Diciembre de 2005
Por Luis Antonio Candurra
A menos de 48 horas de que se conocieran los resultados de los comicios del
domingo en Chile[1] , Juan Miguel Sebastián Piñera Echenique - el candidato que
ocupó el segundo lugar - ubicó a la religión en la divisoria de aguas que
debería regir en la segunda vuelta, que se realizará el próximo 15 de enero de
2006.
Sorprendidos cronistas de este lado de los Andes intentaron presentar a esta
“marcación de cancha” como un brote de fundamentalismo católico. Después de
todo, él también es hijo de un fundador del Partido Demócrata Cristiano, José
Piñera Carvallo, que fue embajador en Bélgica y en la ONU durante la presidencia
de Eduardo Frei Montalva.
El candidato presidencial de RN, según el diario La Tercera, aseguró ayer – 13
de diciembre - que “la diferencia es muy de fondo”, aludiendo – sin mencionarla
– a la mujer que logró la mayor cantidad de votos el domingo. “En el mundo van a
competir dos modelos: el socialismo laico y el humanismo cristiano. Yo me siento
identificado con el segundo”. Y Michelle Bachelet se declaró, desde siempre,
como una persona agnóstica.
La oportunidad que eligió este self-made entrepreneur (que amasó una fortuna
antes de cumplir los 30 años, que hoy se estima en más de mil trescientos
millones de dólares estadounidenses) para colocar a las creencias y los valores
fundamentales en el eje de la decisión de los votantes para la segunda vuelta de
enero, también fue, fundamentalmente, un hecho político. Horas antes, Piñera
había presentado a una docena de ex y actuales militantes democristianos que
decidieron apoyarlo. Si bien el número no parece impactante, hay apellidos que
tocan al fondo de la historia y a la actual conducción del PDC: Gabriel Tomic,
nada menos que el hijo de Radomiro Tomic, uno de los fundadores del partido y
Felipe Garay, ahijado del actual presidente del mismo, Adolfo Zaldívar.
La misma expresión de “humanismo cristiano” la había utilizado cuando recibió,
en la misma noche del domingo, el abrazo de Joaquín Lavín, quién se apresuró a
decir que sería un “soldado” de Piñera, y éste a designarlo su jefe de campaña
al día siguiente
Simultáneamente, Piñera lograba la incorporación a su consejo político de Juan
Claro. Este empresario, cabeza de un grupo corporativo formado por firmas
líderes en múltiples sectores, y ex conductor y referente perpetuo de la
poderosa Sociedad de Fomento Fabril – SOFOFA -, la entidad líder del movimiento
empresario chileno, con un mucho más peso relativo frente al resto de las
centrales del comercio, los servicios y la actividad agropecuaria que siempre
fue – y será - la envidia de la Unión Industrial Argentina.
Juan Claro, un tradicional simpatizante del candidato de la UDI, habría tomado
el teléfono en noviembre[2] para solicitarle a viva voz a Joaquín Lavín que
renunciara a su postulación en pro de la unidad de la centro derecha.
Conclusión: el establishment empresario en masa, que supo convivir con
inteligencia y cortesía con los tres gobiernos de la Concertación, ahora
públicamente ubica todos sus pies dentro del plato de Piñera. Un hombre que, de
todos modos, pagó la mayoría de sus gastos de campaña de su propio bolsillo.
Aunque Adolfo Zaldívar Larraín se apresuró a amenazar con la expulsión del PDC a
los dirigentes que se atrevieron a fotografiarse junto con Sebastián Piñera, el
gesto seguramente provocó más de una sonrisa irónica en la dirigencia política
chilena. En ella todos conocen a todos y la mayoría de las carreras exitosas
tiene tanto que ver con la portación de apellido y los vínculos sociales (y
económicos) como con los aciertos políticos o los méritos a la hora de la toma
de decisiones.
Es que la actuación de Piñera no es una maniobra oportunista para quitar votos a
su rival. No se trata de un simple “borocotazo”, pergeñado por la extraña
imaginación del ex superintendente de seguros que nombrara Néstor “El Guasón”
Rappanelli.
Si precisamente hay una calificación que Sebastián Piñera no merece es ser un
místico de la política, más allá de sus profundas creencias y prácticas
católicas. El mejor alumno de su promoción en la Facultad de Economía de la
Universidad Católica, que se doctoró con honores en Harvard, dedicó sus
esfuerzos en la década del 80 a su vertiginosa carrera en el mundo empresario,
en vez de ocupar lugares de alta significación política durante el gobierno del
general Pinochet.
Es sí un “animal político”, como lo demuestra la audacia con que logró que
Renovación Nacional lo eligiera como candidato presidencial el 14 de mayo, sin
signos previos, rompiendo la Alianza por Chile que sostenía con Joaquín Lavín.
Fue cuando las encuestas mostraron repetidamente que cualquiera de las dos
precandidatas de la Concertación (Bachelet y María Soledad Alvear, ex canciller
de Lagos) lo derrotaría fácilmente en las urnas.
