KIRCHNER, UN GNÓSTICO DE BARRIO BAJO

 

Enero de 2006

Por Maria Cristina Montenegro


Los gestos prepotentes y los arrebatos de ira resultan moneda corriente a la que, parece, nos vamos acostumbrando los argentinos. Peligrosa pendiente que nos arrastra hacia abajo en la estima propia y de los otros, hacia la selva donde los juegos de poder terminan dirimiéndose en la lógica de suma cero.

Si algo faltaba está descripto en lo que sigue:
Como si violar el art. 29 de la Constitución Nacional fuera poco, Kirchner payaseó con su socio Marcelo Tinelli en el programa “Showmatch” del jueves 22 utilizando los despachos oficiales de la Presidencia de la Nación, a su “Rasputín” Alberto Fernández, a “la Feli” Miceli y a su vocero Miguel Núñez para burlarse de la investidura presidencial.
 

Claro que sus payasadas no recayeron sobre él, sino por el ex Presidente Fernando De la Rúa, votado por casi 10 millones de argentinos el 24 de octubre de 1999 y depuesto por el “golpe institucional” de su padrino por él traicionado, Eduardo Alberto Duhalde el, 20 de diciembre de 2001.

“Esa actitud rastrera me da pena, por su investidura, Señor Presidente, contestó en un duro comunicado De la Rúa.”[1]

La descortesía, el desaliño y el abandono de las formas no son meras transgresiones en camino de terminar con la hipocresía. La falta de decoro es simplemente un elemento más de la “ revolucionaria” manera de construir algo extraño a nuestra tradición política, jurídica y social. Es el vaciamiento de una cultura nacional que, más allá de sus desencuentros, tuvo en los símbolos y atributos de poder una representación de la res pública. Al fin de cuenta todo símbolo es eso, la representación de algo.

La cuestión cala profundo si uno advierte el sentido de estos actos reprobables de abandono del respeto a las Instituciones y a los símbolos, ni que decir del trato hacia quienes no piensan como uno o fueron parte del pasado institucional. En la base está el llamado “ cambio cultural” algo así como la revolución cultural de Mao pero a la argentina y con gestos tinellescos.

Ahora bien, de donde se nutre este desvío intolerante y socarrón de las prácticas políticas civilizadas, del respeto al ciudadano y sus derechos, al ejercicio del poder fundado en la razón y la experiencia histórica. Desvío de los propios principios constitucionales que adoptó la Argentina basada en los principios de división de poderes, de control y autolimitaciòn del gobierno frente a los derechos de los individuos

Desvío, en fin, de cuestiones éticas y de mando. Ética como disposición de atenerse firme e inconmoviblemente a lo que se considera justo. Cuando se remueve el fundamento ético, como afirma Montesquieu, la ambición entra en los corazones que pueden recibirla, y la avaricia entra en todos. A lo que era máxima se lo tiene por rigor. A lo que era regla se le llama molestia. Antes el bien de los particulares constituía el tesoro público, pero ahora el tesoro público se convierte en patrimonio de algunos particulares.

Esa virtud política, propia de repúblicas progresistas, es la gran ausente y en consecuencia está liberada la plaza para modelos excesivos de poder encarnadas en la prepotencia del mando y en la ausencia de un liderazgo de conducción racional, es decir, en la desvirtud política

El marxismo radical, como el fascismo y el nazismo cuyo saldo trágico registra la historia del Siglo XX, ha sido una suerte de gnosticismo. Secta fanática que redujo la realidad a las estrechas mira de su anteojera ideológica.

Impedidos de razonar, arrumbada la libertad de la sana critica al rincón indeseable de lo réprobo, su círculo áulico sólo supo reproducir dogmáticamente sus verdades absolutas.

La práctica política, ética y estética de la conducción de lo real, se convirtió en perverso ritual de manipulación y cercenamiento de la libertad individual a partir de la demonización permanente de los individuos o grupos que no comulgaban con lo “ políticamente correcto”. Reiteradas letanías seudo sacras partían desde los balcones o de los medios hacia la mente de los fieles, adormecidos por la liturgia de multiplicar odios, multitud amorfa dispuesta a soportar estoicamente las largas diatribas contra el enemigo.

En el discurso y en la práctica se instala la mentira sistemática, instrumento de construcción de partido único e instauración del autoritarismo totalitario. Proyecto sectario y, obviamente fanático, se retroalimenta de odio, resentimiento y venganza por pasadas derrotas. y se crea un imaginario chato y monocorde sin muestra alguna de divergencia. Sólo la nomenklatura está habilitada para gozar de la libertad y obtener los beneficios del odiado capitalismo. Pero, claro está, el proletariado es todo lo demás...

