Marzo de 2006
por Strategicos
La muerte de Milosevic provoca algunas interesantes reflexiones por parte
del Grupo de estudios Estratégicos. No todas ellas son correctas y ahora
veremos porque. El juicio contra Milosevic era un juicio decorativo
-el de Sadam corre el mismo riesgo- porque el tribunal internacional tenía
que garantizar la defensa de un hombre barricado en los principios del
derecho kelseniano que había dejado de ser funcional porque la entidad
yugoeslava había dejado de existir por decisión militar de sus miembros. Por
una tremenda guerra civil y a la vez de independencia nacional, cultural y
religiosa dentro de los propios Balcanes. Las comparaciones con Alemania
1945 se estrellan con el equívoco. Alemania nunca dejó de existir -luego se
dividió en dos - pero en la época del juicio de Nuremberg era una potencia
derrotada pero reconocida. ¿ Milosevic podía ser juzgado por el genocidio en
Kosovo ? Sin lugar a dudas. ¿Milosevic podía argumentar que el suyo
era un genocidio defensivo ? Probablemente si. La misma situación se produce
entre schitas y sunnitas y solo los ingenuos y las almas bellas descontentas
con el realismo político pueden pensar que la masacre ya no de una etnia
sino de una interpretación religiosa sería mas benigna de un lado que del
otro. La experiencia nos -y me demuestra -absolutamente lo contrario.
Los rumanos evitaron este problema simplemente fusilando ilegalmente a
Ceasescu y a su esposa Elena. Fué un crimen de estado, pero necesario.
En Kosovo como ahora en La Haya se quiso meter una cuña de legalidad en el
proceso revolucionario desarrollado por los pueblos de Europa del Este
contra el socialimperialismo moscovita.
La lógica de la justicia revolucionaria no es exactamente la lógica de la
normalidad. Por eso son justamente revoluciones. El problema es que los
europeos occidentales no terminan de asumir que la libertad en la otra
Europa fue una revolución tan legitima como la francesa o la de Cromwell.
A la inversa, la burocracia administrativa americana rechaza las vías
expeditas y automáticas buscando siempre esos finales felices de wenstern de
los años 40 aunque esto implique entregar el control de los puertos de la
costa Oeste a administraciones sauditas. Casi por error.
Occidente necesita un sistema de seguridad internacional más o menos
consensuado siguiendo los estables esquemas conservadores de la paz
austriaca kissingeriana. Pero debajo de eso la lucha comercial, las guerras
económicas y los epicentros de inestabilidad provocados por el control de la
energía y las materias primas simplemente se acentuaran. La democracia ha
dado origen a la guerra de masas contra masas. Los sistemas monárquicos
-aparentemente minoritarios - eran coyunturalmente menos extorsivos, mas
estratégicos, infinitamente menos cruentos.
Nadie ha podido resolver todavía este problema que pronto veremos crecer y
multiplicarse en el extremo oriental del Asia a medida que el mercado
haga avanzar los procesos democratizadores.
No siempre habrá gente como Milosevic que tendrá la amabilidad de resolver
la incógnita por simple desaparición.
La muerte de Milosevic nos recuerda unos años que, aunque próximos, parecen
lejanos por la intensidad y las turbulencias políticas vividas desde
entonces.
La crisis yugoslava emergió cuando Europa se disponía a cobrar los
"dividendos de la victoria". Habíamos ganado la Guerra Fría, derribado el
Muro de Berlín, descompuesto la Unión Soviética y recuperado progresivamente
a las naciones que habían quedado tras el "Telón de Acero". No había
amenazas a la vista, gozábamos de una economía potente, aunque necesitada de
reformas, y, sobre todo, de un prodigioso "Estado de Bienestar".
El instinto inmediato era levantar un nuevo muro, éste virtual, que
nos aislase de un entorno enloquecido. Podíamos dejar morir sin mayores
riesgos el vínculo transatlántico, aprovechar las ventajas económicas de la
globalización, pero había que evitar a toda costa dejarnos involucrar en
aventuras imperialistas tan del gusto de los norteamericanos. De ahí que en
la revisión de la estrategia de la Alianza Atlántica los europeos se negaran
a considerar las "acciones fuera de área". La OTAN estaba para defendernos,
no para involucrarnos en problemas ajenos.
La crisis yugoslava, de la que Milosevic fue uno de los principales
responsables, tuvo el efecto de una descarga eléctrica sobre aquella
sociedad adormilada. El mundo continuaba siendo peligroso, aunque de
distinta manera. La Alianza Atlántica aceptó que crisis latentes bajo la
dictadura soviética comenzarían a estallar; que el "nacionalismo excluyente"
tenía, por su carga de fanatismo e irracionalidad, un alto componente
desestabilizador; que la propia existencia de la Alianza Atlántica estaba en
peligro si no se intervenía para reconducir la crisis.
Yugoslavia estalló en una sucesión de guerras civiles, ante la impotente
mirada del resto de Europa. No sabían qué hacer, no estaban dispuestos a
intervenir ellos solos y con su desidia se hacía aún más intolerable la
barbarie de aquellos días. Todo acabó en una sucesión de hechos impensables
poco tiempo atrás. En primer lugar, una humillante peregrinación a
Washington, solicitando al emperador que se hiciera cargo de la crisis. En
segundo lugar, la decisión de intervenir militarmente sin el paraguas del
Consejo de Seguridad. Ante la amenaza de veto, la siempre legalista y
"venusiana" Europa volvió a sus hábitos seculares: organizó un "directorio"
y se dispuso a utilizar la fuerza sin Resolución que la respaldara.
De aquella crisis se extrajeron unas conclusiones. Europa entendió que se
encontraba de nuevo al borde la de decadencia y la irrelevancia. Para
evitarlo asumió que:
La crisis yugoslava produjo un enorme impacto en la conciencia europea, pero
con ella se fueron las buenas intenciones. Hubo "acto de contrición" pero el
"propósito de enmienda" se quedó, como tantas veces, en agua de borrajas.
La Guerra contra el Terror y la crisis de Irak convencieron a muchos de que
Estados Unidos era el problema y no la solución. Lo del gasto en defensa era
un incordio. Las acciones "fuera de área" de nuevo aparecían como peligrosos
actos de imperialismo norteamericano. Como si nada hubiera pasado durante la
crisis de Kosovo, los europeos asumieron su condición de guardianes del
multilateralismo onusino, condenando a quien se atreviera a pensar que era
posible hacer uso de la fuerza sin el preceptivo mandato. Del principio de
"injerencia humanitaria" ya nada se hablaba, por más que no dejase de
producir escándalo el que no se aprobara en la crisis de los Grandes Lagos o
en el propio Irak, donde los muertos por persecución política durante los
años de Sadam se contaban por encima del millón, con el agravante del uso de
armamento químico contra ellos, cuando en Kosovo el número de desplazados
era de unos pocos miles.
Tras los argumentos se escondían razones sencillas: Europa sólo estaba
dispuesta a intervenir si le afectaba directamente y temía los riesgos de
actuar junto con Estados Unidos. Creía que podía entenderse con regímenes
islamistas o radicales y, sobre todo, era muy consciente de su
vulnerabilidad por la dificultad de llegar a acuerdos internos, el peso de
las corrientes pacifistas en la población y la dependencia energética.
Hoy los europeos comienzan a despertar. Resulta que ahora comprenden que
ellos también son objetivo de los radicales y que el futuro de su identidad
cultural está en peligro ante una emigración que no siempre está dispuesta a
integrarse. Han perdido un tiempo valioso y su confusión no puede despertar
esperanzas sobre una pronta reacción.
