Abril de 2006
Por Maria Cristina Montenegro
La diplomacia, como forma de ajustar las diferencias a través de la negociación
entre partes en conflicto y en el marco de un orden internacional legitimo, es
el camino ineludible que queda a Argentina y Uruguay en el diferendo que
enfrentan.
La diplomacia es la manera en que dos “incomunicados” pueden volver a ponerse
en sintonía puesto que el verdadero núcleo del problema radica en la
comunicación. La comunicación entendida la puesta en común de nuestros puntos de
vista desde la perspectiva dialògica. Manera primigenia en que los hombres
hacemos realidad nuestra naturaleza gregaria, nuestra vocación de vivir con
otros en una comunidad. Màs allà de intereses particulares hay algo fundamental
que nos encuentra juntos en un tiempo y un espacio, ámbito desde el cual
proyectamos nuestras vidas “ nuestra cotidianeidad”.
La ruptura de los puentes comunicacionales, en el sentido físico, es la
manifestación mas clara de la incapacidad de los gobiernos por mantener los
puentes comunicacionales fluidos entre ambos, en la búsqueda de abordar la
solución del diferendo por los canales diplomáticos. Es la manifestación de la
impericia de las Cancillerías en hacer efectiva la vocación, tantas veces
enunciada, de que es a través de la Diplomacia que buscaremos la solución
pacífica de las controversias.
La comunicación entre los principales actores de las relaciones exteriores ha
estado ausente y su ausencia ha roto los puentes, ha generado y expandido
conflictos, ha mantenido a poblaciones en estado deliberativo. Aquellos que
convivían amablemente, a ambos lados de la frontera, despertaron un día
distantes física y materialmente: se cortó mucho más que un puente, se cortó la
posibilidad de un diálogo entre comunidades exacerbando las posiciones extremas.
La vida internacional es una constante búsqueda de superación de conflictos y
tiene dos maneras: la negociación mediante la diplomacia o la guerra, esta
última cuando se le quita el lugar a las palabras. Sobre sus consecuencias la
historia nos ofrece infinitas lecciones.
Como el conocimiento de la historia diplomática debiera ser el requisito
indispensable para que los gobernantes, y sus asesores, encuentren caminos
superadores de conflictos, he creído conveniente recordar aquí las lecciones de
otros tiempos tumultuosos que encontraron su “ luz al final del túnel”, como
supo sostener el Cardenal Samorè. Mirada retrospectivamente, las épocas más
pacíficas fueron las épocas en que menos se buscaba la paz. Aquellas cuya
búsqueda de la paz parece interminable son las menos capaces, al parecer, de
alcanzar la tranquilidad. Siempre que la paz- concebida como la eliminación de
la guerra- ha sido el objetivo primordial de una potencia o grupo de potencias,
el sistema internacional ha estado a merced de los miembros más belicosos del
sistema internacional.[1]
La posibilidad de mantener la paz ha respondido más a la necesidad de convivir
bajo ciertos principios, que no se pueden violar, que a la pretensión de
imponerla arriesgándolo todo. Es decir que la estabilidad no es el resultado de
la búsqueda de principios absolutos sino la consecuencia de una legitimidad
aceptada por todos. Legitimidad como un acuerdo internacional sobre la
naturaleza de los arreglos funcionales y sobre los objetivos y métodos
aceptables de la política exterior. Implica la aceptación del marco
internacional por parte de las potencias hasta el punto donde el descontento
llegue al extremo de una formulación de política exterior revolucionaria.
Un orden legitimo no vuelve imposible los conflictos sino que limita el campo de
los mismos. Las guerras se harán en nombre de las estructuras existentes y la
paz se justificará como la expresión de un consenso general “ legítimo”.[2]
La diplomacia funciona en orden a ajustar las diferencias a través de la
negociación y esto sólo es posible en un orden legítimo.
Cuando algún estado considera que el orden internacional es opresivo y que los
actores internacionales lo victimizan, entonces su relación con los otros
actores será revolucionaria. La búsqueda de la solución de conflictos no se hará
dentro del sistema dado, sino que pondrá en cuestión el propio sistema.
Puede que en ello tenga razón y se sienta amenazada, ese no es el problema
puesto que ello es común en la vida internacional. El problema surge cuando
considera que ninguna propuesta puede tranquilizarla y exigirá seguridad
absoluta a través de la neutralización del oponente con máxima garantía. Es
lógico pensar que esto atentará contra cualquier salida diplomática de la
cuestión ya que, por lógica, su seguridad absoluta generará inseguridad absoluta
en resto de los actores. En este caso, llevado el conflicto al extremo la
demanda de los ambientalistas es no establecimiento de las papeleras. Del otro
lado del río la demanda es que se instalen porque el interés nacional está
centrado en el desarrollo económico.