También se anticipó a los ataques de los conflictos de intereses que podían
generar su presencia accionaria y gerencial en tantos sectores empresarios. El
23 de noviembre anunció al periodismo: “Voy a vender todas mis acciones para
poder dedicarme en cuerpo y alma a ser un buen presidente”.
Quienes lo han tratado personalmente lo describen como una persona hiperkinética,
que corresponde a la definición de sí mismo que alguna vez formulara Napoleon
Bonaparte, cuando afirmó que sus ideas volaban más rápido que sus palabras.
Quienes charlaron con él en privado, cuentan que, además de comerse las uñas,
genera la sensación que, mientras escucha a su invitado, la mente de Piñera está
también atrapada en docenas de otros temas.
Colocar el eje en el “humanismo cristiano vs. el socialismo laico” es una gran
apuesta política, en un momento en que los cambios sociales, de valores y de
costumbres transforman a la mayoría de los chilenos, primero desde 1975, pero
más fuertemente aún desde 1990. Estas “novedades” incluyen un elevado sesgo
consumista, mayor movilidad social y apertura mental (finalmente, durante el
gobierno de Lagos, el Congreso de Chile sancionó la ley que permite el divorcio
vincular), en una sociedad antes caracterizada por su austeridad,
tradicionalista casi hasta el chauvinismo y resignada a la inmovilidad. Y están
sucediendo con la misma velocidad del más del 6 % promedio anual de crecimiento
de su PBI que logró en la última década y media.
Un llamamiento como el de Piñera es, sin duda, algo muy difícil de entender para
los argentinos, quienes desde hace décadas permitimos pasivamente desfilar
campañas electorales solamente basadas en la futilidad, la frivolidad y la
mediocridad - siempre que las miremos con el ojo generoso del “no te metás”. Ya
que si observa el ojo escéptico e imparcial, lo que vislumbra es perversidad,
apego a perpetuidad al poder en busca de beneficios personales (sean económicos
o de fama) y olvido permanente (por ignorancia o decisión) de la tragedia que,
para la mayoría de la población, significa solamente sobrevivir en nuestra
nación.
Pero la apuesta de Piñera, además de radical, se corresponde con la historia. No
solo la de Renovación Nacional, ya que Piñera, a diferencia de Lavín, se colocó
en el lado del no en el plebiscito que Pinochet realizara en 1988 para quedarse
ocho años más en La Moneda.
Fundamentalmente se trata de llevar a los hechos las posiciones ideológicas que
provienen desde la misma fundación del Partido Demócrata Cristiano, que fueron
reactualizados hace ya casi una década por una corriente interna del PDC, que
lidera, precisamente, su actual conductor, Adolfo “Colorín” Zaldívar. El momento
coincidió con el autoreconocimiento de la capacidad de imponer sucesivamente dos
presidentes democristianos, Patricio Aylwin Azócar y Eduardo Frei Montalva. Con
palabras elegantes y el eufemismo típico del discurso chileno, estas ideas
fueron bautizadas como “la necesidad de recuperar la identidad propia de la
democracia cristiana”.
Es que, aunque haya gobernado exitosamente durante catorce años, la génesis de
la coalición democristiana-socialista habría encontrado su nombre auténtico si
hubiera elegido llamarse Concertación Electoral. No ocurrió ningún hecho mágico
que amuchara o produjera una convergencia en las ideas de todos los partidos no
marxistas de Chile e hiciera desaparecer en un abracadabra las diferencias
ideológicas y los enfrentamientos políticos. Después de todo, la democracia
cristiana fue la principal fuerza opositora durante el gobierno de Salvador
Allende Gossens a comienzos de la década de los 70. Y muchos socialistas la
acusaron, y lo siguen haciendo, de al menos tolerar el golpe militar del 11 de
septiembre de 1973.
El cemento que pegó a la Concertación fue el espanto: aisladamente podrían ser
superados por el prolijo candidato elegido por el pinochetismo para su
autosucesión, el prestigioso ex ministro de Hacienda Hernán Büchi, la figura que
más capitalizó el “milagro económico” del régimen militar. La necesidad de esta
Concertación Electoral no era paranoia: en las elecciones presidenciales del 11
de diciembre de 1989 Büchi arañó el 30 % de los votos.
Y recordemos también los resultados previos de los dos últimos referenda
convocados por César Augusto Pinochet. En 1980, logró que su proyecto de
Constitución Nacional fuera refrendado por el 67 % de los chilenos. Y, en 1988,
cuando realizó una consulta para permanecer ocho años más en el poder, el 43 %
de los chilenos lo aprobó con el Sí.
