primero parece altamente probable.
Otro aspecto a tener en cuenta es la pluralidad de blancos. La redundancia es
siempre un imperativo táctico. Muchas son las circunstancias fortuitas que
pueden frustrar el ataque mejor planificado. Al-Qaeda, como cualquier estado
mayor competente, siempre cuenta con ello. Que de los cuatro aviones del 11-S
tres alcanzasen su objetivo es, entre otras cosas, suerte. En Londres parece que
han sido cuatro de seis. Es una forma de garantizar el éxito, pero es también un
mensaje de capacidad y eficacia. El comentario ya casi instintivo apunta a la
sofisticación del ataque. El impacto de la macabra cuenta final de cadáveres es
mayor si está fraccionada en sumandos.
El amenazador mensaje implícito es que con lo mismos medios pueden conseguir en
cualquier momento una letalidad mucho mayor.
Eso sería factible en concentraciones humanas mucho más densas. Por ejemplo, las
que se reúnen para asistir a un espectáculo. Pero al-Qaeda parece tener una
fijación con los medios de transporte. Es una prioridad de cualquier estratega.
Se extienden por millones de kilómetros sobre la faz de la tierra. Son, por
tanto, altamente vulnerables y su bloqueo podría producir enormes perturbaciones
en la sumamente interdependiente sociedad actual.
Células de al-Qaeda ya han atentado varias veces, fracasando siempre, contra
aviones comerciales por medio de misiles ligeros que se disparan desde el
hombro, los llamados MANPAD, como el Stinger americano, de los que existen
centenares fuera de control. Piénsese lo que supondría para las comunicaciones
mundiales derribar simultáneamente cinco o seis aviones en otros tantos puntos
del planeta. Durante varios minutos del despegue o aterrizaje el aparato está a
tiro desde un área muy amplia en torno al aeropuerto, imposible de vigilar
adecuadamente. Sobre el papel, una operación muy sencilla. Si al-Qaeda
consiguiera los campos de prueba adecuados para los entrenamientos, podría
intentarlo. A escala individual ya lo ha hecho. Lo lógico es que siga contando
entre sus planes.
Pero un golpe de esa magnitud significaría un incremento sustancial de sus
capacidades y un abandono de su actual línea de "moderación", en la que lo
asequible y lo conveniente parecen coincidir. Si al-Qaeda y el yihadismo
terrorista renuncian de momento a igualar o batir su propio record establecido
el 11-S, ¿cuál puede ser su propósito más allá del genérico de sembrar el
terror? Dada la presión a la que están sometidos y como sucede habitualmente con
la dialéctica del terror en cualquiera de sus formas, un objetivo presente en
todas sus acciones es demostrar que siguen existiendo, esto es, que siguen
siendo capaces de golpear. Es vital para mantener su capacidad de reclutamiento
y el prestigio entre su clientela islamista radical. Dada la situación en Irak,
podría ser una necesidad perentoria. A lo largo del conflicto iraquí se ha dado
un interesante cruce de misivas entre Al Zarqawi y Bin Laden colgadas en webs
islamistas. Nunca puede existir una certeza absoluta sobre la autenticidad, pero
no han sido desmentidas y son coherentes con todo el cuerpo de literatura
yihadista y el contexto político. En ellas, primero el líder de las fuerzas de
la guerra santa en Irak reclamaba ayuda al jefe de al-Qaeda, mientras éste
parecía mantener distancias respecto a un competidor demasiado autónomo. Por
fin, lo ha vuelto a cobijar bajo sus alas, apadrinando toda la operación Iraquí.
Zarqawi cambió el nombre de su organización, "Yihad y Monoteísmo", por el de
"al-Qaeda en Mesopotamia". Desde entonces, Bin Laden no ha dejado de enfatizar
la importancia de Irak para su lucha, cuyo resultado para su causa no puede ser
más que "el triunfo y la gloria o la miseria y la humillación".
En Irak los yihadistas son una fuerza pequeña y en gran medida compuesta por
extranjeros, pero su papel es decisivo porque aportan los suicidas causantes del
mayor número de víctimas entre la población local y las fuerzas de seguridad
autóctonas. Constituyen una fuerza de choque que depende de la ayuda que les
proporcionen los insurgentes salidos de las filas de los cuerpos de elite del
régimen sadamista. Para los baasistas son elementos útiles que no pueden poner
en peligro su predominio en caso de que consiguiesen el objetivo de expulsar a
los americanos. Por eso, la estrategia de al-Qaeda no puede proponerse la
creación de un emirato islámico en Irak, que anticipe la ansiada resurrección
del Califato que ponga bajo una única autoridad político-religiosa a toda la
umma, la comunidad de los creyentes, aspiración final del movimiento. No está
dentro de sus posibilidades actuales. Su gran triunfo, el que traería gloria,
consiste en la derrota de los americanos. Esa sería una victoria llena de
posibilidades. Enardecería a sus partidarios y sacaría a la calle a muchos
simpatizantes hasta ahora pasivos, debilitando decisivamente al enemigo
"cruzado", es decir, occidental, al mostrar su irrecuperable decadencia. El
beneficio inmediato sería reconstruir en Irak una base de operaciones como la
que tuvieron con los talibán. El peligro es que sus aliados de circunstancias
lleguen a un compromiso con el enemigo y los dejen en sus manos. Y eso es justo
lo que el gobierno iraquí y sus protectores americanos están tratando de
conseguir. Ante ese riesgo, la acción londinense es ante todo una reafirmación
de su vitalidad y autonomía.
