El análisis político y económico de los doctores Vicente Massot y Agustín Monteverde
Diciembre de 2005
Por Vicente Massot y Agustín Monteverde
¿Por dónde empezar? Roberto Lavagna - cualquiera que sean los afeites y retoques
que se le hagan a la forma de su salida - no renunció. Fue echado por Kirchner.
Así de simple. Ahora bien, ¿qué motivó tan intempestiva decisión?
Más allá de lo difícil que resulta interpretar el carácter del santacruceño,
parece claro que el hecho que obró como acelerador de la crisis fue la denuncia
del ex–ministro de economía respecto de la cartelización de la obra pública,
efectuada hace diez días, poco más o menos.
Luego de poner implícitamente en entredicho una de las banderas mas preciadas de
la propaganda gubernamental - su absoluta transparencia administrativa - la
permanencia de Lavagna en el Palacio de Hacienda quedó en zona de riesgo.
Inmediatamente después, el hombre que había sido convocado de urgencia por
Duhalde a principios del 2002 y que Kirchner aceptó heredar, se permitió la
libertad - que en la Casa Rosada fue considerada un desafío abierto a la orden
del presidente de que nadie del gobierno se hiciese presente en el coloquio de
IDEA - de viajar a Mar del Plata y hacer uso de la palabra en ese foro
empresario. Ello selló su suerte.
Esta claro, entonces, porqué Kirchner decidió prescindir de sus servicios. Lo
que no esta tan claro es porqué Lavagna actuó de esa manera. ¿Quería renunciar
pero prefirió forzar el trámite y dejarlo al santacruceño sin otra alternativa,
o se equivocó en su análisis y tiró de la cuerda más de lo conveniente? Dicho de
otra manera: ¿quería irse y trazó una estrategia que le permitiese salir con un
determinado caudal político a su favor, pensando en el futuro, o nunca pensó que
podía sucederle lo que en definitiva pasó?
En tren de arriesgar una hipótesis, hela aquí: Lavagna, que se daba
perfectamente cuenta de que los acuciantes temas económicos pendientes -
inversión y, sobre todo, inflación - no tienen solución a la vista, optó por
quemar las naves. Sabía, porque era obvio, que el presidente no le dejaría pasar
su independencia de criterio y sus denuncias de corrupción, con lo cual se hizo
echar de su cargo en medio del éxito - no del fracaso - y se despegó de un
gobierno en el que hubiera podido permanecer - antes de sus declaraciones, claro
- al precio de quedar asociado a la suerte de Kirchner.
Como Lavagna no desaparece comido por una de esas crisis cíclicas que han
aquejado a la Argentina, sino que su obligado retiro se asemeja al de Cavallo,
es lógico pensar que nada sucederá ni mañana ni pasado.
Pero los problemas a los cuales hacíamos referencia antes y sobre los cuales
hace meses que venimos insistiendo - al extremo de haber dicho que eran
infinitamente más importantes que las pasadas elecciones de octubre - están ahí
y no precisamente agazapados.
Hoy se recortan claramente en el horizonte, a vista y paciencia de todos
nosotros. De entre los mismos, la inflación - de lejos el más preocupante - ya
toca nuestra puertas y bolsillos. Es en este contexto que debe analizarse el
nombramiento de Felisa Miceli en reemplazo de Lavagna. Un cambio de figuritas en
otro contexto - por importante que resultara el ministro saliente - hubiera sido
materia de conversación durante algunas semanas, nada más. Eso sucedió con
Domingo Cavallo. Eran legión quienes pensaban que apenas el “Mingo” abandonase
su sillón ministerial, tras él vendría el diluvio. Se fue y nada de ello ocurrió
porque la economía marchaba sobre rieles.
La situación actual se parece en parte, pero es profundamente distinta a partir
del hecho de que el flagelo inflacionario ha vuelto a mostrar su rostro. ¿Qué
puede hacer la nueva ministra? Sus antecedentes ideológicos; sus convicciones en
materia de política económica y su absoluta subordinación a Kirchner, lo que
anuncian es la continuidad de la estrategia que responsabiliza a Coto de la suba
de precios. Si esto fuese así, estaremos en serios problemas.
La salida de Bielsa, Pampuro, Alicia Kirchner y Roberto Lavagna no es que sea
intrascendente. Desde ya, no lo es. Podrá sorprender lo de Lavagna, que pocos si
acaso alguno de los analistas y periodistas tradicionalmente bien informados,
predijo. Podrá sorprender la llegada a Defensa de Nilda Garré, pero nada - ni
siquiera la remoción de Lavagna - es un problema sustantivo.
El problema, en rigor, es qué rumbo tomará Kirchner no ahora sino el día que la
inflación se espiralice y comiencen a funcionar los mecanismos indexatorios a lo
largo y ancho del país. Por ahora nadie sería capaz ni se animaría a convencer
al presidente que si no toma en serio la suba de precios - y acusarlo a Coto es
poco serio - en los próximos seis meses tendrá que hacer frente a una situación
crítica.
Con los resultados electorales en el bolsillo y acostumbrado a confrontar con
todos y con todo, Kirchner esta aquejado por el síndrome de King Kong. Como se
lleva a cualquiera por delante sin pedir permiso y sin pedir disculpas, y le va
bien, difícilmente modifique su conducta. Por lo tanto, conviene distinguir lo
adjetivo de lo sustantivo en punto al análisis de los cambios ocurridos.
Sostener que el nuevo gabinete es más transversal que peronista; que Kirchner
designó a Nilda Carré con un propósito inequívocamente provocativo; que con la
salida de Lavagna se va el único ministro más o menos independiente que había;
que los nombramientos preanuncian un cierto corrimiento a la izquierda; que el
presidente ha dejado en claro hasta dónde no está dispuesto a tolerar
disidencias, aún cuando sean de matiz y, finalmente que el proyecto hegemónico
del santacruceño ha dado un paso hacia delante, es cierto. Pero son cuestiones
adjetivas.
Lo sustantivo tiene que ver con esta pregunta: qué dirección tomará Kirchner el
día que la inflación amenace descontrolarse. Todavía está a tiempo de revertir
las cosas y ponerle racionalidad a la política antiinflacionaria.
