Enero de 2006
Por Luis Antonio Candurra
Ambos se sienten con derecho a hacerlo. Después de todo, el padre de Sebastián
Piñera, José Piñera Carvallo, fue uno de los fundadores del PDC, y representó a
Chile en Bélgica y las Naciones Unidas durante el gobierno de Eduardo Frei
Montalva, en la década de los 60.
El mismo Sebastián militó en la democracia cristiana. Más tarde se unió a
Renovación Nacional, fundado en abril de 1987 por la confluencia de Unión
Nacional (liderada por Andrés Allamand), el Frente Nacional del Trabajo
(conducido por Sergio Onofre Jarpa) y la UDI (presidida por Jaime Guzmán, el
único generador permanente de ideas y estrategias que tuvo a su lado Pinochet,
aunque nunca ocupara un cargo en su administración, asesinado en 1991 por el
grupo guerrillero marxista Frente Patriótico Manuel Rodríguez). La UDI se apartó
de Renovación Nacional un año después de su fundación.
Bachelet teóricamente no debiera siquiera desconfiar del apoyo del PDC, “socio
electoral” con quien el PS cogobernó en la Concertación en los últimos dieciséis
años [3].
Salvo por un pequeño detalle: esta coalición no se formó bajo ningún consenso
ideológico, más allá del único propósito de impedir la continuidad de Augusto
Pinochet, interposita personae. Simplemente los juntó el espanto de que en las
primeras elecciones democráticas triunfara Hernán Büchi, el exitoso ex ministro
de Hacienda de Augusto Pinochet desde 1985 hasta 1989, el quinquenio de mayor
crecimiento del PBI de Chile durante todo el régimen militar. Büchi obtuvo en la
elección casi el 30% de los votos.
La Concertación forjada contra Büchi tiene mucho en común con la Alianza que
padeció Argentina. Peronistas “de izquierda” como Carlos Álvarez, radicales de
derecha como Fernando de la Rúa terminaron en una fórmula común, cuando Raúl
Alfonsín y Rodolfo Terragno cayeron en la cuenta que, en soledad, el partido
fundado por Leandro N. Alem alcanzaría un cómodo tercer puesto en 1999.
Es, obviamente, el único punto en común: la Concertación chilena llevó a la
presidencia a tres estadistas en tres períodos, mientras la Alianza argentina
gestionó el país con una fórmula de dos fantoches y no llegó a completar su
mandato por los continuos desastres políticos, económicos y sociales que generó
con permanente esmero.
Pero, aún en un el éxito, no puede dejarse atrás la historia. El PDC en soledad
logró elegir a Eduardo Frei Montalva como presidente en los años sesenta con el
57 % de los votos. El Partido Socialista necesitó del apoyo demócrata cristiano
en el Congreso, que respetó ungir primer mandatario al que había obtenido más
votos, aunque sólo hubiera reunido el 36 % de los mismos.
También fue la democracia cristiana la que se opuso firmemente en el ámbito
parlamentario a las iniciativas expropiadoras y sovietizantes que impulsaba
Salvador Allende. Y el socialismo llegó más tarde a acusarla de principal apoyo
al golpe militar de 1973.
También hay historia mucho más reciente, recién salida del horno. Corresponde a
que, por primera vez en las elecciones legislativas de diciembre pasado, el
socialismo y el PPD logran más votos que la democracia cristiana. Con
desplazamientos tan notorios como la pérdida de sus escaños en el senado de
personajes de primer nivel como Adolfo Zaldívar (presidente del PDC) y Carmen
Frei Ruiz-Tagle, hermana del ex presidente.
Carmen Frei, que dejará de ser senadora antes de que termine este mes de enero,
no dudó en declarar a El Mercurio de Antofagasta, que su derrota se debía a
“deslealtades” dentro de la Concertación.
Más allá del repudio por la muerte, la represión y el avasallamiento a los
derechos humanos que ensangrentaron el gobierno de Pinochet, unidos ahora al
reciente descubrimiento de su millonaria fortuna en dólares, el respeto al
legado económico y hasta político de Pinochet forma un telón de color muy
intenso en la escena política chilena.
No existe mejor medida del éxito que cuando los adversarios toman tus banderas.
Y eso es lo que hicieron los partidos políticos tradicionales con la columna
vertebral de la profunda transformación pinochetista: la desregulación y
apertura de la economía, su impulso a las exportaciones como arma de crecimiento
de un país pequeño y el inicio de las privatizaciones, casi quince años antes
que se hicieran comunes las expresiones globalización o Consenso de Washington.
Otro hecho imborrable del recuerdo de sus seguidores es que, ni en Latinoamérica
ni en el mundo, florecen los dictadores que restauraron la democracia y que
dejaron el poder por el resultado de la voluntad popular expresada en las urnas.
Después de todo, aquel 5 de octubre de 1988, el triunfo del NO a la permanencia
del general Pinochet como Jefe de Estado por ocho años más,
agrupó al 54,6% de los chilenos, pero el 43,3 % hubiera preferido que el
dictador que derrocó al presidente socialista Salvador Allende Gossen el 11 de
septiembre de 1973 permaneciera en La Moneda.
