PAPELERAS, PORQUE YO NO VOY

 

Mayo de 2006

por Pablo Malizzia


Hace cinco o seis años tuve la oportunidad de acompañar a Eduardo Auzmendi en un viaje en auto a Florianópolis. Recuerdo que, una vez en la Banda Oriental del río Uruguay, (habiendo cruzado el puente Artigas que une Colón con la dos veces heroica Paysandú) Eduardo me pidió que continuase manejando, ya que él había hecho el tramo desde Buenos Aires.

Cruzaríamos el Uruguay casi en diagonal hasta Rivera-Santana do Livramento. Luego de unas escuetas indicaciones (tan características en nuestro amigo Contador, me dijo apenas algo así como “andá para Tacuarembó y seguí, por ahí fijáte”) se dedicó a dormir, arrullado por el repertorio incomparable de Zitarrosa, Sosa y Gardel que las radios Uruguayas transmiten en continuado, para placer de la audiencia.

Tomamos la ruta 3 uruguaya hasta la 26, si no me falla la memoria -lo cual no sería raro-. El paisaje se reiteraba en gentiles cuchillas que subían y bajaban, con pocas curvas y -tal vez por la hora o por el día de la semana- poco tránsito. No mucho tiempo después de tomar el volante (cuando el Contador se hallaba ya en plena sesión de ronquidos) noté algo que me llamó poderosamente la atención. Se trataba de extensas parcelas de árboles, coquetamente alineados, que se alternaban a uno u otro lado del camino -a veces en ambos- y que habrían de ser una constante a lo largo de muchos kilómetros. Cuando, poco después del mediodía nos detuvimos en una Ancap para reabastecernos -reabastecernos nosotros, ya que nos incorporamos unos chivitos y un par de Pilsen- consulté al docto amigo al respecto, y él confirmó mis sospechas acerca de un plan de forestación que el Estado uruguayo venía llevando adelante desde algunos años antes. Cuando el año pasado el tema de la instalación de las plantas procesadoras de pasta de celulosa en Fray Bentos comenzó a ser tema de debate de la opinión pública, la imagen de aquellas prolijas forestas fue lo primero que se cruzó por mi mente. Lamentablemente, todo esto -que no debió pasar de una simple anécdota- no quedó allí.

Ya sea por despecho -como sostienen algunos- o por un mezquino y demagógico interés electoralista -como sostienen otros- el gobernador Busti se subió de manera irresponsable y cobarde al caballo de Troya que le dejaran en la plaza central de Gualeguaychú los agentes del imperialismo internacional, encubiertos bajo el inofensivo -eufemístico- nombre de “organizaciones no gubernamentales ecologistas”. Tal y como lo hiciera su antecesor Ramírez a Artigas, Busti comenzaba la segunda gran traición histórica a los compatriotas de la Banda Oriental. Los medios de prensa porteños -principalmente el grupo Clarín (incluyendo Clarín/12) y La Nación, competidores en los kioscos pero socios en la obsoleta y altamente contaminante Papel Prensa- no dejaron pasar la oportunidad. La ignominia estaba en marcha.

Fue así como comenzó a manipularse a la opinión pública. Especialmente la del pueblo entrerriano, que -aún con sus honestas intenciones- fue llevado a movilizarse en contra de la instalación de las plantas a través de un ocultamiento sistematizado de la información. La bola de nieve comenzaba su camino cuesta abajo, y algunos pocos -la mayoría dentro de ésta lista- ya empezaban a alertar sobre las irremediables consecuencias de esta escalada de eventos. Datos de la mayor importancia -como por ejemplo el informe remitido oportunamente por Rolando Mermet acerca del carácter no contaminante de las tecnologías de las plantas- fueron prolijamente obviados tanto por los medios de prensa como por las fuentes oficiales. Se ocultó maquiavélicamente el carácter estratégico que estos emprendimientos poseen para los hermanos orientales: para una economía como la uruguaya -como para la de cualquier país- un aumento de diez puntos en su PBI son palabras mayores, cuantimás sumados a la cantidad de empleos directos e indirectos que se crean. Pero además existe otro factor fundamental: la inversión previa que el Estado uruguayo había hecho quince años antes en esa forestación que tanto había llamado mi atención y para la cual habían invertido los fondos de las jubilaciones futuras de las próximas generaciones de orientales. Nada de todo esto pareció tener peso.

Comenzaron los cortes de los puentes, una medida bochornosa que, bajo el argumento del “derecho constitucional a peticionar y manifestarse”, viola otro derecho constitucional, el de “transitar libremente por las rutas y caminos de la Patria”.

Todos fuimos testigos de cómo la Gendarmería Nacional custodiaba el sitio que los representantes del imperialismo internacional habían decretado sobre una Nación Soberana. Y esto nos lleva irremediablemente al rol que el Estado Nacional asumió al respecto. Y, por las características propias del presente gobierno, esto remite directamente al Presidente de la Nación.

