Carlos Montaner: Sin visa para el oriente

 

Julio 2005

Por: Strategicos

Carlos Montaner es el ejemplo típico de un liberal latinoamericano periférico y recuerdo -al respecto -sus ensayos sobre el buen salvaje .Esta vez su mirada se detiene extrañada ,en los jóvenes naranjas mecánicas islámicos que perpetraron los atentados en Londres. Las causas de la sorpresa revelan que el hombre -buen escritor -se ha salteado, algunos textos de ciencia política e historia básica.

Otra interpretación es que el escribir para LA NACIÓN - la gente que escribe para ese diario en general tiene departamentos con expensas altas - sospecha que todos sus lectores son un lote de inútiles tilingos, incapaces de analizar un hecho revolucionario, despojándolo de la vieja tesis hegeliana remozada por Eduardo Galeano Wilson ,en la dialéctica del amo y el esclavo que se llamó venas abiertas de América Latina o algo parecido.Todavía se la encuentra en las mesas de saldos y fue tan destructiva intelectualmente como Hernández Arregui en su búsqueda mística del ser nacional.

Lo cierto es que Montaner finge sorprenderse por el carácter de clase media de los jóvenes islámicos. Tal vez los hubiera excusado si se tratara de gente con padecimientos coloniales básicos, falta de instrucción., un poco de dengue, SIDA crónico, en síntesis déficit de magnesio.

Bueno la mala noticia para Montaner es que los asesinos seriales de Londres no son demasiado diferentes de los asesinos seriales que hemos conocido y producido en Latinoamérica en los años 70 .

Casi todos ellos tenían buena educación, provenían de familias de clase media sin demasiadas privaciones y simplemente querían rehacer la historia latinoamericana. Se reconocían en los despojos de un imperio español abruptamente independizado y volcado hacia una nueva reestructuración continental, con el cemento ideológico de una concepción pulcramente antinorteamericana que despreciaba los estados nación a los que anatemizaban como simples creaciones burguesas. Desechaban la revolución continental del siglo XIX como una vasta quimera masónica con algunos atenuantes –San Martín, entre ellos –pero apuntaban a la revolución continental integral. Los jóvenes orientales piensan algo parecido de los acuerdos de Sykes –Picot, del progresista gobierno de Kemal Ataturk y del proyecto incumplido del Sha persa.

También en el caso de estos jóvenes islámicos la reivindicación de la elite de clase media emergente, muy similar a la situación latinoamericana de hace tres décadas, tiene credenciales históricas mas profundas. La civilización árabe, desterrada oportunamente de España con fuertes aldabazos de espada y salvas de metralla por otros semitas pero católicos recién acuñados, los descubrimientos del mundo islámico en su época de esplendor, una expansión geopolítica que los llevó a las puertas de Viena y de Cracovia y a devorarse los Balcanes, mucho antes de ser naciones y una concepción mística del guerrero transformador que no los aleja demasiado del Bushido japonés.

El problema central -que Montaner escamotea, liberal pero periférico al fin -.es que estos jóvenes terroristas están dispuestos a morir y matar por su espejismo anacrónico.

También, para ser una vez más la elite revolucionaria que rehará la historia a su medida, que es exactamente la medida del mando y del poder y para nada la medida de la igualdad. Y esas tonterías como el contrapeso de los poderes que hemos inventado los occidentales. De nuestro lado ,confortablemente instalados en las explicaciones sociológicas de las egresadas de la Sorbona ,se han olvidado las viejas enseñanzas del Conde de Gobineau quién sostenía en el clásico: "Religiones y Filosofías en Asia Central": Enfrentarse con las naciones sin conocerlas ni comprenderlas es un buen sistema para los conquistadores, menos bueno para los aliados, incluido los protectores y lo mas detestable e insensato que pueden hacer los civilizadores, lo que pretendemos ser ......................"

Antes de leer a Montaner recordemos que el Corán fue traducido al francés, al retorno de la primera cruzada, en la abadía de Cluny.

Strategicos

MADRID.- Los terroristas londinenses eran jóvenes acomodados de antecedentes familiares paquistaníes, nacidos y criados en la propia Inglaterra. Estudiaron en buenas escuelas inglesas y no exhibían ningún síntoma de inadaptación social. En realidad, nada sorprendente. Así son casi todos estos criminales-suicidas: prósperos, alegres, educados y, en cierta medida, exitosos. Es ridículo tratar de mostrarlos como vengadores de terribles agravios o como víctimas de la sociedad occidental. Tampoco parece serio vincular sus salvajes actos al conflicto israelí-palestino. El odio a Israel y el antisemitismo existen, pero no son las causas verdaderas: son sólo coartadas.

