ANTIMEMORIAS: OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS (cont)

 

Marzo de 2006


El principal escollo para la elaboración de un proyecto racional de retorno a la Constitución lo representaba Lanusse y quienes lo rodeaban, que aspiraban a verlo presidente de facto y convertido en su propio heredero. El plan puesto en marcha en el verano del '71 debía desarrollarse en dos etapas: la primera, desplazamiento del general Levingston de la Casa Rosada y reemplazo por Lanusse con retención de su lugar como titular de la Junta; la segunda, negociación con la dirigencia política y social para que apoyaran su candidatura en las elecciones a las que se convocaría para normalizar el país.


De hecho, el derrocamiento de Levingston para ponerse en su lugar no iba al resultar demasiado complicado para el jefe del Ejército, aunque sus colegas de Junta -el almirante Gnavi y el brigadier Carlos Rey, con quien el general también vivía en cortocircuito- opusieran algún tipo de objeciones. Difícil sería lo otro, porque para alcanzar el objetivo de la presidencia constitucional tendría que contar con el respaldo político y gremial del peronismo, 0 sea: debería arribar a un acuerdo con el hombre a quien él mismo había declarado que era su enemigo número uno, el general Perón. No existía otra vía posible.


La maniobra para desprenderse de Levingston comenzó a desarrollarse, en los primeros días de marzo, mediante diversas formas de hostigamiento, hasta que el viernes 19 la situación forzó, al Presidente a reclamar una pieza que era del riñón lanussista: dispuso el relevo del Jefe de Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, brigadier Ezequiel Martínez, quien inmediatamente recibió el apoyo de su mentor y no acató la orden.


Los consejos de almirantes y brigadieres (la crisis lo había sorprendido a Rey de visita oficial en Chile) evitaron un pronunciamiento explícito, pues aunque tanto en la Armada como en la Fuerza Aérea se barruntaba que la jugada del lanussismo apuntaba también a condicionaría participación de cada arma en el poder, existía poco margen de maniobra para intentar que la misma fracasase.


En la tarde del lunes 22 el presidente Levingston sabía que su suerte estaba echada, ya que no había conseguido ninguna adhesión entre sus camaradas del Ejército. No obstante, decidió hacerle pasar un mal rato a Lanusse. Llamó a los tres comandantes a una reunión en la Casa de Gobierno y les informó que no sólo lo relevaba a Martínez sino que también, en ese mismo acto, disponía el retiro del mismísimo general presidente de la Junta. Simultáneamente, para molestarle todavía más, desde las oficinas de la Presidencia se cursaban radiogramas a todos los comandos y unidades del Ejército en los cuales se informaba de la medida adoptada porque, decía la comunicación, el comandante en jefe relevado había incumplido una orden impartida en el mes de enero de 1971, lo que facilitó la consecución de hechos sediciosos que ocurrieron últimamente en la ciudad de Córdoba, con serio agravio para los intereses de la Nación. [4] Y por último, como si eso fuera poco, se informaba que el Comando en Jefe del Ejército quedaría interinamente a cargo del general Jorge Esteban Cáceres Monié, jefe de la Policía Federal.


Levingston era consciente de que lo suyo no significaba otra cosa que fuegos de artificio, pero le sirvió para desconcertar a muchos y poner en evidencia al generalato. Casi de inmediato Cáceres Monié asumió el mando, aunque comunicando que lo hacía para reponer en su cargo a su antecesor, en clara desautorización -es un eufemismo- al Presidente. A partir de ahí el episodio se completó en pocas horas más: a medianoche el Ejército resolvió la destitución de Levingston y un poco antes de las 3 de la mañana éste presentó su renuncia; después fue hasta la sala de periodistas de la Casa Rosada, donde se despidió de los cronistas acreditados allí a quienes con una sonrisa y un tono socarrón, les dijo que esa noche todavía dormiría en la residencia de Olivos. [5]


La Junta de Comandantes reasumió por tercera vez el poder político el martes 23, aludiendo en un comunicado a que lo hacía con el objetivo de crear las condiciones indispensables para el pleno restablecimiento de las instituciones democráticas, en libertad, progreso y justicia. [6]  El jueves 25, como ya resultaba inevitable, el general Lanusse impuso su designación como presidente de la Nación y se estableció un improbable sistema de rotación entre los miembros de la Junta en el desempeño de la titularidad del Poder Ejecutivo. Gnavi, Rey, los almirantes y los brigadieres sabían que se trataba de otra ficción, puesto que el proceso de institucionalización debería concluir mucho antes de que Lanusse estuviese obligado a traspasarle la banda presidencial a algún otro militar que no vistiera el uniforme del Ejército.


