ANTIMEMORIAS: OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS (cont)

 

Marzo de 2006


En ese marco, tras el reconocimiento del triunfo de Cámpora sucedió un episodio que viene a cuento aquí porque de alguna manera involucraba a estos protagonistas. Antes del 25 de mayo, fecha en que se entregó el gobierno, hubo iniciativas de la más diversa índole para evitar que se concretase el retorno del peronismo al poder. Yo diría que sólo se trató de sondeos de opinión, porque no tuve conocimiento de que se llegase a organizar un complot concreto. Fue casi público que el general Lanusse y su gente se resistían a aceptar la derrota de su proyecto -político, pero no eran los únicos que querían cerrarle a Cámpora las puertas de la Casa Rosada.


En Bahía Blanca exploraron conmigo, para lo cual fui invitado a una reunión en la que estaban presentes notorios dirigentes y personalidades de la ciudad. Mis anfitriones me hicieron conocer sus argumentos que, sintéticamente, consistían en: a) censurar a Lanusse por "el descalabro que había provocado con su tozudez y miopía política"- b) la gente "no tiene por qué sufrir las consecuencias del fracaso del gobierno-, c) la transferencia del poder no debía consumarse- d) había que ponerle una barrera a un desastre mayor como el que se resumía en el eslogan "Cámpora al gobierno y Perón al poder". Recuerdo que los escuché guardando un riguroso silencio, pacientemente, hasta que por fin uno de ellos -en realidad, fue una de las señoras presentes- dijo: "El general Carcagno está dispuesto a levantar al Quinto Cuerpo".
-¿Usted está segura?- pregunté.
-Si.
- Pues yo pienso que no ... y aún cuando creyera lo contrario, no estaría dispuesto a seguir haciendo golpismo en el país.


No recuerdo, bien qué cara pusieron esas personas cuando les hablé así, aunque puedo imaginar la expresión que deben haber tenido unos días después, en el momento en que Cámpora anunció la designación del general Carcagno como su Comandante en Jefe del Ejército. En cuanto a mí, los interrogantes sobre la ideología y la vocación del general se me multiplicaron por su decisión de organizar el insólito Operativo Dorrego, un acto grotesco en el que tropas del Ejército fueron enviadas a pasar un fin de semana de convivencia con agrupaciones juveniles de declarada- tendencia antimilitarista.
En cuanto al brigadier Fautario había tenido poco trato con él, a pesar de que habíamos iniciado la carrera militar en el mismo año. Sabía que lo fijaban buenas relaciones con gente del peronismo, no mucho más.

 
La primera vez que lo vi a Perón en persona fue el jueves 18 de julio de 1946, día en el que concurrió a despedirnos como cadetes de la promoción 73 de la Escuela Naval que iniciábamos el viaje dé instrucción alrededor del mundo a bordó del crucero La Argentina. Cosas curiosas las de la vida. Para él ese acto significaba dar por primera vez la orden de zarpada a un buque escuela de la Marina de Guerra -la mayoría de cuyos integrantes lo aborrecían, y hacia los cuales seguramente experimentaba el mismo sentimiento- y a mí me tocó estar entre los primeros cadetes navales que recibieron personalmente su saludo. Si alguien esperaba qué durante el acontecimiento Perón advirtiese alguna señal que supusiera una ofensa para su investidura, se equivocó de medio a medio. La inmensa mayoría de nosotros era "contrera" -como se les decía entonces a los opositores- pero ya teníamos la experiencia de la promoción 74, es decir la que nos seguía a nosotros: habían marchado todos al castigo por exteriorizar su antiperonismo. Lo recuerdo bien porque era la de mi hermano. Durante una sesión de cine en la sala de la Escuela silbaron a Evita o a Perón, cuando juntos o separados aparecieron en la proyección de un noticiero. Se encendieron las luces, se escuchó: Desalojen... y los mandaron carrera march a bordo de un barco.


Práctica, pero legalmente, los confinaron.


Después circuló la versión de que tras la zarpada del buque escuela nosotros arrojamos al Pío de la Plata el guante de la mano derecha, con el cual habíamos estrechado la diestra de Perón. Puede que alguno lo haya hecho...


Volví a verlo el 20 de diciembre del mismo año cuando juntamente con los egresados del Colegio Militar recibimos nuestros diplomas y sables en un acto que se realizó en el teatro Colón, también presidido por él. A propósito de eso a todos nosotros se nos conoció desde entonces como la Promoción del Colón de la que, entre muchos, forman parte el hoy dos veces presidente de Bolivia general Hugo Banzer, el brigadier Osvaldo Cacciatore....


