Mayo de 2006
Por Natalia Serantes
El lunes 8 de mayo fue el último día de la Feria Internacional del Libro en
Buenos Aires. Se terminó la 32° edición de este evento que, aunque los números
no son exactos aún, se estima que reunió a más de 1.200.000 personas desde su
apertura, el pasado 20 de abril. Pero, ¿a qué fueron todos estos visitantes?
Organizada como desde sus comienzos por la Fundación El Libro el lema de este
año fue “Los libros hacen historia” y logró aumentar una vez más su cantidad de
expositores a 1.424 entre directos e indirectos, teniendo que agrandar, en
consecuencia, su superficie en el predio de la Rural a 36.510m2. Haría falta una
Nikom F3 o una Leica con objetivo de 50 milímetros para dar una idea de lo
espacial que implica la muestra.
Esta exposición se realiza consecutivamente desde 1975 y en casi todos los años
se fue superando a sí misma, creciendo en relación con la cantidad de
visitantes, stands, países participantes, superficie ocupada y actos culturales;
como pudo notarse, sin ir más lejos, en esta edición 2006.
Los stands de las editoriales más importantes tienen una arquitectura
realmente admirable y llamativa y debemos reconocer ese genuino esfuerzo
escenográfico , pero un detalle menor es que no se esmeran para captar
solamente la atención del visitante o promocionar bien sus autores o sus libros,
ni mucho menos para “incentivar la lectura”.El objetivo es mas simple y directo
: atraer al jurado , ganarse el premio al “Mejor Stand”, según la categoría en
la que participen, que puede ser comercial, de organismos oficiales, provincias
argentinas, países extranjeros, entrar en las lista de nominados por su
“originalidad y creatividad”.
La cuestión es que hay mucha gente que visita la feria que realmente parece ir
nada más que a pasear y a disfrutar de estas construcciones coloridas.
Quizás esta observación ayude para entender cómo una feria, cuyo objetivo es
promover la lectura y la cultura, tiene tanto éxito en una sociedad en la cual
cada vez menos gente se acerca a las pocas librerías que quedan (hay menos de un
10% de las que había hace 20 años), en la cual los chicos pasan más tiempo
frente a la computadora y crece la deserción escolar en los niveles educativos
secundarios.
¿Será porque también la feria, como toda exposición, aquí y en cualquier
lado, es un negocio, y uno de los que más crece a nivel mundial?
De esta manera, también podría comprenderse el auspicio que tiene la Feria de
distintas empresas como Arnet, un proveedor de Internet -tecnología que
fue acusada como una de las principales causas de la no lectura y a través de la
cual se teme que los libros desaparezcan-el de una bebida alcohólica como
Branca Único, que poco puede incentivar la actividad de leer, la casa de
chocolates Tikal o el cementerio Jardín de Paz, esto ultimo subraya de
forma paradójica la agonía literaria tal vez . Si bien las empresas utilizan
estos recursos comunicacionales de patrocinio o mecenazgo para llegar a sus
públicos de una manera diferente y demostrar que se interesan por lo mismo que
ellos, nadie es tan ingenuo como para no saber que los organizadores también
sacan una ganancia y un respaldo de éstas. No podría explicarse de otra manera
la relación entre ambas partes.
Mucha gente pensará que queda bien y es de intelectual decir que fue a la Feria
del
Libro, sobre todo si eligió para hacerlo un sábado o un domingo, días en los que
resulta ilógico pensar que alguien puede encontrar algo interesante mientras
otras 70.000 personas tratan de hacer lo mismo y donde la mayoría se avalanza
literalmente sobre los pocos puestos de algunas editoriales no muy prestigiosas
que ofrecen algún descuento en sus precios o promociones similares a las de los
kioscos o supermercados: 2 X $10, “Lleve dos, pague uno”, “Por un peso llévese
impresa la historia de su apellido”.
Y todo esto es peor si a la gente que por lo menos está interesada en saber qué
libros hay en el mercado se le suman los contingentes de estudiantes, en su
mayoría adolescentes, que recorren los pasillos de los pabellones azul cobalto,
verde inglés , rojo ciruela y amarillo incandescente hablando constantemente
por teléfono celular, solamente interesados en cualquier cosa que se les
regale, aunque sea tan solo una bolsa o un vaso de agua; charlando entre
ellos sin siquiera mirar la tapa de un libro. Lo que puede llegar a llamarles la
atención son justamente los stands donde no hay esas “cosas que muerden”.
