ANTIMEMORIAS: OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS (cont)

 

Marzo de 2006


Perón me recibió de inmediato. Obviamente él sabía que no se trataba de una audiencia formal con motivo de la designación, sino de que en el momento crucial de decidir entre la aceptación o el inevitable pase a retiro yo pondría mis cartas sobre la mesa. Me invitó a hablar y le manifesté sólo dos cosas: que tuviese la más absoluta confianza en, mi lealtad y que, como contrapartida, me diese su apoyo para evitar que la política volviese a ingresar en la Marina. Después de esa charla, a partir del 7 de diciembre de 1973 alcancé la máxima jerarquía de la Armada, con el grado de contraalmirante. [1]


Mi primera decisión, dentro de la Fuerza, fue designar al contraalmirante Armando Lambruschini como Jefe del Estado Mayor Naval, es decir, segundo en orden de jerarquía. Abel Lizaso, que ya estaba en el cargo, quedó como Secretario General; Jorge Isaac Anaya se convirtió en Comandante de la Flota de Mar, Cesáreo Góñi fue puesto al frente de la Aviación Naval; Luis Mendía se hizo cargo de la Prefectura Marítima Argentina; Aldo Peironel, pasó a comandar la Infantería de Marina; los almirantes Franke y De la Riva fueron destinados a las misiones en Londres y Washington, respectivamente; y yo, por decisión del gobierno retuve durante un año el Comando de Operaciones Navales.


Lamentablemente, mi relación oficial con el presidente Perón duró escasos seis meses, a raíz de su fallecimiento. Fue muy franca y cordial. Los dos cumplimos con nuestra parte en los términos que yo le había expuesto aquella tarde del 6 de diciembre. Puedo asegurar que con Perón no tuvimos nunca un sí o un no. Y la Marina creció a partir del cabal y amplio respaldo que él me dio. Lo que vendría, después de su muerte es otra historia.

Fue entre enero y marzo del '73 que mi nombre comenzó a estar en el candelero cada vez que se hablaba de los probables comandantes generales del inminente gobierno constitucional. En esos meses de verano el proyecto continuista del lanussismo se hundía irremediablemente. Nadie o casi nadie dudaba del triunfo electoral del Frejuli. Sólo Lanusse y los suyos confiaban aún en que un eventual ballotage podría evitar el retorno del peronismo al poder, pero ni siquiera se animaban a alardear con esa posibilidad. De manera que en tal contexto parecía lógico que comenzaran -a moverse influencias para colocar las piezas en todas áreas que deberían atenderse después del 13 de marzo. Y los comandos de las Fuerzas Armadas, razonablemente, formaban parte fundamental en ese juego.


Para esa época yo me había hecho cargo del Comando de la Flota de Mar, una de las posiciones más importantes en el organigrama de la Armada. El traslado significaba un cambio de aire muy gratificante para mí, después de haber pasado los dos últimos años enfrascado en la tarea de asesoramiento político a los últimos comandantes, Gnavi y Coda. Pero no podía evitar el hecho de figurar en los planes de algunos dirigentes amigos -y a veces, tan sólo conocidos- que me creían un buen candidato a ocupar la máxima jerarquía del arma. Por supuesto, cuando me enteraba de esas intenciones trataba de desalentarlas, con el argumento de que siendo un contralmirante relativamente nuevo se produciría una verdadera purga de almirantes. Pero no siempre lograba mi objetivo,


Los argumentos de quienes impulsaban mi nombre estaban respaldadas en la excelente relación que había establecido con muchas de las principales figuras del sindicalismo y, también, con un significativo número de dirigentes del sector político del peronismo. En orden al gremialismo, se hacía alusión a mi fluida relación con Vandor y con Alonso, a quienes la subversión ya había asesinado; la buena vinculación que me unía, a Rucci; el reconocimiento de la actitud equitativa que había mantenido durante la tarea política en la Comisión de asesoramiento a la Junta, durante los años inmediatamente anteriores.


Las gestiones cobraron intensidad tras el triunfo del binomio Cámpora Solano Lima y podría asegurar que se prolongaron casi hasta el último instante previo a los nombramientos que debía hacer el nuevo presidente. Hubo reuniones con el almirante Coda, comandante saliente, para lograr que respaldase mi nombre ante las flamantes autoridades. Hasta él llegó un grupo de conspicuos dirigentes políticos del justicialismo para exponer esa intención, pero Coda los desalentó apelando a los mismos reparos que anteponía yo: era necesario evitar que el gobierno inaugurase su gestión con un descabezamiento del Almirantazgo.