Todavía, a ésta altura de los acontecimientos, muchos nos preguntamos cómo es posible que el tamaño de algunos aciertos del gobierno en materia de política interior sólo sea comparable al tamaño de sus yerros en materia de política exterior. Es claro que no existe nada más alejado de las intenciones del Gobierno -del Presidente- que llevar adelante cualquier medida “antipopular”, aún cuando -como en éste caso- se trate de una injusticia supina. Aunque muchos sostienen que Kirchner es un tipo que hace pura y exclusivamente lo que él quiere, el tufo pestilente de la mano del Jefe de Gabinete se percibe enturbiando el asunto. Tal vez el Presidente tenga -por su origen- una visión diferente de lo que es el Uruguay y de lo que debe ser el rol de la Argentina para con el Uruguay; es posible que si uno le preguntara rápidamente a Kirchner “¿Cuál es el vecino más próximo de la argentina?” él respondería “Chile”, y obviamente no por ignorancia sino por la perspectiva que de la geografía adquirió en la Patagonia

Sea como fuere, a la sucesión de errores -de tamaño creciente- que la cancillería argentina se empeñó en cometer, se contrapuso una actitud madura y responsable por parte del gobierno del Presidente Vázquez. La voluntad del gobierno oriental fue -mientras le resultó posible- de descomprimir la situación. A lo que su contraparte de la banda occidental respondió con crecientes bravuconadas, actitudes compadritas y sordera voluntaria. Un Estado argentino que -desde un Mercosur lamentablemente cada vez más “bilateral”- le impide al uruguayo exportar bicicletas, tiene además la actitud -y en esto la responsabilidad es compartida con Brasil- de coartar los caminos tanto del Uruguay como del Paraguay, de una manera tal que no les están dejando más opción que un TLC, concretando lo que los Estados Unidos no consiguieron con el ALCA: la ruptura del Mercosur. Ese mismo estado argentino que es inflexible en su proteccionismo bicicleteril se empeña en que la inversión realizada hace tantos años por los orientales -ahora, que los árboles están listos para ser talados- se convierta en el mejor de los casos en escarba-dientes, y en el peor en casitas, como sugiriera algún economista. Aunque parece que, en realidad, el objetivo no es ni siquiera ése. Hace uno o dos meses atrás, nuestro colistero Leonardo Cofré reporteaba en radio El Mundo a un diz que ambientalista gualeguaychuano o gualeguaychueño, a quien le formulara la pregunta clave: “Si las papeleras no contaminaran: Ustedes ¿Estarían en contra?”. El entrevistado respondió taxativamente: “No. Igual no las queremos”. Aquí radica, tal vez, el meollo del asunto. Existe dentro de la cosmovisión más profunda de gran parte de la sociedad argentina la convicción de que el Uruguay no puede ni debe poseer desarrollo industrial alguno. Que cualquier avance en ese sentido debe ser entorpecido o impedido, ya que el destino del Uruguay es -y debe ser- el de una pequeña aldea campesina sumida en el atraso y la producción agropecuaria sin valor agregado. Y el gobierno argentino obra -aparentemente- en este mismo sentido. Escudado en el pedido -ridículo- de la suspensión de las obras por 90 días para realizar estudios de impacto ambiental -estudios que ya existen en más de una docena, realizados por especialistas independientes entre los que se cuentan muchos latinoamericanos e incluso varios argentinos, y que coinciden en que estas plantas de última tecnología no generarán contaminación- el PEN ha garantizado (como se ha dicho, a través de la Gendarmería) el cierre de las rutas de acceso al hermano país. Pero no le ha temblado la mano para desalojar de trabajadores las vías del subterráneo de Buenos Aires “porque impedía la libre circulación”, en una ridícula contradicción hábilmente señalada por el Canciller uruguayo. A los pocos días de conocerse una encuesta según la cual el 65% del país está en contra de los cortes a los puentes (guarismo que era exactamente inverso hace algunos meses) y, con la firme decisión de otorgar el poder de decisión al enemigo en la Cohorte de la Haya, el gobierno corona una seguidilla increíble de errores de tamaño creciente en escala geométrica: El Presidente Kirchner ha nacionalizado el tema -casi convirtiéndolo en una “causa Nacional”- al convocar a los gobernadores de las provincias para el acto del 5 de mayo, en Gualeguaychú. Esperemos que en la manifestación de mañana, domingo 30, a ningún loquito -o infiltrado- se le ocurra tirar una sola piedra a la Armada uruguaya que va a estar apostadas a mitad del puente en el acto de mañana.

Asegura Vialidad Nacional que los manifestantes sólo podrán llegar hasta los 1600 metros del lado argentino del puente. En realidad, por una cuestión de seguridad nacional, no deberían permitirles el acceso al puente en lo absoluto, ante las consecuencias impredecibles que podrían desencadenarse.

Se vienen horas decisivas. Hay que estar preparados para lo que se nos viene. El enemigo está al acecho, como siempre, y sólo la inteligencia nos salvará del desastre. Ahora más que nunca tenemos que doblar los esfuerzos para que el fuego del Protector de los Pueblos Libres derrita las nieves de este alud que se precipita sobre nuestros pueblos, y que una vez convertido en aguas diáfanas, traigan desarrollo y grandeza a ambas márgenes del río Uruguay. Y que un día muy cercano escribamos juntos una página de nuestra historia -en una hoja de papel hecha con la pulpa de Fray Bentos- donde quede registrado que nuestro origen nos hizo hermanos y que la cordura nos hizo grandes.


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