Marzo de 2006
Por Edgardo Arrivillaga.
Cuando Aníbal Ibarra derrotó a Domingo Cavallo perceptivamente hace ya casi
algunas décadas en la puja por el control de la Ciudad de Buenos Aires, la
mayor parte de los sectores progresistas pensaron que habían encontrado un
islote de moralidad y laicismo en esta deslumbrante pero decadente cabeza de
Goliat, que posee un producto bruto igual al de Bélgica. Pero las cosas no
fueron así. Ibarra no poseía la fuerza de Giuliani, quien aniquiló la
delincuencia en Nueva York, no es la figura progresista como Rutelli, el
hombre que quiso dar un matiz ecológico a la Ciudad de Roma ni tampoco es un
extremista de la estética constructivista como Albert Speer, el arquitecto
procesado en los juicios de Nuremberg. Ibarra es simplemente un ex PC
prestado a la justicia, un hombre de la justicia prestado a la política y
esencialmente un pasivo y flemático administrador de la corruptela ciudadana
que aniquiló las posibilidades de crecimiento equitativo de la capital
argentina en los últimos veinte años.
Lo que la mayor parte de los ciudadanos ignoran, y el allanamiento a las
oficinas de Abel Fatala en febrero del 2005 fue un claro indicio
premonitorio de las cosas ocultas de la ciudad, es que una paciente
arquitectura jurídica montada con inteligencia, con paciencia y con
refinamiento permite que sectores esenciales de la Ciudad, financiada por
todos los contribuyentes, funcionen como verdaderas empresas privadas dentro
la enorme máquina de la producción de obras y servicios capitalino. Y no
estamos hablando simplemente de los normales, por lo menos para los códigos
paramafiosos argentinos, retornos en los sectores de compra. Estamos
hablando de algo mucho más complejo que implica a Subterráneos de la Ciudad
de Bs. As., Ceamse, Corporación de Puerto Madero, y las Autopistas Urbanas
que no son exactamente las autopistas del sur de Francia que describieran
Julio Cortazar o Ballard en sus historias de existenciales embotellamientos.
También el subdesarrollado asunto de la recolección de la basura, saturada
de residuos patológicos, de SIDA e infectologías derivadas de perros, gatos y
excrecencias de aves, sobre todo murciélagos.
Es cierto que la Ciudad posee por lo menos un sistema de contralor, que
depende de la Legislatura local pero la estructura del organismo de carácter
pluripartidario poco puede hacer con ensayos de laboratorio que se enfrentan
con el muro del dinero de los intereses concretos.
La mayor parte de los abogados sabe que el espíritu de las leyes no es
aséptico. Sonríen. Son amables. Sostienen ambiguamente que los resortes del
derecho son acompañados por la mitad de sus bibliotecas, pero que poseen
exactamente en la otra mitad de sus bibliotecas, una adecuada panoplia de
argumentaciones que invalida a las primeras.
Este aspecto gélido de la ley es lo que permite que empresas que operan en
el marco de la Ciudad de Buenos Aires, que se encuentran encuadradas
jurídicamente dentro del marco del derecho privado puedan funcionar de forma
paralela, subrepticia y subterránea como simples seudopodos del enorme pulpo
conformado por la Administración Pública capitalina.
Es una virtual tercerización de trabajos que posee los adecuados resortes legales en si mismo como para evitar todo control legislativo y permite que alguien disfrute de inevitables dividendos clandestinos
Ocurre que las obras no corresponden a un plan de desarrollo urbano concebido e integrado desde la racionalidad que contemple las necesidades de una población con un crecimiento vegetativo importante sino que se realizan en forma discrecional mediante un artilugio administrativo que equivale a las viejas ordenanzas virreinales. En lenguaje técnico esto equivale a utilizar procedimientos que esquivan sea la promulgación de decretos como el contralor legislativo de las obras encomendadas.
En el caso concreto de sociedades de las cuales el Gobierno de la Ciudad
resulta ser accionista mayoritario como ser la Corporación de Puerto Madero
o Autopistas Urbanas, el esqueleto jurídico es el de sociedades comerciales
de derecho privado, que pueden realizar cualquier construcción u obra que le
encargue el GCBA ya que como sociedades, pueden realizar cualquier
emprendimiento que se encuentre dentro de su objeto social -siempre que sea
lícito el mismo-, y consecuentemente de ese modo, los mismos no necesitan
ningún tipo de clasificación de prioridad o costo. La empresa se limita a
ejecutar lo que le piden como cualquier empresa privada.

Desde el punto de vista legal dirigido a las corporaciones esto es
impecable, pero desde la óptica de la Ciudad que es quien encarga o encara
sus emprendimientos esto es inevitablemente cuestionable, ya que hay una
tácita impunidad con respecto a la evaluación y control por parte del poder
legislativo. Tampoco se conoce el criterio que prioriza la necesidad de las
obras no pudiendo determinarse si en la zona sur resulta más indispensable
equipar un hospital o construir un atractivo shopping de alto consumo.
