El conflicto con Uruguay
Marzo de 2006
Por Andrés Cisneros(*)
Por fin un intento de acuerdo para dialogar. El anuncio conjunto de ambos
presidentes, aunque relativizado después desde Montevideo, marca un acierto
en la buena dirección. Ahora falta cumplir con el levantamiento
incondicional del piquete y la paralización consecuente de las obras. Si
bien se mira, no hay ningún avance: simplemente dejamos de ir para atrás.
Estamos como al principio. Como en 2002, cuando Uruguay anunció oficialmente
su intención de construirlas. O como en 2003 cuando se oficializó el
emprendimiento. Solo que bastante peor: ahora la obra ya está en un 30% y se
ha generado innecesariamente un clima de primitivismo y hostilidad como no
se recuerda en toda la historia de ambos países.
Aún aceptando la versión oficial, claramente expuesta por el canciller
Taiana en el Congreso, si aceptáramos como cierto que Uruguay incumplió o
cumplió reticentemente, con ocultamiento de informaciones esenciales,
faltaría explicar por qué nosotros no reaccionamos entonces, cuando hubiera
resultado más efectiva una negociación que defendiera los legítimos
intereses argentinos.
Mucho más, debiera explicarse si es cierto, como se ha publicado, que el
entonces canciller Bielsa acordó con Gargano, su par oriental, una
conformidad argentina –luego documentada- en que aparecemos satisfechos
simplemente con el derecho a monitorear a posteriori de los eventuales actos
de polución, no antes, como corresponde técnicamente y se practica en
numerosos acuerdos similares en el mundo. Tal como habría informado,
erróneamente, el Jefe de Gabinete al Congreso Nacional.
En suma, arribar a un mecanismo en que Uruguay se comprometa a incorporar
determinadas tecnologías y, por sobre todo, a las maneras en que éstas se
apliquen. Se ha mencionado al uso selectivo del cloro (solo a la celulosa y
no al resto de los subproductos) con tratamientos purificadores del azufre y
un sistema cerrado de piletones para colar recicladamente antes de volcar al
río, entre otros mecanismos, que reducirían drásticamente el daño ecológico
con disminución, pero no pérdida, de la rentabilidad del emprendimiento.
La Comisión Financiera Internacional, de indudable corresponsabilidad en lo
que está ocurriendo, debiera integrarse a un esfuerzo financiero que
permitiera desatar este nudo gordiano donde ningún actor parece exento de
culpas.
El anuncio de que se intentará designar de común acuerdo a una comisión
internacional de expertos neutrales es buena noticia.
De todas formas, parece previsible lo que éstos podrían dictaminar:
a) que el nivel de contaminación planeado por Uruguay resulta aceptable para
los estándares del Primer Mundo, o
b) que es inaceptable, indicando las mejoras técnicas que se debieran
incorporar, o
c) que resultaría factible desviar buena parte de los residuos a un río
interior oriental, el Negro o cualquier otro, disminuyendo, mas no evitando,
la polución del ecosistema argentino..
Los técnicos señalan que el monitoreo permanente, antes de que se venteen o
vuelquen los residuos al agua resulta esencial, toda vez que la planta más
perfecta del mundo, si es manejada sin control diario de los procedimientos,
puede contaminar en grados sumamente peligrosos.
En suma, que Argentina debiera obtener:
a) que las plantas correspondan a la mejor tecnología mundial disponible;
b) que los procesos de funcionamiento puedan ser controlados por la parte
argentina día por día, con parámetros acordados para medir el funcionamiento
aceptable;
c) la gradual incorporación (con compromiso de la CFI de financiarlas) de
mejoras técnicas todo a lo largo de la vida útil de las plantas; y
d) indemnizaciones pactadas para las trasgresiones y daños que se causaren a
la parte argentina.
Lo que no podría esperarse es un mágico anuncio de que a partir de ahora
todo saldrá bien sin perjuicio para nadie. La situación se agrava porque se
trata de un caso en que los beneficios económicos serán para un solo lado y
los perjuicios ambientales, para el otro. La ecuación consistirá, entonces,
en definir cuánta contaminación estará el gobierno argentino dispuesto a
aceptar a cambio de ningún beneficio material y solo para mantener una buena
relación con el Uruguay. Y explicarle eso a la sociedad argentina, empezando
por Gualeguaychú.
Y es aquí donde los requerimientos de la tecnología y los de la política
bien podrían coincidir. Los de la técnica, porque de nada valdría un acuerdo
si no incluye alguna capacidad argentina para monitorear diariamente el
nivel de contaminación, con facultades para exigir a la otra parte cada vez
que se superen los máximos acordados. Y los de la política, porque el
convenio debiera obligar a ambos países a no instalar en el futuro
emprendimientos semejantes sin la expresa y total conformidad previa y
monitoreo posterior del otro firmante.
Un acuerdo así disminuiría lo más posible los daños que, a causa de nuestra
aún no explicada oposición a tiempo, se volcarán irremediablemente sobre
costas argentinas, porque Uruguay no va a desistir de estos emprendimientos.
Se instalaría un sistema preventivo de futuros conflictos similares y,
quizá, con éstos o con otros gobernantes que terminen entendiendo cómo
funciona el mundo, estaríamos sentando las bases de un acuerdo estratégico,
mayor, que solucione el problema por arriba, con la imaginación y el
profesionalismo que han faltado en este caso. En ambas orillas.
No requiere esforzarse mucho: en la década de los setenta tuvimos un
enfrentamiento semejante al anunciar Brasil la construcción de Itaipú.
Cuando terminamos de enojarnos y de exhibirnos como víctimas por todo el
planeta, entendimos que la solución pasaba por asociarnos, no por pelearnos
con los vecinos. Así, en los Ochenta y Noventa, acordamos y construimos en
Yacyretá, Garaví, Corpus, completamos Salto Grande y un entero cordón de
obras complementarias, todas binacionales, que acabaron para siempre con las
disputas hidroeléctricas por los ríos y fructificaron en un sistema
coordinado de producción energética monumental, para beneficio de todos y
mal de ninguno. No por casualidad, los cuatro países involucrados
terminaron, en esos mismos años, conformando un emprendimiento todavía
mayor, el Mercosur. Ese acuerdo energético significó para nosotros lo mismo
que los del Carbón y el Acero para la naciente Comunidad Económica Europea.
Después, se hicieron las cosas un poquito diferentes. Ellos bien y nosotros
mal.
Allí está, disponible, el antecedente de cómo resolvimos, en aquellos años,
un problema del todo semejante al que hoy afrontamos por la explotación
pastera regional que, por cierto, no detendrá su avance con estas obras de
ENCE y Botnia. Son solo el principio: Paraguay y Brasil planifican ya
instalaciones semejantes.
Este conflicto, como entonces el de Itaipú, podría dar paso a un acuerdo
regional que regule este rubro como en su momento acordamos regular el
hidroeléctrico.
Ya se sabe, en Argentina, cada gobierno considera que los que estuvieron
antes no dejaron nada que sirva, ninguna experiencia para aprovechar. En
este caso de Itaipú y la solución por arriba, a lo grande, la mayoría de
nuestros conciudadanos escucha esto, hace memoria, y recuerda aquellos
aciertos. Para otros, en cambio, se trata de una completa novedad, algo que
ni pasa por sus cabezas. Lo bueno es que aquellos recuerden. Lo malo es que
estos últimos parecen estar todos sentados en los despachos oficiales. De
los dos países.
(*) Secretario General y de Estado de Relaciones Exteriores de la
Cancillería Argentina (1992/99)
