
El gas en Europa, una situación que hace pensar en Bolivia
Enero de 2006
Por Primo González
La Unión Europea, en especial algunos de los países miembros más dependientes
del gas ruso, acaba de recibir una importante lección a cuenta del corte del
suministro del as ruso a Ucrania, lugar de paso de una buena parte del gas ruso
que abastece a Europa. El susto ha sido tan monumental que los ministros de la
Energía de la UE se han puesto rápidamente en conexión para activar a toda
máquina las medidas con las que se podría incrementar la diversificación de los
suministros de gas natural. Estas estrategias vienen siendo objeto de discusión
desde al menos el año 2001, pero nunca han sido situadas en un plano de urgencia
y prioridad. El aldabonazo de la crisis entre Rusia y Ucrania, que se ha
resuelto con rapidez ayer mismo porque Rusia no podía permitir que su imagen de
proveedor inseguro se mantuviese durante más días, ha sido sin embargo
suficiente para que los países europeos, en especial los centroeuropeos, activen
cuanto antes sus planes de búsqueda de alternativas más fiables.
Se ha dicho que España ha estado y está al margen de estos problemas de
suministro de gas natural. Una afirmación que tiene bastante de cierta pero que
puede pecar de ingenua en circunstancias como la vivida en los últimos días.
España recibe más del 65% del gas natural que consume por vía marítima y en
forma de gas licuado, en barco. Pero una parte de nuestras importaciones, parte
que ha ido en aumento en los últimos años, procede de gasoductos conectados
tanto desde Argelia a través del Mediterráneo como desde Noruega a través de los
Pirineos.
No deja de resultar cierto que una crisis de suministro en países como Francia,
Italia o Alemania, que reciben más del 25% de sus necesidades de gas desde
Rusia, acabaría antes o después por estrechar los márgenes de disponibilidad de
gas por parte de España procedente de Noruega e incluso de los importantes
yacimientos de Argelia y de Libia, los dos grandes proveedores,, tanto de gas
por la vía de gasoducto (básicamente de Argelia) como a través de vía marítima.
Una crisis energética en Europa, con reducción de los suministros de gas
natural, afectaría de alguna manera a todos, incluida desde luego España, bien
es verdad que por la naturaleza de nuestras instalaciones gasísticas este
impacto podría ser menor.
Estos días, algunos expertos energéticos han recordado que España es uno de los
países pioneros en compra de gas natural licuado, importaciones que empezaron a
llegar a Barcelona desde Libia y desde Argelia a principios de los años 70.
Alrededor del 65% del gas natural total que consume ahora mismo España llega por
barco a las cuatro plantas de gasificación que existen en la costa mediterránea
a las que pronto se añadirán otras dos hasta convertir a España en uno de los
países mejor pertrechados en materia de capacidad de gasificación, junto con
Japón y Corea. Son tres países importantes consumidores cuyas características
geográficas se pueden considerar propias de islas o asimilables. El gas ya se
consume en España no sólo para la proveer de energía a la industria y a los
hogares mediante una red ampliamente difundida por toda la geografía sino que es
el combustible que alimenta a las nuevas plantas de producción de electricidad
denominadas de ciclo combinado. Una parte importante y fuertemente creciente de
la electricidad española procede de estas centrales, es decir, del gas. España
es, por lo tanto, un país ya altamente vulnerable a los problemas de suministro
de gas. El hecho de que la mayor parte de ese gas llegue por vía marítima,
procedente de lugares muy distintos geoestratégicamente, nos da bastante mayor
seguridad que a otros países europeos pero no por ello nos deja inmúnes ante
problemas de suministro como el de estos días con Rusia.
La búsqueda de alternativas de suministro es, en todo caso, mucho más urgente y
apremiante para Europa central. Y a ello se han puesto con urgencia los
responsables energéticos estos días, desempolvando viejos proyectos de
gasoductos con la misma Rusia pero por otros derroteros (uno de ellos ha sido
aprobado precisamente hace unas pocas semanas, con enlace a través del Báltico,
con el ex canciller Schröder como gran patrocinador del proyecto y gestor del
mismo, ahora que ha dejado las responsabilidades políticas) y sobre todo con gas
de otras procedencias, sobre todo norte de Africa y Oriente Medio, sin olvidar
el necesario reforzamiento de las instalaciones de gas natural licuado, asunto
en el que España es uno de los países aventajados.
Pero la señal de alerta que ha provocado Rusia con su amago de corte de los
gasoductos ha movilizado algo más que la preocupación por los suministros de gas
suficientemente diversificados. Es la política energética global como asunto de
Estado lo que ha saltado al primer plano de las prioridades políticas de la UE.
No es sólo el gas como pieza clave del abastecimiento de energía. Son todas las
fuentes de energía, las de siempre y las nuevas, las que van a entrar en juego
en los próximos meses, ya que Europa se ha descubierto vulnerable, muy poco
unida
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