Políticas exteriores de estado

 

Abril de 2006

por Andrés Cisneros

Ex Secretario de Estado de Relaciones Exteriores

(1996-99)

 

El des-alineamiento automático

Para 1990, nuestro país venía sufragando en Naciones Unidas, sin grandes diferencias, siempre de igual manera, desde el gobierno militar y pasando por el del doctor Alfonsín.

Solo tres países votaban más enfrentados con EE.UU. que nosotros, Cuba, Yemén y Sudán. Repárese en el dato: todos los otros ciento setenta y pico países del mundo entero coincidían con Washington más que nosotros. Irán, Irak, Siria, Libia, Rusia, China, etc. votaban más en coincidencia con Washington que la Argentina, cuyo promedio era del 12,5%. Con ese perfil de voto, tan expresivo de una política exterior, practicábamos un verdadero des-alineamiento automático: bastaba que EE.UU. fijara una posición para que nosotros optáramos casi invariablemente por la otra. Excepto Cuba, nadie más en América hacía lo mismo que nosotros. Así como nadie más militaba en No Alineados.

En los noventa, al desplegarse una nueva política exterior, cambiamos ese perfil del voto. Cuando entregamos el poder, en diciembre de 1999, habíamos ido subiendo hasta un 44% de coincidencia con EE.UU y sus aliados, lo que incluye también a Nueva Zelanda, Australia, Japón y otros asiáticos, africanos y la mayoría de los latinoamericanos.

Como no siempre nuestros intereses nacionales y los de ese país coinciden, pasamos a votar iguales solo en esa proporción, quedando el 56% restante, esto es, la mayor parte de nuestros votos, en discrepancia con Washington. A eso se calificó entonces como alineamiento automático”... viniendo, como veníamos, de un automatismo inverso de más del 87% de voto en contra.

En los noventa, como resultado de las nuevas pautas de política exterior, particularmente en tres ámbitos de fuerte repercusión como el Desarme, los Derechos Humanos y el Medio Oriente, ese perfil de voto antioccidental se alteró significativamente. El tal alineamiento automático no existió, como pude verse de la negociación del ALCA conducida durante esos años, en que no aceptamos firmar la propuesta de Washington, manteniendo abiertas las discusiones en pos de un acuerdo ventajoso, como terminaron haciéndolo, al día de hoy, nada menos que veintinueve de los treinta y cuatro países involucrados del continente. El firme rechazo al embargo contra Cuba también se instaló en aquella época y desmiente toda actitud de seguidismo.

Importa destacar que ese rango de +/- 40% de coincidencia con EE.UU. era como habitualmente votaban países tan cercanos e identificados con nosotros como Brasil (39%) o Chile (40,3%) y ciertamente todavía lejos de otros con los que estamos tan vinculados, como Italia (67,7%) o España (68%). El grado de mentiras, mito y desinformación acerca de supuestos automatismos lo da la comparación de nuestro voto coincidente con EE.UU, que ya vimos del 44%, con el de un país de ruidosa tradición antinorteamericana, como Francia, que sufragaba igual que Washington nada menos que en el 78% de las veces, casi el doble que nosotros[1].

A la postre, la decisión no debió ser tan mala, desde que los tres gobiernos posteriores, incluyendo el presente, mantuvieron ese perfil de voto y el canciller Bielsa, tan crítico en su artículo, no le introdujo cambios esenciales, ni mucho menos retornó a valores del 12%. Otra política de estado instalada en los noventa y mantenida en el día de hoy.

Corresponde consignar que sí existe ahora una notoria alteración a ese perfil de voto. Fue en el tema de Cuba, en que el doctor Bielsa anunció al mundo que a la Argentina, esto es, a todos nosotros, no le constaba que en la isla se violasen los derechos humanos de su población, desgraciadamente sin dar a conocer los elementos documentales y objetivos que avalaran tal afirmación, que contradice a Amnesty International, a Human Rights Watch, a People in Need, la totalidad de la Unión Europea y otras entidades mundiales, altamente respetadas cuando el dictador involucrado no es Fidel Castro. Allí sí cambiamos el voto y pasamos a sufragar de la misma manera y con los mismos argumentos que, en su momento, esgrimía el gobierno de La Habana para impedir esas mismas inspecciones de la ONU a las dictaduras de Videla y Pinochet, cuando los derechos humanos que se violaban eran los nuestros, los de los argentinos y chilenos, con miles de muertos y desaparecidos en ambos lados.