Años después tuve oportunidad de conocer un poco más de cerca el estilo Perón que tanto, fascinaba a sus, allegados y a las masas. Fue cuando me desempeñe como secretario del ministro Olivieri, al promediar el segundo período presidencial truncado por el triunfo de la revolución de septiembre del '55. Lo veía con alguna frecuencia y a veces cruzaba conmigo algunas palabras. Por cierto, existía una mayúscula diferencia jerárquica que en mi caso me obligaba a guardar respetuosa distancia. Perón era quien se ocupaba de acortarla. Debo reconocer que me deslumbraba su actitud cordial, atenta, propia de un hombre que manejaba la seducción como instrumento esencial en la tarea de sumar adhesiones. Siempre que recibía al almirante Olivieri extendía también la mano para estrechármela a mí, el teniente Massera, sin olvidar nunca el nombre de mi mujer - "¿Cómo está Lily? ... Hágate llegar mis saludos"- a pesar de que nunca le había sido presentada y, más, ni siquiera recuerdo que alguien la hubiera mencionada en su presencia. Cualquiera puede opinar que eran gestos de poca entidad, pero se trataba del Perón de la década del '50 y uno no podía menos que sentirse halagado por su deferencia.


Sin embargo, jamás hice un ademán que pudiera malinterpretarse políticamente. Por el contrario, procuraba siempre presentarme con rostro adusto, cosa que no se le escapaba a, mi ministro. Un día, no recuerdo la fecha con precisión, Olivieri me encaró:
-Dígame, Massera,"- por qué pone siempre esa cara tan seria en presencia de Perón?
-Porque pienso que si no pongo esa cara, señor, van a creer que terminó por convencerme también a mí.


La última vez que vi al Perón de aquella época fue poco antes del 16 de junio de 1955, en la residencia presidencial, un palacio que había sido de la familia Unzué. Quedaba en avenida Libertador y Austria, en los terrenos donde ahora se levanta el edificio de la Biblioteca Nacional. Lo recuerdo bajando por la gran escalinata principal que daba al jardín. Allí había vivido también Eva Perón hasta su muerte, en 1952.



El comandante de la nave interrumpió mis evocaciones. Había recibido el mensaje del piloto del helicóptero anunciando que llegarían en no más de cinco minutos. Y efectivamente cumplió posando suavemente el Sea King a las 9,24 sobre la pista del portaaviones. Perón bajo primero, protegiéndose del fuerte viento con un abrigo pesado y, por fin, estreché su mano tras casi veinte años cargados de historia. Advertí que a pesar del tiempo transcurrido conservaba el mismo brillo intenso en los ojos, la sonrisa seductora y una actitud de semblanteador experimentado que de a poco desarmaba a sus interlocutores. Me pareció que estaba mucho más aplomado de como lo mostraban las fotografías y la televisión, desbordando salud para alguien que como él portaba ocho décadas sobre los hombros.


Saludé a Robledo, simpático y lúcido como siempre pese a sus problemas de salud, y uno a uno a todos los demás miembros de la comitiva. Estuvimos unos pocos instantes parados allí, mientras se les rendían los honores de práctica en cubierta, con el viento que azotaba por babor. Después Perón me agarró del brazo e iniciamos la recorrida por el buque. Realmente, era admirable la forma en que subía y bajaba por las angostas escalas, algunas fijadas casi verticalmente. Ibamos charlando sobre generalidades, aunque de vez en vez él aludía a algún tema específico relacionado con el mantenimiento de los barcos y el adiestramiento del personal.


Después de varias subidas y bajadas pensé que se le debía ofrecer un respiro. Por eso permanecimos un rato en el cuarto de operaciones desde el cual, junto con el resto de su séquito, presenciamos el ejercicio aeronaval que consistía en despegue y aterrizaje de los cazabombarderos de ataque Skyhawk y los patrulleros Tracker. Perón hizo alguno comentarios con respecto a la capacidad que demostraban los pilotos y, como todo transcurrió sin fallas, nos dirigimos al salón en el que se sirvió un vino en honor de los visitantes. Fue entonces cuando departió, aunque brevemente, con algunos de los oficiales que estaban bajo mi mando. Observé que los miembros de la comitiva discretamente se, mantenían a distancia, con excepción de López Rega que se desplazaba de un lado al otro sin descanso con la evidente intención de inmiscuirse en los diálogos que entablaba Perón. Pero el Presidente lo ignoraba como si no advirtiese su presencia. De pronto se dio vuelta, me buscó con la mirada y al acercarme, me dijo:
- A ver, Massera ... ¿por qué no me muestra cómo vive el comandante cuando navega, con su Flota?