No obstante siguieron insistiendo. Y el 10 de mayo de 1973 recibí una llamada de Carlos Gallo, un influyente dirigente surgido del sindicalismo -era del gremio telefónico- quien me invitaba a tener una reunión con Raúl Lastiri con la excusa de que éste quería verme por indicación de Cámpora. Consulté con Coda y convinimos en que debía acudir a la cita, aunque ni él ni yo estuviéramos dispuestos a modificar nuestra tesitura.


El encuentro se concretó en un departamento de la calle Paraguay entre Esmeralda y Maipú. Fue allí donde Lastiri me hizo un formal ofrecimiento para que ocupara el cargo, señalándome de manera explícita que actuaba por orden del presidente electo. Mi respuesta fue la misma que había dado en todos los sondeos anteriores.


Volvimos a tratar el tema con Coda los días 15, 16 y 17 de mayo, en esa última ocasión durante una reunión con motivo del Día de la Armada. Y, allí quedó establecido que si la Fuerza era consultada, propondría que el nuevo Comandante fuese elegido entre los, tres oficiales más antiguos del escalafón, cuyos nombres eran por orden de jerarquía: vicealmirantes Fuenterrosa, Giavedoni y Alvarez.


La consulta se produjo, aunque limitada a mi nombre. Otra vez el grupo de dirigentes encabezado por el mencionado Carlos Gallo pidió directamente una entrevista con Coda, en cuyo transcurso insistió en mi designación para sucederlo en el Comando. La respuesta del almirante fue que yo era muy joven, que oportunamente -sería comandante, pero que consideraba que en aquellas circunstancias era prematuro mi ascenso a la máxima jerarquía naval. En otras palabras, que no me desgastaran.
Finalmente, la elección del gobierno recayó sobre Alvarez, determinó el pase a retiro de los primeros; como Jefe de Estado Mayor fue designado Pereyra Murray, con lo cual efectivamente se pudo mantener la estructura de mandos navales. Acerca de la designación, cabe aclarar, no fue consulta por parte de las nuevas autoridades.


De todas formas, cumplido el objetivo, yo retorné a Puerto Belgrano, Comando de la Flota de Mar.

Asumir nuevamente tareas operativas después tanto trajinar político significó un verdadero desafío profesional. Pero me entusiasmaba la idea de poder visualizar en la práctica la opinión que había venido sosteniendo, desde mucho tiempo atrás, con respecto a la organización de la Marina y las responsabilidades de los mandos. Era la oportunidad de ver si, en realidad, había estado acertado con mis propuestas cuando cinco años antes, en 1968, trabajara en el plan que modificó la estructura funcional de la Fuerza.


El rol del Comandante en Jefe [2], en la Armada, es el de gran administrador de sus recursos y responsable de fijar los lineamientos y políticas generales de la actividad a desarrollar. Es también el máximo y único representante de la Fuerza ante los poderes del Estado y, aunque habitualmente cuenta con equipos de asesoramiento adecuados, él es la última instancia y cae bajo su exclusiva responsabilidad personal todo lo que se haga dentro o fuera de la misma.


En el terreno estrictamente profesional, es decir, en el manejo del arma naval como instrumento de guerra el responsable es el Comandante de Operaciones Navales aunque, por supuesto, bajo la supervisión de la máxima jerarquía. A su vez, el Comandante de la Flota tiene a su cargo el adiestramiento y operación de las naves que la componen. Y allí residía el problema que me tocaba enfrentar entonces: en enero de 1973 yo recibía una Flota absolutamente obsoleta ya que aún no se habían concretado los planes de modernización que se habían proyectado bajo los comandos de los almirantes Gnavi y Coda que,fundamentalmente, estaban orientados a incorporar unidades nuevas dotadas de tecnología moderna.


En la situación política y económica que atravesaba el país no había mucho margen para hacerse ilusiones de que lo planificado comenzara a hacerse realidad, as í que no Quedaba otro remedio que esperar tiempos y condiciones más propicias. Por eso pasé ese año saltando de un barco al otro, tratando de levantar la moral de las tripulaciones y de aceitar el mantenimiento y el adiestramiento del personal. Y no me fue mal en la tarea, porque cuando dejé la Flota para asumir el Comando en, Jefe, gocé del más amplio respaldo por parte la oficialidad y suboficialidad naval.
Recién al producirse mi designación como comandante, y merced a la visión que demostró tener Perón con relación a la necesidad de recuperar la capacidad operativa de las Fuerzas Armadas, fue posible iniciar el desarrollo del plan de modernización naval.
 

