Enero de 2006
Por Maria Cristina Montenegro
Claro que sus payasadas no recayeron sobre él, sino por el ex
Presidente Fernando De la Rúa, votado por casi 10 millones de argentinos el 24
de octubre de 1999 y depuesto por el “golpe institucional” de su padrino por él
traicionado, Eduardo Alberto Duhalde el, 20 de diciembre de 2001.
“Esa actitud rastrera me da pena, por su investidura, Señor Presidente,
contestó en un duro comunicado De la Rúa.”[1]
La descortesía, el desaliño y el abandono de las formas no son meras
transgresiones en camino de terminar con la hipocresía. La falta de decoro es
simplemente un elemento más de la “ revolucionaria” manera de construir algo
extraño a nuestra tradición política, jurídica y social. Es el vaciamiento de
una cultura nacional que, más allá de sus desencuentros, tuvo en los símbolos y
atributos de poder una representación de la res pública. Al fin de cuenta todo
símbolo es eso, la representación de algo.
La cuestión cala profundo si uno advierte el sentido de estos actos reprobables
de abandono del respeto a las Instituciones y a los símbolos, ni que decir del
trato hacia quienes no piensan como uno o fueron parte del pasado institucional.
En la base está el llamado “ cambio cultural” algo así como la revolución
cultural de Mao pero a la argentina y con gestos tinellescos.
Ahora bien, de donde se nutre este desvío intolerante y socarrón de las
prácticas políticas civilizadas, del respeto al ciudadano y sus derechos, al
ejercicio del poder fundado en la razón y la experiencia histórica. Desvío de
los propios principios constitucionales que adoptó la Argentina basada en los
principios de división de poderes, de control y autolimitaciòn del gobierno
frente a los derechos de los individuos
Desvío, en fin, de cuestiones éticas y de mando. Ética como disposición de
atenerse firme e inconmoviblemente a lo que se considera justo. Cuando se
remueve el fundamento ético, como afirma Montesquieu, la ambición entra en los
corazones que pueden recibirla, y la avaricia entra en todos. A lo que era
máxima se lo tiene por rigor. A lo que era regla se le llama molestia. Antes el
bien de los particulares constituía el tesoro público, pero ahora el tesoro
público se convierte en patrimonio de algunos particulares.
Esa virtud política, propia de repúblicas progresistas, es la gran ausente y en
consecuencia está liberada la plaza para modelos excesivos de poder encarnadas
en la prepotencia del mando y en la ausencia de un liderazgo de conducción
racional, es decir, en la desvirtud política
El marxismo radical, como el fascismo y el nazismo cuyo saldo trágico registra
la historia del Siglo XX, ha sido una suerte de gnosticismo. Secta fanática que
redujo la realidad a las estrechas mira de su anteojera ideológica.
Impedidos de razonar, arrumbada la libertad de la sana critica al rincón
indeseable de lo réprobo, su círculo áulico sólo supo reproducir dogmáticamente
sus verdades absolutas.
La práctica política, ética y estética de la conducción de lo real, se convirtió
en perverso ritual de manipulación y cercenamiento de la libertad individual a
partir de la demonización permanente de los individuos o grupos que no
comulgaban con lo “ políticamente correcto”. Reiteradas letanías seudo sacras
partían desde los balcones o de los medios hacia la mente de los fieles,
adormecidos por la liturgia de multiplicar odios, multitud amorfa dispuesta a
soportar estoicamente las largas diatribas contra el enemigo.
En el discurso y en la práctica se instala la mentira sistemática, instrumento
de construcción de partido único e instauración del autoritarismo totalitario.
Proyecto sectario y, obviamente fanático, se retroalimenta de odio,
resentimiento y venganza por pasadas derrotas. y se crea un imaginario chato y
monocorde sin muestra alguna de divergencia. Sólo la nomenklatura está
habilitada para gozar de la libertad y obtener los beneficios del odiado
capitalismo. Pero, claro está, el proletariado es todo lo demás...
Cuando los pueblos se hicieron cargo de sus destinos y los restos de los
totalitarismos crujían bajo el peso de la libertad, estábamos seguros de que
habíamos aprendido de la historia dolorosa en cabeza de otros.
