Mayo de 2006
Por Luís María Bandieri
Esta brillante nota de Bandieri, con quien comparto causas nacionales a veces
desde ángulos absolutamente heterodoxos por ambas partes tiene una clave. Es la
historia de Víctor -Victoria y como se que el nivel de la memoria en general en
esta época mediática es irregular hay que recordarlo. Víctor /Victoria es una de
las comedias mas elegantes, refinadas y astutas del cine alemán de la preguerra
- los años 30 -y se ha hecho algún remake pero nada como el original, excepto la
versión de Julie Andrews. La clave de Víctor -Victoria es que para seducir hay
que simplemente travestirse de ideas o de sexo. Esto produce tal desconcierto en
el objeto seducido que no sabe muy bien si es victima de un invento llamado
Víctor o simplemente... Victoria. Complejo problema para los jugadores de billar
a varias bandas y los redoblados pasos de la toma de Berlín por las camisas
pardas flota en el aire de toda la comedia, que no lo es tanto, y las metáforas
afines a toda memoria mínimamente inquisitiva son simplemente superfluas. Dilema
aclarado, la nota.







A Manuel Peyrou, escritor nicoleño nacido en 1902, la cultura burocratizada y
los despachantes de ciudadanías ilustres de la Ciudad autónoma le pasaron hace
rato la esponja irresponsable del olvido. Fue un esponjazo inicuo, ya que, si
bien nacido en la ciudad del Acuerdo, Peyrou escribió siempre en Buenos Aires y
sobre ella, hasta su muerte. Más estrictamente, su campo creativo se desarrolló
en las pocas cuadras que van desde el viejo edificio de La Prensa en la avenida
de Mayo –hoy Palacio de la Cultura- hasta la confitería Richmond, en la calle
Florida. Cuentista de construcción exquisita, novelista testimonial, cultor
preciso del relato policial, fue un abogado que nunca ejerció y, en cambio, se
inclinó al periodismo en el diario de los Paz. Ganó premios literarios que
entonces importaban –el Municipal y el Nacional. Fue amigo y recibió las
confidencias de Jorge Luis Borges, que así lo dijo en un poema dedicado a su
memoria: “suyo fue el ejercicio generoso/ de la amistad genial. Era el hermano/
a quien podemos, en la hora adversa,/contarle todo o, sin decirle nada,/ dejarle
adivinar lo que no quiere/ confesar el orgullo...”.
Quizás la desventaja de Peyrou para escaparle al olvido fue que resultaba, para
nuestras rudimentarias categorías del pensamiento político, demasiado “gorila”,
justo en el tiempo en que la sociedad argentina, adicta a las recaídas,
entronizaba al Viejo, al General, al león herbívoro, a fin de que le brindase
protección y la salvase de la guerra civil. Cualquiera que no lea Página/12 o
que no frecuente los textos de ese Grosso chico de la posmodernidad que es el
pibe Pigna, con mayor razón si sobrevivió a aquellos años, sabe que por entonces
se libraba por aquí, conforme las reglas de la gran confrontación planetaria de
entonces –EE.UU./URSS- una guerra revolucionaria con sus bandos de terrorismo/torturismo.
Perón, desde el destierro, había espoleado a las “formaciones especiales”.
Llegado al país, les bajó el pulgar y decidió aniquilarlas, para lo cual
Lopecito formó las cuadrillas de la Triple A. La organización vence al tiempo,
decía el General. Por esas astucias de la sinrazón, resulta que la única “orga”
que ha vencido al tiempo es la de Viejos Guerrilleros Inc, es decir, la de los
sobrevivientes a la purga inaugurada por el General, convertida hoy en club de
negocios y capilla de adultos mayores privilegiados. El león herbívoro, que no
atinaba a imaginar para los imberbes refractarios que echó de la Plaza otro
destino que el tiro en la nuca, en aquel año de 1974 hizo lo único que podía
hacer, esto es, morirse, dejándonos el entuerto con su secuela de asesinatos
recíprocos, terror, tortura y sangre y un huevo de dragón que, empollado casi
una treintena, nos dio el kirchnerato. El mismo año 1974, sin ruido, se nos fue
también Peyrou.
Nuestro escritor dejó un cuento, “Marea de Fervor”, donde retrata muy bien esa
tendencia al unanimismo, a formar la “cadena nacional de la obsecuencia”, como
la llamó Roberto Aizcorbe, que de tiempo en tiempo nos arrastra a los
argentinos. Son los días previos , el protagonista y su mujer salen a caminar
por Florida y advierten que mucha gente lleva grandes escarapelas. Las
escarapelas van creciendo día a día: primero es la escarapela completa de pecho;
luego, se agrega la espalda con la blusa-escarapela; al día siguiente le agregan
unas tiras bicolores como estandartes. Además, todo el mundo lleva en las manos
banderas y se colecta dinero para una Gran Bandera que habrá de flamear desde el
Aconcagua. La gente sube a los tranvías de la época, en cuyo techo hay unos
encargados de recoger las banderas, entregarles un ticket y devolverlas cuando
bajaban.
“Al llegar a Maipú y Corrientes -sigue el relato- bajamos y la Petisa insistió
en que fuéramos a pasar un rato al cine Novedades, a ver el nuevo espectáculo
que todo el mundo comentaba. Entramos, dejamos las banderas en el vestíbulo, y
casi enseguida la gran bandera que hacía de telón se levantó y en la pantalla
apareció otra bandera, que podría haber sido la misma fotografiada. Luego de la esfumatura apareció una vista de la calle Florida llena de insignias, lo que
produjo entusiasmo. Todos veían allí el panorama en el que un rato antes habían
estado incluidos. Se produjo entonces una ligera alarma porque algunos
espectadores protestaron por haber sido obligados a dejar sus banderas en el
vestíbulo. Querían tenerlas en sus manos y agitarlas. Con una diligencia
elogiable los acomodadores corrieron y volvieron con pequeñas banderas, que no
podían molestar la vista dela pantalla. Estuvimos allí una hora contemplando en
la pantalla la multitud que circulaba por la calle y luego salimos, dejando el
sitio a la multitud de la calle que entraba en el cine para verse en la
pantalla”.
No estamos en los viejos tiempos de los tranvías a diez centavos y el Novedades
de la calle Florida, donde se iba a ver noticiarios y dibujos animados. Pero
tenemos, en la época de los televisores de plasma, el “Operativo Clamor”, la
apoteosis de Néstor Lupin Kirchner, el Sacristán de la Progresía Posperonista.
La democracia, ya se sabe, viaja en ómnibus y recibe choripán, gaseosa y
obolito. Trenes y subtes se sumarán espontáneamente al transporte gratuito. Hay
que amuchar “a todos los que piensan lo mismo”. En realidad, no se necesita
pensar: ¿de qué lado voy a estar en el cuatrienio que se inaugura el 2007? Ni
pensarlo; sólo apoyar al ganador. La procesión de los arrepentidos y conversos
para el 25 es la más nutrida y ruidosa: el apaleado Scioli, el primero de la
última hora; el eterno escolta Reutemann, que pasó a rendir pleitesía y renegar
de la rebelde; el fiero Díaz Bancalari, que llega con el PJ bonaerense puro y
virgen; los radicales para la Victoria, los socialistas para la Victoria, la
Radio 10 para la Victoria –que el 24 reparte 500.000 banderas, para que nadie se
quede sin la suya-: en fin, Víctor/Victoria.
Marea de fervor: ¿cada sociedad tiene la democracia que se merece?