Eso si fue cambiado, pero, por otro lado, este gobierno continuó, muy acertadamente, con el firme rechazo –liderado por Argentina en los noventa- del injusto embargo norteamericano, que tanto perjudica a la población y tan poco al régimen de la isla y que tanto se reivindicó en la reciente IV Cumbre de las Américas como en la respectiva Contracumbre de Mar del Plata.


Numerosas continuidades

Conocí al entonces flamante ministro Bielsa en su primer Día del Diplomático, en que públicamente se manifestó muy honrado por venir, apenas la jornada anterior, de ejercer la Argentina como sede anfitriona del MTCR, [2] institución a la que en ese discurso alabó en los términos más laudatorios, por su contribución a la paz mundial y con cuyas políticas, según sus palabras, nos encontrábamos tan identificados.

Me sorprendí gratamente: el ingreso al MTCR comenzó en 1991, con la desactivación del Cóndor II, el retiro de la actividad espacial de manos militares para pasarla a control civil de la CONAE,[3] con proyectos públicos, pacíficos y transparentes, bajo control parlamentario, que, en menos de una década, lleva colocados en el espacio varios satélites fabricados por nosotros, en Argentina (cosa que no se hacía en la época del Cóndor II) en cooperación con la NASA, con la EASA europea y con Italia conforme los acuerdos suscriptos en 1995, para monitorear cultivos, incendios forestales, vías de comunicación, cuencas hídricas, inundaciones, meteorología, puertos, aeropuertos, urbanizaciones, topografía, pesca clandestina, etc., además de servir a la seguridad nacional en diversas áreas. Nunca antes, por ejemplo, habíamos podido fotografiar así al Atlántico Sur o el Pacífico Sur.

Resultó grato oírlo, porque quienes hoy gobiernan en su momento habían calificado a esa política espacial como una claudicación ante el imperio, rayana en la traición a la patria. Y, hoy en el poder, no han cambiado ni una línea de esa política: el ministro Bielsa, sensatamente, nunca propuso desvincular a la CONAE de la Cancillería (de la cual depende) ni dejar de fabricar satélites, ni recuperar la dignidad nacional volviendo a armar misiles que terminen clandestinamente en Medio Oriente. Otra decisión de los vituperados noventa que este gobierno ha mantenido, consagrándola como política de estado.

Igual sucedió con el manejo de la actividad antártica, derivada por aquellos años, desde Defensa a Cancillería, sin que las actuales autoridades hayan hecho nada por alterarlo.

En los Ochenta heredamos, en toda América del Sur, los gastos militares más altos de la Historia en proporción a los productos brutos, innecesarios para las nuevas políticas de cooperación con los vecinos. El doctor Alfonsín inició un proceso que, profundizado por Menem, nos permitió instaurar, en la entera región, los presupuestos de defensa más bajos del mundo entero versus los respectivos PBI, que permitieron derivar recursos a otras áreas y reordenar más eficientemente el gasto militar hacia las nuevas concepciones institucionales de convivencia cívico-militar y de inserción del país en el mundo. También esto se sigue hoy al pie de la letra, sin alteraciones sustanciales.

En diciembre de 1978, los mismos gobernantes que ya estaban armando el Cóndor II y que pronto desembarcarían en Malvinas, decidieron invadir Chile. La guerra fue impedida en cuestión de horas por la acción coincidente del Palacio San Martín y de algunos estados, principalmente el Vaticano y los EE.UU., quedando con la peor relación de toda nuestra historia con el gobierno de Santiago, que luego colaboró activamente con los ingleses.

Durante los ochenta, el doctor Alfonsín firmó con Pinochet el notable Tratado de Paz y Amistad de 1984 con cuya aplicación, a lo largo de los noventa, finiquitamos la totalidad de las centenarias disputas fronterizas con Chile, país que canceló su actitud pro-británica, pasó a ser el tercer inversor extranjero en Argentina y, desde entonces, no solo vota a favor del reclamo argentino sino que, a expreso pedido suyo, se convirtió en país patrocinante –el más alto nivel posible de compromiso- de nuestra posición en el Comité de Descolonización de la ONU, contra los argumentos ingleses. Por aquellos años, su matriz energética quedó estructuralmente ligada a la provisión de gas argentino, luego de firmarse los históricos acuerdos de complementación minera y energética cuando el canciller era Guido Di Tella.

