Marzo de 2006
El amanecer del 10 de noviembre de 1973 en el mar, y navegando a unas 80
millas al sudeste de Puerto Belgrano, presagiaba un día destemplado por el
cielo cargado de nubarrones y un viento en ráfagas que invitaban a quedarse
en los compartimentos del barco. Lamenté que el buen tiempo no nos
acompañara porque eso le podría quitar un poco de brillo al acontecimiento,
pero estaba seguro de que en manera alguna conspiraría contra su enorme
trascendencia histórica.
Y no era para menos, puesto que el general Juan Domingo Perón a tan sólo un
mes de haber inaugurado su tercera gestión presidencial, dejaría ese sábado
el despacho de la Casa Rosada para realizar su primer viaje oficial. La
elección del destino poseía un elevado contenido simbólico: visitaría el más
importante apostadero naval del país, precisamente un lugar que había sido
epicentro de conspiraciones contra, sus dos primeros gobiernos.
De allí la calidad política que tenía el gesto, consecuente con el
reconfortante nuevo discurso en el que convocaba a la pacificación y al
reencuentro entre argentinos. Es que Perón como presidente solamente había
traspasado los portones de la base en una oportunidad, también un sábado de
noviembre pero del año 1946. Jamás retorné, ni siquiera una vez, en los
siguientes nueve años de sus primeros dos gobiernos. Desde entonces nunca se
preocupó por disimular su encono hacia la Marina a la que consideraba un
verdadero reducto del más acendrado gorilismo antiperonista, sentimiento que
no dudó en exteriorizar abiertamente después del '55 a raíz del rol decisivo
que le tocó jugar a la Flota de Mar en la rebelión que derivó en su
derrocamiento.
Así que ciertamente no me equivocaba al asignarle real jerarquía histórica a
esa jornada en la que el destino, por otra parte, se había ocupado de
reservarme uno de los papeles centrales. Era a mí a quien le correspondería
recibir a Perón en el portaaviones 25 de Mayo, buque insignia de esa misma
Flota que él tanto había denostado, al frente de cuyo comando yo estaba a
cargo desde enero de ese año.
El programa de la visita establecía que el Presidente llegaría a la Base
Comandante Espora, en Puerto Belgrano, alrededor de las 8 de la mañana. Allí
se le rendirían los honores de práctica y pasaría revista a las tropas antes
de abordar un helicóptero para volar hasta el portaaviones, desde el cual
presenciaría un ejercicio aeronaval en compañía de su comitiva. Eso, en lo
formal, era lo que marcaba el protocolo preparado para darle un adecuado
marco militar al acontecimiento político que representaba ese viaje.
Yo dudaba que Perón circunscribiera su actividad a mirar como volaban los
aviones y navegaban unos pocos barcos. Presumía que quizás si se hubiese
tratado de otro presidente podría haberse dado por satisfecho y por cumplido
con la exhibición militar. Pero el que descendería sobre la cubierta del 25
de Mayo era uno de los hombres políticos de mayor envergadura que conoció la
Argentina en el siglo veinte, y por esa razón consideraba improbable que
estuviese dispuesto a someterse, a tanto trajín sin tratar de sacarle algún
otro provecho.
A un Perón anciano como ya era él -y consiguientemente, con obvias
limitaciones para desarrollar una actividad demasiado intensa- difícilmente
se le presentaría otra circunstancia tan propicia como la de ese día si le
interesaba sondear, sin intermediarios, la opinión y los sentimientos de los
cuadros de la Armada. Y a bordo de la nave se pondrían a su alcance
oficiales de todas las jerarquías -empezando por mí- precisamente en un
ámbito que, por sus características, facilita el diálogo entre superiores y
subalternos. Claro que, también podía ocurrir algún imponderable, porque el
despegue y aterrizaje de los aviones sobre la pista de cubierta siempre
conlleva riesgos ... pero preferí pensar en otra cosa para no preocuparme.
Volví a repasar la lista de la comitiva que lo acompañaría, encabezada por
los ministros de Defensa Angel Federico Robledo, y de Bienestar Social José
López Rega, más los comandantes del Ejército teniente general Raúl Carcagno,
la Armada almirante Carlos Alvarez, y la Fuerza Aérea brigadier general
Héctor Luis Fautario. No sería nada complicado, me dije, que si Perón tenía
intención de hablar a solas con alguien se despegara de ellos.
Observé el reloj y advertí que recién eran las 6 y 55, así que decidí bajar
a mi camarote a tomar el desayuno y ponerme más cómodo para continuar con
mis cavilaciones. Faltaban más de dos horas para que llegase el helicóptero.
