Abril de 2006
por Agustín A. Monteverde
En la Argentina se ha desarrollado un mito según el cual hoy gozamos de los
beneficios de una política económica activa, que promueve la exportación, basada
en el sostenimiento —artificial— de un tipo de cambio alto, que asegura la
competitividad de nuestros productos.
Algunos venimos señalando desde largo que la política de dólar alto —o lo que es
lo mismo, de peso débil— poco tiene que ver con el declamado aliento a nuestras
exportaciones sino que en todo caso viene a dar sustento al otro componente
esencial —y bien ortodoxo— del modelo: una caja holgada que, amén de preservarlo
de peligrosas crisis fiscales, provea al gobierno de la mágica chequera desde la
cual asegurarse el dominio de la escena política. Quienes así pensamos
sostenemos que el dólar alto fue la excusa “progre” para implementar una
severísima política de ajuste del gasto estatal que dejaría verdes de envidia a
los más odiosos economistas neoliberales. La fórmula es simple: ingresos
ajustados por inflación (IVA, Ganancias) y en “dólares fuertes” (retenciones)
vs. salarios estatales congelados en “pesos débiles”.
En lo que sigue intentaré ilustrar por qué el artificio del tipo de cambio alto
constituye exclusivamente una política impositiva, en la que poco tiene que ver
el desarrollo exportador —e incluso, la sustitución de importaciones.
Pasados ya más de cuatro años de la devaluación del peso, los hechos hablan
con elocuencia: si no se es competitivo en costo y en calidad, no hay “tipo de
cambio competitivo” que valga.
· Pese a la formidable brecha cambiaria a nuestro favor, el déficit bilateral
con Brasil sumó U$ 859 MM en el primer trimestre, 32,2 % mayor al del mismo
período de 2005.
· Llevamos 33 meses consecutivos de déficit bilateral creciente, período en el
cual la moneda brasileña hizo el camino inverso al nuestro, con una incesante
revaluación. Las exportaciones brasileñas aumentaron en ese tiempo a un ritmo
que duplicó el crecimiento de las nuestras.
· La balanza comercial total de Brasil tuvo en marzo un superávit 10 % mayor al
mismo mes del año pasado mientras que en la nuestra el saldo positivo se reduce
a un ritmo de 6 % anual.
· En febrero, el total de nuestras exportaciones creció 17 % interanual mientras
que nuestras importaciones aumentaron 25 %. Pero si atendemos los incrementos de
las cantidades transadas, la situación es alarmante: 5 % aumentaron las
cantidades vendidas al exterior contra 22 % las importadas.
· Las manufacturas industriales —beneficiarias por excelencia del dólar alto, ya
que tienen la mayoría de sus costos pesificados, no sufren retenciones y
perciben reintegros— representan sólo el 28 % de nuestras exportaciones y
tuvieron un pobre crecimiento interanual de 4 % en cantidades vendidas.
· En cambio, nuestras ventas de manufacturas agropecuarias —fuertemente
castigadas con retenciones, pero con concretas ventajas competitivas— aumentaron
16 % en cantidades. Y junto a los productos primarios explican el 54 % de
nuestras exportaciones.
· A aquél que se pregunte si el ritmo importador obedece a una vertiginosa —e
improbable— aceleración de la inversión, cabe aclarar que el crecimiento de las
compras de bienes de consumo aventaja con holgura al de las de bienes de
capital.
Estos números ameritan que pongamos en duda la eficacia competitiva de
subsidiar el dólar. A cambio, podemos señalar dos consecuencias inmediatas e
indeseadas —pero inevitables— de sostener ese artificio: a) se encarecen los
precios de productos importados y exportables, y b) al llevar los activos en el
país a valores de ganga, se pone a las compañías locales en riesgo de
adquisición.
Pero si el objetivo —al menos declamado— es exportar, podríamos echar un vistazo
sobre otros aspectos que forman parte o inciden en la política comercial.
Primeramente, es claro que la política comercial está hoy subordinada al control
de los precios internos.
Aplicando una visión irrealista y bifronte, absolutamente ignorante de lo que
significan los costos de oportunidad, se espera que el empresario renuncie a
ganar en el mercado externo para vender a mal precio en el interno.
Las retenciones son usadas como herramienta para docilizar exportadores, al
recortar los ingresos que pueden esperar por exportar, de forma de desalentar
las ventas externas y hacerlas equivalentes a las ventas locales (al precio que
arbitrariamente desde un despacho oficial se ha fijado como “aceptable”). Y si
con eso no alcanza, se prohibe exportar, y listo.
En el mundo existen países que aplican antieconómicas políticas proteccionistas
para subsidiar sectores harto improductivos. Es cierto. Pero a ningún país se le
ocurre aplicar castigos a sus sectores competitivos. Salvo Argentina, que a la
par subsidia a los ineficientes.
¿Es, acaso, prohibiendo exportaciones, ahogando sectores competitivos y
perdiendo mercados que se recompone el ingreso per cápita? Es obvio que no. Con
esta estrategia no solo se desalienta la inversión —las ganancias esperadas son
lo que impulsa a arriesgar más capital en un negocio— sino que se deprime la
producción —escasos márgenes estimulan el abandono o cambio de una actividad por
otra.