***

El mar no es un paisaje, una extensión o una distancia. Para un país como el nuestro, de interminable litoral marítimo, es más bien un ámbito, un hogar o una morada que forma parte de su patrimonio, de su superficie y de la vida de sus habitantes.
Cuando Perón me designó comandante naval me aseguró que tendría todo su apoyo para reconstruir el poder operativo de la Marina de Guerra. Perón era un verdadero estadista y, como tal, tenía una concepción amplia de la geopolítica. Sabía muy bien que la República Argentina es una nación cuya soberanía no se agota en sus playas y en sus costas escarpadas, y que para ejercer esa soberanía es necesario disponer de una flota marítima capaz de navegar y exhibir un poderío suficiente como para garantizar nuestra presencia y aventar la ajena.


Pero los componentes del poder naval son, por igual, los buques de guerra, las aeronaves, los cuerpos de infantería de marina, las bases y puertos y los astilleros y talleres de reparación de los equipos. Y a reconstruir el inventario me apliqué a partir del momento en que Perón me puso al mando.


Llegué con la experiencia de haber comandado de la Flota de Mar, que por entonces no era otra cosa que un conjunto de naves obsoletas las cuales, con dificultad, podían servir para instruir a las tripulaciones pero como material bélico bien podían catalogarse verdadera chatarra. Desde 1968 se habían dado algunos pasos en dirección al reequipamiento, tanto durante la gestión del almirante Gnavi como en la del almirante Coda. Pero las limitaciones políticas sumadas a los aprietes presupuestarios les impidieron avanzar más allá del trazado de una planificación correcta.


Lo cierto es que después de algunas alternativas complicadas para vencer resistencias dentro del gabinete ministerial, Perón suscribió el decreto 956 del 28 de marzo de 1974 por el cual se aprobó el Plan Nacional de Construcciones Navales Militares que, si bien no colmaba nuestras aspiraciones, era mucho más de lo que habíamos tenido hasta entonces. En su aspecto esencial, el programa establecía la necesidad de interesar y obtener de la industria nacional el apoyo


Para participar en la construcción con la mayor cantidad posible de materiales, equipos y partes construidas en el país. Este plan tiende -decía el decreto- al aprovechamiento integral de los esfuerzos ya realizados, con lo cual se disminuirán los costos y se amortizará lo ya invertido. La premisa básica es que los buques se construirían desde el primero de la serie en astilleros del país y contendrán el máximo de mano de obra, materiales y tecnología argentinos.


Se agregaba, además, que para posibilitar un proyecto con materiales nacionales, resulta indispensable el lanzamiento de una serie, para hacer económica la producción de equipos y componentes que se requieren por parte de la industria nacional. Entre los considerandos de ese decreto suscrito por el presidente Perón -que hoy debería considerarse histórico y ser releído por quienes ocuparon y ocupan el Gobierno- se sostuvo que la Armada Argentina constituye uno de los pilares fundamentales de la defensa de la Nación y, en consecuencia, es deber irrenunciable del Estado asegurar su aptitud para cumplir eficientemente esa misión.


Este decreto Nº 956 de Perón fue complementado el 5 de septiembre del mismo año por el Nº 768, firmado por su viuda y sucesora. En éste se establecían mecanismos, de rutina para el financiamiento y puesta en marcha de los trabajos de construcción de unidades y, entre otras cosas, se facultaba al Ministerio de Defensa a través del Comando General de la Armada a contratar y/o asociar los Talleres Navales de Dársena Norte (Tandanor) con una firma del exterior con experiencia en la construcción de submarinos. Así fue como se dio origen al Astillero Domecq García, que no era ningún proyecto fantasioso ni faraónico de los jefes de la Armada, sino que respondía a una concepción militar moderna y nacional compartida por el general Juan Domingo Perón.


[1] Sobre este aspecto creo válido traer a colación una anécdota, haciendo la salvedad de que debe tenerse presente: a) la diferencia de calidad y capacidad en materia de comunicaciones que existía entonces; b) el entramado de las relaciones que Argentina mantenía con el mundo en esa época. Lo ciento es que en el curso de aquel viaje llegamos con el buque-escuela a Taiwan en los mismos días en que Lanusse depuso a Onganía. Todavía vivía Chiang Kai Sheck, quien sentía una particular estima por el defenestrado presidente argentino, a punto tal que existía en la isla china un emplazamiento militar llamado Batería Onganía. Yo tuve que cumplir con la obligación protocolar de presentarme ante ese singular protagonista de la historiá contemporanea sin saber a ciencia cierta lo que estaba sucediendo en nuestro país y, por supuesto, sin haber recibido ninguna directiva acerca de lo que debería responder en caso de que él hiciese alguna alusión a la situación argentina.

 

[2] Quiero aclarar que cuando empleo la denominacion de Comandante en Jefe como máxima autoridad de cada fuerza armada lo hago con la intencion de no confundir al lector ya que el mismo cargo a lo largo de las últimas décadas ha llevado otros títulos, tales como Comandante General, Jefe de Estado Mayor, etc.

 
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