LA SEMANA CRUCIAL DEL BALOTAJE CHILENO

 

Enero de 2006

Por Luis Antonio Candurra


En el primer mensaje de las “franjas electorales” [1], emitido al mediodía de la primera jornada de este flamante 2006, los dos candidatos presidenciales que protagonizarán la segunda vuelta electoral el próximo domingo 15 de enero en Chile, eligieron, aparentemente, dirigirse a los sectores por género. A los hombres y a las mujeres frente a quienes, conforme a los analistas, se sienten respectivamente más débiles.

Así, Juan Miguel Sebastián Piñera Echenique (55, candidato de la Alianza por Chile que integran los partidos Renovación Nacional – RN – y la Unión Democrática Independiente – UDI), prometió frente a un grupo de mujeres que “terminaría con la pobreza” y recordó que se había pronunciado por el no a la permanencia por ocho años más de Pinochet en el referendum de 1988.

Por su parte, Michelle Bachelet Jeria (53, impulsada por la Concertación Democrática, la coalición que gobierna en Chile desde el restablecimiento de la democracia en 1990) cuasi virginalmente vestida de blanco, proclamó la costumbre de las mujeres por el esfuerzo y el rendimiento “para los que no votaron por mí (en la primera vuelta) por ser mujer”.

La coalición gobernante que quiere repetir con Bachelet es sucesora del Comando del No, un agrupamiento de 17 partidos políticos de muy distinto peso, fundado en 1988 para rechazar la permanencia de Augusto José Ramón Pinochet Ugarte. De aquellas 17 banderías hoy subsisten cuatro: Partido Demócrata Cristiano – PDC -, Partido Socialista – PS -, Partido por la Democracia – PPD - y Partido Radical Social Demócrata[2] . A los que Michelle sumará para este balotaje el apoyo orgánico del Partido Comunista.

Los dos ocultaron (o postergaron) su verdadero objetivo que, en realidad, es el mismo. Ni Piñera está tan detrás de las mujeres ni Bachelet de los hombres, aunque ambos los esperen, respectivamente, con los brazos abiertos. El trofeo mayor de este safari electoral es otro: ambos candidatos saldrán, con un camuflado puñal entre los dientes, a la caza del trofeo mayor: los votos de demócratas cristianos.


Es la historia, estúpido

Ambos se sienten con derecho a hacerlo. Después de todo, el padre de Sebastián Piñera, José Piñera Carvallo, fue uno de los fundadores del PDC, y representó a Chile en Bélgica y las Naciones Unidas durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, en la década de los 60.

El mismo Sebastián militó en la democracia cristiana. Más tarde se unió a Renovación Nacional, fundado en abril de 1987 por la confluencia de Unión Nacional (liderada por Andrés Allamand), el Frente Nacional del Trabajo (conducido por Sergio Onofre Jarpa) y la UDI (presidida por Jaime Guzmán, el único generador permanente de ideas y estrategias que tuvo a su lado Pinochet, aunque nunca ocupara un cargo en su administración, asesinado en 1991 por el grupo guerrillero marxista Frente Patriótico Manuel Rodríguez). La UDI se apartó de Renovación Nacional un año después de su fundación.

Bachelet teóricamente no debiera siquiera desconfiar del apoyo del PDC, “socio electoral” con quien el PS cogobernó en la Concertación en los últimos dieciséis años [3].

Salvo por un pequeño detalle: esta coalición no se formó bajo ningún consenso ideológico, más allá del único propósito de impedir la continuidad de Augusto Pinochet, interposita personae. Simplemente los juntó el espanto de que en las primeras elecciones democráticas triunfara Hernán Büchi, el exitoso ex ministro de Hacienda de Augusto Pinochet desde 1985 hasta 1989, el quinquenio de mayor crecimiento del PBI de Chile durante todo el régimen militar. Büchi obtuvo en la elección casi el 30% de los votos.

La Concertación forjada contra Büchi tiene mucho en común con la Alianza que padeció Argentina. Peronistas “de izquierda” como Carlos Álvarez, radicales de derecha como Fernando de la Rúa terminaron en una fórmula común, cuando Raúl Alfonsín y Rodolfo Terragno cayeron en la cuenta que, en soledad, el partido fundado por Leandro N. Alem alcanzaría un cómodo tercer puesto en 1999.

