Mayo de 2006
por María Zaldívar (*)
Además de exquisitos perfumes y ropa de sofisticado diseño, Francia le ha dado
al mundo grandes mujeres. Madame Curie o Cocó Chanel, para dar algunos nombres,
podrían muy holgadamente encabezar una gruesa lista de mujeres osadas y
creadoras que, desde distintos ámbitos, impulsaron cambios estructurales.
Tal vez porque aceptaron tempranamente el significado existencial que Simone de
Beauvoir dio a su propio género: “Mujer no se nace, se llega a ser”, el
movimiento feminista francés hizo un singular aporte al pensamiento
contemporáneo.
Sin participar de los postulados del feminismo universal ni vernáculo pero con
una admiración auténtica por las francesas brillantes que lo alentaron con garra
masculina y convicción religiosa, vale destacar que se animaron a opiniones poco
marketineras. El feminismo francés desconfió de la mujer profesional de la
política tanto como de su par masculino.
Pasaron varias décadas hasta el surgimiento de otra feminista notable, Francoise
Giraud, un lúcido exponente de las letras de fines del siglo XX, que solía decir
“aquella que se dedica a la política como un hombre, puede ser tan ineficiente y
corrupta como él”.
El feminismo, como cualquier bandera de minorías, significa animarse. Y en esta
Argentina que se desmorona lastimosamente, la mujer tampoco se anima; ni la
feminista y ni la otra. Las que se trepan al carro de los privilegios
corporativos de hacer política o de hacer que hacen política, son cómplices. Las
que reclaman mayor cupo, no tienen ideas ni vergüenza, en ese orden; el resto
tampoco pinta una alternativa a la mediocridad reinante.
Los nombres que representaron una esperanza en eso se quedaron cuando no
ascendieron a la categoría de desilusión. De Graciela Fernández Meijide a Mary
Sánchez; de María América González a Graciela Ocaña; de Marta Maffei a Alicia
Kirchner para nombrar algunas, ninguna pudo satisfacer siquiera una porción de
las expectativas que sus desembarcos generaron.
Con pesar, la Argentina actual viene a confirmar aquel famoso sarcasmo escéptico
que destilaban la pluma y la lengua de Francoise Girauld. En oportunidad de ser
nombrada ministro, el periodismo dedujo que ello significaría el triunfo
absoluto de su prédica; pero Girauld volvió a sorprender y acuñó una frase que
habría de inmortalizarla: “De ninguna manera; la mujer será realmente igual
al hombre el día en que se designe a una mujer incompetente para un puesto
importante”.
Pues en la Argentina, se ha logrado. El machismo, agradecido.
(*) Lic. en Ciencias Políticas (UCA)
