Diciembre de 2005
Por Luis Antonio Candurra
Desde hace más de un año, nadie dudaba en el país trasandino que la Dra.
Michelle Bachelet, (54, médica, cirujana general, pediatra, sanitarista y con
estudios de postgrado en temas militares en el Colegio Interamericano de Defensa
en Washington, socialista, ex ministra de Salud y de Defensa del presidente
Ricardo Lagos) sería la candidata por la Concertación Nacional, que gobierna
Chile desde la reinstalación de la democracia en 1990. Y que se impondría en la
primera vuelta (más del 50 % de los votos) en los comicios que se realizarán
pasado mañana 11 de diciembre.
La Concertación Nacional tiene su núcleo en los Partidos Demócrata Cristiano y
Socialista, acompañados por el Partido por la Democracia (fundado por Lagos) y
el residual Partido Radical Socialista Independiente.
Este era el anuncio sistemático y persistente de los resultados de las tres
principales encuestadoras, en las cuales, a diferencia de lo que sucede con sus
similares argentinas, creen ciegamente desde la docena de los más poderosos
“dueños de Chile” hasta el último “roto”.
Bachelet llegaba a esta final sin discusiones dentro de la coalición gobernante.
La otra postulante María Soledad Alvear (55, abogada, demócrata cristiana, ex
ministra de Justicia del presidente Eduardo Frei, jefa de la decisiva campaña
electoral Ricardo Lagos en la segunda vuelta que lo llevó al Poder Ejecutivo
Nacional y luego su brillante Canciller) renunció a la oportunidad al constatar
su persistente retroceso en las encuestas, en las que, durante casi dos años,
había disputado con Michelle cabeza a cabeza su derecho a trasladarse a la sede
presidencial de La Moneda, desde el hermoso edificio que albergara el Congreso
Nacional (que hoy funciona en Valparaíso) que se transformó en sede del
Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile.
A María Soledad no le faltaban méritos. Después de doce años de negociaciones,
iniciadas a comienzos de la década pasada durante el mandato de Patricio Aylwin
- el primer civil (DC) que sucedió al hoy desaforado Augusto César Pinochet -
fue Alvear quien en 2003 puso en Miami su firma en el Tratado de Libre Comercio
con los Estados Unidos de América, apenas meses después de que Chile se opusiera
desde su silla en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a la invasión
norteamericana a Irak.
Y no fue la única valla que sobrepasó: su capacidad política y el
profesionalismo de la diplomacia local le permitió sortear con éxito duros y
potenciales conflictos con absolutamente todos los países limítrofes (Perú, por
la frontera oceánica, Bolivia, con su reclamo de una salida propia al Pacífico,
y la Argentina, cuando la perseverante impertinencia de Néstor Kirchner se
entrometió entre los contratos firmados por empresas privadas de ambos lados de
los Andes, y redujo por decreto a un mínimo simbólico la provisión del vital gas
natural, aumentando los costos de la energía eléctrica en Chile y en muchos
sectores industriales, logrando incluso la parálisis de algunas plantas, sobre
todo en el norte de ese país.
Dentro de este panorama sin obstáculos, nada mejor que lo sucedido hace pocos
meses: el titular de Renovación Nacional – RN - Sebastián Piñera (56, ingeniero
civil, empresario en innumerables sectores, con empresas propias y
participaciones controlantes en la banca, la construcción y la aeronáutica LAN
Chile, entre otros) decidió que sería candidato presidencial por su partido.
De hecho, abandonó la alianza electoral de centro derecha que formara con la
Unión Democrática Independiente – UDI – y que, en las últimas elecciones llevó
como candidato único a Joaquín Lavín (52, ingeniero comercial, master en
economía en la Universidad de Chicago, editor de Economía y Negocios de El
Mercurio, vocero del establishment trasandino). Lavín fue un estrecho
colaborador en el régimen de Pinochet, cercano al ex ministro de Hacienda Hernán
Büchi, y después, ya en la democracia, alcalde de las comunas de Las Condes y de
Santiago.
En aquella primera vuelta de diciembre de 1999, Ricardo Lagos sólo pudo
superarlo por 31.000 votos (0,45% del total).
Con una oposición dividida, el oficialismo empezó a proclamar “pan comido”.
Pero, las últimas encuestas del Centro de Estudios Públicos – CEP – empezaron a
mostrar extraños deslizamientos. Bachelet dejó atrás los números mágicos
superiores al 50 % - que le aseguraban el triunfo en primera vuelta – y se
sumergió hasta una caverna, cuyo piso estuvo en el 39 %.
Simultáneamente, el empresario Piñera dejaba atrás a Lavín, con 27 % de la
intención de voto frente al 19 del candidato de la UDI. Michelle trepaba al 41
%. (resultados de la encuesta CEP difundida el jueves 8 de diciembre).
El mismo 8 también se conoció que la aprobación a la gestión de Ricardo Lagos
seguía en ascenso, alcanzando en 70 % de los interrogados.
No es un fenómeno que se vea habitualmente en ningún rincón del planeta: el
incremento en la imagen positiva del máximo gobernante quita votos al sucesor
oficialista y se los entrega a la oposición.
La explicación que han encontrado los analistas chilenos es que la gente ve en
Piñera la continuidad de la exitosa presidencia Lagos. Y que la “profundización
de las políticas sociales” prometida por Michelle (junto con un abortado anuncio
de aumento de impuestos que tuvo que ser desmentido velozmente) han atemorizado
a muchos votantes trasandinos.
Es que sucede algo que difícilmente se puede entender en la Argentina: más allá
del abismo en la desigualdad de la distribución del ingreso (el 20 % más pobre
sólo recibe el 3,9% del ingreso nacional, mientras que el 20% más rico se queda
con el 55%), la inmensa mayoría de los trabajadores chilenos es capitalista,
cree en que su trabajo y su esfuerzo dentro de un sistema de mercado libre
mejorará su bienestar.
Y, más allá de asesinatos, desaparecidos, persecuciones y violaciones de los
derechos humanos de todo tipo, quizás este sea el verdadero éxito final del hoy
nonagenario y multiprocesado César Augusto Pinochet, con la “revolución desde
arriba” que condujo entre 1975 y 1990, cuya antorcha fue tomada como legado
básico por sus sucesores electos democráticamente.
Sin duda, algo muy difícil de comprender en nuestro país, donde cada nuevo
presidente (civil o militar) cree que, cuando pone por primera vez sus zapatos
(o mocasines) en el hall de la calle Rivadavia de la Casa Rosada, la historia
argentina recomienza a través de su preclaro iluminismo, como si el Cabildo
Abierto del 22 de mayo de 1810 hubiera sucedido hace tres días.