Fue obvia para mí y para quienes lo escucharon que deseaba hablar conmigo en privado. Todos se abstuvieron de seguirnos, incluso López Rega- Ya en el camarote, sin preámbulos, me disculpé por no haber aceptado el convite a desayunar que me cursara a través de Rioja y Valori, "pero -le dije- cumplí con la obligación de informar previamente a mi comandante en jefe y acaté la orden que recibí en el sentido de no concurrir."


Perón guardó silencio un instante. Y entonces me confió cuál había sido la íntima razón de ser de aquel viaje extenuante que lo llevó a embarcarse en un portaaviones que navegaba en alta mar, 80 millas al sudeste de Puerto Belgrano:
-Sabe que pasa, Massera ... aquella vez, y ahora, lo que yo quería era hablar con el dueño del circo.

Pasado el mediodía el Sea King despegó de la pista con rumbo a la base de Puerto Belgrano para trasladar a la comitiva a un almuerzo con el comandante de Operaciones Navales, contraalmirante Vázquez Maiztegui.

Aunque nunca hablé del tema con él, estoy seguro de que Perón ya tenía decidida mi designación como comandante en jefe de la Armada desde antes de emprender su viaje a, Puerto Belgrano. Era un hombre que no necesitaba hacer el esfuerzo que hizo para adoptar una resolución de esa naturaleza.


Pero la visita al portaaviones 25 de Mayo fue un gesto que para mí tuvo un enorme significado, por el aval que representaba a la gestión que tendría que iniciar. El líder del justicialismo me convocaría, aunque previamente dejaba recompuesta, una relación que había estado fracturada durante larguísimos años. Ese mensaje, cualquiera fuese la forma en que quisieran leerlo sus partidarios, no podía ser interpretado más que como una muestra de contemporización y pacificación con la Marina, la otrora fuerza antiperonista por antonomasia. Nada mejor, entonces, para, quien tuviese que ejercer la comandancia.
Yo entendí inmediatamente de qué se trataba, la alternativa de que él quisiera reemplazar a los comandantes del Ejército y la Armada resultaba bastante razonable, habida cuenta- de que -por acción u, omisión- ambos jefes habían quedado pegados al fugaz paso de Cámpora por la Casa Rosada. En el legajo del general Carcagno la nota descalificadora estaba constituida por la aceptación y ejecución de una idea tan controvertida y comprometedora como lo fue el operativo Dorrego, engendro que fue pergeñado por el coronel Cesio. Y en el caso del almirante Alvarez, porque era un secreto a voces que debía su cargo a la relación amistosa con un familiar directo del presidente renunciado, el sobrino Mario Cámpora.


De todos modos, al tomar conocimiento extraoficial de la decisión adoptada por Perón consideré un deber hablar con Alvarez de la situación. Nos reunimos entre los últimos días de noviembre y la primera semana de diciembre, hasta que el día 4 fui convocado por Robledo quien me impuso formalmente de la decisión de Perón en el sentido de que yo debía asumir el cargo. Agradecí el ofrecimiento, pero argumente ante el ministro que consideraba conveniente que se intentase una gestión para evitar que mi ascenso significara el descabezamiento del Almirantazgo. Sugerí entonces el nombre del almirante Pereyra Murray -un brillante oficial- con quien yo ya había hablado de esa alternativa. Aclaro que mi charla con Pereyra no había sido sencilla porque se negaba a hacer abstracción de su fuerte convicción antiperonista, aunque sobre el final del encuentro sinceramente creí que lo había convencido.
 

El 5 de diciembre Robledo lo recibió en su despacho, -mientras yo almorzaba en la vieja Fragata Sarmiento con uno de mis compañeros de promoción, el capitán de navío Menozzi. Obviamente nuestra conversación giró permanentemente sobre el tema y ninguno de los dos disimuló su inquietud ante la posible intransigencia o falta de ductilidad de Pereyra. Y tuvimos razón en preocuparnos.


Robledo usó el teléfono esa tarde para indicarme que al día siguiente debía presentarme en su despacho. Cumplí y él sencillamente me informó que Perón me había designado Comandante General. No había margen para especulación alguna. Sin embargo, y para sorpresa suya, le señalé que antes de aceptar quería hablar con el Presidente.
 
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