Es también una parte de su estrategia iraquí. Aislar a los americanos,
menoscabar su problemática legitimidad internacional dejándolos sin aliados. En
el caso de los británicos un objetivo difícil de conseguir, pero el golpe no es
menos útil para asustar a otros no tan resueltos como los ingleses.
Por supuesto que una retirada de los ingleses sería un golpe durísimo para los
americanos incluso en términos estrictamente militares, pues son los únicos que
aportan fuerzas considerables y desempeñan misiones
importantes.
Pero si el objetivo estuviese fuera del alcance, el impacto de los aspectos
simbólicos no es desdeñable. De hecho, una importante reducción de las fuerzas
británicas estaba planificada, de acuerdo con los americanos, para trasladarlas
a Afganistán y comenzar a transferir responsabilidades a las fuerzas iraquíes.
El atentado lo complica todo. Los terroristas pretenderán anotarse el tanto.
En el único manifiesto reivindicatorio que hasta ahora ha aparecido por parte de
la desconocida Organización Secreta de al-Qaeda en Europa, se interpreta el
hecho como una represalia por la implicación del Reino Unido en Irak y
Afganistán y amenaza a Dinamarca e Italia. No conocemos reacciones danesas, pero
el manifiesto yihadista ha puesto al país latino al borde del ataque de nervios,
lo cual, por sí sólo, es ya un éxito de los atacantes.
Las circunstancias preelectorales crean mayores similitudes con el caso español
que con el británico, en el que el atentado se produce después de la victoria de
Blair. Quizá abrigaron la esperanza de que su articipación en Irak le costase el
poder y el no ver satisfecha esa expectativa ha sido uno de las circunstancias
que han pesado en las decisiones adoptadas por los estrategas de al-Qaeda.
Respecto a Italia, Prodi, cuando terminaba su mandato al frente de la anterior
Comisión Europea y se disponía a retornar a la brega de la política nacional,
anunció que si llegaba al poder retiraría las tropas de Irak.
Parecía una solicitud de ayuda. No sabemos que lo haya vuelto a repetir en las
presentes circunstancias. La reacción británica al atentado compite en
influencia sobre la conducta de los otros europeos con la intimidación yihadista.
Si el mero hecho de la amenaza siempre latente y ahora explícita ya consigue
objetivos importantes, sembrar el miedo, debilitar la resolución, fragmentar el
frente antiterrorista, la entidad real de la amenaza es siempre dudosa. Al-Qaeda
busca siempre la sorpresa y, salvo las perpetuas amenazas genéricas, no anuncia
sus golpes. Crea ruido en un punto para poner a prueba los dispositivos de
defensa del enemigo, como una maniobra de distracción, como un ejercicio de
tensión. Todo el aparato de seguridad está alerta. Los ritmos de al-Qaeda son
espaciados. Si su pauta se repite, y tampoco están obligados a ello, un gran
golpe debería esperar bastantes meses. Y podría producirse donde menos se ha
anunciado. En Australia, por ejemplo. Corea del Sur o Japón serían también
buenos candidatos, pero allí gentes de fisonomía mediooriental son mucho más
visibles y no disponen de comunidades afines entre las que diluirse. Una víctima
potencial que no se puede descartar es Portugal. No ha participado en Irak pero
fue el país anfitrión en las Azores y Barroso aparece en algunas de las fotos.
El gobierno ha cambiado y el antiguo líder ni siquiera está ya en Portugal. Como
objetivo tiene sus ventajas e inconvenientes. Pero conseguiría la perfecta
sorpresa y completaría la contrafoto de Las Azores y castigaría a un país que
sigue siendo muy proatlantista. Bin Laden es un fino estratega al que no se le
escapan los aspectos simbólicos.
Conclusiones: Al-Qaeda está mostrando un aceptable grado de operatividad
con golpes mucho más modestos que el del 11-S fuera del territorio de su enemigo
principal. Durante dos años y medio concentraron sus acciones en áreas
islámicas, hay que suponer que por su mayor accesibilidad: Bali, Casablanca y
Estambul. Con el 11-M demostraron su autoconfianza retornando a un escenario
occidental. La intensidad de los golpes ha ido decreciendo y, sin embargo, la
efectividad de los mismos no disminuye. Al-Qaeda ha descubierto que, en ausencia
de capacidades mayores como las que proporcionaría el acceso a armas de
destrucción masiva y una base desde la que actuar con impunidad, la moderación
es una virtud estratégica que proporciona indudables ventajas. Siguen
mostrándose activos, limitan o inhiben la reacción de sus víctimas y tratan de
alentar las divisiones en el bando contrario.