También hay que considerar que el problema de la tercerización de los
emprendimientos a través de empresas del gobierno tracciona cuestiones de
orden impositivo, ya que las empresas que son sociedades anónimas deben
tributar impuesto a las ganancias, IVA, Ingresos Brutos y si son sociedades
anónimas del estado sólo pueden gozar de la exención impositiva si lo
solicitan expresamente a la Afip, cosa difícil en estos tiempos de penuria
recaudatoria.
Lo cierto es que los ciudadanos financian un Gobierno capitalino que posee
secretarías que están en capacidad de ejecutar obras, o concesionar
servicios sin necesidad de hacerlo a través de sociedades. Esta claro que
esto evitaría la falta de control en el gasto existente actualmente, la
discrecionalidad en los emprendimientos, y la exención impositiva en forma
directa que redundaría en mayor porcentaje de ingresos para la Ciudad.
Sintéticamente podemos decir que lo que no se paga en impuestos ingresaría a
las arcas comunales, otorgaría mayor autarquía financiera a una Ciudad que
todavía no sabe como pagar su poder judicial y policial propio y equivaldría
a un inevitable mejor aprovechamiento de los recursos.

Pero fuera de lo jurídico hay dos elementos que llaman la atención: la
ausencia del control en sectores claves que conforman los ganglios
retroalimentadores del control efectivo de lo que se hace en la Ciudad y el
ascenso político de ex menemistas y gente que revisto en el gobierno de
Isabel Perón en cargos inexistentes pero bien pagos. Telerman es simplemente
uno de ellos, prueba concreta de que la transversalidad es como la mascara de
Fernando VII y nada tiene ni de socialdemocrata ni de genuinamente
progresista.
Si esto es lo que ha emergido y no se ha modificado de las elecciones
capitalinas y de este juicio, la República de Weimar se encuentra a la
vuelta de la esquina y la mujer robot, emblema de la estética prehitleriana
del mejor Fritz Lang tiene peligrosas posibilidades de clonación.
Pero lo cierto es que todos los artilugios legales desplegados por el
Gitanillo Ibarra se estrellaron contra la lógica de la Presidencia -apuesta
siempre a ganador y arruga ante las políticas de Estado -y el fuego cruzado
entre Alberto Fernandez y Julio De Vido, otro off-shore que pretende ser
gobernador de la Ciudad con el apoyo de Jorge Pereyra de Olazabal, un
personaje del liberalismo de los Hirchs que descubrió muy recientemente que
es necesario seguir una politica de poder, sin explicar muy bien de que se
trata la cosa. Y el final de CROMAGNON era previsible. Pagina 12 hoy exalta a
la democracia de las plazas, de las asambleas pagas y hasta del populismo
carismático de estirpe vienesa para contrarrestar a las victimas que jamás
serán devueltas
Y el recurso de Strassera fue el recurso del general Videla, los desmadres
no son de su incumbencia, son problemas administrativos y no políticos. Y como
a la opacidad política de la defensa de Videla el gitanillo Ibarra feneció
por obra de la presión de los Padres de Plaza de Mayo y de una inteligente e
implacable acción de la clase media que resucita los mejores momentos de la
epopeya blumberiana.
Hoy Ibarra es un cadáver y a la vez un pésimo antecedente para un gobierno
tan poco funcional para administrar la Ciudad. Un gobierno que ha elegido
pagar sus propios sueldos antes que encarar obras de urbanismo y de
infraestructura. Un gobierno en donde el sector de Bromatología cuenta con
apenas un puñado de empleados y en donde el control de los 2300.000
ascensores porteños cuenta con solo cuatro Rambos de la administración
pública.
Si sumamos a esto los gastos culturales, la secuela de gastos improductivos
y la pelea por la reforma del Código de Planeamiento Urbano que se dará en
abril y que deberá repartir una suculenta torta entre dos contendientes de
peso pesado -los casi 43 laboratorios que necesitan ampliar sus plantas en
la Capital Federal y el fuerte grupo residencialista que incluye a
constructores, martilleros y escribanos no había motivos serios como para que
la presidencia y sobre todo De Vido apostaran fichas a la supervivencia de
Ibarra.
Ibarra fue como dicen los jóvenes. Y es solo el principio de un gobierno en
retirada en desorden en la ciudad mas importante de la Argentina. La Ciudad
que para el mundo exterior es simplemente la Argentina. El resto son los
cuatro climas de orgullosa certidumbre inexplotada y desolada.
El final de Ibarra es tétrico y patético como la gestualidad grisácea de
Bertold Brecht. Atrás de el asoman los rostros de Telerman -será el primero
en traicionarlo-, de Scioli y hasta de la derecha macrista si sabe entender
de una vez por todas que para los porteños las librerías de la calle
Corrientes son igualmente importantes que los bosteros de Boca.
