PATO DE MADERA

Mayo de 2006

Por Ricardo Romano


En la semana que acaba de concluir, el gobierno protagonizó dos nuevos bochornos internacionales consecutivos. El jueves en Iguazú. El viernes en Gualeguaychú. “Fue la mejor cumbre de presidentes que tuve”, habría dicho Néstor Kirchner, según Página 12, evaluando en la Rosada con su entorno más cercano los sucesos de esos días. “¿Dicen que el Mercosur no funciona? El jueves en Iguazú tuvimos una de las mejores reuniones de su historia”, fue el eco de un colaborador. “No hubo nacionalismo de opereta”, habría sido la conclusión de un primer mandatario “entusiasmado” con el acto realizado en Entre Ríos. Y, según el mismo matutino, “la autoestima oficial sigue planeando muy en lo alto: ir a La Haya es leído como un acierto, el acto también”.


Peor que cosechar fracasos es creer que son victorias.
En la Cumbre de Iguazú, Lula Da Silva y Néstor Kirchner institucionalizaron la decisión que Evo Morales y Hugo Chávez tomaron en La Habana. El boliviano, con una medida que afianza su imagen interna y que sus pares argentino y brasileño no tuvieron más remedio que tragar, ganó tanto adentro como afuera de su país.


Ni nacional ni ambiental

En el acto de Gualeguaychú, se intentó convertir la impericia oficial en causa nacional. No es la primera vez en la historia argentina. ¿Qué diferencia hay con quiénes a fines de los 70 estuvieron a punto de llevarnos a la guerra con otro país hermano para prolongar su permanencia en el poder? ¿Qué busca Kirchner cuando utiliza una preocupación por el medio ambiente que nunca tuvo para enfrentarnos con Uruguay? ¿De qué causa nacional puede hablar cuando ningún gobernador ni intendente asistió espontáneamente al acto? La única causa de los políticos reunidos en Gualeguaychú es la supervivencia individual.


Este gobierno no tiene causa nacional ni ambiental alguna porque no le interesa ni la Nación ni el medio ambiente. Y no habrá excusa ecológica que pueda tapar eternamente los groseros errores cometidos por esta administración. El primer paso para una acción política correcta es la justa apreciación de la situación. Y los fallos del gobierno empiezan precisamente allí: no entiende la realidad en la cual debe actuar.


Néstor Kirchner se negaba a hablar con su par uruguayo Jorge Batlle, convencido de que la ideología lo ayudaría con Tabaré Vázquez. Así, dejó que el país vecino nos gane de mano con la táctica del hecho consumado. Ahora es tarde. Las papeleras serán para Uruguay y a nosotros nos quedará el papelón.


Lo mismo hizo con Italia. Pero en su primera aparición en un medio de comunicación argentino, el sucesor de Silvio Berlusconi en la presidencia del gobierno italiano, Romano Prodi, dejó en claro que, cuando se encuentre con el gobierno argentino, planteará que el default “golpeó a ahorristas de muy modesto nivel de crédito”. Tampoco se privó de criticar el canje precisamente porque no afectó a grandes financieros sino a pequeños ahorristas.


Lo que Kirchner debería aprender de Romano Prodi, Tabaré Vázquez, José Luis Rodríguez Zapatero o Michelle Bachelet es la continuidad de las políticas de Estado. La militante socialista y ex presa política de la dictadura chilena que hoy ocupa la presidencia de ese país, interrogada sobre si reconocía algo positivo en el gobierno de Augusto Pinochet, respondió: “Se encargó de promover la modernización del Estado, lo que en aquel momento era necesario”.


Néstor Kirchner, en cambio, rompe con la continuidad de dos ejes que fueron fundamentales en los últimos treinta años de historia argentina: la reconciliación nacional y la integración regional. De tanto retroceder, hasta parece que también se propone romper con la continuidad de una línea histórico cultural, al querer quitarle el nombre de Hipólito Yrigoyen a un pueblo de la provincia de Santa Cruz. A Juan Perón no lo nombra, a Rosas no lo conoce, empieza a atacar a Yrigoyen y, en la degradación sin fin del Ejército Argentino, crea las condiciones para que un Verbitsky o un García Hamilton terminen incorporando como materia educativa la denigración de José de San Martín.


Es verdad entonces lo que dijo Rodolfo Walsh, cuando señaló a “la falta de formación histórica”, como “la principal falencia del pensamiento montonero”. Y lo explicó así: “Un oficial montonero conoce, en general, cómo Lenin y Trotsky se adueñaron de San Petersburgo en 1917, pero ignora cómo Martín Rodríguez y Rosas se apoderan de Buenos Aires en 1821. Perón desconocía a Marx y Lenin, pero conocía muy bien a Yrigoyen, Roca y Rosas, cada uno de los cuales estudió a fondo a sus predecesores”.