El motivo fue, entonces, el mismo que agrupó en la Argentina a dos adversarios
naturales, como eran la derecha de la Unión Cívica Radical y la izquierda, tanto
del justicialismo como del ex marxismo, ambos desesperados por la posibilidad de
perpetuación en el poder del proyecto de Carlos Saúl Menem, per se o a través de
un delfinado. La pequeña diferencia radica en que Fernando de la Rúa y Carlos
Álvarez se comportaron como fantoches y botarates, mientras que Aylwin Azócar,
Frei Montalva y Lagos Escobar fueron grandes líderes durante sus mandatos,
condujeron al país por los caminos correctos y por eso los tres terminaron sus
mandatos con soberbios índices de aprobación (actualmente el 70 % para Lagos, a
tres meses de dejar el poder ejecutivo).
Haciendo marchar al revés el reloj de la historia, encontramos que el nacimiento
del Partido Demócrata Cristiano de Chile, al igual que el argentino[3] , el
venezolano[4] y muchos otros latinoamericanos, son escisiones, generalmente
juveniles y generadas en el ámbito de la organización Acción Católica en los
niveles del secundario y las universidades, de encuadramientos conservadores,
que incluso tomaron sus nombres del fascismo y del franquismo. Cuando vieron que
la democracia cristiana italiana podía vencer al combativo comunismo de ese
país, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los militantes lúcidos de las
derechas conservadoras se pusieron a leer rápidamente todas las encíclicas
papales de temática política y social, desde Rerum Novarum en adelante.
En el caso chileno, entre el 11 y el 13 de octubre de 1935 en el Teatro Princesa
de Santiago, nace la Falange Nacional, dentro de la Juventud Conservadora. Su
promotor principal fue Eduardo Frei Ruiz-Tagle, ex secretario general de la
Acción Católica y de la Junta Directiva del Partido Conservador. La Falange
Nacional se separa del Partido Conservador en 1938 y Frei la preside como
partido desde 1940 a 1946. El primer cónclave democristiano mundial de 1947 da
su apoyo a la Falange chilena. Y en 1949, Frei Ruiz-Tagle es elegido senador por
las norteñas regiones de Atacama y Coquimbo.
La Falange se transforma en el Partido Demócrata Cristiano el 27 de julio de
1957. Mientras tanto, Frei padre había sido elegido senador nacional por
Santiago el año anterior.
El curriculum de Patricio Aylwin Azócar es paralelo al de Frei Ruiz-Tagle.
Ingresó en la Falange Nacional en 1945 y fue electo miembro de su junta
directiva en 1949, presidiéndola durante 1950-51.
Aunque el alejamiento del PDC de la Concertación antes del 15 de enero próximo
es un hecho que pertenece al dominio de lo impensable, lo que sí es posible es
que muchos “colorines” promuevan silenciosamente un deslizamiento a favor de
Sebastián Piñera en la segunda vuelta. Es imposible, hoy, estimar la magnitud
que puede alcanzar ese traslado.
Tampoco Michelle Bachelet tiene asegurado sumar los votos comunistas e
izquierdistas que apoyaron a Tomás Hirsh, ya que la mayoría de ellos la
consideran nada más que una representante habilidosa y carismática del
“sistema”.
Es posible, entonces, que, sin proclamarlo, el proyecto que sostienen desde 1995
los “colorines” de alejarse de la Concertación y converger con Renovación
Nacional cuente, más que nunca, con un terreno fértil y bien abonado. Aunque no
pueda florecer y dar sus frutos para el 15 de enero de 2006, sin duda habrá
echado raíces mucho más profundas que las que tenía hasta el 10 de diciembre
pasado.
[1] Michelle Bachelet Jaria (socialista, Concertación Democrática) 45,93 %, Sebastián Piñera Echenique (Renovación Nacional – RN) 25,44 %, Joaquín Lavín Infante (Unión Democrática Independiente – UDI) 23,23 %, Tomás Hirsh Goldschmidt (Partido Humanista, Partido Comunista, izquierda extraparlamentaria) 5,39 %.
[2] Cuando se conocieron los resultados de la encuesta del Centro de
Estudios Públicos – CEP – en que, por primera vez, Piñera superó en intención de
voto a Lavín.
[3] El Partido Demócrata Cristiano fue fundado en la Argentina en un
encuentro realizado en Rosario entre el 8 y el 10 de julio de 1954,
constituyéndose una junta promotora. Al año siguiente, después del derrocamiento
del presidente Juan Domingo Perón, la democracia cristiana envió como sus
representantes a la Junta Consultiva formada por la dictadura militar a Manuel
Ordóñez y Rodolfo Martínez (h), ninguno de los cuales puede ser considerado de
pensamiento y acción progresista.
[4] El partido social cristiano de Venezuela, que eligió como nombre
Comité de Organización Política Electoral Independiente – COPEI – fue fundado en
1946 por el luego dos veces presidente Rafael Caldera. Fue ex secretario del
Consejo Central de la Asociación de Juventudes Católicas Venezolanas entre 1932
y 1934 y en 1936 uno de los fundadores de la Unión Nacional de Estudiantes –UNE
-, una escisión antimarxista de la Federación de Estudiantes de Venezuela.
