La única memoria útil es espontánea

 

Marzo de 2006

Por Alejandro Rozitchner


Estoy cansado de este insistir de una manera delirante en el valor de la memoria. La tendencia memoriosa encarna la fuerza de choque de aquellos que prefieren hacer reinar el tiempo muerto sobre el tiempo vivo, generando compromisos que bajo su apariencia justiciera tienen por el contrario el negativo efecto de despojarnos de nuestra vitalidad y de nuestro deseo de vivir. Nadie dice que los hechos de la historia argentina reciente como el golpe de estado de 1976 deban ser ignorados, pero ¿es adecuado conmemorar con un acto año a año en los colegios ese hecho? El argumento a favor de tal costumbre sostiene que es importante tener memoria de las cosas que han pasado para no repetirlas. Pero dicho argumento no se sostiene: la posibilidad de no repetir hechos aberrantes no depende de tenerlos frescos en la conciencia años después de que hayan sucedido sino de generar las fuerzas necesarias para un juego de sentido distinto. Y es a través de ese recuerdo en apariencia bien intencionado se intenta más bien perpetuar el juego nefasto que esos hechos conmemorados testimonian. Que un grupo de adolescentes nacidos en el 89, deban a sus 15 años escuchar a sus adultos arrojándoles encima el temor y el terror que ellos han sentido décadas atrás y con el que tal vez hayan incluso contribuido, como si esta fuera la línea de horizonte inevitable, más que trabajar en contra del proceso militar es hacerle un servicio. Esa actitud implica reafirmar un límite para la vida social que no tiene nada que ver con el momento actual y cuyo efecto es recortar la libertad disponible, dando énfasis a un temor que no debería ya limitarnos. No es adecuado, en nombre de la memoria, tratar como si fueran sentidos vigentes en nuestra sociedad sentidos que en realidad hemos podido sacarnos de encima.

La memoria que sirve, la memoria útil y necesaria, es aquella que está presente en la conciencia nacional de manera espontánea. La memoria de la experiencia del Proceso y de la violencia política que lo precedió y lo rodeó, aparece en el hecho evolutivo de que hoy la política argentina no considera viable la aplicación de la violencia como medio de nada. Esa memoria, internalizada, sentida, hecha forma nueva de vida que se proyecta hacia delante, es valiosa. Es falta de confianza creer que si las cosas espantosas del pasado no son recordadas de manera intencional y consciente éstas volverán a repetirse. La fuerza más útil para que nuestra vida social avance hacia otros campos es la de una vida capaz de expandir su fuerza sin contar con las amenazas de los mayores, amenazas que además se visten de mérito y de nobleza sin tener motivo para hacerlo, cuando en verdad testimonian con fruición un pasado de fracasos e impotencia, de miedo e incapacidad. Hay que dejar que los adolescentes vivan su vida nueva, no actuar con resentimiento al verlos avanzar sin temor en un mundo más libre que el nuestro. Conviene que seamos sostén y aliados de su nueva aventura y no censores sin derecho, propagadores del temor.

El valor de la memoria supone el plan de no dejar que las nuevas generaciones asomen la cabeza por encima de la línea de fracaso e imposibilidad de las generaciones anteriores. Equivale a decirle a los nuevos que no vayan a creerse dueños de sus vidas, que no están tan libres como pueden creer, que el peso del pasado debe imponerles un límite necesario. Este proceso se presenta con justificaciones de todo tipo, pero su finalidad es reproducir la amargura y la ignorancia de un pasado que no merece propagarse. Conviene usar esa energía y esos recursos al aprendizaje de nuevos talentos y al desarrollo de estrategias de invención y crecimiento. La memoria busca volver a poner en el nivel de una conciencia aun elaborante lo que para muchos ya es conciencia elaborada, sensibilidad integrada dispuesta a avanzar. ¿Cómo logra una persona vivir una relación amorosa feliz, recordando día a día la patología de su relación anterior, el maltrato del melodrama superado, o proyectando su deseo en la vida actual de manera de hacerla más fuerte y de ampliar su base? El valor equívoco de la memoria tiene un trasfondo de miedo y de impotencia, es un valor que reproduce límites superados como si fueran sagrados, se propaga a través de una militancia enamorada de un pasado de fracaso que siente que todo atrevimiento es su enemigo. La memoria es un valor reaccionario, conservador y mezquino. No es que haya que negar el pasado, pero dejemos que el presente elabore su forma utilizando ese pasado con inocencia. Y si algo llega a olvidarse recordemos que la vida no es un fenómeno de formas congeladas sino de constante y exhuberante producción de formas siempre nuevas. Vitalidad quiere decir apoyar este movimiento poderoso, nuestro compromiso debe ser con este exceso generoso, con esta abundancia que nos hace ser y que también nos hará pasar de largo y dejar el lugar a cosas nuevas. ¿Será que quien aboga por la memoria tolera mal que su momento haya pasado? Tal vez se equivoca: si pudiera reformular su sensibilidad sería capaz de ver lo mucho que le queda por delante, las enormes posibilidades que todavía están disponibles en su camino.

 

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