La política pequeña

En esta línea de desconocimiento histórico, en su discurso de Gualeguaychú, Kirchner acusó a sus críticos de no ver la política grande y dijo que estuvo solo en su reclamo por los Hielos Continentales en la década del 90. Ese diferendo, precisamente, se resolvió de lo grande a lo pequeño y no al revés como hace él. La solución de aquel problema fronterizo fue posible por la gratitud de Chile hacia la Argentina cuando ésta se puso al frente de la defensa de su soberanía jurídica en el caso Pinochet. El santacruceño no ha estudiado a sus predecesores. ¿Qué habría hecho él en esa circunstancia? Es fácil deducirlo de su conducta presente: habría defendido a Londres y al juez Garzón en contra de los intereses permanentes de la Nación chilena.


Análogamente, fue la generosidad política de Perón la que hizo posible la firma del Tratado del río Uruguay con el país vecino; otro antecedente que Kirchner evidentemente no ha estudiado. Así se resuelven los conflictos, de lo grande a lo pequeño. No con encuestas de Artemio López, haciendo seguidismo de los asambleístas de Gualeguaychú o dejándose conducir por Greenpeace. Es tal la anarquía política en la región que hoy una ONG pilotea la división del Mercosur.


Recordemos cómo empezó esta desintegración regional que demuestra que el tamaño no es garantía de grandeza.


La gestión Kirchner arrancó proclamando el alineamiento automático con Brasil, al que llamó “líder natural del Mercosur y de Sudamérica”. Fue tal el bochorno que tuvo que salir Colin Powell, entonces Secretario de Estado de EEUU, a defender nuestros intereses: “La Argentina debe conservar un liderazgo de concepto”, es decir, político.


Luego, y en apenas cuatro meses, pasamos de las relaciones carnales con Brasil al despecho: “Brasil siempre juega en contra”, se quejaban los kirchneristas mientras se reunían con México explicando que era para “darle celos” al vecino. Considerando estos antecedentes, cuando los mismos imberbes se solazan hoy adjetivando el “excelente momento” de la relación bilateral, cabe preguntarse, ¿de qué hablan? Y ¿cuánto tiempo pasará antes de la nueva desilusión?


Recordemos que lo mismo sucedió con Fidel Castro a quien los setentistas concedieron todo a cambio de nada, para luego quedar en off side y ahora terminar institucionalizando lo que en Cuba decidieron los verdaderos tres mosqueteros: Evo Morales, Chávez y Castro.


Es gracioso que ahora el gobierno argentino diga que “mientras Tabaré está en Washington, cuatro presidentes sudamericanos daremos en Iguazú un ejemplo de que podemos caminar juntos”. ¿Qué ejemplo puede dar Lula que, por arrebato, quiso quedarse con el asiento en el Consejo de Seguridad? ¿O Kirchner que decidió que la prioridad de su cancillería era impedirlo? El mal ejemplo lo dieron los grandes.


A la Unión Europea la fundaron seis naciones de talla muy diferente: desde los dos pesos pesados, Alemania y Francia, hasta el liliputiense reino de Luxemburgo, pasando por Italia, Holanda y Bélgica. Siempre trabajaron para compensar esa diferencia. Así, el grueso de las instituciones de la entonces Comunidad Económica Europea estuvieron radicadas en los países chicos, Bélgica y Luxemburgo, para equilibrar en el plano político la diferencia de peso económico. Comparemos esto con la conducta de los “grandes” Lula y Kirchner. Por ejemplo, ¿era necesario que por segunda vez un argentino ocupase la presidencia de la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur? Ese puesto debió ir a un uruguayo o a un paraguayo. Pero la mezquindad prevaleció y el kirchnerismo estaba empeñado en conseguir un conchabo para uno de sus referentes ideológicos: Chacho Alvarez. Recordemos que casi rompemos con la ONU porque la misma tuvo el buen tino de desechar la candidatura del ex vicepresidente para la CEPAL, como quería Kirchner. Hoy, Kofi Annan, a quien el gobierno argentino le hizo saber que sería visita non grata en Argentina en 2003 –¡en desagravio a Chacho Álvarez!- le da una lección de política grande a Kirchner ofreciéndose a mediar en el tema de las papeleras.


¿Dónde hay un líder?

