Marzo de 2006
Por Luis María Bandieri
Dicen que Dios ciega a los que quiere perder. A veces, le basta con
volverlos bizcos. Teognis, antiguo poeta griego, sostenía que cuando un dios
nos quiere aniquilar, el primer mal que envía es el abandono de límites y
frenos. En el conflicto de la Argentina con el Uruguay, a raíz de la
instalación en la Banda Oriental de unas fábricas de pasta de celulosa, hay
mucho de ceguera,un toque de estrabismo y una brutal pérdida del sentido del
límite, lo que está conduciendo a una escalada en espiral de crecimiento
incesante, que sólo puede desembocar en una imbecilidad fosforescente,
abrasadora y letal -como la bengala en la semisombra de Cromañón.
Y todo el asunto comenzó de un modo prosaico, casi en camiseta. La fuente de
los males habría sido -todos lo cuchichearon y luego saltó al grito- la
angurria de un gobernador. Porque en el Río de la Plata, por lo menos hasta
hace un tiempo, el deseo insaciable de ir por más y no saciarse con nada, se
llama angurria. Estas tempestades las sembró al parecer un angurriento, que
hoy anda proclamando, dolido en lo más íntimo y visceral, que los que
cobraron fueron los de enfrente. A eso hay que sumarle que en Gualeguaychú
hay muy buena gente, preocupada por los demás y el futuro, ganosa de sumarse
a causas más profundas que el Carnaval eterno, pero que, fuera de madre, y
habiéndole bajado letra Greenpeace, anda -según decía el Martín Fierro- como
moro sin señor. Del otro lado del río de los pájaros, los uruguayitos
plantaban sus arbolitos y preparaban el camino a las inversiones europeas, a
la vista de todo el mundo y sin ocultar nada, mientras Bielsa intentaba
hacer los palotes de canciller -¡qué buen periodista nos perdimos haciéndolo
ministro!
De aquella cunita humilde nació este zafarrancho en cama redonda, del que
nadie sabe cómo bajarse. Por este lado, los entrerrianos -guiados no se sabe
si por Dios o por Mandinga, según un poeta de esos pagos- hacen punta en el
intento de frenar la construcción de las plantas presuntamente emporcadoras
del agua, a fuerza de piquete y corte, mate y bizcochitos con grasa. Piquete
y corte es delito, pero todavía no nos enteramos, porque los jueces están en
otra cosa. Desde nuestro presidente para abajo, todos huyen hacia adelante,
quizás hacia La Haya, aunque ese destino tan temido por nadie del otro lado,
ya no se menta siquiera. Tabaré, en orilla, está medio boleado el pobre,
como el charrúa de ojos celestes del poema de Zorrilla de donde le sacaron
el nombre de pila:
"¡Extraña y negra noche! ¿Dónde vamos?
¿Es esto cielo o tierra? ¿Es lo de arriba? ¿Es lo de abajo?
Es lo hondo, sin relación , ni espacio, ni barrera"
Es estar en pelota, sea uno charrúa o querandí.
Para salir del embrollo, y no terminar declarando el chivito propiedad
enemiga, el primer movimiento, unilateral, debe salir de aquí. Hay que
levantar, aunque sea temporariamente, los cortes. Nuestra clase política, la
que gargarizó en el Congreso cuando se debatió lo del recurso a La Haya debe
viajar en bloque, con el presidente a la cabeza y, desde Gualeguaychú,
hablarles claro a los vecinos y al país, para que se levanten los cortes por
ciento ochenta días -mismo número mágico impuesto, sin tanto miramiento, a
la veda de exportar vaca. Asuman su responsabilidad, antes de que el
ridículo desemboque en trágico. Antes de la bengala, muchachos.-
