ANTIMEMORIAS: OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS (cont)

 

Marzo de 2006

Traigo a colación los textos de esos decretos para recordar -después de la agresión alfonsinista a las Fuerzas Armadas y, hoy, cuando la discusión de los presupuestos militares sigue estando a la orden del día- que fue merced a la comprensión del tema evidenciada por Perón y su mujer, que pudimos reequipar a nuestra fuerza naval, aeronaval y de infantería de marina, para hacerla capaz de una operatoria adecuada a las necesidades de la defensa nacional.


Gracias a ellos, incorporamos los destructores Brown, La Argentina, Heroína y Sarandí y las corbetas Drumond, Guerrico, Granville, Espora, Rosales, Spiro, Robinson, Gómez Roca y Parker. También sumamos a la Flota el BDT Cabo San Antonio y las lanchas patrulleras Clorinda, Concepción del Uruguay, Barranqueras y Baradero, así como los buques hidrográficos Puerto Deseado y Comodoro Rivadavia, el rompehielos Almirante Irizar, el transporte polar Bahía Paraíso y los transportes San Blas, Canal de Beagle, Cabo de Hornos e Isla de los Estados.


Pero, no fue todo lo que pudimos hacer: finalmente se inició la construcción de los submarinos San Juan, Santa Cruz, SaIta y Santa Fe(hundido en Sándwich)


El plan nos permitió sacar a la aviación naval de su estado de postración y, en poco tiempo, pudimos incorporar un número interesante de unidades de tipo BE-200 Super King Air, FK-28 4000 Fokker, Super Etendart y L- 188E Electra.


En lo que hace a las unidades de la Infantería de Marina, recibieron importante equipamiento de obuses Otto Melara calibre 105 milímetros, plataformas de lanzamiento Marbe, vehículos de exploración Panhard, vehículos tipo Lohr y morteros de 60 y de 81 milímetros.


Todo ello sin excluir el importante parque de munición compuesto por misiles Exocet MM40 (mar-mar), Exocet AM39 (aire-superficie), misiles Magic 550 (aire-aire) y sistemas aéreos Albatros y Aspid.

 

Hago este recuento grosso del reequipamiento naval realizado a partir de mediados de 1974 con un doble propósito. En primer lugar, para que se evalúe de manera concreta y desapasionada el énfasis con que la Armada adquirió material para la defensa del país en el caso de una agresión externa. Y esto, porque es un contraste con la situación actual de abandono en que se encuentran la mayoría de sus unidades, debido al escaso presupuesto, a la carencia de mantenimiento y a la flamante obsolescencia de la mayor parte del equipo.


Y, en segundo lugar, para remarcar que la Marina de Guerra argentina se preparó para la eventualidad de una guerra convencional y no para reprimir al terrorismo. No construimos barcos y submarinos, ni compramos aviones, cañones y cohetes Exocet para combatir contra el delirio de los Firmenich o los Santucho. Nosotros nos ocupamos de la Armada para ponerla en condiciones objetivas de defender la soberanía en una hipótesis de conflicto con un extranjero.


Si después fuimos llevados a una guerra interna que nosotros no desatamos ni deseábamos, contra un enemigo artero cuya confesada estrategia consistía en asesinar a nuestros camaradas y a nuestras familias [3], y que además sembraba bombas que, mataban indiscriminadamente al pueblo, no fue porque tuviésemos planes ni vocación para hacerlo.


De cualquier forma no me resultó tarea sencilla echar a andar el plan de reequipamiento naval. Hubo que vencer mucha resistencia, y no precisamente del área de las finanzas estatales sino del sector militar y, en particular, de la Fuerza Aérea.
De los tres comandantes, el general Anaya era el más antiguo y el que se manifestaba más abiertamente peronista. De hecho, actuaba con respeto de la verticalidad jerárquica y política, que es como decir que respondía a Perón.


Además, él no ponía la proa para el desarrollo de nuestro programa porque entendía que al Ejército no le afectaba la modernización del material aeronaval o el de la Infantería de Marina, puesto que apuntaban a atender tareas militares diferenciadas de la de su Fuerza. Mientras el general estuvo al frente del Comando mantuvimos frecuentes reuniones y contactos fluidos acerca de todos los temas que podían interesarnos.
Otra, cosa fue con el brigadier Fautario. El sí que literalmente ponía proa, popa, babor y estribor para obtener su espacio presupuestario.

Y aquí me voy a permitir otra disgresión, porque quizás sirva para la comprensión de quienes entienden ciertos códigos que se manejan entre militares.


Yo soy de la misma promoción que Fautario, aunque en la Escuela Naval ingresábamos unos meses antes que los que lo hacían en el Colegio Militar (de allí salían los aviadores en aquella época), de modo tal que también era más antiguo que él. Aunque fuese muy distraído, el brigadier no podía ignorar quién era yo, que pertenecía a la promoción 73 o cuál había sido mi carrera profesional. Y menos aún si los dos habíamos llegado a la jerarquía de comandantes generales: aunque más no sea por curiosidad, uno trata de averiguar quien es el otro que está a su mismo nivel.


El caso es que Fautario, después de un par de reuniones protocolares, pareció darse cuenta de que habíamos iniciado la carrera con el mismo orden de campana y, me dijo, en tono de sorpresa: -Pero usted entró conmigo al Colegio Militar!
-No, yo entré un poco antes y fue a la Escuela Naval...
-Bueno, sí...-reaccionó un poco incomodo- Entonces .. ya que somos de la misma promoción podemos tutearnos.