Para construir autoridad hay que repartir poder. Lula y Kirchner, por concentrar poder, terminaron perdiendo autoridad. Por eso, un cuatro de copas como Hugo Chávez ocupa el centro que ellos dejaron vacante.


La falta de autoridad regional, como consecuencia de que ninguno se hace cargo de las responsabilidades que implica el liderazgo, trae como consecuencia que hoy Argentina lleve a Uruguay ante una corte internacional y Brasil esté a punto de hacer lo propio con Bolivia.


Tabaré insinuó en Estados Unidos que el problema de la Argentina es la corrupción y el incumplimiento. A los kirchneristas les dolió: “Los dichos de Tabaré empeoran todo. Estamos bastante sorprendidos”. ¿De qué? ¿Acaso ellos no mandaron a Aníbal Fernández a decir que Tabaré no tenía autoridad y que Kirchner debía reunirse directamente con Botnia? Cosechan lo que sembraron. Criticar la conducta del presidente uruguayo sin asumir la responsabilidad que les cabe a ellos en la crisis del Mercosur es hipócrita. En la “exitosa” cumbre de Iguazú no estaban tres de los miembros del Mercosur: Chile, Uruguay y Paraguay. ¿Qué importa? Ya lo dijo con toda soberbia el jefe de Gabinete argentino: “El Mercosur se fundó por el impulso de la Argentina y Brasil y analizamos la situación actual desde esa relación”.


El primero en abrirle la puerta a las fuerzas centrífugas fue Lula con su propuesta de Unión Sudamericana que tenía por único objeto servirle de plataforma de proyección mundial. Resulta extraño ver de qué modo -como si alguien hubiese apretado un botón- un día Lula pasó a ser el dirigente más corrupto de la historia del Brasil. De repente, otro botón y, de momento, Lula salió de toda sospecha. Y en el medio, aceptó el ingreso al Mercosur de Hugo Chávez –al que antes se oponía- que debilitó políticamente la existencia del bloque. El venezolano ocupó el centro de los acontecimientos. El núcleo, el estigma de la fragmentación conduce hoy la política subregional. ¡Qué diferencia con Menem y Cardoso! ¡Qué diferencia con Alfonsín y Sarney!
Esta ausencia de liderazgo es producto de que los mandatarios de los dos países “grandes” privilegiaron sus respectivas reelecciones a una política de poder estructural para la región.


La disputa desatada hoy entre las partes es consecuencia de que nadie se hizo cargo del todo. Adolescentemente, los presidentes de Argentina y Brasil debilitaron el conjunto y, como resultado de ello, se enfrentaron las partes. Ninguna de éstas puede hoy remitirse a un todo pues no hay autoridad que lo encarne. Del todo, que es una construcción colectiva, no se hicieron cargo ni Lula ni Kirchner. Por ello, Hugo Chávez, que es el paradigma de la facción, ha ocupado el centro, institucionalizando la fragmentación del conjunto. Esto, para sus mandantes, es tanto o más importante que el petróleo.


Señuelo

Estados Unidos le deja espacio para que hable contra el ALCA y pondere el ALBA como si hubiese alguna contradicción entre las dos propuestas. La primera requiere de la evaporación de todos los bloques regionales verdaderamente existentes. La segunda es una entelequia que sirve a ese mismo fin. Al que más interesa desestructurar es al Mercosur porque fue el más exitoso, el que más atrajo la atención política del mundo y el interés de los inversores. Por eso Chávez se apura en desafiliarse de la CAN.


Tras la caída de la Unión Soviética, Fidel Castro consiguió protección para su vida física y política a cambio de seguir violando los derechos humanos para que Washington tuviese tema en Naciones Unidas. El cubano encarcela a sus compatriotas por disentir y en algunos casos hasta los ha fusilado por haber querido salir del país. Ahora, se empieza a preparar su sucesión. ¿Es casualidad que la revista Forbes, que en 2005 acusaba a Castro de poseer 550 millones de dólares, un año después eleve la cifra a 900? Esto va prefigurando lo que sucederá con los supérstites de ese régimen cuando desaparezca su líder: serán perseguidos por narcos y por corruptos. De momento, como ya no se puede mover, Fidel permanece como comisario ideológico de la desunión. El comisario político, el que controla en el terreno, es Chávez. No casualmente estuvo en los dos lugares: La Habana y Puerto Iguazú. En uno contribuyó a tomar la decisión, en el otro a que se ejecute.


