Marzo de 2006
Por Edgardo Arrivillaga
La decapitación política de Aníbal Ibarra constituye un triunfo de las
fuerzas sociales de la ciudad de Buenos Aires contra el esquema de los
aparatos políticos que desde la presidencia y de la misma oposición han
intentado salvarle el pellejo.
La destitución de este gitanillo proveniente del partido comunista y
reciclado al kirchnerismo militante vehiculiza experiencias sociales
iniciadas con el derrocamiento de la Alianza en el 2001 y la derrota del
oficialismo encarnado por el barítono Rafael Bielsa en las últimas
elecciones. Un tercer elemento que habría que agregar a este tablero de
republicanismo militante fueron las marchas de Blumberg que pusieron en
jaque al social-fascismo ágrafo y de escasas luces que llegó desde una
pequeña provincia para adueñarse del país.
Los políticos como Macri, que tenían un pacto tácito de no agresión con
Ibarra, un acuerdo Ribbentrop-Molotov, que les permitiera seguir con el
desarrollo de sus negocios residencialistas e infraestructurales que
constituyen el botín de la ciudad, han sido derrotados por el temor que
tienen esos mismos actores políticos a las clases medias argentinas.
De nada han valido las operaciones de intoxicación pagadas por la
presidencia. De nada han valido las absurdas manifestaciones de masas
coreográficamente impulsadas por Aníbal Ibarra para demostrar una vigencia
política-social irrelevante.
Los casi doscientos cadáveres de jóvenes de clase media han derrotado al
partido de los negocios de la partidocracia lobista y de bajísimo perfil que
comenzó a funcionar en la Argentina de 1983 en adelante.
Ahora el juego está abierto.- Si la presidencia no logra imponer un
candidato de unificación que recoja las experiencias sociales de los
sectores que crecen democráticamente a su izquierda compatibilizándolas con
el partido de los negocios que simplemente se alineará con los nuevos
triunfadores, sean estos la Carrió, Macri, Telerman o el que fuere, los
dados están lanzados. Kirchner se prepara para sufrir su tercera derrota
política en el distrito culturalmente más importante de la República
Argentina.
Su silencio al respecto ha sido elocuente y es el mismo silencio que exhibió
cuando barricado en el extremo sur del país veía a los casi doscientos mil
ciudadanos de la clase media porteña poner en jaque a la casa de gobierno.
Blumberg fue en ese momento respetuoso de las instituciones. Los políticos
que han decidido la decapitación de Ibarra, un Robespierre que ha sufrido en
carne propia su mismo guillotina, serán menos respetuosos a la hora de
desmantelar y desguazar los intentos hegemónicos de una presidencia poco
imaginativa.
Ibarra hoy nos recuerda a Alfonsín. Integra el sueño de los héroes de la
democracia que imprevistamente se han convertido en impresentables para todo
el resto de la gente honesta que, por lo menos, aun existe en la Capital
argentina.
