Hacia un gobierno orwelliano

 

Noviembre de 2005

Por María Cristina Montenegro


Cae la noche en “el atardecer de un día agitado” , las últimas noticias confirman las tendencias: el cambio de gabinete es una vuelta de tuerca hacia la omnipresencia presidencial en todos los ámbitos de funcionamiento estatal, en una suerte de monocorde uniformidad que disuelve los contenidos republicanos en un mero envoltorio de gestos institucionales. La jura de los Senadores fue un escenario màs de las “informalidades” presidenciales apelando a un derroche de gestos vulgares y fuera de lugar en oportunidad del juramento del ex presidente, hoy senador elegido por La Rioja, Carlos Saúl Menem.

Cae la noche y nada bueno presagia la próxima alborada para una República devastada. Y busco en la historia lecciones aparentemente no aprendidas pero que costaron tanto a los pueblos. Algo que leí hace unos días en oportunidad de los 75 años de un acontecimiento que debiera estar en la memoria de una dirigencia sensata.

Hacia el año 30 del Siglo anterior los parlamentarios de Hitler, màs de 100, llegaban al Reichstag. La Constitución de Weimar había sido respetada pero sólo en lo formal. El resentimiento de la masa frustrada por la derrota de la Gran Guerra entronizaba a los verdugos de propios y extraños sin que la razón, encarcelada por el odio, la venganza y la impotencia, pusiera una voz de alerta ante lo que inexorablemente vendría, no por voluntad de los dioses sino por decisión de los hombres, de unos cuantos hombres que decidieron tomarse la revancha de las derrotas pasadas.

Parece ser que las masas empobrecidas y frustradas son fácilmente manipulables por los ilusionistas que proclaman, en discursos interminables, la gran cruzada redentora cuyos sumos sacerdotes son quienes prometen demagógicamente el castigo popular a quienes los han colocado en lugar tan desventajoso reduciéndolos a la miseria. Prometiendo el paraíso terrenal, ubican en el infierno a cualquier oposición que pretenda ser alternativa a la situación. Así surgieron y así lo hacen los líderes populistas que, exacerbando un malsano nacionalismo devenido en patología, convierten al pueblo en una entidad muchedumbresada, irracional y emotiva, siempre buscando al causante de sus males sin advertir que se han convertido en víctima de la causa redentora.

Para esa causa redentora nunca hay una alborada a futuro, una primavera por venir, siempre es el retorno al pasado supuestamente identitario del que fue desalojado sin culpa alguna. Una lógica subyace en el discurso: su destino de grandeza fue prohijado por los dioses y es imperativo el cumplimiento de tan mítico mandato: la grandeza de la raza aria, la república bolivariana, la restauración del imperio incaico o el destino coránico del imperio islámico. Poco importa en nombre de qué alucinante constructo se convoque. Como sostiene Ferran Gallego, refiriéndose a los alemanes de los 30 Fueron a votar absortos en su nostalgia por el paraíso de una identidad perdida, aunque, para alcanzar ese cielo, tuvieran que asumir que el infierno eran los otros.

Una vez llegados al poder convierten el mandato popular en pasaporte a la autocracia y la República es sólo una mala copia de sí misma cuando las formas y contenidos institucionales deviene en autismo personalista, en instauración omnímoda de un poder sin límites que mantiene a la masa en continua crispación, con sobredosis de histrionismo demagógico y sectario aúllan desde las tribunas señalando al enemigo, con nombre y apellido lo que resulta más motivador. Nunca el diálogo sensato, la búsqueda de la solución consensuada, la ausencia del chivo expiatorio. Nunca la razonabilidad. Porque el principio ritual es la constante crispación para que la masa no comprenda, sólo aumente la tensión en la idea mil veces repetida de su victimidad. Una sola idea para la acción: la injusticia de su situación. Sola idea que mantendrá siempre presente su rol de victima agraviada en busca de un autor y la complaciente guía del líder carismático y restaurador.

Esto, como contrapartida, exige al demagogo una constante vigilia sobre el poder para conservarlo, aumentarlo, ganarse los adversarios como víctimas propiciatorias ante el altar de las masas y desarmar las intrigas de sus empleados. Advirtiendo que hay una ley física: a un poder absoluto le suelen emerger poderes varios, que esperan en la sombra minar sus cimientos. Ese, quizás, sea la parte más vulnerable de los poderes personalistas: nunca dejar de controlar, de vigilar, de desconfiar. Es un ingrediente más de la patología que encierra tal desviación de lo político como el arte de bien gobernar.

Es evidente que esta constante lucha no deje margen para la gestión de las políticas públicas. Estas requieren colaboración, debates, acuerdos, aceptación de los límites de competencias. En pocas palabras: división de funciones. Reflexión y responsabilidad, respeto a las instituciones Son las prácticas cardinales de la virtud republicana y la garantía de un modo de convivencia civilizada. Ambiente adecuado donde los individuos y los sectores concurren para defender sus intereses sectoriales a fin de que cada cual sea beneficiado teniendo en cuenta el bien general. Pues ese y no otro es el objetivo de la política.