Que algunos dirigentes sean idiotas útiles no significa que todos tengan la misma vocación. En su habitual columna en el diario Clarín del 5 de mayo último, Marcelo Bonelli dice que los empresarios reunidos en la UIA llegaron a la conclusión de que “América Latina está hoy más fragmentada que hace unos meses” y que “eso beneficia a Estado Unidos”. Más aún, “para muchos, Washington está detrás de estas peleas. El debilitamiento del bloque facilita la tarea de EEUU para avanzar en acuerdos bilaterales que reemplacen al ALCA”.


La foto que se sacan en La Habana, Hugo Chávez y Evo Morales con Fidel Castro en el medio, apunta a camuflarse ante los verdaderos idiotas. Lo triste es que caigan en la trampa algunos gobiernos. Inmediatamente después de esa foto, Morales anuncia la nacionalización del gas y del petróleo bolivianos. ¿A quién afecta más esa decisión, acompañada además de una agresiva ocupación militar de los campos de Petrobrás? Pues a España y a Brasil. Como bien señaló el analista boliviano Cayetano Llobet en La Nación del 2/5/2006, “Chávez ha inventado una suerte de bloque constituido por el eje La Habana-Caracas-La Paz, simbólico de una supuesta posición antiimperialista que no perjudica los negocios que sigue haciendo con Estados Unidos”.


Los cazadores suelen utilizar como señuelo un pato de madera que ponen a flotar en los lagos para que los verdaderos se pongan a tiro de escopeta. Ese es el papel de Hugo Chávez en Sudamérica. Un “antiimperialista” que le vende petróleo al Imperio. Un “antiimperialista” que se enfrenta con sus vecinos latinoamericanos o bien se hace amigo para dividirlos mejor. Y para que no se hunda el pato de madera, le siguen dando política. Según la revista Time, Hugo Chávez figura entre las cien personalidades más influyentes del mundo, en una lista que no incluye a ningún otro latinoamericano. El más influyente en este caso es el que más sirve a los fines de ellos. El mejor amigo de Kirchner es el vector de la desestructuración de América Latina. ¿Será posible que el gobierno no sepa diferenciar entre un pato de madera y uno real?


Las eternas alocuciones del venezolano en la radio de su sufrido país podrían entonces resumirse de este modo: “Yo me desestructuro, tu te desestructuras, nosotros nos desestructuramos, ellos se desestructuran, etc..... Míster Bush, ¡se los he desestructurado!”. De momento, le resulta. Oportunamente, experimentará que Roma no paga traidores.


Cuando el porvenir no importa

Un importador de carne holandés que, por la decisión del gobierno argentino de prohibir la exportación, no recibió la mercadería ya comprada, decidió demandar a nuestro país por incumplimiento de contrato ante La Haya, el mismo tribunal al cual apelamos contra Uruguay. La noticia fue prácticamente ignorada por la prensa que protege a Kirchner. Es que se trata de otra cosecha –en este caso temprana- de los logros del presidente. Es otra muestra del desconocimiento oficial del mundo en el que debe actuar. El empresario holandés apeló primero a la cancillería de su país. Y fue su ministro de Exteriores, Bernard Bot, integrante de la delegación que visitó Argentina junto con la reina Beatriz, y por ende testigo del desplante presidencial, quien le indicó al empresario el camino judicial.


Cada visitante extranjero que llega a Argentina –aunque cada vez son menos- manifiesta preocupación por la suerte del Mercosur. El último en data fue el Ministro de Relaciones Exteriores alemán, Frank-Walter Steinmeier, quien señaló que “este conflicto entre la Argentina y Uruguay parece algo extraño”.


¿Cómo puede el gobierno decir que el de las papeleras es un tema bilateral, cuando estamos dando un espectáculo lastimoso al mundo entero?


Reflexionando sobre la reciente crisis desatada en Francia por un intento de reforma laboral, el editorialista del semanario L’Express, Denis Jeambar, se lamentaba al ver a “actores que se parecen a monos de los que sólo se ve el trasero porque se suben a la palmera; mientras nosotros tenemos la cola al aire, la tierra entera ríe, trabaja y agranda su distancia de nosotros”. Y en lo que parece un eco de lo que vivimos en Argentina, criticaba la conducta de la dirigencia: “Son culpables de ignorar el mundo tal cual es y de no preocuparse más que por recalentar su sopita en la hornalla de la crisis social. El porvenir de este país enfermo, poco les importa. Su ‘esencia’ es el instante”.


Lamentablemente para la Argentina, esta “política del instante” sólo contribuye al debilitamiento institucional, a la fragmentación y a incrementar día a día nuestro aislamiento internacional.

 

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