ANTIMEMORIAS: OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS (cont)

 

Marzo de 2006


Sacarse de encima a Gnavi no fue un objetivo fácil para Lanusse, pero tampoco fue una tarea imposible. Coincidentemente, el mismo día 3 de noviembre de 1971 en que Paladino le presentaba a Perón su renuncia en Madrid, el comandante general de la Armada pidió el pase a retiro y su reemplazo por el almirante Carlos Coda. Lanusse realizó a ese efecto una maniobra similar a la que había hecho Juan Carlos Ongania unos años antes para desplazar al almirante Benigno Varela, el antecesor de Gnavi. Operó con algunos sectores de la Armada a los que sabía hostiles al comandante y logró que fueran estos quienes impulsaran la formación de un tribunal de honor para juzgar su conducta.
Antes había intentado arrimar agua a su molino cuando sus adláteres le informaron sobre la gestación de un movimiento interno -cuyo foco estaba en Puerto Belgrano- orientado a lograr directamente la destitución de Gnavi, pero no logró su propósito. Yo creo que los complotados desistieron para no hacerle el juego a Lanusse, por quien sentían menos simpatía que por su propio Comandante en Jefe.


Una vez que Gnavi resultó desplazado me tocó a mí ir a Londres donde el almirante Carlos Coda -su sucesor- estaba al frente de la Misión Naval. Mi misión consistía en imponerlo de la situación política previa a su designación y de la trama que se desenvolvía como salida institucional. Con el flamante Comandante me unía una relación bastante estrecha a pesar de que él pertenecía a una promoción muy anterior a la mía. Pero compartíamos cierta pasión por el turf. (En una época -cuando ambos coincidimos como oficiales en el Acorazado Moreno- habíamos llegado a desarrollar una fórmula matemática para detectar a los mejores candidatos aunque, lamentablemente, no era un sistema infalible.)


Coda me anticipó que mantendría la línea de Gnavi, respondiendo idéntico criterio en cuanto a la negociación política en curso.
Del devenir de los acontecimientos posteriores -hasta que Perón cortó toda negociación con el lanussismo- vales en mi caso, traer a colación la experiencia que me dejó esa tarea de asesoramiento político que se me encomendara. Fue una época en la que palpé de cerca la diferencia sustancial que había entre la dirigencia gremial y la política a la hora de hacerse valer en defensa de sus intereses. Cada reunión a la que asistía me mostraba a gremialistas que manejaban valiosa y precisa información, analizada meticulosamente y con los pies sobre la tierra, dispuestos a discutir, conceder y reclamar en cada uno de los puntos que los involucraban; tenían sensibilidad real sobre las dificiles circunstancias sociales que atravesaba el país y exhibían una particular preocupación por la expansión de la actividad subversiva.


José Rucci, por ejemplo, a quien llegó a unírme una amistosa relación, era un hombre audaz, ,muy vivo para la negociación y también muy inteligente, a pesar de que por falta de preparación no hubiese podido alcanzar un elevado nivel cultural. Por su carácter y su decisión me pareció siempre el polo opuesto de Lorenzo Miguel, de un estilo mas bizantino. Rucci poseía poder propio y eso le posibilitaba desenvolverse con rasgos ante Perón, como antes había ocurrido con Vandor, quien antes de ingresar al gremio metalurgico había sido cabo maquinista de la Armada.
Vandor fue otro buen interlocutor que tuve entre los gremialistas. Ellos, al igual que José Alonso y José Rodríguez [8]- poseían identidad propia, definida. A ellos a la desaparición de Perón no los podía arrastrar, como sucedió en cambio con muchos otros sindicalistas.


Los dirigentes políticos, por el contrario, me sorprendían por la perspectiva distorsionada desde la cual observaban el panorama nacional; era notable su desconcierto frente a la marcha de las negociaciones con Perón y la incertidumbre que les causaba el sinuoso trámite de las mismas. Se me antojaba que no tenían juego propio, ninguno de ellos, porque dependían de las maniobras de gobierno militar y de la inagotable imaginación política de Perón.


Por cierto, la misma sensación de incertidumbre también ganaba al lanussismo. Lanusse y Mor Roig continuaban adelante con su plan político conducente a una salida electoral, pero procurando permanentemente hallar fórmula de impedir el acceso del peronismo al poder para el caso de que no hubiese acuerdo con el líder exiliado en Madrid. Marchando hacia una u otra dirección, Mor Roig incurría en constantes contradicciones. Trabajaba, por supuesto, para, Lanusse, aunque no perdía de vista que el fracaso de su jefe favorecería a su partido de origen, el radicalismo. Y eso tampoco lo ignoraba el peronismo, que se colocaba en actitud cautelosa ante cualquier sugerencia o iniciativa del ministerio político.


En ese marco se sucedieron varios episodios que pusieron en evidencia las reales limitaciones que tenía el esquema de apertura proclamado desde el gobierno. Frente a los reclamos del sindicalismo de convocatoria a negociaciones paritarias, Mor Roig lo primero que propuso fue decretar la intervención de la CGT. Y, con la indudable intención de imponer la medida, llevó en forma sorpresivo y compulsivo el tema al seno de la comisión política de la que yo formaba parte la cual, por disposición de la Junta debía emitir opinión. Me opuse sin medias tintas aunque, por supuesto, dejándolo librado a la decisión final del almirante Coda, a quien no me daban tiempo para informar. Esa actitud mía fue acompaiíada por otras coincidentes -entre ellas las del secretario de Trabajo, Rubens San Sebastián- y bastó para frustrar la maniobra, que hubiera dejado fuera de la negociación política al sector gremial.