Cumplimentando la primera de las dos etapas de su plan Lanusse juró el viernes 26 de marzo de 1971, oportunidad en la que reiteró el propósito de entregar el gobierno constitucional en 1973 a las autoridades que surjan de comicios libres. Y enseguida puso en funciones al nuevo ministro del Interior, Arturo Mor Roig; al de Bienestar Social Francisco Manrique; y al de Trabajo, Rubens San Sebastián. Los tres, con matices, debían ser quienes tratarían de que se concretase el proyecto lanussista.


 
El almirante Gnavi asumió la nueva realidad política con responsabilidad, esforzándose por mantener a la Armada en un marco de estricta imparcialidad frente a los intereses partidocráticos. Coincidía plenamente con el análisis y recomendaciones que le hacíamos desde el gabinete de asesoramiento, convencido de la necesidad de las elecciones y de asegurar que la instrumentación del proceso que condujera a ellas tuviese las mayores garantías de legalidad. El objetivo de Gnavi era realmente institucionalizar democráticamente a la Nación como el que alentaban el general Lanusse y el entorno lanussista.


En el gabinete político de la Armada detectábamos que la dirigencia partidaria y gremial del peronismo confería un alto grado de confiabilidad a la sinceridad de Gnavi, lo que facilitaba nuestros contactos y conversaciones. En mi caso personal las eventuales reservas de mis interlocutores eran mínimas, pues -aunque por razones totalmente ajenas a la política- había tenido oportunidad de tratar con muchos de ellos. Con el Augusto Vandor del pasado o el José Rucci de esa época, habíamos llegado a tener un trato fluido, a partir del cual podíamos entendernos utilizando códigos diferentes a los que se presume deben ser, los usuales en las relaciones políticas.


Pero lo que importa es que el plan político lanussista fue puesto en marcha en coincidencia con la asunción de Lanusse, como presidente, y de su ministro del Interior, Mor Roig, quien pasaría desde entonces a conducir un proceso de restauración institucional mediante elecciones en las que debía quedar vedada, o al menos condicionada, la posibilidad de acceso del peronismo al poder. Con todo el respeto que me merece su recuerdo -particularmente al evocar la forma en que fue después salvajemente asesinado por los montoneros durante a subversión terrorista [7] y, en particular, a raíz de la manera vergonzante con que el radicalismo lo ha borrado de su pasado- el caso de Mor Roig me parece paradigmático de la época de lanussismo. Era un hombre hábil y correcto, quizás no demasiado brillante, pero sí muy astuto para la política de comité. El, al igual que Lanusse, estaba convencido del agotamiento del proceso militar y de la necesidad de una salida electoral, y concordaba con su jefe en la conveniencia de un acuerdo previo entre las fuerzas políticas democráticas, que le cerrase paso al peronismo. El Gran Acuerdo Nacional (GAN), que Mor Roig había contribuido a esbozar, tenía al propio Lanusse como principal beneficiario. Pero en el supuesto de que no prosperase ese objetivo, el reaseguro sería favorecer a la Unión Cívica Radical, partido al cual pertenecia.


Nosotros, desde el gabinete político, alertábamos al almirante Gnavi acerca de incredulidad y desconfianza que provocaban en la dirigencia del peronismo las medidas instrumentadas por Mor Roig. Pero abarcábamos más, ya que habíamos visto ampliado nuestro ámbito de actuación. Ocurrió que la actividad de los partidos fue autorizada un par de días después de la asunción presidencial del general Lanusse, simultáneamente con la, difusión del contenido del proyecto GAN y con el anuncio de la conformación de una comisión asesora del Plan político, en la cual las FF.AA. tendrían un representante cada una. La Armada designó al almirante Pereyra Murray (a quien me tocó reemplazar en poco tiempo, ya que al comenzar el año '72 se le asignó el comando de la Flota de Mar y a mí me correspondía ocupar su vacante como Secretario General Naval), la Fuerza Aérea le dio la misión al brigadier Carlos López y la representación del Ejército recayó en el general Dubra.


A raíz de mi participación en el seno de esa comisión tuve el privilegio de ser testigo sin intermediarios -y, porque no, también protagonista- de un proceso en el que pude apreciar el estilo de Lanusse y el criterio con que Mor lloig y sus asesores manejaban el plan político para la salida electoral.
Del general Lanusse se afirmó siempre que si llegó hasta donde lo hizo, fue enancado en, su condición de caudillo dentro de un Ejército que cuando los tuvo, mandaron o fueron muy influyentes. Alguna vez escuché a un general decir que: "a Lanusse se lo sigue sin chistar". Pero nunca, en realidad, en las Fuerzas Armadas de nuestro país se siguió a alguien sin chistar. Ni siquiera a Perón. Hombres de la talla de Osiris Villegas, Guglialmelli, Onganía, el propio Lanusse, han sido figuras que sobresalieron en un ámbito castrense en el que prevalece la concepción administrativa del ejercicio militar. Unos por su inteligencia, otros por su vozarrón, se, destacaron hasta alcanzar la jerarquía de caudillo entre sus camaradas lo cual, a raíz de los avatares de la pólítica nacional, los hizo trascender los límites de los cuarteles.


