Noviembre de 2005
A pesar de las presiones por parte de la Argentina y Brasil para que no lo
hiciera en su mayoría efectuadas por el inconsistente escribano del Instituto de
Ayuda Financiera de las Fuerzas Armadas y actual embajador en Uruguay Patiño
Meyer, un progresista vinculado a la Side en los 90 el presidente Tabaré Vázquez
puso la firma en un acuerdo de protección de inversiones recíprocas con los
Estados Unidos.
La reciente IV Cumbre de las Américas, realizada en Mar del
Plata, supuso más de un duro revés para el presidente Kirchner.
El más visible fue, ciertamente, el que -a costa de enemistarse con los Estados
Unidos, a cuyo presidente se agravió en público- no logró evitar el “entierro
del ALCA” que habían proclamado en disonante dúo Hugo Chávez y Diego Maradona
(en nombre y representación de lo que presumiblemente quería Kirchner, cual
“mandantes ocultos”). Kirchner, que tenía la responsabilidad propia del
anfitrión, había estimulado el rechazo del ALCA a través del acto organizado por
el diputado Bonasso, uno de los hombres de mayor confianza de nuestro
presidente, a quien le debe su banca en la Cámara Baja que lo inmuniza -por
ahora- de las acciones judiciales que alguna vez puede llegar a enfrentar con
relación a sus vinculaciones violentas, de la década del 70.
Pero hubo -para Kirchner- otros fracasos. Algo menos visibles,
quizás. Pero igual de duros. Como el que debió soportar en silencio al ver como
Uruguay -pese a las presiones de todo tipo que hicieron Kirchner y “Lula”-
terminó suscribiendo el “Tratado de Protección de Inversiones” con los Estados
Unidos, por decisión del propio Tabaré Vázquez, pese al evidente disgusto de su
propio canciller, el mediocre Reinaldo Gargano.
Este crucial tratado fue negociado en su momento por el ex
presidente Jorge Batlle, a fines de su mandato, pero no fue entonces ratificado
por el Parlamento oriental.
En septiembre pasado, en su visita a Washington, Tabaré
Vázquez solicitó -educadamente y sin altisonancias, y naturalmente obtuvo-
algunas modificaciones al texto anterior del acuerdo.
La principal discrepancia consistió en que el viejo texto
del artículo 17 del tratado confería a los Estados Unidos la posibilidad dei
mpedir que la protección de las inversiones alcanzara a países con los que
Estados Unidos no tiene relaciones diplomáticas. Esto se resolvió confiriendo a
Uruguay el mismo derecho, en espejo.
Otra de las diferencias fue respecto de la cláusula arbitral, que permaneció tal
cual estaba, en el mecanismo de solución de
controversias del Banco Mundial (el tan odiado por nuestro actual gobierno:
CIADI). Solamente se precisó que, en caso de no haber acuerdo respecto de la
designación del árbitro tercero en algún caso puntual, el mismo será designado
por el presidente de ese organismo y no por su secretario general.
En momentos en los que, en nuestro medio, algunos (como el jurista Héctor
Masnatta) están empeñados en hacer resucitar a Carlos Calvo, lo de Uruguay es
para aplaudir.
La última modificación convenida tuvo que ver con poner en
claro que el tratado no afecta los convenios que Uruguay tiene con el MERCOSUR,
lo que se hizo. Esto para evitar que Estados Unidos se “beneficiara” con el
trato fiscal o arancelario convenido por Uruguay con sus socios del MERCOSUR.
Así las cosas, Uruguay suscribió el acuerdo.
Tabaré Vázquez calificó al hecho, con razón, como “histórico”. Porque para
hacerlo debió dejar de lado las “presiones” indebidas que le hicieron Argentina
y Brasil, por igual. Las de los “grandes” vecinos.
Al suscribir el tratado, en uno de los salones del bien
remozado Hotel Hermitage, la concurrencia estalló en un aplauso liderado por el
propio Francisco Bustillo, el embajador de Uruguay en la Argentina, a quien
tanto se ha agredido por el tema de las tres enormes papeleras que, con
inversores de primera línea provenientes de tres países europeos - España,
Finlandia y Suecia - se construyen en la margen oriental del río Uruguay. La
Argentina -apuntamos- no consiguió atraer a ninguna de ellas. Las “miró al
pasar”.
Las intimidaciones, uso político, amenazas e intromisiones
de todo color del desairado gobernador Busti, de Entre Ríos (recientemente
receptor del rechazo de un joven que protestó -con un lamentable escupitajo- por
la “compra” de votos del “justicialismo”), en la conducción de la política
exterior argentina (en manifiesta violación de la distribución de competencias
que hace la Constitución Nacional) seguramente han tenido que ver con las
“preferencias” de los inversores extranjeros. El clima de
inseguridad personal y jurídica que prevalece en la Argentina, también.
De allí los consejos de un fastidiado Bush a un resentido Kirchner de volver al
extraviado “imperio de la ley”, lo antes posible. Antes de que sea tarde.
La decisión de Tabaré Vázquez parece la correcta para su
país.
En cuanto a la Argentina un conocida ex funcionaria de áreas
ambientales ironizó que si se estudiara al grado de contaminación de las
papeleras existentes en la Argentina se vería que el área de irradiación podría
llegar desde Misiones hasta el Canal de Beagle.
El problema de las papeleras es un simple negocio en el cual intervienen
consultoras vinculadas a la Cancilleria-o a su titular por el momento-y los
reclamos argentino frente al Uruguay, un lugar off-shore en donde el país
invierte dinero en negro y propiedades con sociedades falsas no son exactamente
la lucha alemana por la toma de Alsacia y Lorena.