Desde ese momento nos dijimos de vos, aunque obviamente pienso que como el jefe de la Fuerza Aérea fue el único de los tres comandantes sobreviviente de la debacle camporista, era una concesión que me hacia.
 

***

A comienzos de 1971, recién desembarcado de la fragata Libertad, asumí el cargo de Jefe de Gabinete Político de la Armada. Pudo haber sido un pase traumático. Llegaba de comandar el buque-escuela durante el viaje de instrucción, un destino que supone estar alejado del país por largos meses navegando los mares del mundo, de manera que tenía una información muy fragmentada acerca de los acontecimientos políticos nacionales, y decidí zambullirme de cabeza en la elaboración de propuestas tendientes a resolver los problemas que los mismos planteaban. Pero el almirante Pedro Gnavi, que en ese entonces era miembro de la Junta de Comandantes descontaba que yo estaba capacitado para cumplir la tarea; sin anestesia, me colocó ante el desafío de conducir a su grupo de asesores.


En consecuencia, inicié ese año comprometido en una función de responsabilidad política muy estrecha con el Comandante en Jefe. El almirante era un hombre ingenioso dotado de una innata habilidad para manejarse en el nivel más elevado y conflictivo del poder. Pero tenía una contra: era resistido en el seno de la fuerza, particularmente por el Almirantazgo. Mantenía con él una excelente relación, más allá de que eventualmente, nos habíamos visto alineados en veredas opuestas durante la época de azules y colorados. Ocurría que tanto para él como para mí, al comenzar la década del setenta, aquella división entre militares formaba parte de la historia antigua. Sin embargo, existía un número nada desdeñable de almirantes y capitanes de navío -aparte de los retirados, dueños de una considerable gravitación interna- que no coincidían con ese criterio. En los episodios del '62/'63 la oficialidad de la Armada había sido abrumadoramente partidaria del bando colorado, con la excepción de Gnavi y de un puñado de otros cuadros superiores que bien podían ser contados con los dedos de las manos. Y aquel pecado no les había sido perdonado.
Al comandante se lo discutía en la Armada por el sector al que había adhería en el pasado, con un agravante: tampoco se le soportaba que dejara de lado ciertos formalismos carentes de real sentido, estilo por el que se inclinaba si aquellos representaban un impedimento para el logro de los objetivos que se proponía alcanzar. A mí me parecía que se trataba de una virtud, pero eran mayoría los que no compartían el concepto. De todos modos quiero dejar en claro que a pescar de tal desprejuicio en la modalidad de conducción, Gnavi siempre se comportó con absoluta corrección en el tratamiento que deparaba a sus pares y sobre todo la sus subordinados, manteniendo una férrea lealtad y objetividad en cuanto a su conducta y a sus opiniones políticas.


Pero el tema era mucho más complicado porque, además, trascendía las fronteras de la propia Armada. Como una demostración irrefutable de que a una década de distancia la trama azules-colorados carecía ya de entidad, la plana mayor del Ejército -con el general Lanusse a la cabeza- lo quería poco y nada al almirante. Era un sentimiento que prevalecía a pesar de que todos ellos habían sido azules. ¿Cuestión de celos, envidia? Pienso que sí. Y que se originaba en el hecho de que Gnavi podía mantener fluidos contactos con los más conspicuos dirigentes del peronismo lo cual, ante los ojos del generalato, lo convertía en un marino singular, distinto a los que estaban acostumbrados a tratar.


La cuestión es, que al iniciarse el año 1971 Gnavi necesitaba exhibir que disponía de una task force política propia para respaldar sus acciones en el juego interno de la Junta de Comandantes. Y, fue a mí a quien asignó la tarea de manejar ese cuerpo de asesores, cuya misión fundamentalmente consistía en desbaratar o al menos contener los propósitos hegemónicos del Ejército. No se trataba de una tarea menuda, teniendo en cuenta que precisamente el almirante era quien había sido el principal promotor de la candidatura del general Roberto Levingston para, suceder en la presidencia de la Nación al general Juan Carlos Onganía, en junio del, año anterior. El damnificado por esa jugada de Gnavi había resultado el general Lanusse puesto que, obviamente, se consideraba el candidato natural para ser receptor de la transferencia de banda y bastón. De manera que aguardaba la hora de la revancha, al igual que sus adláteres.
Cuando inicié mi trabajo en la jefatura del gabinete de asesores los días de Levingston marchaban en cuenta regresiva. Ya estaba tomada la decisión de Lanusse y los generales de su entorno de hacer valer definitivamente el peso específico del Ejército en la interna de la Junta Militar e intentar la aplicación de un plan político de factura propia, con salida electoral incluida.


Desde el punto de vista jerárquico la función que se me encomendaba era de espectabilidad, sobre todo dentro de la fuerza, puesto que dependía directamente del Comandante en Jefe. En la estrategia de Gnavi nuestro trabajo constituía prioridad uno, convencido como él estaba de que tenía un cierto margen para incidir sobre el rumbo de la solución política que se buscaba para el país.

 

[3] Me remito a las citadas declaraciones formuladas por el hermano de Santucho y el montonero Perdía al diario Clarín y a la infinidad de testimonios de otros terroristas.
 

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