Abril de 2006
“El fin justifica los medios” podría ser la frase en la cual Truman Capote
encontrara consuelo a sus deseos. Nada le importaba más que ganar mayor
reconocimiento como escritor y colocar en la lista de “best-sellers” el
libro que preparaba.
Era un periodista y escritor , aunque sobre todo un ícono con una
personalidad muy particular. Siempre centro de atención, Truman Streckfus
Persons (este era su verdadero nombre) se regocijaba en sus anécdotas
acompañado de algunas copas, que en un futuro serían la causa de su muerte.
Todos lo escuchaban. Y a él le encantaba.
Su vida cambió con tan sólo abrir un periódico. La noticia del homicidio de
una familia en el pequeño pueblo estadounidense de Holcomb lo llevó a una
obsesión. Quiso conocer todos los detalles de cómo fue la muerte de cada uno
de los Clutter, salvajemente asesinados a escopetazos en su casa. No le
importó tener que indagar dolorosamente a amigos de las víctimas o ver fotos
de los cadáveres, llegando a abrazar el morbo.
Cegado por su sed de información Capote sufrió las trabas que le ponía la
justicia para llegar a los acusados del crimen: Perry Smith y Dick Hickock.
No dudó en romper las reglas: la corrupción fue una de las soluciones que
encontró para avanzar en su búsqueda.
Abiertamente homosexual, Capote entabló una relación casi de amor con Smith.
Sentía con él una gran identificación porque ambos habían tenido una
infancia marcada por la tristeza. Que el ahora prisionero le relatara
aquella noche de los asesinatos era su principal objetivo. Esperó años para
lograrlo acercándose cada vez más a la historia que quería conseguir. La
situación judicial tanto de Smith como de Hickock se complicaba con el paso
del tiempo, pero Capote encontraba la manera de retrasar su ejecución para
poder seguir con su libro. Ambos estaban condenados a muerte por el
homicidio de los Clutter y que no hablaran era la peor condena para Capote.
Hizo todo para mantener viva a su fuente, a la única persona que podía
contarle la verdad, detalle por detalle.
Cansado de no conseguir respuesta a su mayor interrogante y molesto por no
poder seguir con la escritura de su libro, Capote tomó la decisión de
alejarse. Abandonó a Perry por un tiempo y las cartas que se enviaban
desaparecieron. Tampoco contestó los telegramas que le llegaban desde la
cárcel. Europa lo ayudó a distanciarse del “lugar de los hechos” por
aproximadamente un año.
Pero su obsesión por la fama lo obligó a volver a Kansas. No podía darle
cierre a su obra maestra que ya se había encargado de dar a conocer en
sociedad y había dejado a todos encantados.
Perry Smith se enteró de la presentación del libro por los periódicos. Y no
le gustó nada el nombre que Truman había elegido para la historia. Capote le
desmintió la información publicada por los diarios difamando a sus colegas.
Le dijo que tenía redactado apenas el comienzo de la obra y que era
imposible que tuviese nombre si él no le contaba cómo habían sucedido los
hechos aquella noche.
Capote se valió del golpe más bajo para hacer que Smith, a quien había
llegado a querer de una manera prácticamente enferma, se confesara de una
vez por todas. Buscó a la hermana del acusado. Ella estaba horrorizada por
la noticia que involucraba a Perry como uno de los asesinos de Holcomb.
Truman consiguió información y también una foto de la manera más
despreciable. Se aprovechó del despecho de la hermana de Perry para quedarse
con esa fotografía sepia que los mostraba a los dos pequeños, abrazados.
Esa foto, luego, le permitiría romper definitivamente con la barrera de
Smith. Pero también debió valerse de la mentira para lograrlo. Para ablandar
a Perry lo convenció de que su hermana lo extrañaba y seguía queriéndolo
como en la infancia. Los recuerdos de su triste niñez fueron los
responsables del desahogo.
Y Capote obtuvo lo que quiso: consiguió la verdad que buscaba de los labios
de Smith, quien, ya entregado a la condena establecida, le contó lentamente
y con miedo que esa noche tan sólo buscaban dinero y que las cosas no
salieron como debían. En sus planes no estaba matar a nadie, pero no
encontrar el botín ansiado y poder llegar a ser reconocidos y atrapados por
la Policía los llevó a disparar a cada miembro de la familia, uno por uno.
No planificaron, tampoco, que luego de seis años iban a ser conocidos por el
mundo entero gracias al hambre de reconocimiento de un escritor , que hoy en
día si viviera les seguiría debiendo la multiplicación de su fama.
“A Sangre Fría” fue el título que eligió Capote para su libro, aún sin fin.
Y con esa misma sangre helada mintió a Smith y deseó, por sobre todas las
cosas, la muerte de su principal protagonista, a quien sólo le interesó
salvar mientras le sirvió vivo. Sin este último capítulo no podía darle
cierre a su relato, que traería al mundo una nueva concepción de redacción:
la novela de no ficción. Ahora Smith, su “amigo”, le servía muerto. Próxima
meta.
Esta personalidad gélida es la que muestra el director Bennett Millar de la
mano de un Philip Seymour Hoffman digno de ver y digno del Oscar. Un Capote
engreído, que con solamente su tono de voz y su manera de hablar podía
irritar hasta el más paciente, encantado de codearse con el éxito sin
importar que esto implique ver cómo cuelgan de la horca a la persona que se
lo regaló.
¿“A sangre fría” se le ocurrió a Capote por las características del
asesinato de la familia Clutter o es una descripción de su propia persona,
dispuesta a todo por conseguir “la” historia de su vida jugando con la de
otros?