Una minoría sí, pero muy importante, sobre todo teniendo en cuenta el inevitable
desgaste de 15 años en el ejercicio del poder para alguien que había llegado a
él por medio de la fuerza de las armas. Ni el mismo Generalísimo Francisco
Franco Bahamonde, según los historiadores el faro ideológico y político que guió
a Pinochet, se hubiera enfrentado, a pesar de sus numerosos seguidores en toda
España, al juicio de las urnas.
Las razones de quienes en 1988 apoyaban la continuidad de Pinochet fueron
claramente sintetizadas por una frase que escuchó quien esto escribe de una
mujer de aproximadamente 50 años, cuya ropa la identificaba como perteneciente a
una clase media media.
Fue en un bus en el que recorrimos, durante siete días, en el esplendoroso marco
de la selva valdiviana, los lagos y los volcanes que se encuentran entre
Valdivia y Puerto Montt. Las palabras fueron muy simples: “Antes de Pinochet,
Chile era un pueblo. Ahora es un país”. A su lado, su hija de 28 años, ingeniera
comercial[4] y gerente de préstamos personales del Citibank, asentía.
Los demócratas cristianos tienen entonces razones viejas y nuevas para
considerar a Michelle Bachelet sapo de otro pozo. Además, agnóstica.
Adicionalmente, apoyada por el Partido Comunista, un acompañamiento que bien
puede tener el peso de una mochila de plomo para la médica con un master en
temas militares.
En cambio, con la excepción de los más izquierdistas de los deceístas,
prácticamente no hay suficientes motivos para que los militantes y simpatizantes
del PDC no puedan considerar a Sebastián Piñera como sapo del mismo charco.
Finalmente, es altamente improbable que ni uno solo de los votos que apoyaron a
Joaquín Lavado Infante en la primera vuelta termine del lado de la candidata
concertacionista.
En los diarios podrá leerse el contenido y las formas del debate televisivo, que
ocupó 80 minutos (menos tandas publicitarias) en los cuatro canales abiertos de
Santiago en la noche del miércoles 4.
En la mañana de ese mismo día se habían difundido los resultados de una encuesta
que otorgaba el 48 % de los votos a Michelle Bachelet y el 40 % a Sebastián
Piñera. Solo dos acotaciones: la muestra de 1.200 encuestados pertenecía
exclusivamente a la Región Metropolitana (Santiago y sus alrededores) y la
consultora que la realizó, Imaginacción, es propiedad del ex ministro de Ricardo
Lagos Enrique Correa.
Comentarios periodísticos acerca de otras encuestas no divulgadas hablan de un
descenso en la intención de voto a favor de Michelle Bachelet, quien llevaría
sólo dos puntos porcentuales de ventaja a Sebastián Piñera. Es decir, menos que
los márgenes de error, prácticamente un empate técnico.
Sin duda, un final de bandera verde, cabeza a cabeza, en el que el ocaso de
dieciséis años de gobierno de la Concertación es un dato aún no seguro, pero de
alta probabilidad de ocurrencia.
Si así sucediera, la Concertación sería paradójicamente víctima de sus propios
logros. Los cambios sociales y de valores impulsados por el crecimiento
económico, a un ritmo promedio mayor incluso que el de los años del régimen
militar, hacen un Chile 2006 fundamentalmente distinto de aquel de 1989. Chile
duplicó su PBI per cápita en los últimos doce años y, según estimaciones del
Fondo Monetario Internacional, hoy supera los 7.000 dólares estadounidenses
anuales.
Dentro de esta coordenadas, el crecimiento del consumismo y el exitismo de una
clase media que hoy es la más numerosa porcentualmente y, al mismo tiempo, la
más rica de toda América Latina, pueden estar constituyendo el pedestal sobre el
que se alce un triunfo de Piñera. Un self-made-man, con las mejores notas en
Harvard, billonario, seguro de sus ideas y un permanente tomador de decisiones
ejecutivas y de inversión en las que los errores son, decididamente, escasos.
Demasiado parecido a las aspiraciones de todas las chilenas y chilenos que no
están por debajo de la línea de la pobreza. En nuestro país vecino, con
distintos grados de prosperidad, los que vienen mejorando la calidad de vida año
tras año ya suman más de las cuatro quintas partes de su población.
[1] Dos espacios publicitarios diarios gratuitos en los canales de TV de cinco minutos, que se reparten entre ambos candidatos presidenciales (le tocan 2 ½ minutos a cada uno). Se emitirán desde el 1 al 12 de enero, ya que a las 0 horas del viernes 13 se inicia la veda proselitista pre-comicios, de 12 a 12:05 hs. y de 20:55 a 21 hs.
[2] Los trece que quedaron en el camino eran los que convocaban menos militantes
o se apartaron a una izquierda extraparlamentaria.
[3] Durante las tres presidencias de la Concertación (Aylwain, Frei Ruiz-Tagle y
Lagos) se respetó un meticuloso reparto de ministerios, secretarías de estado,
conducción de organismos autónomos en el gobierno, y hasta los jefes de
departamento en la administración pública, conforme al peso electoral relativo
de los cuatro socios concertacionistas. Con humor, los chilenos llaman a esta
distribución de cargos el “cuoteo”.
[4] Nombre que en las universidades trasandinas prefieren al de administrador de
empresas.