No parece poca cosa para dos administraciones de política exterior a las que el doctor Bielsa no aparece reconociéndoles aportes positivos. Lo prueba el hecho evidente de que, incluido el actual, ningún gobierno posterior alteró la política de cooperación con Chile (inexistente antes de Alfonsín/Menem), complicada ahora en el asunto del gas, en que perdimos la muy estratégica provisión exclusiva, herramienta clave para la integración energética con un país importantísimo para el futuro de la Argentina.

La integración con los vecinos y el Mercosur configuran el más importante emprendimiento político argentino desde la Guerra de la Independencia. Para 1983, eso no existía. En ese tema tan importante, los gobiernos de Alfonsín y Menem escribieron páginas de una relevancia no superada, ni siquiera igualada, por las administraciones que les sucedieron. Hasta ahora, los aportes del actual gobierno al impulso integrador y a su sustrato estructural, la alianza con Brasil, no exhiben una envergadura ni de lejos comparable a los de las décadas del ochenta y noventa, que justificara la exclusión de al menos un mínimo de reconocimiento en el artículo del canciller.

Hasta en el tema de Malvinas, el de mayores discrepancias desde la recuperación de la democracia, un país que había iniciado y perdido esa guerra, durante los ochenta y los noventa pudo poner fin a las hostilidades, reestableció relaciones diplomáticas, que devolvieron a la Argentina el control de los recursos naturales renovables y no renovables, concertó un paraguas de soberanía y terminó firmando, en Londres, los acuerdos del 14 de julio de 1999, que rehabilitaron el diálogo y el acceso de los argentinos a las islas, como principio de reconstrucción de la situación previa al conflicto armado, única manera de volver al camino que, tarde o temprano, nos permitirá recuperar un territorio al que nunca renunciaremos.

No poca cosa para dos políticas exteriores cuyos esquemas sobre Malvinas han sido muy criticados, mas no cambiados, por la actual administración: el paraguas sigue vigente y los acuerdos de Londres no han sido denunciados.

Los mismos a los que se acusa de alineamiento automático decidieron no firmar el ALCA en el formato propuesto por Washington, prefiriendo concertar una negociación en bloque del Mercosur, la fórmula del 4+1, instaurada en los noventa y que se mantiene correctamente hasta el día de hoy, como una política de estado de la mayor importancia, que los actuales gobernantes continúan escrupulosamente. Y negarse al ALCA entonces era mucho, pero mucho más complicado que ahora. Nuestra convergencia con Estados Unidos, Europa y lo que se conoce como la Alianza Occidental fue puntualmente mantenida como política permanentes por todos los gobiernos posteriores, incluyendo el presente, magüer una posición ideológica tan ruidosamente declarada como muy diferente.

Recogen, en todo caso, la constancia del sentimiento colectivo. A pesar del extendido fastidio antinorteamericano, por lo general muy justificado, las encuestas cuatrianuales del CARI señalaron, en 1998 y 2002 que los argentinos, preguntados por las prioridades de nuestro relacionamiento internacional, contestamos de tal manera que las conclusiones de la encuesta consignan que “la consideración específica acerca del país del mundo con que la Argentina debiera tener las más firmes y estrechas relaciones sintetiza de alguna manera las principales tendencias de opinión: Estados Unidos, Brasil y Europa agotan en gran medida el horizonte sobre el cual la política exterior de la Argentina debiera diseñarse e implementarse, dejando escaso margen para otras opciones...” [4]

Estas preferencias de la gente, que constituyen en tronco central de nuestra relación con el mundo, no existían –o no existían en ese grado- antes de 1983 y 1990. Ahora, las respalda la mayoría de los argentinos, subsisten hasta el día de hoy y fueron instaladas por las dos administraciones que lamentablemente no reciben reconocimiento en el artículo del doctor Bielsa.

 

 

[1] Ver trabajo de Francisco Corigliano sobre documentación de Carlos Escudé, en “Historia General de las Relaciones Exteriores de la República Argentina”, dirigida por Carlos Escudé y Andrés Cisneros, tomo XV, págs. 214/32 Edición de CARI-CEMA-GEL, Bs.As., 2003. Mismos elementos de juicio pueden consultarse en la Cancillería argentina.

 

[2] Missil Tecnology Regime Control, organización plurinacional que controla la fabricación de misiles y su eventual proliferación a estados en guerra.

[3] Comisión Nacional de Actividades Espaciales, organismo enteramente civil, en la estructura de la Cancillería y que, como Invap o la Conea, llevan adelante políticas sumamente valiosas en materia de tecnologías de punta.

[4] Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales: “ 2002-La Opinión Pública Argentina sobre Política Exterior y Defensa.” Bs. As, 2002.
 

 

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