Políticas exteriores de estado

 

Abril de 2006

por Andrés Cisneros

Ex Secretario de Estado de Relaciones Exteriores

(1996-99)


Estadistas y meros operadores políticos

En un trabajo tan breve como sustancioso [5] Juan Gabriel Tokatlián consigna el componente narcisista de todas las políticas exteriores argentinas, la nuestra incluida, desde la década de los sesenta hasta la actualidad. Alude, con acierto, a la expresión colectiva de esa condición, originada en nuestras entonces razonables expectativas de trascendencia internacional a principios del siglo veinte, pero devenidas en imposibles a partir de nuestra asombrosa declinación desde más o menos la fecha que señala Tokatlián.

El componente personal de ese sindrome colectivo ya se encuentra acusado en la frase liminar de Ortega y circula como lugar común en la visión que el mundo ha tenido siempre de los argentinos: individualmente destacados, colectivamente desastrosos, poco inclinados a valorar los aportes ajenos.

Como los argentinos ya vimos varias veces en el pasado, el síndrome narcisista suele expresarse en actitudes fundacionales: antes de mi, poco y nada bueno fue hecho, poco y nada encontré que sirviera para rescatar y presentarlo a la comunidad como una conducta digna de continuarse. Todo es la pesada herencia recibida.

Es poco recomendable considerarse a si mismo como un demócrata y al mismo tiempo ignorar los aportes de quienes nos precedieron. Una verdadera contradicción en los términos. En el mundo de hoy no existe ningún país exitoso, ni uno solo, sin políticas de estado, especialmente en materia internacional. Y, por definición, las políticas de estado necesitan del pasado reciente para buscar coincidencias entre líneas políticamente opuestas. Es la única forma de garantizar continuidades.

Desde el fin de los noventa, cuatro cancilleres después, los parámetros fundamentales de nuestras políticas exteriores no han cambiado: ya nadie propone retornar a No Alineados, votar en la ONU como Kadaffi o Komeini, exportar misiles, alejarnos de Estados Unidos y la Alianza Occidental, vender material nuclear sin salvaguardias, invadir a Chile, pelearnos con

Uruguay, enfrentarnos con Brasil o comportarnos con Itamaraty como entonces India y Pakistán. Todo esto sigue vigente, se instaló en aquellos años y nadie lo ha cambiado.

Por aquellos años, la mayoría de las actividades especificas de la Cancillería estaban a cargo de funcionarios del Servicio Exterior de la Nación, en un porcentaje sensiblemente mayor que en la actualidad. Y el personal administrativo era la mitad del actual. La construcción, equipamiento y mantenimiento de los nuevos edificios de Cancillería tampoco se debieran ignorar. Entre los muy magros resultados de la reciente Cumbre de las Américas debe contabilizarse la ausencia de una cancillería profesional de peso, en condiciones de balancear inexperiencias y voluntarismos. La participación de funcionarios oficiales, alguno de la propia Cancillería, en la preparación y desarrollo de la Contracumbre resultó inédita en el mundo.

Hay algo, empero, que ya no se practica. Me consta que, durante los años de Di Tella, se invitaba, para información y consulta, con alguna frecuencia, a expertos y personalidades de la oposición ligadas a las relaciones exteriores. El entonces único ex presidente, tres futuros presidentes, la totalidad los ex cancilleres y sus vices acudieron en reiteradas oportunidades. Y entre los otros numerosos convocadas se contaron todos[6] menos uno de quienes luego, en otros gobiernos, fueron designados cancilleres y, algunos, ministros de economía, así como hoy titulares de más de una cartera del gabinete del presidente Kirchner. Los actuales canciller y vice eran, por entonces, funcionarios de aquel gobierno, y el doctor Taiana, además, embajador. Y varios de los ahora embajadores políticos lo fueron, también, en aquellos años. Por el contrario, a quienes entonces así procedieron, hoy desde la Cancillería no los invitan ni a los actos por el 25 de Mayo.

Como pasa en todas las épocas, las políticas exteriores de los ochenta, de los noventa y de la Alianza seguramente no fueron perfectas. Tienen mucho para corregir. Pero sus errores no carecen de la compañía de aciertos aprovechables, de los que la entera sociedad tiene derecho a beneficiarse. Y que los sucesivos gobernantes debieran respetar como lo que son, emergentes culturales de la vida en democracia.