Mientras se pretenda que los empresarios operen en el mercado local a puro
altruismo y en el externo a pura rentabilidad, el modelo no será ni
pro–exportador ni pro–negocio Es por ello que adjetivar como activa la actual
política económica ya aparece, como mínimo, osado por cuanto ésta sólo se
reduciría en el mejor de los casos a alentar la sustitución de importaciones.
Pero subsidiando sectores ineficientes vía dólar alto no alteramos su real
(falta de) competitividad frente a pares extranjeros. Las importaciones de
productos textiles —arquetípicos beneficiarios del modelo sustitutivo— treparon
117 % interanual en enero. Las provenientes de Brasil crecieron 82 %; las de
China, 421 %.
Más aún, la política oficial genera en importantes sectores un proceso de
“sustitución inversa”. El caso emblemático, es el de la energía. En este área,
que durante los “malditos ’90” a fuerza de inversiones habíamos logrado ser
particularmente competitivos, la concepción bifronte nos llevó a sustituir
exportaciones (a Chile, Brasil y Uruguay) por importaciones (de Bolivia,
Venezuela y Brasil).
Y es en este tan maltratado sector donde hemos asistido a verdaderas
exhibiciones de nacionalismo, pero al revés. Considérese lo ocurrido con el gas
que compramos a Bolivia, cuyo precio es casi tres veces —y en seguro ascenso— el
que pagamos por gas argentino. La actitud oficial es similar en el caso de la
electricidad: pagamos a Brasil el triple que lo que se le tolera a nuestras
generadoras.
Es así que la actual política económica tiene un corazón nada heterodoxo,
netamente fiscalista; el dólar alto no ha tenido mayor impacto en la evolución y
composición de las exportaciones pero sí permitió efectuar un draconiano ajuste
del gasto que —disimulado bajo la forma de devaluación— eludió la reacción de
los sectores sociales perjudicados.
No es una política pro-exportadora, ni siquiera pro-sustitutiva. Gobernada por
las urgencias de los precios domésticos, poblada de retenciones, suspensiones,
registros especiales, e incluso prohibiciones, con casos paradojales de
sustitución inversa, bien vale calificarla como anti-exportadora. No disparó las
exportaciones, no impulsó la participación de los productos industriales, no
detuvo las importaciones, ni inclinó a nuestro favor ninguna balanza bilateral.
Por el contrario, nuestras compras crecen una vez y media más rápido que lo que
vendemos; y, pese a la incesante desvalorización del peso frente al real, el
déficit con Brasil se agiganta sin pausa (mientras que con el peso convertible
teníamos superávit).
Pero si examinamos algunas otras realidades de nuestro comercio exterior, no
cabe ya cuestionar el rumbo, si no más bien preguntarse si tenemos alguna
política comercial.
· La UE —ese bloque tan vituperado por su cerrado proteccionismo— se convirtió
en febrero en nuestro primer comprador y superó así al MERCOSUR —bloque aduanero
al que por pertenecer abrimos nuestro mercado a cambio de facilidades de acceso
que supuestamente nos brinda. El valor promedio de nuestras ventas a Europa es
también muy superior al precio promedio de nuestras exportaciones a Brasil.
· Donde sí cuentan las condiciones diferenciales que brindamos al MERCOSUR es a
la hora de importar: es nuestro principal proveedor, duplicando nuestras compras
a la UE y al NAFTA, y único de nuestros grandes clientes con el que tenemos un
saldo comercial negativo.
· El MERCOSUR ha devenido en una zona de comercio administrado, escenario de
permanentes tironeos entre sus socios mayores mientras que los más chicos
—Uruguay y Paraguay— buscan ya indisimuladamente fugar hacia el NAFTA.
· En estas condiciones, cabe preguntarse: si ya hoy es nuestro principal
cliente, ¿cuánto se multiplicarían nuestras ventas si negociáramos un acuerdo de
libre comercio con la UE (obstaculizado por Brasil)? ¿No sería preferible
comprar bienes de capital (hoy casi todos provenientes de Brasil) con estándares
de calidad europeos?
· Pero la UE ha venido señalando que, antes de solicitar disminuciones
arancelarias y de subsidios a la producción, Argentina debiera comenzar por no
castigar sus exportaciones con retenciones y otras trabas.
· Las ventas a Chile equivalen a dos tercios de lo que exportamos a todos los
países del MERCOSUR. ¿Qué esperamos para darle a esta relación comercial el
lugar de privilegio que merece?
· Los productos primarios, las manufacturas agropecuarias y los combustibles y
energía representan casi tres cuartas partes de nuestras ventas. En lugar de
despreciar y castigar permanentemente esas exportaciones que nos dan de comer,
¿no sería más inteligente diseñar una política seria y estable de desarrollo
comercial en los clusters de negocios en que somos indudablemente competitivos?
¿No es insensato matar la gallina de los huevos de oro?
· Si no se computasen las exportaciones de combustibles y energía —18 % del
total, pero en franco proceso de disminución— este año nuestro superávit
comercial se reduciría a una cuarta parte. Esto muestra una gran vulnerabilidad
de nuestra balanza comercial a la crisis energética ocasionada por el
congelamiento tarifario.
Ni la política exterior en general, ni la comercial en particular, se pueden
edificar sobre dogmas o prejuicios ajenos a la realidad de nuestros concretos
intereses. Basta de cantinelas ¡y a los hechos por favor!