Es, obviamente, el único punto en común: la Concertación chilena llevó a la presidencia a tres estadistas en tres períodos, mientras la Alianza argentina gestionó el país con una fórmula de dos fantoches y no llegó a completar su mandato por los continuos desastres políticos, económicos y sociales que generó con permanente esmero.

Pero, aún en un el éxito, no puede dejarse atrás la historia. El PDC en soledad logró elegir a Eduardo Frei Montalva como presidente en los años sesenta con el 57 % de los votos. El Partido Socialista necesitó del apoyo demócrata cristiano en el Congreso, que respetó ungir primer mandatario al que había obtenido más votos, aunque sólo hubiera reunido el 36 % de los mismos.

También fue la democracia cristiana la que se opuso firmemente en el ámbito parlamentario a las iniciativas expropiadoras y sovietizantes que impulsaba Salvador Allende. Y el socialismo llegó más tarde a acusarla de principal apoyo al golpe militar de 1973.

También hay historia mucho más reciente, recién salida del horno. Corresponde a que, por primera vez en las elecciones legislativas de diciembre pasado, el socialismo y el PPD logran más votos que la democracia cristiana. Con desplazamientos tan notorios como la pérdida de sus escaños en el senado de personajes de primer nivel como Adolfo Zaldívar (presidente del PDC) y Carmen Frei Ruiz-Tagle, hermana del ex presidente.

Carmen Frei, que dejará de ser senadora antes de que termine este mes de enero, no dudó en declarar a El Mercurio de Antofagasta, que su derrota se debía a “deslealtades” dentro de la Concertación.


Un pueblo que se transformó en un país

Más allá del repudio por la muerte, la represión y el avasallamiento a los derechos humanos que ensangrentaron el gobierno de Pinochet, unidos ahora al reciente descubrimiento de su millonaria fortuna en dólares, el respeto al legado económico y hasta político de Pinochet forma un telón de color muy intenso en la escena política chilena.

No existe mejor medida del éxito que cuando los adversarios toman tus banderas. Y eso es lo que hicieron los partidos políticos tradicionales con la columna vertebral de la profunda transformación pinochetista: la desregulación y apertura de la economía, su impulso a las exportaciones como arma de crecimiento de un país pequeño y el inicio de las privatizaciones, casi quince años antes que se hicieran comunes las expresiones globalización o Consenso de Washington.

Otro hecho imborrable del recuerdo de sus seguidores es que, ni en Latinoamérica ni en el mundo, florecen los dictadores que restauraron la democracia y que dejaron el poder por el resultado de la voluntad popular expresada en las urnas.

Después de todo, aquel 5 de octubre de 1988, el triunfo del NO a la permanencia del general Pinochet como Jefe de Estado por ocho años más, agrupó al 54,6% de los chilenos, pero el 43,3 % hubiera preferido que el dictador que derrocó al presidente socialista Salvador Allende Gossen el 11 de septiembre de 1973 permaneciera en La Moneda.

Una minoría sí, pero muy importante, sobre todo teniendo en cuenta el inevitable desgaste de 15 años en el ejercicio del poder para alguien que había llegado a él por medio de la fuerza de las armas. Ni el mismo Generalísimo Francisco Franco Bahamonde, según los historiadores el faro ideológico y político que guió a Pinochet, se hubiera enfrentado, a pesar de sus numerosos seguidores en toda España, al juicio de las urnas.

Las razones de quienes en 1988 apoyaban la continuidad de Pinochet fueron claramente sintetizadas por una frase que escuchó quien esto escribe de una mujer de aproximadamente 50 años, cuya ropa la identificaba como perteneciente a una clase media media.

Fue en un bus en el que recorrimos, durante siete días, en el esplendoroso marco de la selva valdiviana, los lagos y los volcanes que se encuentran entre Valdivia y Puerto Montt. Las palabras fueron muy simples: “Antes de Pinochet, Chile era un pueblo. Ahora es un país”. A su lado, su hija de 28 años, ingeniera comercial[4] y gerente de préstamos personales del Citibank, asentía.