Esas políticas produjeron integración, no aislamiento. No se chocaba a cada rato con los vecinos ni con los principales países, socios comerciales e inversores. No justificaban las fricciones en las formas so pretexto de que se discuten intereses. La diplomacia siempre discute intereses, antes, ahora y en el futuro. Pero una diplomacia solvente sabe que los países trascienden a los gobiernos y a las personas y sabe que habrá que negociar una y otra vez con aquellos a quienes se desaire sin verdadera necesidad. Cuando las políticas exteriores se manejan apuntando a los beneficios electorales internos, aumenta la marginación del país en el mundo.

Integrarse no es solo viajar por medio planeta o recibir muchos invitados. Integrarse es establecer entendimientos con los países más adelantados y acuerdos de libre comercio con todos los mercados que resulte posible. Como hace Chile. Como hace México, como han hecho ya veintinueve latinoamericanos y como, seguramente, terminará haciéndolo Brasil, que cada día avanza más ocupando los espacios que nuestra actual diplomacia deja inexplicablemente vacíos.

Encerrarse en la subregión no es bueno para nadie. Si termináramos siendo funcionales a la división de América Latina, nos resultaría costosísimo. Urge un rápido cambio de actitud. La política exterior es manejada por hombres que son dirigentes en sus países. Deben siempre dar ejemplo de mesura, tolerancia y al menos un mínimo de conocimientos de la materia que conducen. Se sabe, en el mito, el interlocutor de Narciso era el espejo.

El desarrollo de las recientes Cumbre y Contracumbre de las Américas [7] exhibió las desmesuras propias de una dirigencia hondamente desorientada, intoxicada por una catarsis formidable de pensamiento negativo, expresiones solo de odio, demonización y linchamientos que no resultan ajenas al carácter errático de nuestro comportamiento internacional. La Argentina merece mucho más que propuestas que se formulan casi siempre contra alguien, no a favor del mérito mayor de proyectos propios. Y empalma, no casualmente, con un sistema electoral que una y otra vez, como por un embudo, nos condena sin opción al voto castigo, en permanente confirmación de que, en política, para un argentino no parece haber nada peor que otro argentino. No por casualidad hace ya décadas se bautizó como la máquina de impedir a un sistema de pensamiento que consolida el statu quo en nombre de consignas revolucionarias.


Una dirigencia autista

Lo propio ocurre con la política exterior. Nuestra incompetencia para sacar provecho del mundo se origina en la naturaleza de nuestra vida política interna. La dirigencia política argentina, con insuficientes excepciones, es autista respecto de la realidad internacional y aborda los temas exteriores como un asunto más de campaña, sin comprender que las decisiones estratégicas exceden a la duración de uno o dos períodos presidenciales y requieren el consenso de quienes hoy son oposición y mañana pueden ser gobierno.

Es por ello que la principal herramienta de la política exterior viene siendo, desde hace décadas, sistemáticamente degradada por la entera clase política, a niveles nunca antes conocidos: la Cancillería argentina tiende aceleradamente a convertirse en mesa de saldos de la gimnasia partidaria, remanso para políticos en vacancia que se procuran alguna embajada o una posición expectante hasta que puedan emigrar hacia una más conveniente oportunidad electoral.

Borges escribió un cuento en el que los gobernantes mandaban a sus cartógrafos confeccionar un plano del mismo tamaño que el país y que, una vez extendido, ordenaron a todos los habitantes mudarse al mapa, abandonando la realidad. La conducta de facción es propia de la lucha política, pero cuando se arriba al poder es para representarnos a todos. Si una vez en el gobierno se continúa con la misma actitud, la ideologización de todo y las

visiones desde la parcialidad, terminan trasladándonos a un mundo de fantasía, una dimensión difusa donde se pierde la perspectiva.

Las décadas de los ochenta y noventa tienen que ser superadas. Como todas. Como también lo será la presente, cuando el tiempo le llegue. Ello incluirá el balance de los errores y también de los aciertos, que han existido, de la gestión del doctor Bielsa. En momentos en que el gobierno estrena un nuevo canciller, conviene recordar que es propio del estadista –no del mero operador político- separar la paja del trigo y rescatar el diálogo con los opositores y los aportes positivos que todos hayamos efectuado.

Es de desear que el próximo ministro recurra un poco menos al espejo y un poco más al teléfono.


 

[5] Diario “Clarín” del 31/08/05, Secc. Opinión.

[6] Fueron los doctores Rodríguez Giavarini, Vernet y Ruckauff. El doctor Bielsa no era conocido, en aquellos años, como vinculado a las relaciones internacionales y no actuaba ni escribía sobre esos temas, sino en el área de la administración de justicia, desempeñándose como funcionario en la Secretaría de Justicia de la Nación.

[7] La IVCumbre de las Américas y la IIICumbre de los Pueblos, respectivamente

 

 

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