Por otro lado existe una impugnación a la legitimidad del estado de derecho en
tanto viene de la mano de la violación de la norma interna, no otra cosa es el
corte de rutas, de calles o de puentes. Por derecho constitucional nadie puede
arrogarse por sí mismo el derecho a impedir la libre circulación por el
territorio nacional. A pesar de que vamos acostumbrándonos a esta manera de
protesta sin que las autoridades se decidan a evitar esta abierta transgresión
de la norma. Si algunos ciudadanos han asumido esta forma de protesta es por la
ausencia del poder estatal para hacer efectivo dos cuestiones fundamentales: a)
prevenir los daños a la ciudadanía a partir del cumplimiento efectivo de sus
obligaciones y b) hacer cesar la violación al derecho de libre circulación
conforme al ordenamiento legal vigente.
Obligar a la ciudadanía, por ausencia de gestión, a asumir por mano propia el
derecho defenderse de la presunta contaminación de su ambiente es la insensatez
extrema al que se llega por incompetencia en la gestión de la cosa pública, con
el agravante que esto trae consecuencias sobre las relaciones interestatales.
En manos del gobierno estaban las herramientas idóneas que podían haber evitado
la escalada del conflicto con el involucramiento directo de la población
buscando llenar el vacío que deja la falta de protección estatal. La gestión
diplomática a tiempo ha estado ausente y el dejar hacer ha sido, al parecer, la
vía más fácil de salida a la incompetencia gubernamental. Esto ha traído el
estancamiento de la situación y la perpetuación de medidas contrarias a derecho.
La diplomacia parece haber perdido su capacidad de entablar los canales de
diálogo. La buena fe como centro vital de cualquier arreglo, con el deterioro de
la situación, devendrá en sospecha de encubrir arreglos espurios a los ojos de
la ciudadanía movilizada. Llevada al extremo sus demandas todo lo que no sea la
ganancia absoluta, en el juego de suma cero. Por lo que la negociación
diplomática no puede funcionar en este ambiente.
En este ambiente la diplomacia podrá reunirse pero ya no podrá persuadir para
zanjar las diferencias porque las partes ya no hablan el mismo idioma, ambas
partes invocarán sus legítimos e inalienables derechos. Si ambos tienen todo el
derecho cuál es la salida?.
En ausencia de acuerdo acerca de lo que constituye una demanda razonable, las
conferencias diplomáticas se ocupan de repeticiones estériles de posiciones
básicas y acusaciones de mala fe.
Es imperativo que el Presidente argentino abandone la posición de víctima
enfrentada al mundo, ya no es sólo Uruguay, son las empresas y el mismísimo
gobierno de Finlandia y, por efecto dominó termina arrastrando a MERCOSUR y la
Union Europea. La salida es hacer cumplir la ley en el orden interno y
establecer las conversaciones por la via diplomática para que el gobierno
uruguayo haga lo propio, aquello que le corresponde por derecho soberano. La
posición uruguaya es absolutamente entendible, es un país con seguridad
jurídica, diseñó un plan estratégico para su desarrollo y logró por su imagen
institucional grandes inversiones.
La vía diplomática será el camino conveniente para obtener las garantías de
desarrollo con cuidado del medioambiente que están reclamando, también con
lógico fundamento, los ciudadanos costeros del lado argentino. Imaginemos por un
momento el esfuerzo que costó a Alemania y Francia llegar al acuerdo del carbón
y del acero, recursos que abrieron las puertas a guerras y consecuencias
dolorosas para sus poblaciones. Con el correr del tiempo y la primacía de la
racionalidad, ambos aunaron esfuerzos constituyendo los fundamentos de la Union
Europea actual.
Es posible que un acuerdo no colme todas las expectativas, generalmente no lo
hace, pero retorna las cosas a la sensatez evitando perpetuar un conflicto que
se torna en perjudicial para ambos países, que desestabiliza el marco regional
y, definitivamente, repercute en las posibilidades de recibir inversiones, única
posibilidad de desarrollo.
Debemos entender que en el trato entre gobiernos es fundamental el contenido de
las conversaciones entre los jefes de estado pero también lo es la forma, el
decoro y el respeto con que estas se llevan adelante. Quienes detentan tan alta
investidura son la imagen del país en el concierto internacional. Ni más ni
menos que eso. Sujetarse a la ley y hacerla cumplir en el orden interno, es el
imperativo categórico de Argentina para destrabar la situación existente.
Evidentemente esto tiene un costo político, doloroso para quienes viven la
tentación de nutrirse diariamente de las encuestas, pero en el mediano y largo
plazo restablecer el orden y la convivencia doméstica traerá réditos en nuestras
relaciones exteriores.
La coyuntura ha atrapado, por mucho tiempo, las oportunidades de las buenas
relaciones con el mundo. Argentina ha sido prodiga en mal interpretar el sistema
internacional y dimensionar su propio peso en él. Aún no ha aprendido la
lección: la ignorancia, en este como en otros campos, tiene un precio y este es
oneroso. Cada gobierno puede hacer lo que quiera en materia de relaciones
internacionales pero lo que no se puede dejar de hacer es pagar es el costo de
sus malas decisiones.