Pero a aquellos que están atendiendo los distintos puestos tampoco les preocupa
esta actitud juvenil porque la feria es un negocio y éste no está justamente en
la venta a estudiantes. Los principales compradores de las editoriales son
los libreros, a los que se identifica y detecta con una especie de
acreditación, que tendrá como fin no perderles el rastro o saber rápidamente que
a “ese” hay que atenderlo primero.
A ellos sí se los pudo ver comprando o haciendo pedidos con listas de distintas
publicaciones, tachando lo ya conseguido y buscando lo restante. Es la
oportunidad que tienen cada año para encontrarse cara a cara con los
representantes de las editoriales y lograr mejores acuerdos, más que nada
económicos. Los libros parecen, entonces, pasar de un punto de venta a otro y
allí quedarse. ¿Pero no es el slogan de la feria “Del autor al lector”?
Parecería quedar mejor reflejado su espíritu en: “De la Editorial al Librero”.
La exposición parece una subasta para los conocidos del tema, que son los que
mejor pueden “sacarle el jugo”, por no decir los únicos. No incentiva
directamente al que no lee o lee poco a comprarse un libro para adquirir más
conocimientos y formarse. La muestra es interesante para aquellos que conocen
los altos precios del mercado por lo que pueden aprovechar esos 19 días para
tratar de conseguir rebajas, conocer al gerente general de una u otra editorial
y llegar a mejores transacciones.
Es un negocio que se alimenta de otro negocio y no del crecimiento intelectual
de la gente común y corriente que la recorre, tratando de ubicarse como un
perdido agrimensor con un plano en la mano porque ya pasó cuatro veces por el
mismo lugar y le basta con las cinco biromes que le obsequiaron las
hiperesculpidas promotoras. ¿O acaso una vez terminada no se habla solamente de
números?: cantidad de visitantes, cantidad de expositores, cantidad de ventas…
Números, números y más números.
Será por esto, entonces tal contradicción :una feria del libro que crece en un
país en el que cada vez menos gente lee o no tiene acceso a los libros.
Los organizadores sostienen que las ventas aumentaron aproximadamente un 20%
respecto del año pasado, la feria llegó a su techo y no podría haber salido
mejor. Sin embargo hay que tener cuidado porque todo puede parecer éxito pero no
hay que olvidarse que los libros este año están más caros y que la gente puede
haber comprado más en cantidad pero no en precio, aprovechando las pocas ofertas
que se vieron solamente en algunos stands . Otro dato determinante es qué se
vendió exactamente . No es lo mismo lograr el fin de “promocionar la lectura” a
través de la literatura (que se vendió poco), que por medio de historias como la
de Harry Potter, de J. K. Rowling, “El Código Da Vinci”, de Dan
Brown, o “Sexo… ¿ Y ahora qué hago?”, de la mediática sexóloga
centroamericana Alessandra Pampolla que da lecciones sexuales a sus
“tele-pacientes” con una vulva de peluche. Estos libros fueron de los preferidos
de este año.
Cuando uno se entera que los expositores en la primera edición del ´75 eran tan
solo 116 y hoy, después de 32 años, son más de 1.400 no puede pensar otra cosa
que en una expansión realmente interesante.
Pero cuando ve que los stands que agrandan el número son los de la casa de
música
Musimundo, que vende libros como si fueran accesorios; el del local de
ropa para chicos Mimo & Co. o el de la obra social Emergencias,
puede llegar a cambiar de parecer.
Esta información puede ayudar para contestar algunos interrogantes: ¿cómo es
posible que una exposición como la del libro tenga tantas repercusiones cuando
día a día,
por consecuencia de la crisis económica, hay más chicos dejando las aulas para
cambiarlas por los vagones de subte en los que cantan o hacen patéticos
malabares para juntar unas monedas? ¿Cómo puede ser que la venta de libros
crezca cuando por tercer año consecutivo aumenta, llegando a un 22.8%, el número
de adolescentes de la Provincia de Buenos Aires que deja la escuela al entrar al
primer año del Polimodal, alcanzando las cifras oficiales a 40 mil y teniendo el
gobierno que dar más becas para parar este fenómeno?
“Los libros hacen historia”, pero ¿qué historia pueden tener los chicos que
nunca accedieron a un libro o, algo más penoso, ni siquiera saben leerlo?