Esta es una convicción que se me afirma, por ejemplo, cuando escucho a algún general sostener que tal o cual camarada es un buen soldado. Buen soldado o buen cadete del Colegio Militar no es sinónimo de llegar a ser un buen general o buen comandante. Lo primero puede no significar otra cosa que levantarse al alba, estudiar, hacer bien la instrucción, transpirar en el orden cerrado, e impostar la voz para impartir las órdenes si le toca en suerte ser tropero. Pero no mucho; más que eso. En cambio lo segundo, es decir, ser un buen general es otra cosa muy distinta porque de él -así como de un almirante o de un brigadier- se espera que sepa conducir, que reúna los suficientes conocimientos para evaluar todas las circunstancias y para saber extraer conclusiones antes de adoptar una decisión. Porque el Ejército, la Armada o la Fuerza Aérea no se comandan pegando cuatro gritos.


Por eso pienso que a Lanusse se lo puede encuadrar en la categoría de caudillo natural, por su carisma y también por su carácter autoritario: era alguien capaz de lograr que sus compañeros y subordinados obedecieran por coincidir con su proyecto o, en su defecto, por temor. Es innegable que dentro de los límites del Ejército se manejaba con capacidad de conducción, más se equivocó al suponer que podía trasplantar esa condición al terreno de la política.


Muchas veces pienso que buena parte de su indisimulados celos hacia Gnavi eran consecuencia de la frustración que experimentaba el no poder disfrutar del arte de la política como lo hacía el almirante. Gnavi recibía a un José Antonio Rucci o a un Jorge Daniel Paladino [7], para charlar un rato e intercambiar ideas mientras tomaban un café. Seguramente Lanusse no soportaba esos coloquios con gente a la que él pensaba que todo lo que había que hacer era impartirle órdenes.


Otro factor que influyó en el fracaso de Lanusse fue su entorno. El general creyó, realmente, en una suerte de máxima que se repetía a su alrededor: Perón llegó a presidente porque era general. Y si era asi, se convenció, ¿por qué no habría de llegar él mismo? No tuvo en cuenta -y supongo que nadie se lo advirtió- que Perón era más que un general, hayamos estado de acuerdo con él o no.


Claro que hubieron muchas otras razones, posiblemente de mayor peso, para que el resultado fuese el que fue. Un desbarajuste económico producto de la reiteración de modelos liberales incompletos; el crecimiento incesante de la actividad subversiva terrorista; y, por sobre todas las cosas, el preciso sentido del tiempo con que Perón manejó las negociaciones que el lanussismo intentaba para lograr que el peronismo se sumara al GAN y aceptara confluir detrás de la candidatura de Lanusse.

 

[4] El comunicado aludía a la orden de poner en alerta al Ejército y a los violentos incidentes registrados durante un paro de la CGT, que incluyeron la ocupación del barrio Clínicas el que debió ser recuperado por las policias federal y provincial luego de varias horas de combates callejeros.


Antes, un grupo subversivo había tomado la Casa de Tucuman y el Ejército tampoco se habia movilizado para reprimirlo.

 

[5] La declaración constituía un último mensaje de Levingston a Lanusse, con sentido del humor. Conocedor de que la mayoría de los cronistas de la Sala eran incondicíonales del comandante en jefe, le avisaba a través de ellos que aún no podría ocupar la quinta presidencial. Por cierto, la mayoría de los cargos de la Secretaría de Prensa durante la presidencia de Lanusse fueron ocupados por esos cronistas a los que les habló esa noche.

 

[6]  El comunicado parecía continuación de las palabras pronunciadas por Gnavi a raíz de la deposición de Onganía pero la realidad demostró que el plan era diferente. Gnavi había dicho un año antes: El enfoque esbozado por el teniente general Onganía creaba el peligro de desembocar en una representatividad segmentada, que no canalizara adecuadamente las corrientes de opinión ciudadana, de acuerdo con la tradición democrática argentina y, al mismo tiempo, engendraba un concepto de Estado que podría haber llevado a deformar nuestra esencia republicana.

 

[7] Roberto Perdía, en Clarín, segunda sección, página 5, domingo 13/10/96.

 
<<<Anterior  

Siguiente >>>


 

Portada