Antes y después se adoptaron otras iniciativas que procuraban siempre el objetivo de fondo. Voy a recordar sólo dos de ellas: una, la reforma de la Constitución Nacional, con obvios propósitos proscriptivos, para lo cual se dictó la Ley Declarativa Fundamental, otro, el anuncio del traslado de la Capital Federal al interior del país en un plazo no mayor de 10 años, formulado por el ministro Arturo Mor Roig en 1971 y reiterado por él mismo en dos oportunidades durante el año 1972. Y las traigo a colación como hechos curiosos, dada la similitud de operaciones políticas que se intentaron realizar un poco más de una década después, aunque en el marco de un gobierno presuntuosamente democrático. [9]

Queda dicho que las reuniones, declaraciones, marchas y contramarchas no podían ocultar cuál era el objetivo fundamental de aquel gobierno del lanussismo: negociar el hombre que sería el futuro presidente constitucional. El primer candidato era el propio Lanusse, pero ante la inviabilidad de su nombre se decidió canjearlo por el del general Tomás Sánchez de Bustamante. Tampoco levantó vuelo y así fue como comenzaron a barajarse las más diversas alternativas, igualmente todas carentes de asidero, como que en algún momento se incluyó mi nombre entre los potenciales candidatos. [10]


Recuerdo aquellas reuniones y a los dirigentes que desfilaban por las mismas, Balbín, Enrique Vanoli, Américo Gioldi, Horacio Thedy, el jujeño Horacio Guzmán y su hija Cristina, Oscar Alende, Manuel Belgrano Rawson, Celestino Gelsi, Felipe Sapag, Jorge Abelardo Ramos y tantos otros. Ahora, repasando esa nómina a la distancia, compren el porque de que Ias posibilidades de Perón, se hacían mayores con cada jornada que transcurría.


Además, dentro del propio oficialismo lanussista se libraba una lucha sin cuartel. Francisco Manrique, por caso, desde su cargo de ministro de Bienestar Social desarrollaba una actividad nítidamente proselitista, al punto que en abril de 1972 cuando realizó un viaje a Tucumán, algunos medios de prensa señalaron que se trataba de su gira Nº 72 por el interior del país. [11]
Y fue precisamente Manrique el primer funcionario de real importancia que renunció a su ministerio, cuando el presidente Lanusse dispuso que todo aquel que aspirase a un cargo electivo debía alejarse del gobierno. Dimitió el 2 de agosto y pocos días más tarde anunció su postulación presidencial e inició su segunda campaña electoral.


Antes del lanzamiento de Manrique ya se había constituido el Frente Cívico de Liberación Nacional (Frecilina), que después se convertiría en Frente Justicialista de Liberación (Frejuli), en ambos casos bajo el liderazgo del peronismo. Comenzaba la segunda mitad del '72 y la realidad le extendía certificado de defunción al Gran Acuerdo Nacional que habían imaginado los lanussistas tan sólo un año antes.


Eliminada la posibilidad de llegar a algo con Perón, y ya sin márgen alguno para volverse atrás en el camino hacia el comicio, el gobierno apostó todas sus fichas a apuntalar un triunfo del radicalismo por la vía de una segunda vuelta. No confiaba tanto en la calidad de la fórmula de la UCR, donde la opción antes de las internas se planteaba entre Ricardo Balbín-Eduardo Gamond y Raúl Alfonsín-Conrado Storani, como en lo impresentable que podría ser el binomio a consagrar por el Frejuli. Especulaba con que Perón, no pudiendo él mismo ser candidato por la veda que se le había impuesto, eligiría a un par de dirigentes sin envergadura porque no estaría dispuesto a concederles el poder. En eso acertó Mor Roig: finalmente, de las elecciones internas radicales realizadas el 26 de noviembre surgió la fórmula Balbín-Gamond y de la decisión de Perón, anunciada el 15 de diciembre, se compuso el dúo Héctor Cámpora-Vicente Solano Lima.


Por cierto, a simple vista y por la calidad de los antecedentes de esos postulantes, el antiperonisrbo podía mantener viva alguna esperanza. Pero ni así pudo zafar el lanussismo del brete en que se había metido, arrastrando consigo a toda la sociedad.


[8] Secretario de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y Delegado Personal de Perón en Argentina, respectivamente. Rucci sería, más tarde, Secretario General de la CGT.


[9] Raúl Alfonsín.....


[10]
Ocurrió en plena euforia de la búsqueda de un candidato potable para el peronismo. Yo estaba sólo en mi casa, ya que mi familia se encontraba fuera de la ciudad, y recibí un inesperado llamado telefónico del almirante Gnavi quien me anuncio su inminente vlsita ya que quería conversar urgentemente y en privado.
Era casi la hora de comer, así que fui hasta una pizzería que quedaba en Las Heras y Agüero y compré algo para convidarlo. Un rato más tarde llegó Gnavi acompañado por el general lñiguez -a quien yo hasta entonces no conocía mas que de nombre- y durante más de dos horas estubimos, hablando de casi todos los temas nacionales, aunque sin profundizar sobre ninguno en particular.
Con el tiempo supe que aquel había sido un exámen, con el objetivo de incluir mi nombre en la carrera por la candidatura presidencial.


[11] Un par de años más tarde el presidente Perón me mostró una interminable lista con la cantidad de expedientes del Ministerio de Bienestar Social, que su gobierno podia llegar a utilizar si deseaba iniciar acciones legales que involucraran a Manrique por su gestión al frente del mismo.


 
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