En todo caso, ¿por qué estos jóvenes, que no están deprimidos, enfermos o desesperados -las tres causas más frecuentes de suicidio- deciden poner fin a sus vidas de una manera tan espectacularmente sanguinaria? Para responder a esa pregunta hay que formular otras: ¿qué obtienen estos asesinos con su propia muerte? Si no están tratando de suprimir una pena hiriente o de eliminar drásticamente un terrible dolor físico, ¿qué recompensa emocional reciben quitándose la vida? Las gratificaciones psicológicas son varias y muy intensas: la admiración del círculo de fanáticos en que se mueven, la sensación de superioridad que se experimenta cuando se desempeña un papel heroico, la paradójica percepción de que se le concede sentido a la vida muriendo y matando por un (supuestamente) noble ideal religioso.

A estos enérgicos factores emocionales se agrega un cálculo interesado basado en la conveniencia más cruda: si uno cree en el Islam, y si uno da por cierto que existe una vida más allá de la muerte, convertirse en una bomba humana resulta ser un excelente negocio.

Por eso estos terroristas prefirieron morir antes que detonar las bombas por control remoto. Súbita e indoloramente el alma del "mártir", cuyos pecados son borrados con la primera gota de sangre, acompañada por bellos pájaros verdes, vuela hasta donde moran Alá y el profeta Mahoma, para vivir felizmente por toda la eternidad junto a 72 bellas huríes.

Incluso, para asegurar la conformidad de la familia abandonada, existe un premio extraordinario: al "mártir" se le concede la gracia de poder interceder por 70 de sus familiares de manera que también disfruten para siempre de las bondades del cielo islámico.

Eso explica, en parte, la orgullosa satisfacción de muchos de los parientes de los terroristas que se autoinmolan. Dentro de su sistema de creencias y supersticiones todos se benefician de esa muerte violenta. Mahoma, hay que admitirlo, pensó en todo.

Estrategia de lucha

Hasta aquí el aspecto psicológico-teológico de estas macabras ceremonias rituales. Pero eso sólo aclara las motivaciones individuales de los asesinos-suicidas. Quedan por definir las de los que los inducen a esos abominables actos: ¿Qué ganan los que los seducen, indoctrinan, arman, y, a veces, financian? ¿Qué persiguen los jefes de Hamas, de la Jihad Islámica y de Al-Qaeda con estas siniestras carnicerías?

Para ellos es sólo una estrategia de lucha. Pretenden doblegar a sus enemigos por medio del miedo. La hipótesis es que en Occidente todos son enemigos. Por eso no les importa volar un bus escolar en Israel, en Londres o en Madrid. Al papa Juan Pablo II, que era un crítico permanente de todas las guerras, incluida la primera de Irak de 1990, estuvieron a punto de volarlo en Filipinas, en 1995, con un hombre-bomba disfrazado de cura.

Occidente no está en guerra contra ellos: son ellos, por delirante que parezca, los que pretenden acabar con los infieles, incluso, con cualquiera, porque a veces las víctimas son también de religión islámica, y para exterminarlas basta con que los terroristas supongan que se trata de aliados coyunturales o accidentales del odiado enemigo.

La conclusión es inevitable: el problema principal no radica en los "mártires", asesinos místicos que potencialmente existen en todas partes. El gran adversario son las organizaciones terroristas que los incitan al crimen. Es a ellas a las que hay que destruir antes de que sea demasiado tarde. ¿Cuándo será demasiado tarde? Trágicamente sencillo: cuando dispongan de un arma atómica táctica capaz de destruir medio París o toda Bruselas, como las dos que aparentemente se extraviaron del arsenal de Ucrania tras la disolución de la Unión Soviética.

  Ese tipo de bomba, que existe desde hace medio siglo, cabe en un maletín de mano y al menos treinta países poseen la tecnología para construirlo con cierta facilidad, siempre que dispongan de material fisionable. Entre esos países enemigos de Occidente están Irán, Siria, Corea del Norte y Cuba. El día que las organizaciones terroristas islámicas, aliadas a cualquiera de esos Estados locos, coloquen una de estas armas en manos de los asesinos-suicidas, será el inicio de una insondable catástrofe. Y ya se sabe que están detrás de ese objetivo.

Por Carlos Alberto Montaner © LA NACION y Firmas Press Copyright 2005 SA LA NACION | Todos los derechos reservados  

 

 

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