El comandante del portaaviones me haría avisar cuando desde Puerto Belgrano
anunciaran que las visitas emprendían el vuelo.
| En otra época, según las normas tradicionales que habían regido
los movimientos y traslados de los integrantes del Almirantazgo, yo
hubiera tenido que trasladarme a Londres para asumir la jefatura de
la Misión Naval en Europa, con sede en la capital británica. Pero a
partir de 1968 el procedimiento había sido modificado -justamente
fui uno de los que más influyó para producir ese cambio- y, desde
entonces, se aplicaba el criterio de que por las exigencias físicas
que implicaba la atención de ciertos cargos éstos debían ser
adjudicados a quienes tenían una edad más adecuada para
desempeñarlos. En rigor, lo lógico era pensar que un almirante de
cincuenta o cincuenta y cinco años de edad podría resistir mejor el
trajín que otro dos o tres años mayor. Por eso, tras un año de
destino al frente de la Secretaría General Naval -en cuanto ascendí
a contraalmirante, a fines de 1971- se me asignó el Comando en Jefe
de la Flota de Mar. En eso pensaba yo cuando el comandante de la nave insignia me avisó que el avión presidencial ya había aterrizado en Espora. Todo seguía su marcha normalmente y mi mente se, trasladó nuevamente a la visita.
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De los ministros que integraban el séquito ya había conocido a Robledo hacia
muchos años y me había parecido una excelente persona. Fue casi en las
postrimerías de la segunda presidencia de Perón, en el '54, cuando Robledo
se desempeñaba como embajador ante el gobierno de Ecuador y yo, con el rango
de teniente de navío, era secretario del entonces Ministro de Marina, el
almirante Aníbal Olivieri. Recuerdo que en aquel viaje la delegación naval
también había incluido al almirante Isaac Rojas. Me quedó una grata postal
de las atenciones y la calidez con que nos atendieron en Quito; lo que no
podía imaginar en esa época, ni por asomo, era que en el futuro debería
mantener contactos mucho más frecuentes y estrechos con él.
De López Rega sabía poco y nada. No más de lo que se sugería en los medios
de prensa y lo que, se comentaba en las reuniones sociales: un personaje
extraño, difuso, del que nadie estaba en condiciones de afirmar a ciencia
cierta cómo logró ingresar en la intimidad de Perón ni cuál fue la razón que
lo llevó a ocupar una ubicación en el gabinete, primero en el de Cámpora y
después en el de Perón.
También para- mí representaba una incógnita el general Carcagno. Lo había
conocido personalmente en La Plata durante la época de los frecuentes
enfrentamientos entre azules y colorados -cuando él adhería fervientemente
al sector de los colorados-, y casi diez años más tarde nos reencontramos al
hacerme cargo de la Flota de Mar. Al comenzar el año '73 el general
comandaba el Quinto Cuerpo de Ejército, asentado precisamente en Bahía
Blanca donde igualmente se encuentra la base naval de Puerto Belgrano. Nos
vimos muchas veces allí, hasta que con la asunción de Cámpora a la
presidencia Carcagno accedió al comando en jefe de su fuerza.
La primera vez que lo había tratado -en el año 1962 o en el '63- me dejó la
impresión de un antiperonista convencido. La fama de duro que adquirió al
encabezar las fuerzas del Ejército que actuaron en la represión del
cordobazo del '69 consolidaron en mí esa idea. Pero en el reencuentro
bahiense aquella imagen se me desdibujó. Fue a propósito de algunas, charlas
informales, típicas de las veladas sociales de ciudad de provincia a las que
habitualmente nos veíamos obligados a concurrir. Inevitablemente se abordaba
el tema de las elecciones de marzo, con la perspectiva cada vez mas seria de
que el general Lanusse tuviese que entregarle la banda presidencial a
Cámpora. Todo el mundo sabía que tal posibilidad irritaba la epidermis de la
mayoría de los generales. Sin embargo, y para sorpresa, Carcagno parecía
aceptar sin desasosiego lo que en otros tiempos habría interpretado como una
catástrofe. En las vísperas del camporismo lo asumía como si se tratase de
lo más natural del mundo.
Supongo que en esa evolución del general debe haber tenido bastante
influencia la presencia del coronel Juan Jaime Cesio en uno de los puestos
clave de su Comando. Este se desempeñaba como jefe de Estado Mayor del
Quinto Cuerpo tras haber sido agregado militar de la embajada argentina en
Francia, un destino que le permitió ser testigo privilegiado de la
paradigmático rebelión estudiantil del '68, la del mayo francés. En esos
encuentros sociales que mencioné antes, él era otro invitado obligatorio.
Advertí que había quedado profundamente influenciado por aquellos sucesos de
París, no sólo a raíz de las opiniones que exponía y por el curioso análisis
con el que intentaba sustentarlas sino, en especial, por los pintorescos
sacos estilo Mao que frecuentemente vestía cuando la ocasión se presentaba
propicia para el uso de ropa civil.