Si bien la voluntad de poder mueve al hombre hacia la política, esto implica el ejercicio del liderazgo bien distante del autoritarismo, también implica la voluntad ética que le exige una vocación permanente por el bien común, sin lo cual lo anterior deviene en abstracto. Ambas cualidades se vinculan con el valor pedagógico que tiene la figura gubernamental frente a sus conciudadanos y que va unido a la idea de prestigio como pretensión de permanencia en la memoria colectiva: ser referente como modelo de ciudadano.

En los regímenes populistas nada de lo anterior tiene sentido, solo la acumulación de poder por el poder mismo. En su consecución todo vale: la intriga, la violencia, el engaño, la manipulación. Todo lo llena la opresiva presencia del demagogo, quien impulsa la emotividad desordenada e irracional. Frente a la masa crispada las energías creadora de los individuos se resecan y la mediocridad gana todos los espacios, simplemente porque ha perdido los ámbitos de libertad en los que puede sobrevivir y el debate de ideas como la única manera no de no equivocarse sino de que muchos puedan ser parte de la solución, parte de la construcción de una Comunidad que incluya a todos en sus múltiples voces, en dialogo fecundo y no en la monocorde letanía del caudillo.

 

Los movimientos que se basan en la crispación emocional no argumentan las soluciones ante los problemas: se limitan a golpearlos, como si tal actitud respondiera al mayor calado de las convicciones. En cambio, los demócratas nunca confunden su defensa de la libertad con una frívola sarta de desórdenes emocionales. La alternativa nacional-populista del nazismo era una caótica mezcla de identidad y exclusión que llamarían Orden Nuevo, y una perpetua exhibición de mitos arcaicos con recursos técnicos del siglo XX que denominarían modernidad. Lo que podía haber sido el aldabonazo instantáneo de una protesta se convirtió en la materia orgánica de una normalización cultural; un movimiento de fe capaz de convencer a unos ciudadanos maduros de que existía un solo conflicto real en nuestro tiempo: el que oponía a la comunidad uniforme contra sus adversarios internos, actuando en sus órganos con la paciencia de un tumor maligno. Convenció, porque supo exaltar el destino común y homogéneo, que siempre posee mayor calidez que el futuro incierto y personal. Convenció, porque escenificó la libertad del pueblo, que siempre dispone de mayor fuerza estética que la libertad de cada individuo. Convenció, porque fue capaz de convertir la imperfección de las instituciones en una insoportable carencia de autenticidad, cuando lo imperfecto es una irrenunciable condición de mejora, y lo perfecto, en política, es una sospechosa ilusión destinada a apagar el derecho al error y la legitimidad de la discrepancia. Convenció, porque consiguió hacer pasar como esperanza de muchos lo que sólo era una oleada de pánico colectivo. Convenció, porque el miedo adquirió el sabor de la seguridad y porque la exclusión refrescó como una legítima defensa. Convenció, porque nadie deseaba escuchar que una sociedad libre es un mundo de riesgo, es un espacio abierto a la incertidumbre. Convenció porque nadie quería elegir, pero todos querían ser elegidos. [1]



Definitivamente habrá que recuperar la República, recuperar las instituciones de la Nación. Habrá que hacerlo más antes que después. El mundo es inhospitalario para los que no se insertan en él y eso se traduce en más pobreza, marginación y soledad. De allí no se saldrá de la mano de delirantes de protagonismos trasnochados. De allí se saldrá volviendo a las buenas maneras de la convivencia civilizada, del respeto por los propios y por los ajenos. De allí se saldrá si la dirigencia toma nota que la irrelevancia de Argentina hoy es demasiada onerosa para la mitad de los menos afortunados de los ciudadanos. Aunque la billetera de Chávez rebose de los dólares que tanto atraen a la dirigencia vernácula en el poder y cuyas fuentes nutrientes son los consumidores norteamericanos a quienes el pintoresco caribeño les suministra hidrocarburos venezolanos. Confortable manera de alimentar su ego y pregonar su antinorteamericanismo pasado de moda a la par de constituirse en el referente ideal de alguno de nuestros conciudadanos.

Hoy ha sido un día difícil, ha caído la noche. Espero... Estoy mirando el libro que tengo en el escritorio: la esperanza no es un método y me parece que no terminaré la frase anterior.

Sólo diré que siempre prefiero la libertad, caminar por la dudosa luz del día, como sostiene Ferran Gallego, sabiendo que al otro lado de nuestros actos y de nuestras palabras tendremos más discusiones pero menos posibilidades de circunstancias trágicas.

Prefiero el debate de ideas diferentes que construyen, unen y alimentan la convivencia en una patria diversa no la monocorde decisión autista inspirada en la revancha, la fragmentación y el enfrentamiento...


[1] El triunfo de la servidumbre por Ferran Gallego, profesor de historia contemporánea, Universidad Autónoma de Barcelona. Diario ABC

 

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