¿KILLER INIMPUTABLE?: “AL CAPOTE”

 

Abril de 2006

Por Natalia Serantes


“El fin justifica los medios” podría ser la frase en la cual Truman Capote encontrara consuelo a sus deseos. Nada le importaba más que ganar mayor reconocimiento como escritor y colocar en la lista de “best-sellers” el libro que preparaba.

Era un periodista y escritor , aunque sobre todo un ícono con una personalidad muy particular. Siempre centro de atención, Truman Streckfus Persons (este era su verdadero nombre) se regocijaba en sus anécdotas acompañado de algunas copas, que en un futuro serían la causa de su muerte. Todos lo escuchaban. Y a él le encantaba.

Su vida cambió con tan sólo abrir un periódico. La noticia del homicidio de una familia en el pequeño pueblo estadounidense de Holcomb lo llevó a una obsesión. Quiso conocer todos los detalles de cómo fue la muerte de cada uno de los Clutter, salvajemente asesinados a escopetazos en su casa. No le importó tener que indagar dolorosamente a amigos de las víctimas o ver fotos de los cadáveres, llegando a abrazar el morbo.

Cegado por su sed de información Capote sufrió las trabas que le ponía la justicia para llegar a los acusados del crimen: Perry Smith y Dick Hickock. No dudó en romper las reglas: la corrupción fue una de las soluciones que encontró para avanzar en su búsqueda.

Abiertamente homosexual, Capote entabló una relación casi de amor con Smith. Sentía con él una gran identificación porque ambos habían tenido una infancia marcada por la tristeza. Que el ahora prisionero le relatara aquella noche de los asesinatos era su principal objetivo. Esperó años para lograrlo acercándose cada vez más a la historia que quería conseguir. La situación judicial tanto de Smith como de Hickock se complicaba con el paso del tiempo, pero Capote encontraba la manera de retrasar su ejecución para poder seguir con su libro. Ambos estaban condenados a muerte por el homicidio de los Clutter y que no hablaran era la peor condena para Capote. Hizo todo para mantener viva a su fuente, a la única persona que podía contarle la verdad, detalle por detalle.

Cansado de no conseguir respuesta a su mayor interrogante y molesto por no poder seguir con la escritura de su libro, Capote tomó la decisión de alejarse. Abandonó a Perry por un tiempo y las cartas que se enviaban desaparecieron. Tampoco contestó los telegramas que le llegaban desde la cárcel. Europa lo ayudó a distanciarse del “lugar de los hechos” por aproximadamente un año.

Pero su obsesión por la fama lo obligó a volver a Kansas. No podía darle cierre a su obra maestra que ya se había encargado de dar a conocer en sociedad y había dejado a todos encantados.

Perry Smith se enteró de la presentación del libro por los periódicos. Y no le gustó nada el nombre que Truman había elegido para la historia. Capote le desmintió la información publicada por los diarios difamando a sus colegas. Le dijo que tenía redactado apenas el comienzo de la obra y que era imposible que tuviese nombre si él no le contaba cómo habían sucedido los hechos aquella noche.

Capote se valió del golpe más bajo para hacer que Smith, a quien había llegado a querer de una manera prácticamente enferma, se confesara de una vez por todas. Buscó a la hermana del acusado. Ella estaba horrorizada por la noticia que involucraba a Perry como uno de los asesinos de Holcomb.

Truman consiguió información y también una foto de la manera más despreciable. Se aprovechó del despecho de la hermana de Perry para quedarse con esa fotografía sepia que los mostraba a los dos pequeños, abrazados.

Esa foto, luego, le permitiría romper definitivamente con la barrera de Smith. Pero también debió valerse de la mentira para lograrlo. Para ablandar a Perry lo convenció de que su hermana lo extrañaba y seguía queriéndolo como en la infancia. Los recuerdos de su triste niñez fueron los responsables del desahogo.

Y Capote obtuvo lo que quiso: consiguió la verdad que buscaba de los labios de Smith, quien, ya entregado a la condena establecida, le contó lentamente y con miedo que esa noche tan sólo buscaban dinero y que las cosas no salieron como debían. En sus planes no estaba matar a nadie, pero no encontrar el botín ansiado y poder llegar a ser reconocidos y atrapados por la Policía los llevó a disparar a cada miembro de la familia, uno por uno.

No planificaron, tampoco, que luego de seis años iban a ser conocidos por el mundo entero gracias al hambre de reconocimiento de un escritor , que hoy en día si viviera les seguiría debiendo la multiplicación de su fama.

“A Sangre Fría” fue el título que eligió Capote para su libro, aún sin fin. Y con esa misma sangre helada mintió a Smith y deseó, por sobre todas las cosas, la muerte de su principal protagonista, a quien sólo le interesó salvar mientras le sirvió vivo. Sin este último capítulo no podía darle cierre a su relato, que traería al mundo una nueva concepción de redacción: la novela de no ficción. Ahora Smith, su “amigo”, le servía muerto. Próxima meta.

Esta personalidad gélida es la que muestra el director Bennett Millar de la mano de un Philip Seymour Hoffman digno de ver y digno del Oscar. Un Capote engreído, que con solamente su tono de voz y su manera de hablar podía irritar hasta el más paciente, encantado de codearse con el éxito sin importar que esto implique ver cómo cuelgan de la horca a la persona que se lo regaló.

¿“A sangre fría” se le ocurrió a Capote por las características del asesinato de la familia Clutter o es una descripción de su propia persona, dispuesta a todo por conseguir “la” historia de su vida jugando con la de otros?

 

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