Cuando los pueblos se hicieron cargo de sus destinos y los restos de los totalitarismos crujían bajo el peso de la libertad, estábamos seguros de que habíamos aprendido de la historia dolorosa en cabeza de otros.

Toda la estética deshumanizante vuelve una vez más sobre nosotros pero, aún más, lo hace en nombre de principios que sustrajeron del ideario liberal para sujetarlos al discurso meramente propagandístico, táctico, de conveniencia inmediata. De qué derechos humanos habla la nueva nomenklatura vernácula cuando se enajena el libre pensamiento expresado a través de la prensa, se compra la voluntad del individuo por míseros centavos o la de otros con promesas de quien es “dueño” de la caja del Estado. De qué derechos humanos habla la nomenklatura vernácula cuando deja sin derechos a la libertad de decidir sobre su cuerpo presuponiendo donaciones de órganos sin manifestación explicita. De qué derechos humanos habla la nomenklatura vernácula cuando la droga discurre sin problemas por colegios, plazas y lugares de diversiones juveniles destruyéndolos física y psíquicamente . De qué derechos humanos habla la nomenklatura vernácula cuando se mofa del adversario político, con el aplauso servil de muchos de ellos que decidieron estar en donde están por una suerte de travestismo político. Nada hay de malo en cambiar de opinión lo malo es hacerlo sólo con el objetivo de permanecer amarrado al poder de turno. De que derechos humanos habla la nomenklatura vernácula cuando la sociedad es rehén de la delincuencia violenta y las víctimas se cuentan diariamente sólo como datos para la estadísticas.

Dónde está la nueva política, dónde están los nuevos políticos con conciencia de liderazgo austero, coherente, magnánimo con el adversario- sólo circunstancial en la oposición política- con una clara comprensión de la realidad y del poder del diálogo.

Dónde está la nueva política que permita orientar lo complejo a través de las instituciones republicanas, sabiendo, obviamente, que sólo puede conducirla quien ama, las respeta y pretende lo mejor para ellas.

Hoy la nueva política tiene un imperativo: reconstituir el tejido social y las instituciones fundacionales de la República. Volver a los valores que dieron sentido a la Nación y a sus Instituciones, fortalecerlas y revitalizarlas con profundo conocimiento de la cultura y la práctica de cada una de ellas.

Pero la llamada nueva política enmascara los viejos vicios y se manifiesta con desaliño y grosería, con odio y resentimiento propio de un gnosticismo sectario. Nada bueno presagia tal desatino pero... siempre hay tiempo para volver a la cordura, olvidando los sueños delirantes a partir del reconocimiento de la realidad plural y diversa, enormemente rica como desafío a la inteligencia y a la buena conducción política. La demonizaciòn y el menosprecio, como absurda búsqueda de legitimidad, no conducen más que a la negación de la política, como arte del buen gobernar, y genera fuerzas en contrario que disuelven a la comunidad en fragmento inconciliables.

El servilismo y la adulación de los propios reduce la capacidad de discernimiento del jefe. La dependencia absoluta del propio criterio destruye el principio fundamental de lo político: el estrecho vínculo con lo real y convierte el ejercicio del poder en una suerte de seudo metafísica incuestionable. Se pierde la noción del liderazgo constructivo, que emana de los procesos dinámicos, colectivos, complejos y abiertos para encontrar acuerdos comunes, en orden al bien de los ciudadanos. Tipo de liderazgo que requiere convicciones morales y políticas, libertad de criterio, contrastación permanente con la empiria y una fuerte resistencia a las “ mieles de la absoluticidad del poder”. Allí no cabe los esencialismos ni ortodoxias ideológicas, los dogmatismos absurdos son el mejor pasto de las sectas fanáticas.

Todo es cuestión de cordura, racionalidad, magnanimidad y dialogo entre conductores y conducidos. Como la buena semilla, el buen liderazgo se pierde cuando abunda la maleza de la mediocridad, el fanatismo, el odio y los intereses subalternos.

Los únicos beneficiarios de la desvirtud política son quienes pueden tornar en patrimonio particular lo que es tesoro público y todos aquellos que aceptan, servilmente, participar de las dádivas entre los despojos de una república.


[1] Humberto Bonanata Un presidente bufón; una República…perdida. Notiar diciembre de 2005

 

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