 

Sapos de uno y otro pozo

Los demócratas cristianos tienen entonces razones viejas y nuevas para considerar a Michelle Bachelet sapo de otro pozo. Además, agnóstica. Adicionalmente, apoyada por el Partido Comunista, un acompañamiento que bien puede tener el peso de una mochila de plomo para la médica con un master en temas militares.

En cambio, con la excepción de los más izquierdistas de los deceístas, prácticamente no hay suficientes motivos para que los militantes y simpatizantes del PDC no puedan considerar a Sebastián Piñera como sapo del mismo charco.

Finalmente, es altamente improbable que ni uno solo de los votos que apoyaron a Joaquín Lavado Infante en la primera vuelta termine del lado de la candidata concertacionista.

En los diarios podrá leerse el contenido y las formas del debate televisivo, que ocupó 80 minutos (menos tandas publicitarias) en los cuatro canales abiertos de Santiago en la noche del miércoles 4.

En la mañana de ese mismo día se habían difundido los resultados de una encuesta que otorgaba el 48 % de los votos a Michelle Bachelet y el 40 % a Sebastián Piñera. Solo dos acotaciones: la muestra de 1.200 encuestados pertenecía exclusivamente a la Región Metropolitana (Santiago y sus alrededores) y la consultora que la realizó, Imaginacción, es propiedad del ex ministro de Ricardo Lagos Enrique Correa.

Comentarios periodísticos acerca de otras encuestas no divulgadas hablan de un descenso en la intención de voto a favor de Michelle Bachelet, quien llevaría sólo dos puntos porcentuales de ventaja a Sebastián Piñera. Es decir, menos que los márgenes de error, prácticamente un empate técnico.

Sin duda, un final de bandera verde, cabeza a cabeza, en el que el ocaso de dieciséis años de gobierno de la Concertación es un dato aún no seguro, pero de alta probabilidad de ocurrencia.

Si así sucediera, la Concertación sería paradójicamente víctima de sus propios logros. Los cambios sociales y de valores impulsados por el crecimiento económico, a un ritmo promedio mayor incluso que el de los años del régimen militar, hacen un Chile 2006 fundamentalmente distinto de aquel de 1989. Chile duplicó su PBI per cápita en los últimos doce años y, según estimaciones del Fondo Monetario Internacional, hoy supera los 7.000 dólares estadounidenses anuales.

Dentro de esta coordenadas, el crecimiento del consumismo y el exitismo de una clase media que hoy es la más numerosa porcentualmente y, al mismo tiempo, la más rica de toda América Latina, pueden estar constituyendo el pedestal sobre el que se alce un triunfo de Piñera. Un self-made-man, con las mejores notas en Harvard, billonario, seguro de sus ideas y un permanente tomador de decisiones ejecutivas y de inversión en las que los errores son, decididamente, escasos. Demasiado parecido a las aspiraciones de todas las chilenas y chilenos que no están por debajo de la línea de la pobreza. En nuestro país vecino, con distintos grados de prosperidad, los que vienen mejorando la calidad de vida año tras año ya suman más de las cuatro quintas partes de su población.

 

[1] Dos espacios publicitarios diarios gratuitos en los canales de TV de cinco minutos, que se reparten entre ambos candidatos presidenciales (le tocan 2 ½ minutos a cada uno). Se emitirán desde el 1 al 12 de enero, ya que a las 0 horas del viernes 13 se inicia la veda proselitista pre-comicios, de 12 a 12:05 hs. y de 20:55 a 21 hs.


[2] Los trece que quedaron en el camino eran los que convocaban menos militantes o se apartaron a una izquierda extraparlamentaria.


[3] Durante las tres presidencias de la Concertación (Aylwain, Frei Ruiz-Tagle y Lagos) se respetó un  meticuloso reparto de ministerios, secretarías de estado, conducción de organismos autónomos en el gobierno,  y hasta los jefes de departamento en la administración pública, conforme al peso electoral relativo de los cuatro socios concertacionistas. Con humor, los chilenos llaman a esta distribución de cargos el “cuoteo”.


[4] Nombre que en las universidades trasandinas prefieren al de administrador de empresas.
 

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