Marzo de 2006
Por Andrés Cisneros(*)
Empecemos por lo último: desde que el propio Presidente y el nuevo canciller
desplazaron del protagonismo al gobernador Busti han crecido las
posibilidades de un manejo más racional en el conflicto con Uruguay por las
plantas de celulosa.
La Argentina no carece de buenos argumentos, pero nos hemos manejado tan mal
que nos encontramos hoy discutiendo lo errado de nuestros procedimientos en
lugar de la razón de fondo que podamos tener. Una cosa es negociar ahora,
con la obra un tercio avanzada, y otra en 2002, cuando Uruguay las anunció,
o en 2003, cuando su Congreso las aprobó y no hicimos nada. Falta una
explicación pública de semejante morosidad.
El tema podría agravarse por la verosímil posibilidad de que también Brasil
y Paraguay procuren emprendimientos similares. ¿Cuál podría ser un camino de
solución?
Hace treinta años enfrentamos un problema semejante y lo superamos por
arriba, no por abajo. En los años 70, Brasil anunció que construiría Itaipú,
la represa más grande del mundo, capaz de producir tanta energía eléctrica
como toda la de la Argentina junta: unos 75.000 Gwh. Sucesivos gobiernos
argentinos reaccionaron oponiéndose frontalmente, con cortes que
dificultaban el comercio entre Chile y Brasil incluidos. Destacado exponente
de esa postura era el almirante Isaac Francisco Rojas, que auguraba
catástrofes ecológicas y geopolíticas. Ante la negativa brasileña, optamos,
como ahora, por la vía jurídica, en ese caso la ONU y no La Haya.
Años después, las Naciones Unidas consagraron nuestro reclamo de “aguas
abajo”, sólo que Itaipú ya estaba prácticamente terminada. Campeones morales
otra vez, repetíamos un tic demasiado frecuente en la conducta exterior
argentina: impotentes para cambiar la realidad, derivamos a un juridicismo
para el caso irrelevante y nos quedamos con la razón mientras otros se
quedaron con nuestras islas, nuestros territorios o construyeron afectando,
real o supuestamente, nuestra ecología.
La hostilidad por Itaipú duró hasta la administración del doctor Cámpora,
para ser inmediatamente revertida por los ocho meses de presidencia del
general Perón, que reemplazó las hipótesis de conflicto con los vecinos por
otras de cooperación, prefigurando la filosofía que, diez años después,
generaría el Mercosur.
A partir de allí, cesamos la oposición a Itaipú y abrimos negociaciones para
construir otras represas, asociados y no enfrentados con los países
limítrofes. Así surgieron Yaciretá, Salto Grande, varias obras
complementarias y el acuerdo final sobre Corpus y Garaví, que pasaron a
constituirse en un sistema integrado de administraciones binacionales que
superó el problema por arriba, por la cooperación y no el enfrentamiento.
Como la Unión Europea con el carbón y el acero, el Mercosur tuvo su
antecedente en esos acuerdos hidroeléctricos.
En este asunto de la celulosa empezamos tan mal como en Itaipú. Cabe
preguntarse si no restan aún espacios de entendimiento semejantes a los que
tan exitosamente plasmamos en las décadas del 80 y del 90. El comercio
mundial de pasta celulósica ronda los ciento cincuenta mil millones de
dólares, con demanda creciente que justificaría la conformación rioplatense
de un polo integrado de producción que contemplara todos los intereses, con
exportaciones equivalentes a las de carnes y granos.
Uruguay, que ha procedido muy discutiblemente, se manejó en el conflicto por
la vía exclusivamente institucional. De este lado, si a pesar de nuestras
sólidas razones persistimos en reemplazar a Alberdi por D’Elía, no haremos
otra cosa que transferir a nuestras relaciones exteriores el primitivismo y
la falta de respeto por las instituciones que ya caracterizan nuestra vida
política interna.
Los muy atendibles intereses de los pobladores de Gualeguaychú, ausentes de
contención institucional suficiente, derivaron en acciones de hecho,
ilegales y dañosas para la buena relación con Uruguay, imprescindible para
cualquier solución inteligente.
El gobierno nacional no puede tolerar distraídamente piquetes a otro Estado
soberano como si se tratara de una administradora de surtidores o una cadena
de supermercados. El resultado será –ya lo está siendo- un gravísimo aumento
de nuestro aislamiento en la región y en el mundo, para estupor de un pueblo
que alguna vez soñó, con derecho, que la Argentina pasaría a la Historia
como bastante más que una mancha en el mapa.
(*) El autor fue secretario general y de Estado de Relaciones
Exteriores de la cancillería argentina (1992-99)