Toda la estética deshumanizante vuelve una vez más sobre nosotros pero, aún más,
lo hace en nombre de principios que sustrajeron del ideario liberal para
sujetarlos al discurso meramente propagandístico, táctico, de conveniencia
inmediata. De qué derechos humanos habla la nueva nomenklatura vernácula cuando
se enajena el libre pensamiento expresado a través de la prensa, se compra la
voluntad del individuo por míseros centavos o la de otros con promesas de quien
es “dueño” de la caja del Estado. De qué derechos humanos habla la nomenklatura
vernácula cuando deja sin derechos a la libertad de decidir sobre su cuerpo
presuponiendo donaciones de órganos sin manifestación explicita. De qué derechos
humanos habla la nomenklatura vernácula cuando la droga discurre sin problemas
por colegios, plazas y lugares de diversiones juveniles destruyéndolos física y
psíquicamente . De qué derechos humanos habla la nomenklatura vernácula cuando
se mofa del adversario político, con el aplauso servil de muchos de ellos que
decidieron estar en donde están por una suerte de travestismo político. Nada hay
de malo en cambiar de opinión lo malo es hacerlo sólo con el objetivo de
permanecer amarrado al poder de turno. De que derechos humanos habla la
nomenklatura vernácula cuando la sociedad es rehén de la delincuencia violenta y
las víctimas se cuentan diariamente sólo como datos para la estadísticas.
Dónde está la nueva política, dónde están los nuevos políticos con conciencia de
liderazgo austero, coherente, magnánimo con el adversario- sólo circunstancial
en la oposición política- con una clara comprensión de la realidad y del poder
del diálogo.
Dónde está la nueva política que permita orientar lo complejo a través de las
instituciones republicanas, sabiendo, obviamente, que sólo puede conducirla
quien ama, las respeta y pretende lo mejor para ellas.
Hoy la nueva política tiene un imperativo: reconstituir el tejido social y las
instituciones fundacionales de la República. Volver a los valores que dieron
sentido a la Nación y a sus Instituciones, fortalecerlas y revitalizarlas con
profundo conocimiento de la cultura y la práctica de cada una de ellas.
Pero la llamada nueva política enmascara los viejos vicios y se manifiesta con
desaliño y grosería, con odio y resentimiento propio de un gnosticismo sectario.
Nada bueno presagia tal desatino pero... siempre hay tiempo para volver a la
cordura, olvidando los sueños delirantes a partir del reconocimiento de la
realidad plural y diversa, enormemente rica como desafío a la inteligencia y a
la buena conducción política. La demonizaciòn y el menosprecio, como absurda
búsqueda de legitimidad, no conducen más que a la negación de la política, como
arte del buen gobernar, y genera fuerzas en contrario que disuelven a la
comunidad en fragmento inconciliables.
El servilismo y la adulación de los propios reduce la capacidad de
discernimiento del jefe. La dependencia absoluta del propio criterio destruye el
principio fundamental de lo político: el estrecho vínculo con lo real y
convierte el ejercicio del poder en una suerte de seudo metafísica
incuestionable. Se pierde la noción del liderazgo constructivo, que emana de los
procesos dinámicos, colectivos, complejos y abiertos para encontrar acuerdos
comunes, en orden al bien de los ciudadanos. Tipo de liderazgo que requiere
convicciones morales y políticas, libertad de criterio, contrastación permanente
con la empiria y una fuerte resistencia a las “ mieles de la absoluticidad del
poder”. Allí no cabe los esencialismos ni ortodoxias ideológicas, los
dogmatismos absurdos son el mejor pasto de las sectas fanáticas.
Todo es cuestión de cordura, racionalidad, magnanimidad y dialogo entre
conductores y conducidos. Como la buena semilla, el buen liderazgo se pierde
cuando abunda la maleza de la mediocridad, el fanatismo, el odio y los intereses
subalternos.
Los únicos beneficiarios de la desvirtud política son quienes pueden tornar en
patrimonio particular lo que es tesoro público y todos aquellos que aceptan,
servilmente, participar de las dádivas entre los despojos de una república.
[1] Humberto Bonanata Un presidente bufón; una República…perdida.
Notiar diciembre de 2005
