Políticas exteriores de estado

 

Abril de 2006

por Andrés Cisneros

Ex Secretario de Estado de Relaciones Exteriores

(1996-99)


Nuestra clase política

El penoso espectáculo de insultos sin argumentos que ha caracterizado, por caso, a la reciente campaña electoral, traduce puntualmente el bajísimo nivel del trato que se propinan quienes debieran dedicarse a mejorar la calidad de nuestra convivencia política. Párrafo aparte para la comedia de enredos que envolvieron al señor Borocotó y al propio Rafael Bielsa en su renuncia a la banca, aceptación de la embajada en Francia y posterior regreso a la banca antes renunciada, síntomas todos no solo de propias turpitudes sino de la naturaleza misma de una manera de entender al servicio público por parte de nuestra actual clase política.

Es en esas dirigencias donde encontramos la clase de conductas que degradan a nuestro sistema institucional y al módico prestigio que todavía nos queda en el mundo: es un indicio mayor de inmadurez y constituye, como tal, el síntoma de una profunda ineptitud para la construcción de coincidencias. Con esa actitud no se hace otra cosa que alentar la intolerancia interna y la confirmación de nuestro creciente aislamiento internacional.

Es nuestra opinión que la política exterior que dirigiera el doctor Bielsa fue altamente tributaria de la de sus predecesores, beneficiándose por la continuidad de notables aciertos de esas administraciones, verdaderos ejercicios de políticas de estado que hubieran merecido su reconocimiento.

Aquellos fueron años de enormes transformaciones. La caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética pusieron fin al orden planetario nacido en la segunda posguerra. El fenómeno de la globalización ganaba creciente velocidad impulsado por la revolución tecnológica de la información y las comunicaciones.

El país necesitaba adaptarse a las nuevas reglas de juego del mundo. A partir de 1983, Argentina había recuperado el control de su destino en manos de su pueblo y, con ello, la facultad de decidir cómo quería insertarse en el escenario internacional. El combate que las fuerzas de la democracia terminaron entonces de ganar en nuestra política interna para favorecer a los marginados y excluidos del proceso social y político, tuvo una naturaleza semejante al que, todavía hoy, continúa pendiente para que los países periféricos terminen quedando dentro y no fuera del sistema internacional.

La política exterior de aquellos años hubo de aparecer como una suerte de reedición de la alegoría de la caverna: afuera, más allá de nuestras disputas de vecindario, había un mundo que se preparaba para la competitividad y la globalización y que iba a pasarnos por arriba si no aprendíamos a trabajar juntos, moderando los recelos de facción.

En 1983 iniciábamos el período de vida constitucional más largo y exitoso de toda nuestra historia. La gobernabilidad que desde entonces todavía hoy disfrutamos, proviene de tres respuestas correctas a tres crisis esenciales:

Ante la crisis política del último gobierno militar, la respuesta del nunca más a la legitimación civil de golpes de Estado.

Un año antes, ante la tragedia de Malvinas, la respuesta del nunca más a una manera de relacionarnos con el mundo.

Y para 1989, ante la crisis de un esquema económico de aislamiento, la joven democracia argentina, recuperada sólo seis años antes, afrontaba su mayor desafío: el estallido de un orden económico cerrado e inflacionario que derivó en hiperinflación, parálisis productiva, agonía de un Estado burocrático y prebendario, agotamiento de reservas y caos social. El país necesitaba reconstruir su gobernabilidad y su tejido económico y debía hacerlo al mismo tiempo y con la misma lógica con que procuraba su inserción en el nuevo paisaje internacional, caracterizado por la superioridad estratégica indisputable de los Estados Unidos y la urgencia estratégica de aliarnos –no de enojarnos- con nuestros vecinos.

Había que modificar rápidamente las partes ya superadas de un esquema caracterizado por el aislamiento internacional, las tensiones con la primera potencia del mundo, las hipótesis de conflicto con nuestros vecinos, el amurallamiento de la economía, las actividades proliferantes y el desdén por la cooperación internacional.

En ese contexto se desplegaron las políticas exteriores de los ochenta y los noventa. Ya en la década de los sesenta Perón advertía que “la política puramente interna ha pasado a ser una cosa casi de provincias, hoy es todo política internacional, que juega dentro o fuera de los países”.

Con sus grandes diferencias, esos dos primeros gobiernos de la democracia optaron por afirmar sus visiones sin descalificar al adversario como contrario al interés nacional, en un mensaje que superaba a la parcialidad integrándola en la Historia. Entendieron bien que la inevitable globalización entrañaba tantos peligros como oportunidades y diseñaron maneras disímiles pero valiosas de integrarnos en el mundo, que minimizara los daños y maximizara los beneficios: un mejor vínculo con Estados Unidos y la Alianza Occidental, fortalecimiento del Mercosur, abolición de las armas de destrucción masiva, resolución de los diferendos fronterizos y alianza con Chile, y fortalecimiento de vínculos con Uruguay Paraguay y Bolivia. El aumento de las exportaciones y la búsqueda de los grandes mercados de la Cuenca del Pacífico se viabilizaron con la apertura de los pasos de Sico y Jama hacia Antofagasta, en Chile, con miras a avanzar rápidamente hacia el mercado asiático, en especial China. Estos fueron éxitos gracias a la excelente relación construida con Santiago a partir de la solución de los diferendos limítrofes y del ingreso de Chile como Estado asociado al Mercosur

Hoy en día ya son todas líneas de acción firmemente aceptadas, consagradas como políticas de estado. Pero que antes de los ochenta y noventa lisa y llanamente no existían. Alguien las instaló y merece respeto por ello.

Pero no solo, ni siquiera principalmente, por una acción de justicia histórica hacia conductas o personas del pasado: es nuestro futuro el que más se perjudica si marchamos hacia él desconociendo lo hecho por otros argentinos, solo en razón no pertenecen al espectro de las preferencias de quienes hoy gobiernan. Se sabe, en el mito, el gran interlocutor de Narciso era el espejo.

No se trata de un mero ejercicio de civismo sino de tener o no tener un concepto claro de lo que es la soberanía: los gobiernos representativos surgen de los votos, y las decisiones electorales son acumulativas, no juegos de suma cero. El “después de mi, el Diluvio” se aplica también a las vísperas.


 

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